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6. Estado de oración en la vía unitiva

Cuando un alma conserva esta fidelidad en seguir paso a paso a Jesucristo, se deja penetrar de las verdades divinas y conforma con ellas su vida, Dios la conduce poco a poco al estado de oración. Es ésta la tercera etapa, la de la vía unitiva, en la cual el alma se adhiere únicamente a Dios, a Cristo. Puede decir con el Apóstol: «¿Quién me apartará del amor de Cristo?» (Rom 8, 5). En esta etapa hay muchos grados; pero estemos seguros de que algún día Dios nos elevará a aquel grado que nos convenga, si permanecemos generosamente fieles en buscarle exclusivamente: «Yo seré tu recompensa, grande sobre manera» (Gén 15,1).
Efectivamente; a medida que el alma se despoja de sí propia, Dios obra más y más en ella; atrae a sí todas sus facultades para simplificar el ejercicio de las mismas. La oración se hace más sencilla, y el alma ya no siente la necesidad de reflexionar mucho, de pensar o de hablar largo y tendido: la acción directa de Dios se hace más profunda, y el alma permanece inmóvil, por decirlo así, delante de Él, sabiéndole presente, íntimamente como está unida a Dios por un acto de amorosa adhesión, por más que este acto vaya envuelto en las oscuridades de la fe.
Se podría comparar esta unión a la de dos almas, que saben lo que cada una piensa sin necesidad de hablarse; que tienen completa armonía de sentimientos, sin necesidad de manifestarlos. Tal es la contemplación: el alma ve a Dios; le ama y calla. Y Dios, a su vez, la mira y la inunda de su plenitud. Esto hacen las personas que se aman intensamente; cuando se lo han dicho todo recíprocamente se miran callando, y en esta mirada ponen toda la intensidad de su amor y de su ternura. Para morar en esta oración de fe, unida a Dios, a Cristo Jesús, el alma no necesita intermediario alguno: da de lado, por decirlo así, a lo que le dicta el sentido y a la natural inteligencia y aun a los símbolos revelados, para descansar sólo en la pura fe.
Puede ella decir a Dios: «Ya que no puede veros como sois, no quiero símbolos, ni imágenes; prefiero identificar mi inteligencia con la de Cristo, contemplaros con sus ojos; pues Él os ve tal como sois, Dios mío». En este encuentro con Dios, en este contacto inmediato con el amado, el alma se abandona a Él y encuentra todo su bien, porque Dios se comunica a ella al revelársele. Este contacto de fe y de amor es muchas veces brevísimo, de instantes; pero lo suficiente para inundar al alma de luz; ama entonces con el amor del mismo Dios y obra con la actividad divina.
Esta unión con Dios por la fe es simplicísima, aunque muy fructífera. En el alma que la vive se realizan las palabras del Señor: «Yo te haré mi esposa por la fe, y tú sabrás que yo soy el Señor» (Os 2,20). ¿Qué debe hacer ella? Abandonarse a Dios; el cual, en contacto con ella, conmueve sus fibras más íntimas para atraerlas a sí, como a su centro; es un abrazo divino, en que el alma debe dejarse llevar de la mano del divino artista, que la transforma, pese a las arideces, a la impotencia y a las oscuridades que puedan angustiarla.
Por su fecundidad, esta oración recibe el nombre de transformante. En el cielo «seremos semejantes a Dios, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3,2); apenas Le ve, el alma bienaventurada se identifica con Él en la inteligencia por medio de la verdad, y en la voluntad por el amor. En cuanto es posible, el alma será, no igual, evidentemente, pero sí semejante a Dios: la visión beatífica obra esta transformación de hacerla semejante a Dios, hasta el punto de unírselo en la unidad.
Ahora bien: la oración con fe preludia acá en la tierra la visión de los elegidos; porque, contemplando el alma a Dios en la oración, ve en Él todas sus perfecciones y toda verdad y se abandona a esta verdad; y viendo asimismo en Dios el soberano y único Bien, su voluntad se adhiere a esta voluntad divina, origen de toda felicidad; y cuanto más íntima es esta adherencia, tanto más unida está el alma a Dios. Esta es la causa por la cual la oración en la fe es tan preciosa; y debemos desear elevarnos a un alto grado en esta oración, o sea, llegar a la unión, la más simple y amorosa con Dios, que proviene de una efusión de la purísima luz divinal.
Tiene un gran valor esta unión, ya que posee la virtud de transformar al alma en poquísimo tiempo. La barra metálica sumergida en el fuego adquiere bien pronto todas las cualidades del fuego; y el alma que se lanza por la oración a Dios, horno ardentísimo, llénase toda de luz y calor, inflamándose en vivísimos ardores. ¡Qué gracia tan extraordinaria! Dios opera entonces en ella más que ella misma: la mueve el Espíritu Santo. Entonces practica con gran facilidad e incomparablemente mejor lo que antes hacía imperfectamente. Dios le infunde directamente aquellas virtudes en cuya adquisición antes trabajaba fatigosamente.
Tal estado es, pues, sumamente deseable y lo consideraron siempre los Padres como la perfección y el ápice de la vida espiritual. Lejos de producir orgullo, suscita en el alma el sentimiento de la propia nada: porque la criatura no puede comprender la grandeza de Dios sin sentir al mismo tiempo su propia pequeñez.

Sería, no obstante, un error creer que se puede llegar a un alto grado de oración sin haberse preparado largo tiempo y sin haber sufrido muchísimo por Dios y por su gloria. En las condiciones ordinarias de la Providencia, Dios sólo se comunica al alma con esta plenitud al acercarse el término de la vida, cuando el alma ha demostrado, con la constante fidelidad a las aspiraciones de la gracia, que es toda suya y que en todas las cosas no busca más que a Él: «Si de veras busca a Dios» (RB 58).
Debemos tender siempre hacia este estado feliz, al que, sin duda alguna, muchas almas religiosas son llamadas: toda la vida del monje debe dirigirse a esta vida de unión, que es el fin del monacato; de lo contrario será un ser inútil. San Benito nos lo dice con palabras claras:
«Despojémonos de nosotros mismos, purifiquémonos de todo pecado, de tal modo que Dios sea plenamente dueño de obrar en nosotros por la acción de su Espíritu» (RB 7). A este estado de caridad perfecta conduce la constante y generosa ascensión de los grados de humildad, que resumen todo el trabajo de purificación (RB 7). Feliz estado en el cual el alma, toda de Dios, preludia aquella perpetua unión, en la que encontrará la bienaventuranza sin fin.
[La beata Bonomo caracterizaba así las tres vías: «La vía purgativa lleva a los pies de Jesús (que significan la humildad que reconoce la propia miseria e implora gracia y perdón); la vía iluminativa lleva al costado de Jesús, donde están los secretos divinos que el discípulo amado descubrió, reclinado sobre el pecho del Señor, el día de la Cena. La unitiva nos conduce al beso: manifestación suprema de la unión que comienza en la tierra, para terminar en el cielo». (Vie, por Dom du Bourg, págs. 38-40). Esta comparación se encuentra también en santa Catalina de Siena, Dialogo, c. X. San Bernardo habla del ósculo de los pies, manos y labios del Señor, que significan los tres grados de progreso en el alma. (In cant., III, IV, P. L., CLXXXIII, col. 794 y sigs.)].