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Adviento y Navidad

Sólo los dos primeros domingos de Adviento están tomados de Marcos. El tercero es de Juan (1,6-8.19-28: el Bautista como testigo de la luz) y el cuarto de Lucas (1,26-38: anunciación a María).


Domingo I de Adviento

Mc 13,33-37

El primer domingo está tomado del final del discurso escatológico. En consonancia con la orientación que tiene este domingo en los demás ciclos, el texto centra nuestra atención en la segunda venida de Cristo. La perícopa de Marcos subraya la incertidumbre del cuándo –«no sabéis cuándo es el momento»–, explicitada por la parábola del hombre que se ausenta. La consecuencia es la insistencia en la vigilancia –dos veces el imperativo «vigilad» «velad», al principio y al final del texto–, pues el Señor puede venir inesperadamente y encontrarnos dormidos. Finalmente, se subraya el carácter universal de esta llamada a la vigilancia: «lo digo a todos».

De mil maneras

Llama la atención en estos breves versículos el número de veces que se repite la palabra «velar», «vigilar». Esta vigilancia es base en que el Dueño de la casa va a venir y no sabemos cuándo.

Cristo viene a nosotros continuamente, de mil maneras, «en cada hombre y en cada acontecimiento» (Prefacio III de Adviento). El evangelio del domingo pasado nos subrayaba esta venida de Cristo en cada hombre necesitado; Cristo mismo suplica que le demos de beber, le visitemos... Estar vigilante significa tener la fe despierta para saber reconocer a este Cristo que mendiga nuestra ayuda y tener la caridad solícita y disponible para salir a su encuentro y atenderle en la persona de los pobres.

Además, Cristo viene en cada acontecimiento. Todo lo que nos sucede, agradable o desagradable, es una venida de Cristo, pues «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rom 8,28). Un rato agradable y un regalo recibido, pero también una enfermedad y un desprecio, son venida de Cristo. En todo lo que nos sucede Cristo nos visita. ¿Sabemos reconocerle con fe y recibirle con amor?

Pero la insistencia de Cristo en la vigilancia se refiere sobre todo a su última venida al final de los tiempos. Según el texto evangélico, lo contrario de vigilar es «estar dormido». El que espera a Cristo y está pendiente de su venida, ese está despierto, está en la realidad. En cambio, el que está de espaldas a esa última venida o vive olvidado de ella, ese está dormido, fuera de la realidad. Nadie más realista que el verdadero creyente. ¿Vivo esperando a Jesucristo?

¡Ojalá bajases!

Is 63, 16-17; 64,1.3-8

Isaías es el profeta del Adviento. En todo este tiempo santo somos conducidos de su mano. Él es el profeta de la esperanza.

«¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!» No se trata de un deseo utópico nuestro. El Señor quiere bajar. Ha bajado ya y quiere seguir bajando. Quiere entrar en nuestra vida. Él mismo pone en nuestros labios esta súplica. La única condición es que este deseo nuestro sea real e intenso, un deseo tan ardoroso que apague los demás deseos. Que el anhelo de la venida del Señor vuelva crepusculares todos los demás pensamientos.

«Señor, tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero». Al inicio del Adviento, que es también el inicio de un nuevo año litúrgico, no se nos podía dar una palabra más vigorosa ni esperanzadora. El Señor puede y quiere rehacernos por completo. A cada uno y a la Iglesia entera. Como un alfarero rehace un cacharro estropeado y lo convierte en uno totalmente nuevo, así el Señor con nosotros (Jer 12,1-6). Pero hacen falta dos condiciones por nuestra parte: que creamos sin límite en el poder de Dios y que nos dejemos hacer con absoluta docilidad como barro en manos del alfarero.

«Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en él». El mayor pecado es no confiar y no esperar bastante del amor de Dios. Y el mayor reproche que Dios nos puede hacer es el mismo que a Moisés por dudar del poder y del amor de Dios: «¿Tan mezquina es la mano de Yahvé?» (Núm 11,23). Ante el nuevo año litúrgico el mayor pecado es no esperar nada o muy poco de un Dios infinitamente poderoso y amoroso que nos promete realizar maravillas. «Si tuvierais fe como un granito de mostaza...»


Domingo II de Adviento

Mc 1,1-8

El segundo domingo –también en consonancia con los otros ciclos– se centra en la figura de Juan el Bautista (Mc 1,1-8). Marcos subraya fuertemente su carácter de mensajero y precursor: es como una estrella fugaz que desaparece rápidamente, pues está en función de otro –como subraya el inicio de la perícopa: «Evangelio de Jesucristo»–. Su estilo recuerda al gran profeta Elías, que según la tradición judía debía preceder inmediatamente al Mesías (cfr. Mc 9,11-13). En el contexto del adviento, este texto orienta enérgicamente hacia Cristo, hacia el Mesías que viene como el «más fuerte» y como el que «bautiza con Espíritu Santo». La respuesta multitudinaria con que es acogida la llamada de Juan a la conversión es signo de cómo también nosotros hemos de ponernos decididamente en camino para acoger a Cristo con humildad y sin condiciones.

Conversión y austeridad

Juan Bautista nos es presentado como modelo de nuestro Adviento. Hoy sigue haciendo lo que hizo para preparar la primera venida de Cristo. Ante todo, nos pide conversión. No podemos recibir a Cristo si no estamos dispuestos a que su venida cambie muchas cosas en nuestra vida. Es la única manera de recibir a Cristo. Si esta Navidad pasa por mí sin pena ni gloria, si no se nota una transformación en mi vida, es que habré rechazado a Cristo. Pero para ponerme en disposición de cambiar he de darme cuenta de que necesito a Cristo. En este nuevo Adviento, ¿siento necesidad de Cristo?

Juan Bautista se nos presenta como modelo de nuestro Adviento por su austeridad –vestido con piel de camello, alimentado de saltamontes...– Pues bien, para recibir a Cristo es necesaria una buena dosis de austeridad (Rom 13, 13-14). Mientras uno esté ahogado por el consumismo no puede experimentar la dicha de acoger a Cristo y su salvación. Es imposible ser cristiano sin ser austero. La abundancia y el lujo asfixian y matan toda vida cristiana.

Cristo viene para bautizar con Espíritu Santo. Esto quiere decir que el esperar a Cristo nos lleva a esperar al Espíritu Santo que él viene a comunicarnos, pues «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). Con el Adviento hemos inaugurado un camino que sólo culmina en Pentecostés. ¿Tengo ya desde ahora hambre y sed del Espíritu Santo?

Aquí está vuestro Dios

Is 40, 1-5. 9-11

«Consolad, consolad a mi pueblo...» La Iglesia nos anuncia la venida de Cristo. Y Él viene para traer el consuelo, la paz, el gozo. Ese consuelo íntimo y profundo que sólo Él puede dar y que nada ni nadie puede quitar. El consuelo en medio del dolor y del sufrimiento. Porque Jesús, el Hijo de Dios, no ha venido a quitarnos la cruz, sino a llevarla con nosotros, a sostenernos en el camino del Calvario, a infundirnos la alegría en medio del sufrimiento. ¡Y todo el mundo tiene tanta necesidad de este consuelo! Este mundo que Dios tanto ama y que sufre sin sentido.

«En el desierto preparadle un camino al Señor». Es preciso en este Adviento reconocer nuestro desierto, nuestra sequía, nuestra pobreza radical. Y ahí preparar camino al Señor. No disimular nuestra miseria. No consolarnos haciéndonos creer a nosotros mismos que no vamos mal del todo. Es preciso entrar en este nuevo año litúrgico sintiendo necesidad de Dios, con hambre y sed de justicia. Sólo el que así desea al Salvador verá la gloria de Dios, la salvación del Señor. Por eso dijo Jesús: «Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios» (Mt 21,31).

«...Alza con fuerza la voz, álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: aquí está vuestro Dios». La mejor señal de que recibimos al Salvador, es el deseo de gritar a todos que «¡hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1,41). Si de veras acogemos a Cristo y experimentamos la salvación que Él trae, no podemos permanecer callados. Nos convertimos en heraldos, en mensajeros, en profetas, en apóstoles. Y no por una obligación exterior, sino por necesidad interior: «No podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído» (He 4,20).


Domingo III de Adviento

La Buena Noticia

Is 61,1-2.10-11

«Como el suelo echa sus brotes... así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos». La palabra de Dios escuchada como es y como se nos da, saca del individualismo y de las expectativas reducidas. La acción de Dios se asemeja a una tierra fértil que hace germinar con vigor plantas de todo tipo. Así Dios suscita la santidad –«justicia»– y, en consecuencia, provoca la alabanza gozosa y exultante –«los himnos»–. Y eso no para unos pocos, sino para «todos los pueblos». Éstos son los horizontes en que nos introduce la esperanza del Adviento. Pues la acción de Dios es fecunda e inagotable, genera vida.

«Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren». Si prestamos atención a los textos, ellos nos dirán quiénes somos o cómo estamos y a la vez qué estamos llamados a ser. Nos encontramos desgarrados, cautivos, prisioneros... Nos encontramos llenos de sufrimientos porque todavía no conocemos ni vivimos lo suficiente la buena noticia, el Evangelio... Pero es a los que así se encuentran a los que se les proclama la amnistía y la liberación de la esclavitud; se les anuncia la buena nueva y se les invita a dejarse vendar los corazones desgarrados... ¿Lo creo de veras? ¿Lo espero?

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido». Para todo esto viene Cristo, el Mesías, el Ungido. Nosotros también hemos sido ungidos. Somos cristianos. Hemos recibido el mismo Espíritu de Cristo. Y también somos enviados a dar la buena noticia a los que sufren, a vendar los corazones desgarrados... además de acoger la acción de Cristo en nosotros, a favor nuestro –o mejor, en la medida en que la acojamos–, prolongamos a Cristo y su acción en el mundo y a favor del mundo, dejándole que tome nuestra mente, nuestro corazón, nuestros labios, nuestras manos..., y los use a su gusto.

Testigo de la Luz

Jn 1,6-8.19-2

Juan Bautista es testigo de la luz. Nos ayuda a prepararnos a recibir a Cristo que viene como «luz del mundo» (Jn 9,5). Para acoger a Cristo hace falta mucha humildad, porque su luz va a hacernos descubrir que en nuestra vida hay muchas tinieblas; más aún, Él viene como luz para expulsar nuestras tinieblas. Si nos sentimos indigentes y necesitados, Cristo nos sana. Pero el que se cree ya bastante bueno y se encierra en su autosuficiencia y en su pretendida bondad, no puede acoger a Cristo: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven se vuelvan ciegos» (Jn 9,39).

Juan Bautista es testigo de la luz. Y bien sabemos lo que le costó a él ser testigo de la luz y de la verdad. Pues bien, no podemos recibir a Cristo si no estamos dispuestos a jugarnos todo por Él. Poner condiciones y cláusulas es en realidad rechazar a Cristo, pues las condiciones las pone sólo Él. Si queremos recibir a Cristo que viene como luz, hemos de estar dispuestos a convertirnos en testigos de la luz, hasta llegar al derramamiento de nuestra propia sangre, si es preciso, lo mismo que Juan. «Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt10, 32-33).

Juan Bautista es testigo de la luz. Pero confiesa abiertamente que él no es la luz, que no es el Mesías. Él es pura referencia a Cristo; no se queda en sí mismo ni permite que los demás se queden en él. ¡Qué falta nos hace esta humildad de Juan, este desaparecer delante de Cristo, para que sólo Cristo se manifieste! Ojalá podamos decir con toda verdad, como Juan: «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).


Domingo IV de Adviento

Todo sucede en María

2Sam 7,1-5.8-11.16; Lc1,26-38

«¿Eres tú quien me va a construir una casa...?» Por medio del profeta Natán, Dios rechaza el deseo de David de construirle una casa... Dios mismo se va a construir su propia casa: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra». Jesús será la verdadera Casa de Dios, el Templo de Dios (Jn 2,21), la Tienda del Encuentro de Dios con los hombres. En la carne del Verbo los hombres podrán contemplar definitivamente la gloria de Dios (Jn 1,14) que los salva y diviniza.

«Te daré una dinastía». A este David que quería construir una casa a Dios, Dios le anuncia que será Él más bien quien dé a David una casa, una dinastía. A este David que aspiraba a que un hijo suyo le sucediera en el trono, Dios le promete que de su descendencia nacerá el Mesías: a Jesús «Dios le dará el trono de David su padre, reinará... para siempre, y su reino no tendrá fin».

La iniciativa de Dios triunfa siempre. Dios desbarata los planes de los hombres. Y colma unas veces, desbarata otras y desborda siempre las expectativas de los hombres. ¿Qué maravillas no podremos esperar ante la inaudita noticia de la encarnación del Hijo de Dios?

«Hágase en mí según tu palabra». Todo sucede en María. En ella se realiza la encarnación. Por ella nos viene Cristo. Y esto es y será siempre así: por la acción del Espíritu Santo a través de la receptividad y absoluta docilidad de María Virgen.

¿Se trata de que Cristo nazca, viva y crezca en mí? Por obra del Espíritu en el seno de María. ¿Se trata de que Cristo nazca en quien no le posee o no le conoce? ¿Se trata de que Cristo sea de nuevo engendrado y dado a luz en este mundo tan necesitado por Él? Por gracia del Espíritu Santo a través de María Virgen. Es el camino que Él mismo ha querido y no hay otro.

Enteramente disponibles

Lc 1,26-38

A las puertas mismas de la Navidad y después de habérsenos presentado Juan Bautista, se nos propone a María como modelo para recibir a Cristo. Sobre todo, por su disponibilidad. Ante el anuncio del ángel, María manifiesta la disponibilidad de la esclava, de quien se ofrece a Dios totalmente, sin poner condiciones, sometiéndose perfectamente a sus planes. Si nosotros queremos recibir de veras a Cristo, no podemos tener otra actitud distinta de la suya. Cristo viene como «el Señor» y hemos de recibirle en completa sumisión, aceptando incondicionalmente su señorío sobre nosotros mismos, sino que «somos del Señor» (Rom 14,8).

Además, María acoge a Cristo por la fe. Frente a lo sorprendente de lo que se le anuncia, ella no duda; se fía de la palabra que se le dirige de parte de Dios: «para Dios nada hay imposible». Cree sin vacilar y en esto consiste su felicidad: «Dichosa tú que has creído, porque lo que se te ha dicho de parte del Señor se cumplirá» (Lc 1,45). Para recibir a Cristo hace falta una fe viva que nos haga creer que es capaz de sacarnos de nuestras debilidades y que puede y quiere transformar un mundo corrompido, ya que «ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10). No hay motivo para la duda, pues lo que está en juego es «el poder del Altísimo».

Finalmente, lo primero que experimenta María es la alegría: «¡Alégrate!». Es la alegría de recibir al Salvador. También nosotros, si recibimos a Cristo, estamos llamados a experimentar esta alegría: una alegría que no tiene nada que ver con la que ofrece el consumismo de estos días, pues es incomparablemente más profunda, más duradera y más intensa.


Natividad del Señor

ver ciclo A


Domingo de la Sagrada Familia

Pertenencia exclusiva de Dios

Lc 2,22-40

«Llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor». Jesús es ofrecido, consagrado a Dios. María y José saben que Jesús es santo (Lc 1,35), que ha sido consagrado por el Espíritu Santo. No necesita ser consagrado, pues ya está consagrado desde el momento mismo de su concepción. Sin embargo, realizan este pacto para ratificar públicamente que Jesús pertenece a Dios, que es pertenencia exclusiva del Padre y por consiguiente sólo a sus cosas se va a dedicar (Lc 2,49).

También nosotros estamos consagrados a Él por el bautismo. No es cuestión de que nos consagremos a Dios, sino de tomar conciencia de que ya lo estamos y que cuando no vivimos así, estamos profanando y degradando nuestra condición y nuestra dignidad de hijos de Dios.

«Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten». Ya desde el inicio Jesús es signo de contradicción. Lo fue durante toda su vida terrena y lo seguirá siendo hasta el fin de los tiempos. También durante este año litúrgico. El Señor se nos irá revelando y conviene tener presente que existe el peligro de que le rechacemos cuando sus planes y sus caminos no coincidan con los nuestros, cuando sus exigencias nos parezcan excesivas, cuando la cruz se presente en nuestra vida... Para que no rechacemos a Cristo necesitamos la actitud de Simón y de Ana, los pobres de Yahvé que lo esperan todo de Dios y que no le ponen condiciones. «¡Dichoso aquel que no se sienta escandalizado por mí!» (Mt 11,6).

Por otra parte, si Cristo se presenta ya desde el principio como signo de contradicción –que llegará a su culmen en la cruz–, esto nos debe hacer examinar cómo le manifestamos. No debe extrañarnos que el mundo nos odie por ser cristianos (Jn 15,19-20). Más bien debería sorprendernos que nuestra vida no choque ni provoque reacciones en un mundo totalmente pagano. ¿No será que hemos dejado de ser luz del mundo y sal de la tierra?

Modelo de toda familia

En estos versículos del evangelio de la infancia se nos presenta la familia de Nazaret como modelo de toda familia cristiana. En primer lugar, todo el episodio está marcado por el hecho de cumplir la ley del Señor –cinco veces aparece la expresión en estos pocos versículos–. San Lucas subraya cómo María y José cumplen con todo detalle lo que manda la ley santa; lejos de sentirse dispensados, se someten dócilmente a ella. De igual modo, no puede haber familia auténticamente cristiana si no está modelada toda ella, en todos sus planeamientos y detalles, según la ley de Dios, según sus mandamientos y su voluntad.

Por otra parte, para los israelitas, presentar el hijo primogénito en el santuario era reconocer que pertenecía a Dios (Ex 13,2). Más que nadie, Jesús pertenece a Dios, pues es el Hijo del Altísimo (Lc 1,32). Este gesto es muy iluminador para toda familia, que ha de recibir cada nuevo hijo como un don precioso de Dios, que es el verdadero Padre (Mt 23,9), y ha de saber ofrecerle de nuevo a Dios, sabiendo para toda la vida que en realidad ese hijo no les pertenece a ellos, sino a Dios; por lo cual han de educarle según la voluntad del Señor, no la suya propia, de manera que crezca en gracia y sabiduría.

En la vida de la familia de Nazaret también está presente la cruz. Jesús es signo de contradicción y a María una espada le traspasa el alma. ¡Qué consolador para una familia cristiana saber que José, María y Jesús han sufrido antes que ellos y más que ellos! También en esas situaciones de dificultad, de enfermedad, de persecución por sus convicciones y conducta cristiana, lo decisivo es saber que «la gracia de Dios les acompaña».


Domingo II después de Navidad

La luz verdadera

Jn 1,1-18

«La Palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre». Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, es la Luz. «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (GS 22). Sólo en Cristo cobra sentido la vida de todo hombre. Pues bien, cuando vemos a nuestro alrededor tantos hombres y mujeres destruidos, ¿cómo permanecer tranquilos habiendo venido el Redentor? ¿Qué estamos haciendo con la luz de Cristo, la que el mundo necesita, la única que redime?

Juan «venía como testigo para dar testimonio de la luz». ¡Qué hermosa expresión del ser cristiano! «No era él la luz, sino testigo de la luz». La Luz es Cristo y sólo Él. Pero el mundo necesita testigos de la Luz para creer en la Luz. Y a nosotros se nos ha dicho: «vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14). El mundo necesita la luz de Cristo y nos necesita a nosotros como testigos de la luz. Necesita nuestra vida transfigurada por la luz de Cristo, luminosa con la luz que proviene de Él, reflejándole a Él en cada palabra, en cada gesto.

«Vino a su casa y los suyos no le recibieron». Ésta es la tragedia, la única tragedia: no recibir a Cristo, sofocar la luz. Una Navidad más los hombres pueden rechazar a Cristo. También nosotros podemos rechazarle. Si permanecemos en nuestra comodidad, si no nos arranca de nuestros esquemas, habremos rechazado a Cristo. «Los suyos no le recibieron». No le recibieron los que oficialmente pertenecían al pueblo de Dios, al Pueblo santo, al Pueblo de las promesas. Y podemos no recibirle nosotros que pertenecemos al nuevo pueblo de Dios, oficialmente cristianos. Es preciso renovar ahora, más que nunca, la actitud de conversión para que esta Navidad no pase ni pena ni gloria, para que Cristo venga a su Casa y pueda disponerlo todo a su gusto.


Epifanía del Señor

Ver ciclo A


Bautismo del Señor

Mc 1,6b-11

En el tiempo de Navidad y Epifanía Marcos está casi totalmente ausente. Sabido es cómo –a diferencia de los otros evangelios – no contiene nada referente a los evangelios de la infancia. Sólo al final del Ciclo de Navidad –fiesta del Bautismo del Señor– volvemos a encontrar el evangelio de Marcos.

El bautismo de Jesús (Mc 1,6b-11) pone de relieve que Él es efectivamente el Mesías, el Ungido de Dios (cfr. Is 11,2; 42,1; 63,11-19), como ya se indicaba en el título del Evangelio (Mc 1,1). Los cielos –tanto tiempo cerrados– ahora se rasgan: en Jesús se ha restablecido la comunicación de Dios con los hombres y de los hombres con Dios; con Jesús, siervo de Yahvé e Hijo muy amado de Dios comienza una etapa nueva. Por lo demás, la perícopa incluye, además del relato del bautismo en sí –muy breve en Marcos–, el anuncio del Bautista de que Él bautizará con Espíritu Santo; con ello se pone de relieve que precisamente por ser el Mesías y estar lleno del Espíritu, Jesús puede bautizar –es decir, sumergir– en Espíritu a todos los le que aceptan.

En la benevolencia del Padre

En el relato del bautismo, Jesús aparece como el «Hijo amado» del Padre. Esta es su identidad y su misterio a la vez: este hombre es el Hijo único del Padre, Dios igual que Él. Toda la vida humana de Jesús es una vida filial; vive como Hijo y se siente amado por el Padre: «El Padre ama al Hijo y lo ha puesto todo en sus manos» (Jn 3,35). También nosotros somos hijos de Dios por el bautismo. Pero nuestra vida cristiana no tendrá base sólida ni cobrará altura si no vivimos en la benevolencia del Padre y no experimentamos la alegría de ser hijos amados de Dios.

Jesús se manifiesta igualmente al inicio de su vida pública como ungido por el Espíritu Santo. Toda su existencia va a ser conducida por este Espíritu (Lc 4,1.4). Jesús es totalmente dócil a la acción del Espíritu Santo en Él y nos da su mismo Espíritu a nosotros. ¿Tengo conciencia de ser «templo del Espíritu Santo»? (1Cor 6,19) ¿Conozco al Espíritu Santo o soy como aquellos discípulos de Juan que ni siquiera sabían que existía el Espíritu Santo? (He 19,2). «Los que se dejan llevar por el Espíritu, esos son los hijos de Dios» (Rom 8,14): ¿me dejo guiar dócilmente por este Espíritu que mora en mí? ¿Experimento como Jesús «la alegría del Espíritu Santo»? (Lc 10,21). ¿Dejo que Él produzca en mí sus frutos? (Gal 5,22-23).

Siendo inocente y santo, al bautizarse Jesús pasa por un pecador; por eso Juan quiere impedírselo (Mt 3,14). Jesús inicia su vida pública con la humillación, lo mismo que había sido su infancia y seguirá siendo toda su vida hasta acabar en la suprema humillación de la cruz. Jesús vive en la humillación permanente; no sólo acepta la humillación, sino que Él mismo la elige. ¿Y yo?