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VII. Maravillosa fecundidad de la esposa del Verbo

San Bernardo señala la fecundidad como la mayor perfección de la condición de esposa del Verbo. –Cuán admirable es esta fecundidad de la Virgen unida a Cristo. –La influencia de la esposa del Verbo sobre la Iglesia entera. –Exhortación final: invitación a la vida de unión, preludio de las bodas eternas del Cordero.
Cuando un alma emplea con fervor los numerosos y admirables medios que Nuestro Señor ha instituido y que pone cotidianamente a nuestra disposición para atraernos hacia Él, cuando se une cada día a Cristo con las disposiciones exigidas de fe, de confianza, de generoso amor, produce numerosos frutos y alcanza esta sobrenatural fecundidad que San Bernardo señaló como la suprema perfección de la condición de esposa: «Concebir del Verbo lo que debe producir, para Él»: De Verbo concipere quod pariat Verbo.
¿Qué quieren decir estas palabras? «Concebir del Verbo», es emprender todas las cosas por la gracia del Verbo y bajo el impulso de su amor; «producir para el Verbo», es dar frutos para su gloria.
Esta es la obra de la verdadera esposa. Desprendida de las criaturas y de sí misma, debe vivir unida al Verbo dejándose dirigir en todo por Él; que no haya en ella ni pensamiento, ni sentimiento, ni deseo, ni querer, ni acción, ni diligencia, que no se derive de Él, no dependa de su gracia, no dimane del amor; y es de ahí de donde nace la fecundidad de la esposa: pues «Aquel que permanece en Mí, dijo Jesús, y yo en él, produce numerosos frutos»: Qui manet in me, et ego in eo, hic fert fructum multum (Jn. 15,5).
«Del Verbo es de quien hay que concebir». Recordemos, en efecto, que esta unión con el Verbo es de origen divino, tanto por el fin a que nos liga como por el principio que la produce en nosotros: ninguna fuerza natural, ninguna industria humana puede realizarla. «Todo lo que nace de la carne es carne», escribe San Juan. ¿Qué quiere decir con esto?... Que todo lo que se deriva de la sola naturaleza, de la sola razón, pertenece al dominio puramente natural; «lo que es carne no sirve de nada», no alcanza la proporción requerida para ser digna del Verbo, no tiene fecundidad sobrenatural: Quod natum est ex carne, caro est (Jn. 3,6); caro non prodest quidquam (Ibid. 6,64).
¿Qué es lo que fecunda sobrenaturalmente nuestras acciones, les da la vida y las hace gloriosas para Dios? Es el Espíritu Santo: Quod natum est ex Spiritu, Spiritus est (Ibid. 3,6) y sólo Él vivifica: Spiritus est qui vivificat (Ibid. 6,64).
Entonces, ¿cómo nos une el Espíritu al Verbo? Por la gracia y la caridad. «Él derrama en nuestros corazones la caridad de Dios» (Cf. Rom. 5,5), y por su acción concebimos del Verbo. Del Espíritu Santo fue concebido Jesucristo en el seno de la Virgen y también de la gracia y amor del Espíritu Santo procede toda la fecundidad de nuestras obras. Los elementos esenciales de la fecundidad sobrenatural de nuestras acciones son la gracia santificante y la pureza de intención, la cual nace del amor que el alma profesa al Esposo, y del deseo de «complacerlo en todas las cosas»: Quae placita sunt ei facio semper.
De tal manera, esta fecundidad es admirable, mucho más maravillosa que la de las uniones de la tierra. Cada obra sobrenatural, cada acto de virtud de una virgen así unida a Cristo, enriquece el caudal de la gracia y el tesoro de la gloria, aumenta sus méritos y perfecciona su belleza. Así el alma «va de virtud en virtud» (Ps. 83,8): el progreso interior que la acerca más y más al término de las nupcias eternas es progresivo e incesante.
Su esplendor aumenta igualmente a medida que se acerca al divino centro de toda perfección; es imposible descubrir este esplendor que transporta al Esposo mismo: «¡Qué bella eres, oh esposa mía!»: quam pulchra es! (Ct. 4,1). Él busca esta belleza: «Muéstrame tu rostro, ¡oh amada!»: Ostende mihi faciem tuam, «pues su rostro está lleno de encantos»: Facies tua decora! (Ct. 2,14). «Te pareces a un palmar, y dije: iré al palmar y tomaré sus frutos» (Id. 8,7-8), me deleitaré en las virtudes cuya fuente es mi gracia.
Santa Catalina de Sena pudo un día contemplar la belleza de un alma que, después de haber pecado, acababa de recobrar la gracia santificante; y declaró que era impotente para pintar el resplandor maravilloso de esta alma. ¿Qué decir de una virgen consagrada al Señor y cuya vida toda ha sido bañada por los rayos del Sol de justicia, cuyos caminos han sido iluminados por la eterna Sabiduría del Verbo divino? Sólo los ángeles pueden admirarla: «¿Quién es aquella que sube del desierto» –del desierto de su propia pobreza–, que sube como una columna de humo que exhala mirra, incienso y todo género de perfumes; cubierta de delicias porque está apoyada sobre el Amado?: Deliciis afluens, innixa super dilectum suum? (Id. 8,9).
Pero el alma atribuye todas estas riquezas, todo este esplendor, al Esposo, que es su principio.
Parit Verbo. Al vivir en la verdad, iluminada por la sabiduría, sabe que el Esposo obra en ella; llena de humildad, como la Virgen bendita y única que concibió al Verbo divino en su seno inmaculado, la esposa hace subir hasta la gloria del Verbo, todo lo que de Él ha recibido, todo lo que, con su gracia y su amor, ha concebido de Él: «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador», Magnificat anima mea Dominum (Lc. 1,16).
No solamente el alma puede regocijarse con las obras que el Señor ha obrado en ella, sino que su vida toda de unión con Jesús, extendiendo su influjo mucho más allá del «jardín cerrado» (Ct. 4,12) al que el Esposo la ha conducido, irradia sobre la Iglesia entera.
Nuestro Señor dio a entender a Santa Catalina de Sena esta verdad: «¡Oh, cuán dulce es esta morada [la del alma en el Verbo], dulce sobre toda dulzura, en la perfecta unión del alma conmigo! La voluntad misma no es ya intermediaria en esta unión entre el alma y Yo porque se ha hecho conmigo una sola cosa». Y como si una vez expuestos los principios se sucedieran inmediatamente las conclusiones, añade: «Por todas partes, a través del mundo, se esparce como un perfume el fruto de sus humildes y constantes oraciones. El incienso de su deseo sube hasta Mí en súplica incesante por la salvación de las almas. Es una voz sin palabra humana que siempre clama delante de mi Divina Majestad» (Diálogo. Tratado de las lágrimas, cap. IX).
Los que vivimos en la fe ¿nos vamos a admirar de un poder tan grande? ¿Acaso Dios no es el único guardián de la ciudad de las almas, el único sostén del edificio de la Iglesia? ¿No tiene el Verbo entre sus manos los destinos inmortales de las almas? ¿Y no es Él, para todo hombre que viene a este mundo, el único camino, la sola verdad, la vida verdadera? ¿Y de qué crédito, de qué poder gozará el alma para con Él? Es todopoderosa ante el Corazón de su divino Esposo, porque conoce los caminos de este Corazón sagrado y su vida toda es un llamamiento perenne a las gracias y a las bendiciones del Señor en favor de su pueblo. *
* Este celo apostólico por la gloria del Esposo y la santificación de las almas es, en el orden propiamente místico, uno de los principales efectos del matrimonio espiritual. Santa Teresa insiste en términos particularmente claros. (Véase Castillo Interior, 7ª morada, c. IV).
Ved ya en el Antiguo Testamento el crédito de las almas santas ante el Corazón de Dios. En tiempo de Abraham, le era suficiente la presencia de diez justos en Sodoma para que fuera perdonada esta ciudad tan culpable (Gen. 18,32). En el Sinaí, la sola oración de Moisés salva al pueblo del castigo de la justicia divina. Moisés acaba de recibir de manos del Señor, sobre la montaña, las tablas de la Ley y va a descender hacia los campamentos de Israel.
En ese instante Dios le revela la iniquidad de su pueblo que adorando los ídolos ha provocado su cólera: «Déjame, concluyó el Señor, que ejerza mi justicia sobre aquella muchedumbre»: Dimitte me! «¡Déjame!» Dios parece temer, por así decirlo, que las súplicas de Moisés le arranquen el perdón. Y es eso precisamente lo que ocurre: Moisés alza los brazos en favor de Israel, recuerda a Dios todas sus promesas y le ruega que detenga su cólera. Y el texto sagrado agrega: «El Señor se apaciguó y no azotó al pueblo con el castigo con que lo había amenazado»: Placatusque est Dominus (Ex. 32,7-14). Moisés había salvado a los Israelitas culpables. En esta lucha misteriosa triunfó de la ira divina, porque era agradable a Dios, y Él mismo le hablaba, dice la Escritura, «como un amigo a otro amigo» (Ex. 32,11).
Si esto ocurría bajo la ley del temor, ¿qué será bajo la ley del amor, en que por la Encarnación todos los miembros del cuerpo místico de Cristo son solidarios los unos de los otros? Entonces, aun cuando un alma no sea llamada por vocación especial a las obras exteriores, y permanezca solitaria sobre la montaña, sea siempre la «fuente sellada» (Ct. 4,12) del Esposo, y lleve la vida pura de unión, ejercerá en el mundo sobrenatural una influencia considerable. Ejemplos tenemos en la fecundidad de la vida de una santa Gertrudis, de una santa Catalina de Sena, de una santa Teresa. El Esposo satisfizo los deseos de estas almas porque sus voluntades estuvieron enteramente unidas a la suya: Voluntatem timentium se faciet (Ps. 144,19).
Sabemos con qué infinita condescendencia Cristo Jesús se complacía en oír las oraciones de santa Gertrudis, qué poder, en cierto modo soberano, le confería: «He reunido en tu alma, le decía, como un tesoro, las riquezas de mi gracia, a fin de que todos encuentren en ti lo que quieren buscar. Serás como una esposa que conoce los secretos de su esposo y que, después de haber vivido largo tiempo con él, sabe adivinar su voluntad». *
* El Heraldo del Amor Divino, L. 1, cap. XVII. Un día Jesucristo dijo a santa Gertrudis: «Dame tu corazón». La santa se lo ofreció con alegría y le pareció que el Señor lo llenaba con las efusiones de su Bondad. Cristo le dijo de inmediato: «En adelante me serviré con gusto de tu corazón. Será el canal que, de la fuente que brota de mi Corazón Sagrado, esparcirá las fuentes de mi divino consuelo sobre todos aquellos que recurren a ti con fe y humildad» Ibid. L.3 cap.LXVII. Ver también L.1 cap.XIV y sobre todo L.3, cap.XXXIII. La vida de esta gran religiosa muestra cómo la santa usaba frecuentemente de su poder en favor de todos aquellos que recurrían a ella.
Lo que acabamos de exponer, revela uno de los aspectos más profundos del dogma de la comunión de los santos. A medida que un alma, de la categoría privilegiada de que hablamos, se va acercando a Dios, autor y principio de todos los dones que adornan y regocijan los corazones, se ca haciendo cada vez más benéfica a sus hermanos. ¡Cuántas gracias puede solicitar y obtener del Esposo para la Iglesia entera! ¡Cómo colabora eficazmente en la conversión de los pecadores, en la perseverancia de los justos, en la salud de los agonizantes y en la entrada de las almas del purgatorio a la bienaventuranza de los cielos! ¡Qué maravillosa fecundidad la suya! La fecundidad de la naturaleza es limitada, ésta no tiene medida.
De esta alma se desprende como un reflejo que irradia; los que se le acercan quedan como saturados «del buen olor de Cristo» (2 Cor. 2,15); se desprende de ella como una virtud divina para tocar las almas, obtenerles el perdón, ayudarlas, consolarlas, fortificarlas, levantarlas, pacificarlas, regocijarlas y hacerlas dilatar para gloria de su Esposo; pues el Verbo vive en ella y por lo tanto no puede estar jamás inactivo, y como su acción es amor, por medio de esta alma ilumina, vivifica y salva los corazones. Es su verdadera cooperadora en la redención. No se puede medir el alcance de tal acción, ni la extensión de tal fecundidad. Esta acción es como la de las nieves que cubren las altas cimas, y que, como se encuentran más cerca para recibir los rayos del sol, se funden y se convierten en aguas vivas que fecundizan los valles y las praderas.
Dios sólo sabe con certeza el poder de acción del alma que Él ha elegido. Los que no están iluminados por la luz de la fe, no comprenden nada de estas realidades invisibles; se imaginan que las almas retiradas del mundo son inactivas y estériles para el reino de Dios; sus preferencias son para aquellas que se dedican a las tangibles obras exteriores. Ciertamente tales obras son necesarias, indispensables, explícitamente deseadas por el Cielo y reclamadas por la Iglesia. Pero ¿quién les da fecundidad? Sólo Dios. «He sembrado la planta, escribe San Pablo, Dios la ha hecho crecer»: Deus incrementium dedit (Cf. 1Cor 3,6); «Si el Señor no es el que edifica la casa, en vano se fatigan los que la fabrican» (Ps. 126,1).
Por regla general Dios no da en el orden de su providencia este progreso sino mediante una ardiente oración acompañada de la pureza de vida; ¿no era éste el apostolado que proponía santa Teresa a sus hijas al instituir el Carmelo? Así pues, si realmente vivís esta vida de unión con el Verbo, vida que es el resultado normal de vuestra vocación, ¡qué no podréis obtener para la salud y la santificación de las almas!...
Y si esto es verdad hablando de sólo una virgen que se entrega a complacer a su Esposo, ¿qué decir del poder sobrenatural de un monasterio donde todos viven en un generoso y constante olvido de sí mismos, en una donación absoluta de su ser a Dios, en una unión permanente con Jesucristo? ¡Cuán incalculable es el poder de tal comunidad en el mundo de las almas! ¡Cuán incesante reparación por los crímenes de la tierra siempre renovados! ¡Cuán fecunda fuente de luces y de gracias para la Iglesia de Cristo! ¡Qué manantial de alegrías para el corazón del Esposo! ¡Cuán pura gloria para el Padre! *
* «La Iglesia ha hecho una montaña santa del estado de la virginidad, montaña donde la gracia se acumula, montaña donde gusta Dios habitar. De allí es de donde se esparce una gran parte de los dones que da a la sociedad cristiana para reconfortarla en las luchas cotidianas del bien contra el mal; de ahí sale el eterno Miserere que detiene la cólera divina. Sin la compensación de las oraciones de las vírgenes, la sociedad viviría continuamente atormentada por la Justicia Divina» (Monsabré, Conferencias de Notre-Dame, Cuaresma de 1877). San Gregorio mostraba ya a las vírgenes santas de Roma protegiendo ellas solas, por decirlo así, durante varios años a la ciudad angustiada contra los Lombardos invasores (Epístola 26. Lib.VII).
Vivid pues de estas verdades. Tened un vivo y constante deseo de alcanzar este bienaventurado estado y de participar del ardiente celo que devoraba el Corazón del Verbo Encarnado por la gloria de su Padre y la santificación de las almas. Tratad de realizar este ideal, indudablemente elevado, pero que es el término normal y natural, si no obligado, de vuestra admirable vocación. No os limitéis a ser religiosas correctas que guardan exactamente la observancia externa; sin duda es éste un requisito indispensable, mas no es sino la corteza de la vida religiosa.
Tampoco os baste con ser almas piadosas, pero de ambiciones demasiado limitadas, fáciles de satisfacer: tal existencia no responderá ni al amor especial de Dios manifestado por vuestra vocación, ni a la grandeza de las promesas que le habéis formulado, ni a la altura de los deberes que Él reclama de sus esposas, ni a la abundancia de los favores con que la colma. Aspirad incesantemente, con el socorro de la gracia y por medio de una vida humilde y de generosa fidelidad, a la altura de íntima unión que Nuestro Señor quiere contraer con vuestras almas: esto es cuanto Él espera de vosotras y no hay nada que agrade más a su Sagrado Corazón.
Si os esforzáis por vivir esta vida de unión, realizaréis el fin de vuestra sublime vocación y alcanzaréis el fin supremo de la vida religiosa: El alma así preparada podrá oír sin espanto, «en medio de la noche», la voz que anunciará la aparición del Esposo: «¡He aquí que el Esposo viene! Id a su encuentro» (Mt. 25,6). O más bien será el Esposo mismo quien dejará oír su voz: «¡Levántate, ven prontamente! Ven del Líbano, esposa mía; ven, vas a ser coronada»: Veni, sponsa mea, veni de Libano, veni: coronaberis * (Ct. 4,8).
* He aquí en qué términos reveló Nuestro Señor a Santa Matilde cómo introduce a las vírgenes al cielo: «Desde que se anuncia, ¡he aquí a una virgen!, todas las dignidades del Cielo se estremecen de alegría... Yo mismo me apresuro a levantarme e ir hacia ella llamándola con esas palabras: «Ven, amiga mía, esposa mía, ven a recibir la corona». Y mi voz tiene entonces tal amplitud que resuena en todo el Cielo... Al llegar ante Mí, la virgen se mira en mis ojos y Yo me miro en los suyos como en un espejo. Nos contemplamos así el uno en el otro con arrobamiento. Después en amoroso abrazo me imprimo en ella y la penetró de mi Divinidad entera». (El libro de la gracia especial, 1, II, cap. XXXVI).
«Pasó ya el invierno, disipáronse y cesaron las lluvias, ha llegado el tiempo de cantar» (Ct. 2,11-12), el tiempo de los cánticos eternos… de los cuales uno, sólo las vírgenes pueden entonar, y cuya inagotable y misteriosa dulzura sólo ellas pueden gustar *; a ellas les están reservadas delicias inefables; por haber abandonado todo aquí abajo para unirse únicamente a Cristo, con la fidelidad virginal de un amor sin reservas y exclusivo, adquirieron el privilegio de «seguir al Cordero de los Cielos donde quiera que vaya: Quocumque ierit…(Apoc. 14,4).
* Et nemo poterat dicere canticum nisi... qui empti sunt de terra… virginis enim sunt. Apoc. 14,1-5. Gaudia virginum… A caeterorum ómnium gaudiorum sorte distincta... Gaudia propria virginum Christi non sunt eadem non virginum, quamvis Christi. (San Agustin, de Santa Virginitate, cap. XXXVII, n. 27).
Y el esposo y la esposa se llaman mutuamente: «Ven» (Apoc. 22,17).

Gloria tibi, Domine, qui natus es de Virgine!