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4. El oficio divino se convierte, mediante la palabra y el corazón del hombre, en el himno de toda la creación

Otra excelencia de la divina alabanza es promover directamente la gloria de Dios.
A no dudarlo, Él encuentra en sí mismo una gloria esencial, independiente de toda criatura: «Eres mi Dios, y no has menester de mis bienes» (Sal 15,2). Pero, puesto que existen las criaturas, «es muy justo y equitativo que ensalcen su nombre y le den gracias». Nada más puesto en orden ni más conforme a la justicia. De este principio nace la virtud de religión: «Es de veras digno y justo, equitativo y saludable, que siempre y en todas partes os demos gracias, Señor» [Prefacio de la Misa].
En la creación, muchas criaturas desconocen a Dios; le honran, pero de un modo silencioso, observando las leyes establecidas al sacarlas de la nada: «Los cielos cantan la gloria de Dios, y las obras de sus manos nos las canta el firmamento» (Sal 18,2). Pero esta alabanza es muda, sin vida; el firmamento desconoce su propio himno, como desconoce a su Creador. El canto de las cosas inanimadas sólo lo traducen los labios humanos.
Lo dice admirablemente Bossuet: «La criatura insensible no puede ver, pero se manifiesta; no puede amar, pero nos mueve a hacerlo; no conoce a Dios, pero nos lleva a conocerlo. Así es como, imperfectamente y a su manera, glorifica al Padre celestial; pero para que esta adoración sea completa necesita la mediación del hombre. Éste debe prestar a la naturaleza visible una voz, una inteligencia, un corazón ardiente de amor, a fin de que ame por él y en él la belleza invisible de su Creador.
«Para esto fue colocado en medio del mundo como admirable compendio del mismo..., como un gran mundo en el mundo pequeño, ya que, aunque su cuerpo está encerrado en el mundo, posee un espíritu y un corazón que le aventajan en grandeza, a fin de que, contemplando el universo entero y encontrándole en sí mismo, le ofrezca, santifique y consagre a Dios vivo, pues no es más que un contemplador y un misterioso resumen de la naturaleza visible, para ser, en nombre de ella, por el amor, el sacerdote y adorador de la naturaleza invisible e intelectual» [Sermón para la fiesta de la Anunciación, 1662, punto 3ª. Oeuvres oratoires, t. IV].
Esta es la sublime misión que desempeñamos todos los días recitando el oficio divino. Quiere la Iglesia que todas las criaturas cobren vida en los labios del sacerdote o del religioso, para alabar al Señor: «Bendecid al Señor, obras todas de sus manos, bendecidle y engrandecedle por los siglos» [Cántico de Laudes del Domingo. Dn 3,57]. En nuestros labios, como en el Verbo –«en Él estaba la vida»–, todas las criaturas adquieren un alma para cantar las perfecciones del Creador.
Venid, decimos a estas criaturas, venid: vosotras no conocéis a Dios, pero podéis conocerlo por medio de mi inteligencia, le podéis cantar por medio de mis labios. Venid, sol y luna; venid, estrellas diseminadas por el firmamento; venid, frío y calor, montañas y valles, mares y ríos, plantas y flores: venid a ensalzar al que os creó. Dios mío, os amo tanto, que «deseo que toda la tierra os alabe y adore» (Sal 65,4). De este modo todas las alabanzas de la creación llegan a Dios, a través de nuestros labios.
Llegan a Él, porque Jesucristo, el Verbo divino, hace suyas estas alabanzas que le presentamos, guiados por la Iglesia. El hombre es el medianero de la creación; pero, sigue diciendo Bossuet [a continuación del pasaje citado, t. IV], necesita a su vez un intercesor, y éste es Jesucristo, Verbo encarnado. Prestamos a Cristo nuestros labios, para que nuestra oración sea acepta al Padre por su medio: «Por Él, y en Él y con Él, todo honor y gloria te sea dada a ti, oh Dios, Padre omnipotente, en unión del Espíritu Santo»: «Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y éste del Padre» (1 Cor 3,22-23).
He aquí la admirable gradación de la divina alabanza. «Regocíjate, humana naturaleza; tú prestas al mundo visible tu corazón para amar al Creador omnipotente; pero Jesucristo te da el suyo para amar dignamente a Aquel que no puede ser amado como es debido sino por otro semejante a Él» [Bossuet, ibid.]
Por la divina alabanza nos asociamos la creación y nosotros mismos, del modo más íntimo posible, a la alabanza eterna que el Verbo tributa a su Padre. Esta participación en el canto eterno tres veces santo la hacemos principalmente con la doxología Gloria al Padre… con que terminan los salmos y que se repite en otras partes del oficio divino. Al inclinarnos para rendir pleitesía al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, nos unimos a la gloria inefable que la Trinidad beatísima se tributa a sí misma desde toda la eternidad: «Como era en el principio, y ahora y siempre y por los siglos de los siglos». Es como el eco de la mutua complacencia entre las divinas personas, que se gozan en su adorable compañía.
¿Puede darse otra obra mayor o más grata a Dios? Seguramente ninguna. El oficio divino es la más preciosa herencia de nuestra Orden. «Cayeron para mí las cuerdas en lo más selecto, pues mi heredad me es grandemente hermosa» (Sal 15,6). Los momentos en que más gloria podemos dar a Dios son aquellos que pasamos en el coro, alabándole en unión con el Verbo encarnado, que «pasaba las noches con Dios en oración» (Lc 6,12).
No hay obra que más agrade al Padre que ésta en que nos unimos, para glorificarle, al himno cantado «en el seno del Padre» por «el Hijo de su dilección» (Col 1,13); no hay obra que sea más placentera al Hijo que aquella que pedimos prestada a Él mismo, que es como la extensión de su esencia del Verbo, esplendor de la gloria infinita: y ninguna tampoco que más glorifique al Espíritu Santo, porque con sus mismas palabras inspiradas cantamos el amor en su aspecto más tierno, la admiración permanente y el gozo sin fin: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».
Cuando realizamos esta obra con la fe, la sinceridad del corazón y el amor de que somos capaces, sobrepuja a cualquiera otra. Por esto nuestro Patriarca, que estaba dotado del espíritu de todos los justos [San Gregorio, Diálog., l. II, c. 8.], quiere que le demos el primer lugar: «Nada se prefiera a la obra de Dios» (RB 43); no es exclusiva, pero debe tener la preferencia. Aunque no seamos canónigos regulares, no debemos posponerla a ninguna otra, porque dice relación directa con Dios y porque hemos venido al monasterio ante todo para buscar a Dios. El amor ardiente a la divina alabanza es una de las señales más ciertas de que buscamos a Dios sinceramente. «Si de veras busca a Dios… y si es diligente para el oficio divino» (RB 58).