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V. Vivir para el Verbo, sujetarse al reino del Verbo

La tercera cualidad de la esposa: «vivir para el Verbo». –Esta vida se resume en el fervor de la devoción. –El amor es la savia de esta vida; transformación que obra este amor. –El «reino del Verbo» en el alma, su carácter universal. –Frutos que se derivan para la esposa.
Esta universalidad y constancia en la fidelidad lleva necesariamente al alma a «vivir para el Verbo»: Verbo vivere; es la tercera cualidad de la esposa.
¿Qué cosa el «vivir», hablando del alma? El alma vive por el movimiento y el ejercicio de sus facultades; por eso «vive para el Verbo» cuando nada en ella se pone en movimiento sino para los intereses y la gloria del Esposo; cuando aplica su memoria, su imaginación, su inteligencia, su corazón, su voluntad, todas sus fuerzas, toda su actividad al servicio del Verbo, para conocerlo, amarlo, hacerlo conocer y hacerlo amar. El alma que vive para el Esposo no busca en ninguna cosa su propia satisfacción, ni su interés personal sino sólo el placer y la gloria de su Señor.
Está penetrada de santo celo por el honor de su Esposo; las cobardías, las infidelidades, las injurias de tantas almas, la hieren a ella misma y estimulan su ardor y su generosidad: Defectio tenuit me, pro peccatoribus derelinquentibus legem tuam (Ps. 118,53); se da toda entera, da todo lo que tiene, todo lo que es, para que el Esposo sea honrado, exaltado y amado. Hace suya la oración de Jesús: «Padre Santo, Padre justo, glorifica a tu Hijo» (Jn. 17,1); se ocupa sin descanso en realizar esta glorificación del Verbo, en sí misma primero, luego en los demás. En esto consiste propiamente la «devoción», movimiento generoso del alma, pronto, alegre, fácil, que la lleva, olvidándose de sí misma, de sus gustos, de su tranquilidad, de su reposo, de sus deseos, a preocuparse en primer término de la voluntad de su Esposo, de sus intereses y de los de la Iglesia.
Mas, ¿cuál es en este punto el principio fundamental que sostiene el alma y la estimula? ¿Cuál es el móvil poderoso que la eleva y transporta? Es el amor (La observancia exterior debe ser animada por el amor. Cf. Cristo ideal del monje, cap. VII).
Siendo el amor dueño de la voluntad, posee todos los caminos del corazón, todas las fuerzas del alma, todos los resortes de la actividad. Entregada al amor, el alma no tiene nada propio, no vive para sí, es toda del amado. «¿Qué cosa es amar sino tener en todas las cosas y en todas las circunstancias, una voluntad tan conforme con la del Amado, que se llegue hasta la extinción del menor deseo contrario, y a la total sujeción del corazón?» (Bossuet: Meditaciones sobre el Evangelio).
Este amor transforma y convierte al alma semejante al Esposo. Escuchemos a San Bernardo, a quien hemos tomado el tema de nuestra plática, cantar la grandeza incomprensible de esta unión: «Tal conformidad con la voluntad divina une al alma con el Verbo, a quien es semejante por su naturaleza espiritual, y todavía más, por la voluntad, al amarle como Él ama: por consiguiente, si ella ama perfectamente, es esposa. ¿Qué puede haber más dulce que esta conformidad de voluntades?, ¿qué más deseable que este amor que hace que, descontenta del trato con los hombres te acerques, ¡oh alma!, al Verbo con confianza, le permanezcas unida, vivas familiarmente cerca de Él, le consultes todo, con tanta mayor confianza cuanto te vas sintiendo más capaz de conocerlo? Este desposorio es realmente espiritual, verdaderamente santo: contrato, sería poco decir, es un verdadero abrazo o identificación de voluntades que hace que dos espíritus no sean más que uno». (ln cantica, sermón LXXXIII.).
La absoluta conformidad de sentimientos, de puntos de vista, de voluntades que describe aquí San Bernardo, no es posible sino porque el alma, en todas las cosas, «se deja conducir por el Verbo» Verbo se regere. Mucho más que «la esclava que tiene los ojos fijos en su señora» (Ps. 122,2) para conocer sus órdenes y ejecutarlas, la verdadera esposa de Cristo se siente interiormente urgida a fijar su mirada llena de amor en el Esposo, a fin de adivinar rápidamente los menores indicios de su voluntad. Por eso contempla, sin cansarse, la persona sagrada de Jesús en todos sus misterios.
En esta complacencia le agrada detenerse principalmente «en la montaña de la mirra» (Ct. 4), al pie de la cruz, porque con su sangre el Esposo la ha conquistado, y ella fundamenta su felicidad en recorrer todos los estados de la vida del Verbo. Lo contempla en el seno inefable del Padre; en el seno inmaculado de la Virgen, donde se encarna; en el pesebre de Belén, en el taller de Nazaret; le sigue al desierto, sobre el camino de Judea; entra con Él al templo y a la sinagoga; lo acompaña a Betania, al cenáculo, al jardín de los Olivos, al Pretorio, hasta el Gólgota; permanece con Él en el Calvario, compartiendo los dolores y humillaciones de su Esposo ensangrentado. Con Magdalena, en la mañana de la Resurrección, reconoce en Él al «Rabboni» (Jn. 20,16) adorado; recibe su divina bendición el día de la Ascensión, y en el de Pentecostés, los dones del Espíritu Santo.
Siempre y en todas partes, es el mismo Verbo, Señor y Amo, Amigo y Esposo, a quien ella busca para penetrar el secreto de sus obras, descubrir los sentimientos de su alma, medir «con los ojos del corazón iluminados, la altura, la anchura; la extensión, la profundidad del misterio» (Cf. Ef. 1,18;3,18) de su Amado. Examina amorosamente todas sus acciones para que se conviertan en el modelo único de las suyas; relee sus palabras para que le sirva de fuentes de sabiduría y de luz y de principios de vida; juzga todas las cosas a la luz del Evangelio. Ama lo que Cristo ama; odia lo que Él detesta: el pecado dice «Amen» a todo lo que Él revela, «Fiat» a todo lo que Él manda o permite.
«La esposa ama con ardor, dice S. Bernardo, y al sentirse tan amada, aun cuando se dé completamente al amor, le parece que aun ama poco. Y no se engaña, puesto qué puede hacer un granito de polvo que sea capaz de corresponder a un amor tan grande y tan precioso, aun cuando concentre todas sus fuerzas para amar por su parte a la suprema Majestad, que la ha rodeado de su amor y se muestra tan solícito de la obra de su salvación» (Tratado del amor de Dios).
El alma de la esposa por estar consagrada completamente al Verbo se halla bajo el dominio absoluto del Esposo que la atrae hacia sí, que «atrae hacia sí todo lo que ella tiene»: Omnia traham ad me ipsum (Jn. 7,32). El Verbo posee todo lo suyo, la dirige en todo Omnia subjecisti sub pedibus ejus; reina en ella como Maestro adorado, como Soberano cuyo poder es indiscutible, como Amante cuyo amor es universalmente subyugador; reina sobre todos los deseos del alma y reina solo, porque ella no busca sino a Él y resultarle agradable: «Hago siempre lo que le es agradable», Quae placita sunt ei facio semper (Jn. 8,29). El alma puede entonces apropiarse realmente las palabras del Apóstol: «Vivo, mas no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí»: Vivo autem, jam non ego, vivit vero in me Christus (Gal. 2,20). «Cristo es su vida y la muerte le parece ganancia» (Filip. 1,21) porque sonará para el alma la hora en que se unirá para siempre a quien es el todo de su vida.
Por otra parte, el Esposo lejos de dejarse vencer en amor, es el primero en todo y de Él depende todo: se muestra al alma lleno de ternura; le dice estas palabras que son la expresión adecuada del amor exclusivo y mutuo: «todo lo que es mío es tuyo, y todo lo tuyo, mío»: Mea omnia tua sunt, et tua mea sunt (Jn. 17,10). Con magnificencia igual a su ternura, el Esposo divino entrega a la esposa para sostenerla, embellecerla y hacerla bienaventurada, el precio de sus sufrimientos, las riquezas de sus méritos, la nobleza y la opulencia de su Divinidad.
En este venturoso estado se cumple para la virgen la promesa del salmista: «El Señor es mi guía, ¿qué podrá faltarme?». Dominus regit me et nihil mihi deerit (Ps. 22,1). Experimenta la realidad de la oración dirigida a Dios por el Pontífice. en la consagración de las vírgenes, en el momento mismo en que se pronuncian las solemnes promesas: «Sé para ella, Señor, honor, alegría, voluntad; alivio en la tristeza, luz en la duda, protección en las injusticias; dale la paciencia en la tribulación; en la pobreza, abundancia; durante los ayunos sé su alimento y su bebida; en la enfermedad, remedio y salud. Que en Ti encuentre todas las cosas, ya que trata de amarte por encima de todo». In te habeat omnia, quem diligere appetat super omnia! (Pontifical de la consagración de las vírgenes).