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Cuaresma

Domingo I de Cuaresma

Gen 9,8-15; 1Pe 3,18-22; Mc 1,12-15

En el tiempo de Cuaresma se toman de Marcos los textos clásicos de los dos primeros domingos tentaciones y transfiguración. Los tres restantes son del Evangelio de san Juan: Jesús como nuevo templo (2,13-25), el amor de Dios al darnos a su Hijo (3,14-21) y Jesús como grano de trigo que muriendo es glorificado y da mucho fruto (12,20-33).

El primer domingo de Cuaresma (Mc 1,12-15) nos lleva a contemplar a Jesús tentado. En el lugar típico de la prueba –el desierto–, donde Israel había acabado renegando de Dios, Jesús acepta el combate contra Satanás, empujado por el Espíritu. El relato de Marcos –singularmente breve– presenta a Jesús como nuevo Adán que vence a aquel que venció al primero –es lo que evocan las imágenes de los animales salvajes y los ángeles a su servicio: cfr. Gen 2 y 3; Is 11,6-9). Por fin entra en la historia humana la victoria sobre el mal y el pecado, sobre Satanás en persona: el «fuerte» va a ser vencido por el «más fuerte» (Mc 3,22-30). Al añadir al relato de la tentación propiamente dicho el inicio de la predicación de Jesús, el evangelio de este domingo nos invita a entrar en la Cuaresma con decisión y firmeza: puesto que se ha cumplido el tiempo y ha llegado el Reino de Dios, es urgente y necesario convertirse y creer, es decir, acoger plenamente la soberanía de Dios en nuestra vida. Este será nuestro particular combate cuaresmal.

Fuerza para vencer

Hace todavía poco tiempo hemos celebrado la Navidad: el Hijo de Dios que se hace hombre, verdadero hombre. El evangelio de hoy le presenta «dejándose tentar por Satanás». Ciertamente «no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4,15). Hombre de verdad, hasta el fondo, sin pecado. Al inicio de la Cuaresma (y siempre) necesitamos mirar a Cristo con este realismo. Uno como nosotros, uno de los nuestros, ha sido acosado por Satanás, pero ha salido victorioso. Cristo tentado y vencedor es luz, es ánimo, es fortaleza para nosotros.

Si Cristo no ha sido vencido, nosotros sí. Somos pecadores. Pero esta situación no es irremediable. La segunda lectura afirma: «Cristo murió por los pecados..., el inocente por los culpables». Ello significa que su combate ha sido en favor nuestro. Cristo sí que ha llegado hasta la sangre en su pelea contra el pecado (cfr. Heb 12,4). Y con su fuerza podemos vencer también nosotros. Apoyados en Él, unidos a Él, la Cuaresma nos invita a luchar decididamente contra el pecado que hay en nosotros y en el mundo.

En este contexto conviene hacer memoria de nuestro bautismo. La primera lectura nos habla del pacto sellado por Dios con toda la creación después del diluvio. Lo mismo que Noé y los suyos, también nosotros hemos sido salvados de la muerte a través de las aguas. Por medio del agua bautismal, en el arca que es la Iglesia, hemos pasado de la muerte a la vida. Y en el bautismo Dios ha sellado con cada uno ese pacto imborrable, esa alianza de amor por la cual se compromete a librarnos del Maligno. La salvación no está lejos de nosotros: por el bautismo tenemos ya en nosotros su germen. La Cuaresma es un tiempo para luchar contra el pecado, pero sabiendo que por el bautismo tenemos dentro de nosotros la fuerza para vencer. «El que está en vosotros es mayor que el que está en el mundo» (1Jn 4,4).

Venció y cambió la historia

Mc 1,12-15

Este texto de las tentaciones de Jesús nos habla en primer lugar del realismo de la encarnación. El Hijo de Dios no se ha hecho hombre «a medias», sino que ha asumido la existencia humana en toda su profundidad y con todas sus consecuencias, «en todo igual que nosotros, excepto en el pecado» (Heb 4,15). El cristiano que se siente acosado por la prueba y la tentación se sabe comprendido por Jesucristo, que –antes que él y de manera más intensa– ha pasado por esas situaciones.

Sin embargo, la novedad más gozosa de este hecho de las tentaciones de Jesús es que Él ha vencido. En todo semejante a nosotros, «excepto en el pecado». Todo seguiría igual si Cristo hubiera sido tentado como nosotros, pero hubiera sido derrotado. Lo grandioso consiste en que Cristo, hombre como nosotros, ha vencido la tentación, el pecado y a Satanás. Y a partir de Él la historia ha cambiado de signo. En Cristo y con Cristo también nosotros vencemos la tentación y el pecado, pues Él «nos asocia siempre a su triunfo» (2Cor 2,14). Si por un hombre entró el pecado en el mundo, por otro hombre –Jesucristo– ha entrado la gracia y, con ella, la victoria sobre el pecado (cfr. Rom 5,12-21).

Por otra parte, las tentaciones hacen pensar en un Cristo que combate. San Marcos da mucha importancia al relato poniéndolo al inicio de la vida pública de Jesús, después del bautismo y antes de empezar a predicar y a hacer milagros, como para indicar que toda su vida va a ser un combate contra el mal y contra Satanás. Va «empujado por el Espíritu» a buscar a Satanás en su propio terreno para vencerle. Asimismo, la vida del cristiano no tiene nada de lánguida, anodina y superficial; tiene toda la seriedad de una lucha contra las fuerzas del mal, para la cual ha recibido armas más que suficientes (Ef 6,10-20).


Domingo II de Cuaresma

Mc 9,1-9

El segundo domingo nos lleva a contemplar a Jesús transfigurado (Mc 9,2-9). Tras el doloroso y desconcertante primer anuncio de la pasión y la llamada de Jesús a seguirle por el camino de la cruz (8,31-38), se hace necesario alentar a los discípulos abatidos. Además de que la ley y los profetas –personificados en Moisés y Elías– manifiestan a Jesús como aquel en quien hallan su cumplimiento, es Dios mismo –simbolizado en la nube– quien le proclama su Hijo amado.

Por un instante se desvela el misterio de la cruz para volver a ocultarse de nuevo; más aún, para esconderse todavía más en el camino de la progresiva humillación hasta la muerte de cruz. Sólo entonces –«cuando resucite de entre los muertos»– será posible entender todo lo que encerraba el misterio de la transfiguración. En pleno camino cuaresmal de esfuerzo y sacrificio, también a nosotros –igual de torpes que los discípulos– se dirige la voz del Padre con un mandato único y preciso: «Escuchadle», es decir, fiaos de Él –de este Cristo que se ha transfigurado a vuestros ojos–, aunque os introduzca por caminos de cruz.

Gloria en la humillación

El relato de la transfiguración quiere mostrarnos la gloria oculta de Cristo. No es sólo que Cristo haya sufrido humillaciones ocasionales, sino que ha vivido humillado, pues «tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos» y «actuando como un hombre cualquiera» cuando en realidad era igual a Dios (Fil 2,6-8). El resplandor que aparece en la transfiguración debía ser normal en Jesús, pero se despoja voluntariamente de él. ¿No es este un aspecto de Cristo que debemos contemplar mucho nosotros, tan propensos a exaltarnos a nosotros mismos y buscar la gloria humana?

Más aún si consideramos que Jesús salva precisamente por la humillación. Este relato de la transfiguración está situado en el camino hacia la cruz, entre los dos primeros anuncios de la pasión (Mc 8,31 y 9,31). Jesús podía haber pedido al Padre doce legiones de ángeles (Mt 26,53), pero es en el colmo de la humillación –ser reprobado por las mismas autoridades religiosas de Israel, sufrir mucho, recibir desprecios y torturas, ser matado– donde va a llevar a cabo la redención. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, no da fruto; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Tampoco para nosotros hay otro camino si queremos ser fecundos y dar fruto.

En el camino hacia la pasión, Jesús nos es presentado como el Hijo amado del Padre, objeto de su amor y sus complacencias. La cruz y el sufrimiento no están en contradicción con ese amor del Padre. Al contrario, es en la cruz donde más se manifiesta ese amor; precisamente porque muere confiando en el Padre y en su amor, Jesús se revela en la cruz como el Hijo de Dios (Mc 15,39). De igual modo nosotros, al sufrir la cruz, no debemos sentirnos rechazados por Dios, sino –al contrario– especialmente amados.

El Hijo amado

En el relato de la transfiguración escuchamos la voz del Padre que nos dice: «Éste es mi Hijo amado». No es sólo un gesto de presentación, de manifestación de Cristo. Es el gesto del Padre que nos entrega a su Hijo, nos lo da para nuestra salvación: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único...» (Jn 3,16). Este gesto de Dios Padre aparece simbolizado y prefigurado en el de Abraham, que toma a «su hijo único, al que quiere» y lo ofrece en sacrificio sobre un monte... La muerte de Cristo en el Calvario, que la Cuaresma nos prepara a celebrar, es la mayor manifestación del amor de Dios.

El conocimiento y la experiencia de este amor de Dios es el fundamento de nuestro camino cuaresmal. San Pablo prorrumpe lleno de admiración, de gozo y de confianza: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él?» Al darnos a su Hijo, Dios ha demostrado que está «por nosotros», a favor nuestro. Pues «si Dios está por nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» No podemos encontrar fundamento más sólido para nuestra confianza en la lucha contra el pecado y en el camino hacia nuestra propia transfiguración pascual.

Pero el gesto de Abraham no sólo simboliza el de Dios. Resume también nuestra actitud ante Dios. Abraham lo da todo, lo más querido, su hijo único, en quien tiene todas sus esperanzas. Lo da a Dios. Y al darlo parece que lo pierde. Sin embargo, realizado el sacrificio de su corazón, Dios le devuelve a su hijo, y precisamente en virtud de ese sacrificio –«por haber hecho eso, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único»– Dios le bendice abundantemente dándole una descendencia «como las estrellas del cielo y como la arena de la playa». Los sacrificios que nos pide la cuaresma –y en general nuestra fidelidad al evangelio– no son muerte, son vida. Todo sacrificio realizado con verdadero espíritu cristiano nos eleva, nos santifica. Cada sacrificio es una puerta abierta por donde la gracia penetra de manera torrencial.


Domingo III de Cuaresma

Ex 20,1-17; 1Cor 1,22-25; Jn 2,13-25

El signo del templo

El evangelio nos presenta a Jesús como el nuevo templo, destruido en la cruz y reconstruido a los tres días. De este templo manará para nosotros el agua vivificante del Espíritu (cfr. Jn 19,34). En este templo estamos llamados a morar, a permanecer (Jn 15,4), lo mismo que Él mora en el seno del Padre (Jn 1,18). De este templo formamos parte como piedras vivas (1Pe 2,5) por el bautismo. Este templo destruido y reconstruido es el signo que Dios nos da en esta cuaresma para que creamos en Él.

Jesús aparece también empleando la violencia. Este texto nos presenta un Jesús intransigente contra el mal. El mismo Jesús que vemos lleno de ternura y amor hacia los pecadores (cfr. Jn 8,1-11) hasta dar la vida por ellos (Jn 15,13) es el que aquí contemplamos actuando enérgicamente contra el mal. El mismo y único Cristo. Nos corrobora así la postura que ya manifestaba en el primer domingo luchando contra Satanás. Jesús no pacta con el mal. Lo vemos devorado por el celo de la casa de Dios, del templo. El mismo celo que debe encendernos a nosotros en la lucha contra el mal. El mismo celo que debe devorarnos por la santidad de la casa de Dios que es la Iglesia. El mismo celo que debe hacernos arder en esta Cuaresma por la purificación del templo que somos nosotros mismos.

Pero la lucha contra el mal es sobre todo una opción positiva, una adhesión al bien, al Bien que es Dios mismo. La cuaresma es una oportunidad de gracia para renovar nuestra vivencia de los mandamientos. Para renovar, mediante el cumplimiento fiel de los mandamientos, nuestra pertenencia al Señor que nos ha sacado de la esclavitud y nos ha hecho libres. Cumpliendo los mandamientos decimos «sí» a Dios. Cumpliendo los mandamientos reafirmamos la alianza, el pacto de amor que Dios hizo con nosotros en el bautismo. Cumpliendo los mandamientos nos lanzamos por el camino que nos hace verdaderamente libres.

El celo de tu casa me devora

Jn 2,13-25

Nos encontramos en este texto de san Juan con un rasgo de Jesús en el que solemos reparar poco: la dureza de Jesús frente al mal y la hipocresía, que aparece otras muchas veces en sus invectivas contra los fariseos. ¿La razón? «El celo de tu casa me devora». A veces casi se llega a identificar el amor con la melosidad inofensiva. Y, sin embargo, la postura aparentemente violenta de Jesús es fruto del amor, de un amor apasionado, porque el celo es el amor llevado al extremo (cfr. Dt 4,24 y 2Cor 11,2). ¿No deberemos también nosotros ganar mucho en fortaleza en la lucha contra el mal en todas sus manifestaciones? Porque «el amor es fuerte como la muerte» (Ct. 8,6).

Jesús es fuerte para defender los derechos de su Padre. Su corazón humano, que ama el Padre con todas sus fuerzas, se enciende de celo ante la profanación del Templo, el lugar santo, la morada de Dios. En medio de un mundo que desprecia a Dios, también el cristiano debe vivir la actitud de Jesús: «El celo de tu casa me devora».

La fortaleza de Cristo, por lo demás, no se ejerce contra los hombres, sino en favor de ellos, dejando que destruyan el templo de su cuerpo y reconstruyéndolo en tres días. «Tengo poder para entregar mi vida y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10,18). De igual modo, el cristiano unido a Cristo es invencible, aunque deje su piel y su vida en la lucha contra el mal: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma... Hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados» (Mt 10,28-30).


Domingo IV de Cuaresma

2Cron 36,14-16.19-23; Ef 2,4-10; Jn 3,14-21

Mirar al Crucificado

Toda Cuaresma converge hacia el Crucificado. Él es el signo que el Padre levanta en medio del desierto de este mundo. Y se trata de mirarle a Él. Pero de mirarle con fe, con una mirada contemplativa y con un corazón contrito y humillado. Es el Crucificado quien salva. El que cree en Él tiene vida eterna. En Él se nos descubre el infinito amor de Dios, ese amor increíble, desconcertante.

Este amor es el que hace enloquecer a san Pablo. Estando muertos por los pecados, Dios nos ha hecho vivir, nos ha salvado por pura gracia. Es este amor gratuito, inmerecido, el que explica todo. Es este amor el que nos ha salvado, sacándonos literalmente de la muerte. Nos ha resucitado. Ha hecho de nosotros criaturas nuevas. Este es el amor que se vuelca sobre nosotros en esta Cuaresma. Esta es la gracia que se nos regala.

A la luz de tanto amor y tanta misericordia entendemos mejor la gravedad enorme de nuestros pecados, que nos han llevado a la muerte y al pueblo de Israel le llevaron al destierro. Entendemos que las expresiones de la primera lectura no son exageradas y se aplican a nosotros en toda su cruda y dolorosa realidad: hemos multiplicado las infidelidades, hemos imitado las costumbres abominables de los gentiles, hemos manchado la casa del Señor, nos hemos burlado de los mensajeros de Dios, hemos despreciado sus palabras...

Que Dios es rico en misericordia no significa que nuestros pecados no tengan importancia. Significa que su amor es tan potente que es capaz de rehacer lo destruido, de crear de nuevo lo que estaba muerto. La conversión a la que la cuaresma nos invita es una llamada a asomarnos al abismo infernal de nuestro pecado y al abismo divino del amor misericordioso de Cristo y del Padre.

Amor sin medida

Jn 3,14-21

Lo mismo que los israelitas al mirar la serpiente de bronce quedaban curados de las consecuencias de su pecado (Núm 21,4-9), así también nosotros hemos de mirar a Cristo levantado en la cruz. Estas últimas semanas de cuaresma son ante todo para mirar abundantemente al crucificado con actitud de fe contemplativa: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Sólo salva la cruz de Cristo (Gál 6,14) y sólo mirándola con fe podremos quedar limpios de nuestros pecados.

«Tanto amó...» Si algo debe calarnos profundamente es ese «tanto», esa medida sin media, del amor del Padre dándonos a su Hijo y del amor de Cristo entregándose por nosotros hasta el extremo (Jn 13,1), por cada uno (Gal 2,20). La contemplación de la cruz tiene que llevar a contemplar el amor que está escondido tras ella e infunde la seguridad de saberse amados: «Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Rom 8,31-35).

«Tanto amó al mundo». Junto con la contemplación de este amor personal hemos de contemplar que Dios ama al mundo, el único que existe, tal como es, con todos sus males y pecados. Gracias a este amor más fuerte que el pecado y que la muerte, el mundo tiene remedio, todo hombre puede tener esperanza, en cualquier situación en que se encuentre. Por el contrario –según las expresiones de san Juan–, el que no quiere creer en el crucificado ni en el amor del Padre que nos le entrega, ese ya está condenado, en la medida en que da la espalda al único que salva (cfr. He 4,12).


Domingo V de Cuaresma

Jer 31,31-34; Heb 5,7-9; Jn 12,20-33

Cristo fue escuchado

La segunda lectura, aludiendo a la oración del huerto, afirma que Cristo «fue escuchado» por su Padre. Expresión paradójica, porque el Padre no le ahorró pasar por la muerte. Y, sin embargo, fue escuchado. La resurrección revelará hasta qué punto el Hijo ha sido escuchado. A este Cristo que había pedido: «Padre, glorifica a tu Hijo» (Jn 17,1), lo vemos ahora coronado de honor y gloria precisamente en virtud de su pasión y su cruz (Heb 2,9). Más aún, una vez resucitado, llevado a la perfección, «se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna». A la luz de la Resurrección entendemos en toda su verdad que es el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto. Sí, efectivamente, en lo más hondo de su agonía el Hijo ha sido escuchado por el Padre.

Esto es iluminador también para nosotros. Mucha gente se queja de que Dios no le escucha porque no le libera de los males que está sufriendo. Pero a su Hijo tampoco le liberó de ni le ahorró la muerte. Y, sin embargo, le escuchó. Dios escucha siempre. Lo que ocurre es que nosotros «no sabemos pedir lo que conviene» (Rom 8,26). Dios puede escucharnos permitiendo que permanezcamos en la prueba y no evitándonos la muerte. Nos escucha dándonos fuerza para resistir en la prueba. Nos escucha dándonos gracia para ser aquilatados y purificados. Nos escucha glorificándonos a través del sufrimiento. Nos escucha haciéndonos grano de trigo que muere para dar fruto abundante...

Todos los cristianos y santos de todas las épocas somos fruto de la pasión de Cristo. Gracias a ella el príncipe de este mundo ha sido echado fuera. Gracias a ella hemos sido arrancados del poder del demonio y atraídos hacia Cristo. Gracias a ella Dios ha sellado con nosotros una alianza nueva. Gracias a ella nuestros pecados han sido perdonados. Gracias a ella Dios ha creado en nosotros un corazón puro y nos ha devuelto la alegría de la salvación. Gracias a ella ha sido inscrita en nuestro corazón la nueva ley, la ley del Espíritu Santo...

La gloria de la Cruz

Jn 12,20-33

«Ahora es glorificado el Hijo del hombre». Jesús es «elevado sobre la tierra»: con esta expresión san Juan se refiere a la cruz y a la gloria al mismo tiempo. Con ello expresa una realidad muy profunda y misteriosa a la vez: en el patíbulo de la cruz, cuando Jesús pasa a los ojos de los hombres por un derrotado y por un maldito (Gal 3,13), es en realidad cuando Jesús está venciendo. «Ahora el Príncipe de este mundo –Satanás– es arrojado fuera». En la cruz Jesús es Rey (Jn 19,19). Cuando Dios nos da la cruz es para glorificarnos.

«Si muere da mucho fruto». El cuerpo destruido de Jesús es fuente de vida. De su pasión somos fruto nosotros. Millones y millones de hombres han recibido y recibirán vida eterna por esta entrega de Cristo. El sufrimiento con amor y por amor es fecundo. La contemplación de Cristo crucificado debe encender en nosotros el deseo de sufrir con Cristo para dar vida al mundo. «Os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure» (Jn 15,16).

«Atraeré a todos hacia mí». Cristo crucificado atrae irresistiblemente las miradas y los corazones. Mediante la cruz ha sido colmado de gloria y felicidad. Mediante la cruz ha sido constituida fuente de vida para toda la humanidad. La cruz es expresión del amor del Padre a su Hijo: «Por esto me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17). Por eso, Jesús no rehuye la cruz: «Para esto he venido».


Domingo de Ramos

Se despojó

Fil 2,6-11

El himno de la carta a los filipenses (segunda lectura de la misa del domingo de hoy) resume todo el misterio de Cristo que vamos a celebrar estos días de la Semana Santa.

«Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo». Estas son las disposiciones más profundas del Hijo de Dios hecho hombre. Justamente lo contrario de Adán, que siendo una simple creatura quiso hacerse igual a Dios (Gén 3,5). Justamente lo contrario de nuestras tendencias egoístas, que nos llevan a enaltecernos a nosotros mismos y a dominar a los demás (Mc 10,42). Pero Jesús se despojó. Prefirió recibir como don la gloria a la que tenía derecho por ser el Hijo. Prefirió hacerse esclavo de todos siendo el Señor de todos (Jn 13,12-14).

«Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz». Es preciso contemplar detenidamente esta tendencia de Cristo a la humillación. Lo de menos es el sufrimiento físico –aun siendo atroz–. Lo más impresionante es el sufrimiento moral, la humillación: Jesús es ajusticiado como culpable, pasa a los ojos de la gente como un malhechor. Más aún, pasa a los ojos de la gente piadosa como un maldito, uno que ha sido rechazado por Dios, pues dice la Escritura: «Maldito todo el que cuelga de un madero» (Gal 3,13).

«Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre». Precisamente «por eso», por humillarse. Jesús no busca su gloria (Jn 8,50). No trataba de defenderse ni de justificarse. Lo deja todo en manos del Padre. El Padre se encargará de demostrar su inocencia. El Padre mismo le glorificará. He aquí el resultado de su humillación: el universo entero se le somete, toda la humanidad le reconoce como Señor. La soberbia de Adán –y la nuestra–, el querer ser como Dios, acaba en el absoluto fracaso. La humillación de Cristo acaba en su exaltación gloriosa. En Él, antes que en ningún otro, se cumplen sus propias palabras: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mt 23,12).

Mc 11,1-10

En el pórtico de la Semana Santa el Domingo de Ramos presenta la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén (Mc 11,1-11). El texto muestra a un Jesús que prevé y domina los acontecimientos totalmente, precisamente cuando encara directamente el camino de la pasión. Marcos, que había custodiado cuidadosamente en silencio la identidad de Jesús para evitar confusiones, manifiesta ahora a Jesús aclamado abiertamente como Mesías –«bendito el reino que llega, el de nuestro padre David»–. Sin embargo, no es un Mesías guerrero que aplasta a sus enemigos por la fuerza de las armas, sino el Mesías humilde que trae el gozo de la salvación el la debilidad –montado en un borrico: ver Zac 9,9–.

La Pasión

Mc 14-15

También en el domingo de Ramos de este ciclo B se proclama el relato de la Pasión según san Marcos (Mc 14-15). El evangelista no disimula los contrastes de un acontecimiento que resulta desconcertante: la cruz es escándalo (14,27) al tiempo que revela perfectamente al Hijo de Dios (15,39). Jesús ha aceptado plenamente el plan del Padre (14,21-41) en una obediencia absolutamente dócil y filial («Abba»: 14,36). En la escena central del relato –al ser interrogado por el Sumo Sacerdote– Jesús confiesa su verdadera identidad (14,61-62): es el Mesías, el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre –es decir, el Juez escatológico–. A diferencia de Pedro, que reniega de Jesús para salvar su piel (14,66-72), Jesús confiesa en absoluta fidelidad, sabiendo que esta confesión le va a llevar a la cruz (14,63-64). Paradójicamente, en el momento de mayor humillación –cuando agoniza y expira– es cuando manifiesta plenamente quién es (15,39). Pero para conocerle y aceptarle como Hijo de Dios en el colmo de su humillación es necesaria la fe que se somete al misterio: frente a la reacción de los discípulos, que huyen abandonando a Jesús (14,50), la única actitud válida ante lo chocante y desconcertante de la Pasión es el acto de fe del centurión (15,39).

Misterio desconcertante

Frente al relato de la pasión, hemos de evitar ante todo la impresión de algo «sabido». Es preciso considerar, uno por uno, los indecibles sufrimientos de Cristo. En primer lugar, los sufrimientos físicos: latigazos, corona de espinas, crucifixión, desangramiento, sed, descoyuntamiento... Pero más todavía los interiores: humillación, burlas y desprecios, abandono de los discípulos y amigos, contradicciones, injusticia clamorosa... Basta pensar en nuestro propio sufrimiento ante cualquiera de estas situaciones. Pero lo más duro de todo, la sensación de abandono por parte del Padre; aunque Jesús sabía que el Padre estaba con Él, quiso experimentar en su alma ese abandono de Dios que siente el hombre pecador.

San Marcos nos sitúa ante la pasión como un misterio desconcertante. El que así sufre y es humillado es el mismo Hijo de Dios. Esto es algo que sobrepasa nuestra mente y choca contra nuestra lógica humana. Al considerar los sufrimientos de Cristo, hemos de evitar quedarnos en la mera conmoción sensible, contemplando en este hombre al Hijo eterno de Dios. Para ello es necesaria la fe del centurión (Mc 15,39), que nos hace entrar en el misterio, oscuro y luminoso a la vez.

La meditación de la pasión desde la fe arroja luz sobre nuestra vida de cada día. El sufrimiento no es una muralla, sino una puerta. Cristo no ha venido a eliminar nuestros sufrimientos, lo mismo que Él no ha bajado de la cruz cuando se lo pedían; ha venido a darles sentido, transfigurándolos en fuente de fecundidad y de gloria (Rom 8,17; 2Cor 4,10s; Fil 3,10s; 1Pe 4,13). Por eso, el cristiano no rehuye el sufrimiento ni se evade de él, sino que lo asume con fe; la prueba no destruye su confianza y su ánimo, sino las proporciona un fundamento más firme (Rom 5,3; St 1,2-4; Heb 12,7; He 5,41). Para quien ve la pasión con fe, la cruz deja de ser locura y escándalo y se convierte en sabiduría y fuerza (1Cor 1,22-25).

La Pasión según San Marcos

El relato de la Pasión ocupa en cada evangelio un lugar importante y extenso. Desde el principio, la Iglesia ha considerado la Pasión como una luz y un tesoro y ha proclamado estos hechos (Jn 21,24) como fuente y fundamento de su fe. Por un lado, la Pasión da a conocer quién es Cristo y atestigua su autenticidad divina; por otro, la Pasión ilumina la existencia de los hombres, llena de sufrimientos y dolores.

Desconcierto y fe

Al relatarnos la Pasión de Jesús, cada evangelista lo hace desde una perspectiva propia e insistiendo en determinados aspectos. San Marcos proclama la realización desconcertante del designio de Dios. Expone los hechos en su cruda realidad, con la vivacidad de un testigo. No disimula nada, más bien relata los contrastes: la cruz es escandalosa, al tiempo que revela al Hijo de Dios.

De hecho, ante una situación que es «escándalo» y «locura» (1Cor 1,23), la reacción de los discípulos es de desconcierto: «abandonándole huyeron todos» (14,50), según había predicho el mismo Jesús: «todos os vais a escandalizar» (14,27). Ante lo chocante de la Pasión, la única actitud válida es la del centurión (15,39): un acto de fe que se somete al misterio.

El prendimiento de Jesús

San Marcos narra los hechos con un estilo directo y brusco: «se presenta Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos» (14,43). Jesús es apresado. Una palabra suya subraya la anomalía de la situación: «como contra un salteador habéis venido a prenderme con espadas y palos» (14,48). Todos le abandonan y huyen. El evangelista subraya lo que la escena tiene de sorprendente. Sólo de paso se indica la clave que explica esta situación desconcertante: «es para que se cumplan las Escrituras» (14, 49).

Proceso judío

Después del prendimiento, Jesús es remitido a las autoridades de su pueblo. El evangelista indica cómo la orientación del interrogatorio está fijada desde el principio: buscan «dar muerte a Jesús» (14,55). Pero esta intención es contraria con los hechos: no encuentran ningún cargo verdadero contra Jesús. Finalmente, cuando el sumo sacerdote la pregunta si es el Mesías, el Hijo del Bendito, Jesús declara solemnemente que sí: el interrogatorio, en vez de establecer la culpabilidad de Jesús, revela su suprema dignidad.

Sin embargo, esta revelación de su verdadera personalidad no encuentra eco positivo; en vez de rendirle homenaje, le llaman blasfemo y reo de muerte (14,64), se burlan de Él (14,65), el más ardiente de sus discípulos le niega (14, 66-72), le atan como un malhechor para entregarlo a Pilato (15,1). Vistos desde el exterior, los hechos parecen contradecir la declaración solemne de Jesús.

Proceso romano

Al llamar a Jesús «rey de los judíos» (15,2.9.12), sus enemigos traspasan al plano político la dignidad del Mesías, lo cual deforma burdamente la declaración de Jesús (es Rey en otro sentido: Jn 18,33-38).

Ante Pilato, san Marcos sigue resaltando lo chocante: son los judíos quienes se encarnizan contra el Rey de los judíos (15,3-5), mientras que Él calla y no responde; por otro lado, es puesto en comparación con un sedicioso homicida (15,7) y condenado no habiendo cometido ningún crimen (15,14).

El Calvario: de las tinieblas brota la luz

El «Rey de los judíos» recibe un manto de púrpura, una corona y homenajes; pero la corona es de espinas y los homenajes son burlas y golpes (15,17-20). En la cruz es reconocido como «Rey de los judíos», pero los hechos contradicen esta dignidad: desnudez completa (15,24), humillación suprema –dos bandidos como asesores–, impotencia del ajusticiado que debe morir.

Todo son burlas, pues los hechos no cuadran con las pretensiones atribuidas a Jesús. Desde el punto de vista humano debería bajar de la cruz (15,30.32), escapando de la muerte y destruyendo a sus adversarios; de esa manera se podría creer en Él (15,32). El evangelista sabe que esta manera de ver las cosas es falsa, pero la deja expresar con toda su crudeza chocante sumergiéndonos así en la oscuridad del misterio.


Jueves Santo
Ver ciclo A

Viernes Santo
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Vigilia Pascual
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Domingo de Resurrección

Las hazañas del Señor

Sal 117

«No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor». Podemos escuchar en labios de Jesús resucitado estas palabras del salmo responsorial. El Padre ha querido que pasase por la muerte. Pero ahora ya vive. Vive para siempre. Cristo resucitado es «el que vive» (Ap 1,18), el viviente por excelencia, el que posee la vida y la comunica a su alrededor.

Vive en su Iglesia. Y vive «para contar las hazañas del Señor». Desde el día de su resurrección proclama a los hombres, a sus discípulos, las maravillas que el Padre ha realizado con Él resucitándole. Cristo resucitado testimonia en su Iglesia la gloria que el Padre le ha dado, el gozo infinito que le inunda, el poder que ha recibido de su Padre constituyéndole Señor de todo y de todos. Para toda la eternidad Cristo es el Testigo más perfecto de las hazañas del Señor, del poder y del amor que el Padre ha derrochado en Él resucitándole de entre los muertos y sentándole a su derecha (Ef 1,19-21).

«La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». El despreciado, el humillado, el crucificado es ahora fundamento de todo. Cristo resucitado es y será para siempre el que da sentido a cada hombre, a cada sufrimiento, a cada esfuerzo, a la Historia entera. Sólo en Él la vida cobra consistencia y valor, pues «no se nos ha dado otro Nombre en el que podamos salvarnos» (He 4,12). Todo lo construido al margen de esta piedra angular se desmorona, se hunde. Ser cristiano es vivir cimentado en Cristo (Col 2,7), apoyado totalmente y exclusivamente en Él.

«Este es el día en que actuó el Señor». La resurrección de Cristo es la gran obra de Dios, la maravilla por excelencia. Mayor que la creación y que todos los prodigios realizados en la antigüedad. Hemos de aprender a admirarnos de ella. Hemos de aprender a gozarnos en ella: «sea nuestra alegría y nuestro gozo». La resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra alegría. «Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente», pues es un acontecimiento humanamente inexplicable. Pero un acontecimiento que sigue presente y activo en la Iglesia, pues la resurrección de Cristo no ha cesado de dar fruto. Hoy sigue siendo el día en que el Señor actúa...

La gran noticia

Jn 20,1-9

Lo mismo que a las mujeres la mañana de Pascua, la Iglesia nos sorprende hoy con la gran noticia: el sepulcro está vacío. Cristo ha resucitado. El Señor está vivo. El mismo que colgó de la cruz el viernes santo. El mismo que fue encerrado en el sepulcro. ¿Soy capaz de dejarme entusiasmar con esta noticia?

«Vio y creyó». La resurrección de Cristo es el centro de nuestra fe. Nosotros no creemos en ideas, por bonitas que sean. Nuestra fe se basa en un acontecimiento: Cristo ha resucitado. Nuestra fe es adhesión a una persona viva, real, concreta: Cristo el Señor. Y la Pascua nos ofrece la posibilidad de un encuentro real con el Resucitado y de la experiencia de su presencia en nuestra vida.

Los discípulos corrían. Este apresuramiento significa mucho. Es, ante todo, el deseo de ver al Señor, a quien tanto aman. Es el deseo de comprobar con sus propios ojos que, efectivamente, el sepulcro está vacío, que la muerte ha sido vencida y no tiene la última palabra. Es el entusiasmo de quien sabe que la historia ha cambiado, que la vida tiene sentido. Es la alegría de quien tiene algo que decir, de quien quiere transmitir una gran noticia a los demás. La resurrección de Cristo no nos deja adormecidos. Es la noticia que nos sacude y nos pone en movimiento. Nos hace testigos y mensajeros del acontecimiento central de toda la historia de la humanidad.