La Iglesia se asoma como el alba
San Gregorio Magno
Tratados morales sobre Job 29,2-4
Con razón se designa con el nombre de amanecer o alba a toda la Iglesia de los elegidos, ya que el amanecer o alba es el paso de las tinieblas a la luz. La Iglesia, en efecto, es conducida de la noche de la incredulidad a la luz de la fe, y así, a imitación del alba, después de las tinieblas se abre al esplendor diurno de la claridad celestial. Por esto, dice acertadamente el Cantar de los cantares: ¿Quién es ésta que se asoma como el alba? Efectivamente, la santa Iglesia, por su deseo del don de la vida celestial, es llamada alba, porque, al tiempo que va desechando las tinieblas del pecado, se va iluminando con la luz de la justicia.
Pero, además, si consideramos la naturaleza
del amanecer o alba, hallaremos un pensamiento más sutil. El alba o amanecer
anuncian que la noche ya ha pasado, pero no muestran todavía la íntegra claridad
del día, sino que, por ser la transición entre la noche y el día, tienen algo
de tinieblas y de luz al mismo tiempo. Por esto, los que en esta vida vamos en
seguimiento de la verdad somos como el alba o amanecer, porque en parte obramos
ya según la luz, pero en parte conservamos también restos de tinieblas. Se dice
a Dios, por boca del salmista: Ningún hombre vivo es inocente frente a ti. Y
también está escrito: Todos faltamos a menudo.
Por esto, Pablo, cuando dice: La noche está avanzada, no añade: «El día ha llegado», sino: El día se echa encima. Al decir, por tanto, que, después de la noche, el día se echa encima, no que ya ha llegado, enseña claramente que nos hallamos todavía en el alba, en el tiempo que media entre las tinieblas y el sol.
La
santa Iglesia de los elegidos será pleno día cuando no tenga ya mezcla alguna
de la sombra del pecado. Será pleno día cuando esté perfectamente iluminada con
la fuerza de la luz interior. Por esto, con razón, la Escritura nos enseña el
carácter transitorio de esta alba, cuando dice: Has señalado su puesto a la
aurora, pues aquel a quien se le ha de asignar su puesto tiene que pasar de
un sitio a otro. Y este puesto de la aurora no puede ser otro que la perfecta
claridad de la visión eterna. Cuando haya sido conducida a esta perfecta
claridad, ya no quedará en ella ningún rastro de tinieblas de la noche
transcurrida. Este anhelo de la aurora por llegar a su lugar propio viene
expresado por el salmo que dice: Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo
entraré a ver el rostro de Dios? También Pablo manifiesta la prisa de la
aurora por llegar al lugar que ella reconoce como suyo, cuando dice que desea
morir para estar con Cristo. Y también: Para mi la vida es Cristo, y una
ganancia el morir.