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III. Relictis omnibus. Dejándolo todo

El desprendimiento de toda criatura es condición indispensable para el alma que aspira a la dignidad de esposa del Verbo. –Una de las formas principales de este desprendimiento es la virginidad. –Constituye una gracia de elección. –Cuánto importa mantener intacta la virginidad de alma y de cuerpo. –Este desprendimiento se concilia perfectamente con el precepto de amar al prójimo. –Entraña una fuente de preciosas gracias.
La unión del Verbo con la naturaleza humana en Jesús es, al decir de San Pablo, imagen de la unión de Cristo con su Iglesia.
Por bello que sea este concepto, por útil que resulte para nuestros corazones tan piadosa contemplación, no nos detendremos sin embargo en ella. Por otra parte, la unión de Cristo con su Iglesia, como esposa, no se realiza de una manera particular y concreta si no es en las almas. A esta unión individual del alma con el Verbo encarnado, es a lo que nos vamos a referir de inmediato.
La primera condición que exige San Bernardo del alma que aspira a ser esposa del Verbo, es «el desasimiento de todas las cosas», plenamente deseado y realizado con la mira puesta en esta misma unión sobrenatural: Relictis omnibus.
Es la separación de todo aquello que divide, de todo aquello que puede constituir un obstáculo a la unión perfecta.
En la parábola de «las nupcias reales», Nuestro Señor mismo enumera los principales obstáculos que las almas suelen oponer a la invitación del Rey: «He comprado cinco pares de bueyes y voy a probarlos; dadme por excusado»: Juga boum emi quinque et eo probare illa, habe me excusatum. Es la absorbente preocupación de los negocios. «He comprado una casa de campo, y debo ir a verla»: Villam emi et necesse habeo exire et videre illam. Es la vanidad de las riquezas, unida al deseo de la más amplia independencia. «Acabo de casarme, por consiguiente, no puedo ir»: Uxorem duxi, et ideo non possum venire (Lc 14,18-20). Tales son los lazos y atractivos de la carne. ¿Pueden caracterizarse con mayor precisión los tres principales obstáculos que detienen al alma en el camino de su unión perfecta con el Rey?
Pero estos obstáculos son superados mediante los votos.
Hemos explicado ya en otra oportunidad, el papel principal que representan los votos en la obra del desasimiento del alma (Jesucristo; ideal del monje. Conferencias II. En pos de Jesucristo, VI. La profesión religiosa); ahora nos ocuparemos especialmente del obstáculo que se opone directamente a la unión absoluta del alma con el Verbo considerado como Esposo. Este obstáculo, como lo declara el Apóstol (1Cor 7,33) radica en la división que lleva consigo el amor humano; y este obstáculo se suprime por la consagración de la virginidad a Dios.
La fecundidad es uno de los atributos de Dios. ¿Qué digo? Es la vida misma de Dios, para quien vivir es «ser Trinidad», es decir, «ser fecundo en su propio seno».
Divinidad y fecundidad son, en un sentido supremo, idénticamente sinónimos. Por lo demás lo uno y lo otro es esencialmente actual, ya que, para Dios, vivir es ser, en sí mismo y a la vez, principio y término de una fecundidad siempre actual. El Padre engendra al Hijo; el Padre y el Hijo se comunican su amor que es el Espíritu Santo. Tal es la plenitud de esta fecundidad infinita que agota, por decirlo así, la Divinidad: Dios no tiene más que un Hijo, igual a Sí mismo en perfección; tan igual, que es único; tan perfecto, que al contemplarlo el Padre deja escapar un grito de infinita complacencia: «Tú eres mi Hijo, en este hoy eterno te he engendrado yo»: Filius meus es Tu; ego hodie genui te (Ps 2,7; Hb 1,5;5,5). Ni hay más que un solo Espíritu, no más que un Amor substancial, que sella eternamente la unión del Padre y del Hijo, y cierra el ciclo íntimo de las donaciones divinas.
Al comunicar su ser al hombre, Dios le da e1 poder y el derecho de imitar la paternidad divina, le hace fecundo. Más aún, para la conservación de la raza el hombre recibe de Dios la orden de propagarse, puesto que, habiendo creado la tierra para el hombre, Dios quiere que la llenen los frutos de la fecundidad humana: «Creced y multiplicaos y llenad la tierra»: Crescite et multiplicamini, et replete terram (Gen 1,28). Esta fecundidad es como un reflejo de la fecundidad divina. En el plan primitivo de Dios ella hubiera sido el supremo florecimiento de la natural perfección del hombre; después del pecado de Adán conserva todavía cierta grandeza sobrehumana aureola de su nobleza original, ya que es una semejanza de «esta fecundidad de la cual toda paternidad recibe el nombre en los cielos y en la fierra»: Ex quo omnis paternitas in coelis et in terra nominatur (Ef 3,15).
Por eso oímos a Eva exclamar al ver en sus brazos el primer fruto, de sus entrañas: «He concebido un hijo en virtud del poder de Dios», Possedi hominen per Deum (Gen 4). Exclamación de júbilo y de triunfo a la vez, que repercute en la creación cual eco débil pero fiel, del grito que dejó oír Dios «en los esplendores de los santos»; in splendoribus sanctorum (Ps 109,3), celebrando su eterna fecundidad.
Esto considerado, podemos comprender por qué, hablando del matrimonio humano, ha podido decir San Pablo: «Este sacramento es grande»: Sacramentum hoc magnum est. Pero ved lo que añade inmediatamente: «Advertid, sin embargo, que si os lo proclamo así es por razón de Cristo y de su Iglesia»: Ego autem dico in Christo et in Ecclesia (Ef 5,32)
¿Qué quiere significarnos el Apóstol con estas palabras, sino que la grandeza y la dignidad del sacramento del matrimonio, le viene precisamente de ser el símbolo de la unión de Cristo con la Iglesia y con las almas?
Existe, pues, una unión más elevada y no menos íntima que la que une a los esposos sobre la tierra: existe una realidad más alta, un estado más sublime. ¿Cuál es? Aquel en el cual, según se expresa el Pontifical en la consagración de las vírgenes, «no se imita lo que se cumple en las uniones terrenas»: Nec imitarentur quod nupti is agitur, sino que «se ama», se procura una intimidad más secreta, se consigue una fecundidad más exuberante, «figuradas ambas por las que origina la unión de los esposos»: sed diligerent quod nuptiis praenotatur. Esta es símbolo, sombra; aquella, realidad, luz clarísima y eminente.
Pero la virginidad religiosa que dispone a este espiritual matrimonio no es a todos accesible; constituye una gracia de elección. ¿No nos ha advertido Nuestro Señor mismo que «no todos comprenden este consejo?» Non omnes capiunt verbum istud (Mt 19,2).
En el Prefacio de la consagración de 1as vírgenes, texto que remonta a la más remota antigüedad, la Iglesia celebra en elevados términos la excelencia y dignidad de la virginidad consagrada a Dios, y enumera los obstáculos que se oponen a este elevado estado, tratándose de un alma que vive unida a un cuerpo de carne: «la ley de la naturaleza, la libertad de los sentidos, la fuerza de las inclinaciones naturales, el aguijón de la juventud». He aquí, agrega, por qué sólo Dios puede inspirar un tal género de vida: «Vos sois, Señor, quien infunde en el alma el amor a la santa virginidad, quien fomenta el deseo de agradar a vuestra infinita bondad y da fuerza para perseverar...». «Hijo de la Virgen, el Verbo encarnado llama a su tálamo nupcial para unírseles en calidad de esposas, a las almas vírgenes como El, émulas de los ángeles» *
* Agnovit auctorem suum beata virginitas et aemula integritatis angelicae, illius thalamo, illius cubículo se devovit, qui sic perpetuae virginitatis est sponsus, quemadmodum perpetuae virginitatis est filius. (Pontifical Romano).
San Bernardo dice que el estado de virginidad es necesario al alma que aspira a la unión íntima y perfecta con el Verbo. San Pablo, hablando a las vírgenes les dice: «Os deseo exentas de cuidados» (1Cor 7,32).
Ahora bien, quien tiene esposa ha de «ocuparse de las cosas de este mundo, y de agradar a su esposa» (Ib 7,34). Resulta, pues, que «está dividido»; et divisus est. Le resulta a él imposible aplicar toda su atención ni consagrar todo su corazón a Dios. Por el contrario, quien no tiene esposa puede ocuparse íntegramente en el servicio del Señor, sin preocuparse de agradar a nadie más que a Él sólo; su amor, lo mismo que su corazón, están consagrados exclusivamente al servicio de Dios. «La virgen posee la más amplia libertad para ser toda entera del Señor» (1Cor 2,32.55). El voto de virginidad imprime, pues en el alma, ese carácter de separación absoluta de toda humana criatura, que es la condición previa e indispensable para que el alma pueda unirse al Verbo en calidad de esposa.
El día de vuestra profesión religiosa cumplisteis esta condición: en aquella hora solemne, respondiendo libremente al llamamiento divino, no sólo disteis un adiós definitivo al hogar que os vio nacer y avanzar de edad, sino que renunciasteis, además, con alegría, a toda unión terrena, al derecho hasta entonces legítimo de fundar una familia; os desprendisteis de todo, realizando el abandono más absoluto de todas las cosas y de vosotros mismos, relictis omnibus, para consagraros por entero al Verbo.
Esta donación y total renuncia que Dios os inspiró efectuar y para cuya realización os dio asimismo la insigne gracia necesaria, constituye la causa principal de vuestro gozo interior. Sea también ella el objeto de vuestras constantes acciones de gracias, ya que os confiere además «la facultad» especialísima de «consagraros sin obstáculo a una vida de íntima unión con el Señor»: Eo quod facultatem praebeat sine impedimento Dominum obsecrandi» (1Cor 9,35), os establece para siempre en el «jardín cerrado» (Ct 4, 12) del esposo para gozar de su presencia y de sus favores, y hace de vuestra alma «la fuente Sellada» (Ct 4,12) de aguas vivas siempre fecundantes...
Pero importa de especial manera no desear jamás apropiarnos de nuevo aquello de que una vez para siempre hicimos entrega generosa. Consagrados a Dios nuestros cuerpos y nuestras almas, es obligación nuestra velar por apartar de nuestro corazón, no sólo cuanto pueda empañar su pureza, sino también todo cuanto pueda debilitar la intimidad del alma con Jesucristo.
En el Prefacio citado anteriormente, la Iglesia solicita a Dios que «confirme con el sello de su bendición el deseo» que siente el alma de ser toda de Él, y hace instancia en favor de la virgen que ha sido hecha esposa de Cristo para que nunca le falte «el apoyo divino y el auxilio de la luz». ¿Por qué una petición semejante? Porque «el antiguo enemigo utiliza emboscadas tanto más sutiles cuanto son más elevados los propósitos que abriga; por eso trata de fomentar la negligencia cuidando de insinuarla en el alma, para oscurecer en ella ese esplendor de la virginidad perfecta»*
* Da protectionis tuae munimen et regimen, ne hostis. antiquus, qui excellentiora studia subtilioribus infestat insidiis, ad obscurandam perfectae continentiae palmam, per aliquam mentis serpat incuriam. (Pontifical Romano).
Por medio de la vigilancia en evitar las más mínimas ocasiones y cortar inmediatamente toda malévola sugestión y todo insano delirio, mantendremos pura e inmaculada la palma debida a este estado sublime.
Esta vigilancia debe ser permanente y nuestra firmeza no debe titubear jamás. Un corazón virgen que no atiende a su propia defensa con la guarda de los sentidos y la mortificación corre gran peligro de flaquear si se expone imprudentemente al peligro. «No desdeñéis los desórdenes por pequeños que os parezcan, que son siempre el principio de los grandes, y el incendio que todo lo consume suele tener su origen en una pequeña chispa» (Bossuet, Sermón para una profesión).
Muchas veces es el orgullo la causa de esta negligencia en la guarda del corazón. En realidad, exponerse vale tanto como decir: «Yo puedo ser casto sin la ayuda de nadie». Notad que mantenerse virgen en una carne corruptible no puede ser triunfo nuestro, sino de la gracia. La virginidad es un don de Dios*; sin la ayuda del cielo, imposible será siempre conservar esplendor tan radiante, y como quiera que Dios derrama más abundantemente su gracia sobre los corazones humildes, fácilmente entenderéis la razón de la afinidad sobrenatural e íntima que subordina a la humildad el singular privilegio de la virginidad.**
* «No todos –dice Nuestro Señor– entienden esta palabra –de la virginidad consagrada a Dios– sino tan sólo aquellos a quienes ha sido dada» (Mt. 19,11-12). Véase el Prefacio de la consagración de las vírgenes: lnter caeteras virtutes quas filiis tuis indidisti, etiam hoc donum (virginitatis) in quasdam mentes de largitatis tuae fonte defluxit. Véase también el texto anteriormente citado.
** San Agustín insiste repetidas veces sobre lo necesaria que es la humildad en la virgen. Citando el texto de la Escritura: «Humíllate tanto más profundamente cuanto más elevado estés, y merecerás gracia a los ojos de Dios», añade: «Por cuanto la continencia perpetua, y sobre todo la virginidad consagrada a Nuestro Señor, constituye en los Santos de Dios un bien inapreciable, es necesario redoblar la vigilancia encaminada a evitar que por el orgullo no pierda de su mérito aquel don tan precioso». (De sancta virginitate, c. XIII, nº 33. Cf. c.XXVIII, Nº 39; c.XXXII ss)
Velemos, pues, humildemente sobre nosotros mismos; no permitamos nunca que criatura alguna llegue a empañar la integridad de nuestro amor. El sagrado velo con que la Iglesia cubre la cabeza de la virgen en el día de su consagración, ¿no es acaso el sello del amor exclusivo que de ella reclama el Esposo? «Ha puesto sobre mi faz el sello de su elección para que yo no admita otro amor más que el suyo»: Posuit signum in faciem meum, ut nullum praeter eum amatorem admittam (Pontifical Romano).
Pero este carácter exclusivo no es ciertamente tan absoluto que nuestro amor no pueda ni deba extenderse a todas las criaturas miradas a través del prisma de la luz divina; por el contrario, debemos amar a nuestro prójimo, no como a un ser abstracto, sino tal cual es en realidad. En otro lugar hemos explicado la fuerza y extensión del precepto divino del amor fraternal (Jesucristo vida del alma. Véase también Jesucristo ideal del monje); en verdad no hay corazones más exuberantes de afectos delicados, que los santos, esto es, las almas plenamente desprendidas de todo lo terreno, mundano y mezquino.
Ejemplo de ello es San Bernardo. Todos sabéis perfectamente cuán unido estaba él a Dios, y libre su corazón de todo afecto a las criaturas. Si propone el desprendimiento como condición primera y absolutamente necesaria para la unión con Dios, es porque el Santo había realizado ya en su alma este abandono de todas las cosas. Sin embargo, ved lo que escribía al monje Roberto a quien amaba con especial predilección, y que había pasado de Claraval a Cluny: «¡Qué desgraciado soy no teniéndote ya a mi lado, obligado a vivir lejos de ti! Morir por ti sería mi vida; vivir sin ti es mi muerte» (P. L. t. 82, Epístola I, Nº l). ¿Y no le vemos al día siguiente del fallecimiento de su hermano Gerardo, cuyos funerales había presidido sin verter una sola lágrima, interrumpir bruscamente en pleno «Capítulo» su comentario al Cantar de los Cantares, para desahogar, en presencia de todos los concurrentes, una emoción mucho tiempo contenida?
Y ¡qué patéticos acentos no nos hace oír! «Mi dolor, tanto tiempo reprimido, ha adquirido tanto mayor fuerza cuanto menos le he permitido manifestarse; he resultado vencido, lo reconozco. Es necesario que lo que sufro interiormente estalle hacia fuera... ¡Oh Gerardo, hermano mío por la sangre, pero más hermano aún por la religión tú que tan fuerte eras según mi corazón; ¿cómo me has podido ser arrebatado? Amándonos tan tiernamente, ¿cómo ha podido la muerte separarnos?... Éramos un solo corazón y una sola alma; he aquí por qué la guadaña de la muerte ha herido a la vez su alma y la mía...» (In Cantic. 26) Todo el discurso no es más que un largo gemido de ternura malherida, desbordada de lo más hondo de las entrañas.
Así amaba San Bernardo; así amaban San Anselmo y Santa Teresa de Jesús, así aman los santos de todos los tiempos. Nótese, sin embargo, que el secreto de su fuerza y de su suavidad es la pureza del amor.
Tratemos, por lo tanto, de dar al Esposo esta plenitud de amor que reclama de nosotros. Téngase en cuenta que si nos manda amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado, y ha hecho de este precepto su mandamiento y el objeto de su última oración (Jo. 13,34; 15,12;17, 21-22), sin embargo, su amor divino es un amor celoso, y que el Esposo celestial reivindica para sí la prioridad absoluta y total de amor del alma que se le ha consagrado*; exige –¿quién puede negarle un derecho tan soberano?– que el alma sea ante todo suya, de Él, sin reservas ni partijas, que no mire a nada ni a nadie, y viva constantemente en un «abandono el más completo, en un desprendimiento absoluto»; relictis omnibus (Cf. Santa Matilde, Libro de la gracia especial, parte IV, c. 59).
* Esta prioridad se debilita cuando la afección por alguna criatura es demasiado natural o demasiado sensible, cuando preocupa excesivamente al alma turbándola sobre todo en la oración o causa apreciables infidelidades a la Regla, o bien, excluye determinadas personas del radio de sus afectos.
Estas palabras contienen profundidades que sólo en la oración podrán ser bien interpretadas; suponen una pobreza tan completa, que espanta a más de un alma. De hecho, no hay materia en que sea más fácil forjarse ilusiones. ¿Quién hay que no se sienta apegado a nada de este mundo? Pues bien, esforcémonos hasta poder contemplar a Jesús cara a cara y decirlo con toda verdad: «Maestro, Maestro mío Divino, Vos sois mi Dios y mi todo; yo no busco más que a Vos y a Vos solo» ¡Feliz el alma que puede manifestar estas palabras con toda sinceridad! Nuestro Señor le contestará sin duda con una dulzura infinita, prenda de las más íntimas bendiciones: «¡También Yo soy absolutamente tuyo!»
La vida de Santa Gertrudis nos brinda, un ejemplo de este desprendimiento absoluto de todas las criaturas. Sabéis que su fama de santidad era tal, que de todas partes acudían a consultarla. Por caridad cristiana, la Santa atendía tan reiteradas exigencias. Al primer llamamiento, abandonaba sus ocupaciones, prodigaba su tiempo y su paciencia, y recibía amablemente a cuantas personas acudían a su lado, a veces de muy lejos, para recibir de ella ayuda y consuelo.
Pero durante estas conversaciones, la Santa no podía menos de suspirar por el momento feliz en que debía encontrarse de nuevo con su dulce Amado. Las relaciones exteriores resultaban para ella una verdadera cruz, y nada ciertamente hubiese sido capaz de hacérselas aceptar, si no hubiese visto en ellas un medio de procurar la gloria de Dios.
Arrebatada por la exaltación de su espíritu, muchas veces levantábase Gertrudis repentinamente y se dirigía al coro a desahogar su corazón con el Amado: «Ved, mi dulce Señor, lo hastiada que me siento del trato con las criaturas. Si fuese libre para escoger, yo no quisiera otra compañía ni otra conversación más que la vuestra; con mucho gusto lo abandonaría todo para estar siempre con Vos, supremo Bien mío y único gozo de mi alma y de mi corazón». Luego, abrazando su crucifijo, besaba cinco veces cada una de las Llagas abiertas de Cristo, y añadía: «Yo os saludo, Esposo lleno de gracia y de dulzura, ah Jesús, en el gozo de vuestra divinidad; os abrazo con la dilección del mundo entero y deposito un beso ardiente en las llagas de vuestro amor».
Esta práctica de devoción la ocupaba a lo sumo, algunos instantes, y varias veces le reveló el Señor que tales muestras de amor herían vivamente su Sagrado Corazón, que se las tenía en cuenta y por cada una algún día le pagaría un céntuplo.
Así las visitas frecuentes que, por el contacto con seglares, hubieran podido ser un peligro para ella, resultaban un eficaz medio para llevarla más directa y rápidamente a la íntima unión mística. «Nada sino Vos, Señor mío, es capaz de hacerme feliz en este mundo», exclamaba la Santa. Y Jesucristo, haciendo suyas las propias palabras de su fiel sierva, contestóle con la mayor ternura: «Tampoco Yo, si no estás tú conmigo puedo encontrar ningún placer, en el cielo ni en la tierra, pues mi amor te asocia a todos mis goces, y las delicias que Yo gusto, contigo las saboreo. Por lo demás cuanto más grandes son, mayor es también el fruto que tú logras de ellas» (D. G. Dolan, Santa Gertrudis, su vida interior).