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2. Historia del pudor

En Israel inicia Dios la revelación del pudor, como ya vimos: inocencia primera - pecado original - desnudez - concupiscencia - vergüenza - vestidos, «Dios los vistió» (Gén 3).

Juan Pablo II, en su serie de 129 catequesis sobre el amor humano en el plan divino, dedica al pudor un buen número de ellas, y hace en una esta observación de gran agudeza: «el nacimiento del pudor en el corazón humano va junto con el comienzo de la concupiscencia –la triple concupiscencia, según la teología de Juan (cf. 1Jn 2,16)–, y en particular de la concupiscencia del cuerpo. El hombre tiene pudor del cuerpo a causa de la concupiscencia. Más aún, tiene pudor no tanto del cuerpo, cuanto precisamente de la concupiscencia» (Cateq. 28-V-1980, 5).

La Biblia inculca, pues, en Israel desde el principio el pudor en el vestir, y también otros aspectos del pudor y de la castidad, por ejemplo, en las miradas: «no fijes demasiado tu mirada en doncella, y no te perderás por su causa» (Eclo 9,7-8; cf. Job 31,1). Pero todavía pudor y castidad son virtudes escasamente conocidas y precariamente vividas. Tengamos en cuenta que la sociedad judía incluía esclavas y cautivas de guerra, que la poligamia fue tolerada desde antiguo (Abraham, Gén 25,6; David, 2Sam 3,25; Salomón, 1Re 11,1; 14,21), y que el repudio, es decir, el divorcio, podía obtenerse hasta la llegada de Cristo con suma facilidad.

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Los paganos viven sin mayores problemas de conciencia el impudor y la lujuria, el divorcio, la poligamia, la sodomía, el aborto y el adulterio. San Pablo, cuando describe las miserias del paganismo, enumera ampliamente estas maldades, señalando que «no solo las hacen, sino que aplauden a quienes las hacen» (Rm 1,18-32). La degradación de costumbres llega a tanto que ya algunos moralistas paganos la denuncian con fuerza:

Juvenal: «basta que aparezcan tres arrugas en el rostro de Bíbula para que Sertorius, su marido, se vaya a la búsqueda de otros amores, y para que un liberto de la casa le diga: “recoja sus cosas y lárguese”». Y las esposas tampoco se quedan atrás. Dice Séneca: «se divorcian para casarse y se casan para divorciarse (exeunt matrimonii causa, nubunt repudii)». Marcial: «Éstas, que se casan y divorcian tantas veces, en realidad viven en un continuo adulterio legal (quæ nubit totiens, non nubit: adultera lege est)».

El impudor reina en las costumbres y espectáculos. En los primeros siglos, queda ya muy atrás la nobleza del gran teatro clásico romano, y son las comedias de violencia y sexo –muy semejantes a las de hoy en cine y TV–, las que, estimulando las más bajas pasiones del pueblo, consiguen los mayores éxitos. Esclavos y esclavas están a merced de sus señores. Las termas, los baños mixtos cotidianos, en un marco de belleza, ocio y sensualidad, son costumbre diaria, tan integrada durante siglos en la vida social greco-romana, que quien no es asiduo a las termas en cierto modo se autoexcomulga de la vida social. Los mismos paganos entendían que las termas eran una factor de degradación: balnea, vina, Venus, corrumpunt corpora nostra, sed vitam faciunt –baños, vinos y Venus corrompen nuestros cuerpos ¡pero nos dan la vida!–.

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El cristianismo es en la historia de la humanidad la primera fuerza espiritual que arraiga en un Pueblo nuevo internacional el pudor, la castidad y la monogamia. Cristo y su Iglesia consiguen este milagro histórico, por la comunicación del Espíritu Santo, «que renueva la faz de la tierra». Los cristianos, ciertamente, pecan a veces contra esas virtudes, pero, como veremos, la reacción entonces de la Iglesia, no solo por la predicación sino incluso por la disciplina penitencial comunitaria, mantiene siempre vivo el Evangelio del pudor y de la castidad.

En los escritos de los Padres quedan huellas frecuentes del asombro que en los paganos causaba el pudor de las mujeres cristianas, y la admiración que en muchos casos suscitaba la belleza de la castidad. No parece excesivo afirmar que el testimonio cristiano de la castidad y del pudor fue una de las causas más eficaces de la evangelización del mundo greco-romano, que en gran medida ignoraba la grandeza y hermosura de esas virtudes.

Los Apóstoles, recordando las enseñanzas de Jesús acerca del horror de quienes escandalizan (Lc 17,1-2) y la posibilidad de caer en el pecado de impureza solamente por las miradas y el mal deseo (Mt 5,28), predican la modestia y el pudor, uniendo también a esas virtudes el espíritu de la pobreza evangélica. Y así exhortan a las mujeres:

«Vuestro adorno no ha de ser el exterior, de peinados complicados, aderezos de oro o el de la variedad de los vestidos, sino el oculto del corazón, que consiste en la incorrupción de un espíritu apacible y sereno: ésa es la hermosura en la presencia de Dios. Así es como en otro tiempo se adornaban las santas mujeres que esperaban en Dios» (1Pe 3,3-5). «En cuanto a las mujeres, que vayan decentemente arregladas, con pudor y modestia, que no lleven cabellos rizados, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino que se adornen con buenas obras, como conviene a mujeres que hacen profesión de religiosidad» (1Tim 2,9).

Los santos Padres predican también con gran frecuencia el Evangelio del pudor y de la castidad. Y llama la atención que incluso en los primeros siglos –viviendo la Iglesia en medio de tantas persecuciones y sufriendo también terribles y numerosas herejías, antes de los grandes Concilios dogmáticos– mantienen en sus predicaciones y escritos frecuentes exhortaciones sobre el pudor, la castidad, la renuncia a espectáculos, termas, teatros escandalosos y contra todo lo que fuera ocasión próxima de pecado. Recuerdo algunos ejemplos.

–Clemente de Alejandría (+215), pagano converso, domina tanto la cultura pagana como la cristiana, y describe en El Pedagogo el ideal de una vida evangélica para cristianos seglares, pues aún no había nacido el monacato. Dedica en la obra un capítulo propio a Cómo comportarse en los baños (V).

En primer lugar, describe Clemente el lujo y la sensualidad de los baños alejandrinos, y refiere que «los baños están abiertos al mismo tiempo para hombres y mujeres juntos, y así es como se desnudan con intenciones licenciosas, como si en el baño el agua los despojara del pudor» (V,32). «Es necesario, pues, que los hombres, dando a las mujeres un noble ejemplo de respeto a la Verdad, tengan el pudor de no desvestirse con ellas, y de evitar las miradas peligrosas, pues “aquel que ha mirado con mal deseo, dice la Escritura, ya ha pecado” [Mt 5,28]. Hace falta, por tanto, que en la casa se respete a los parientes y domésticos, en la calle a quienes se encuentre, y lo mismo las mujeres en los baños, como también es preciso en la soledad respetarse a uno mismo, y en todo lugar respetar al Logos [Cristo], que está en todas partes» (V,33).

–San Cipriano (+258), Obispo de Cartago y mártir, hace en un breve tratado que dedica a las vírgenes consagradas, De habitu virginum, algunas referencias al tema de los baños comunes.

«¿Y qué decir de las que acuden a los baños en promiscuidad, y prostituyen ante las miradas curiosas y lascivas la castidad? Cuando allí ven desnudos a los hombres y son vistas por ellos con desvergüenza ¿acaso no fomentan y provocan la pasión de los presentes para su propia ignominia y afrenta? Pero, dirás, “allá se las haya quien lleve tales intenciones; yo no tengo otro interés que reparar y lavar mi cuerpo”.

«No te excusa este pretexto, ni te libras del pecado de lascivia e inmodestia. Ese baño más bien te ensucia que te lava, y no limpia tus miembros, sino que los mancilla. Podrás tú no mirar a nadie con ojos deshonestos, pero otros te mirarán a ti. No afeas tus ojos con vergonzoso deleite, pero causando placer a otros tú misma te afeas. Haces del baño un espectáculo, y más vergonzoso que el teatro mismo, a donde acudes. Allí queda excluído todo recato; allí se despoja el cuerpo a un tiempo del vestido y de su dignidad y pudor, poniendo al descubierto unos miembros virginales para ser objeto de miradas y curiosidad. Considera, pues, ahora si van a creer casta los hombres, cuando estás vestida, a aquella misma que ha tenido la audacia de desnudarse sin pudor» (19). «Váyase a los baños, pero con las de vuestro sexo, para que vuestro lavado resulte decente mutuamente» (21).

Enseñanzas como éstas, se repiten con unos u otros matices en muchos otros Padres, y no sólo sobre las vírgenes consagradas sino sobre todos los cristianos. De hecho, a medida que al paso de los siglos el cristianismo va configurando el mundo secular, los baños mixtos van desapareciendo, y por eso mismo éste es un tema que desaparece también de la predicación de los Padres. Y las mismas leyes dadas por la Iglesia y la autoridad civil, acaban con el impudor pagano.

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El pudor se exige en la Iglesia. El Concilio de Laodicea (320) prohibe los baños mixtos, en cuanto Constantino da a la Iglesi libertad civil. Se recuerda esta norma en el Concilio de Constantinopla, el llamado Trullano (692). El Código de Justiniano (528) ve en la asistencia de una esposa a los baños comunes una causa legítima de separación matrimonial (V, 17,11). Pero quizá el documento de mayor importancia para la formación de una cultura del pudor en la Iglesia lo hallamos en las Constituciones de los Apóstoles (380). Este documento de origen sirio, muy venerado en la Iglesia antigua, incorpora normas anteriores de la Iglesia (Didajé, s. II, Traditio apostolica y Didascalia, s. III), y las difunde en una tiempo de apertura del pueblo cristiano al mundo, todavía pagano en muchos aspectos. Es un código canónico y espiritual que, en ocho libros, regula la vida de los diversos estamentos del pueblo cristiano. Pues bien, el libro I está dedicado a la vida de los laicos, y en él se presta una notable atención al pudor que ha de caracterizar a los miembros de Cristo:

A los varones cristianos, en tres o cuatro páginas, les encarece la modestia en el arreglo personal y el recogimiento de los sentidos, especialmente de la mirada. «Esfuérzate por serle agradable [a tu esposa], pero sin acicalarte hasta el punto que otra se prenda de ti». Si otra queda «herida en su corazón, prendada de ti, tú serás tenido por responsable de su falta, por el hecho de haber sido causa de escándalo para ella y heredarás una maldición».

A las mujeres cristianas, también largamente y entrando en muchos detalles concretos, les previene severamente contra toda vanidad de impudor. «Si quieres ser creyente y complacer al Señor, oh mujer, no te embellezcas para complacer a los hombres que no sean tu marido, y no imites a las cortesanas llevando trenzas, vestidos y calzado como ellas llevan, con el riesgo de atraer hacia ti a los que se dejan seducir por tales cosas». Más aún, «mujeres, por vuestro pudor y vuestra humildad, dad también testimonio de la religión ante los que son de fuera [no creyentes], hombres o mujeres, con vistas a su conversión y para animarlos a la fe».

Todas estas enseñanzas y exhortaciones, tanto en Oriente como en Occidente, son un leitmotiv por el que los Padres, recordando los avisos de Cristo y de sus apóstoles, inculcan el pudor y el deber de evitar el escándalo del impudor. Al mismo tiempo exhortan al recogimiento de los sentidos: «si tu ojo te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti» (Mt 5,28). Eso significa evitar las ocasiones próximas de pecado que sean innecesarias, termas, espectáculos, etc., por mucha cruz que ello traiga consigo. Ya en el Bautismo el cristiano se ha comprometido, por gracia de Dios, a renunciar al mundo tentador (apotaxis), que es diabólico, por la unión con Cristo (syntaxis) en la Iglesia.

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La Iglesia ha predicado siempre el Evangelio del pudor. Nunca se ha avergonzado de él. Nunca lo ha silenciado en la predicación, como si fuera un tema mínimo innecesario. Traigo algunos ejemplos más recientes:

El P. Antonio Royo Marín (+2005), dominico, uno de los autores espirituales más leídos en la segunda mitad del siglo XX, al tratar de la purificación activa de los sentidos externos, enseña: «El alma que aspire seriamente a santificarse huirá como de la peste de toda [innecesaria] ocasión peligrosa. Y por sensible y doloroso que le resulte, renunciará sin vacilar a espectáculos, revistas, playas, amistades o trato con personas frívolas y mundanas, que puedan serle ocasión de pecado» (Teología de la perfección cristiana, n.238). Es lo que la Iglesia ha enseñado siempre y en todo lugar.

El Catecismo de la Iglesia Católica (1992) también transmite la doctrina católica sobre estas materias: «La pureza [la castidad] exige el pudor, que es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas» (2521). Por eso mismo, «inspira la elección de la vestimenta» (2522). «Este pudor rechaza los exhibicionismos del cuerpo humano… Inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda» (2523). «Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad espiritual propia del hombre. Nace con el despertar de la conciencia personal. Educar en el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona humana» (2524).

La apostasía hoy frecuente del Evangelio del pudor, en predicación y catequesis, en modas, costumbres y espectáculos, quebrantando una tradición de la Iglesia tan continua y arraigada en Oriente y Occidente, ha hecho de las antiguas naciones cristianas (corruptio optimi pessima) vanguardias mundiales del impudor y de la lujuria. Son innumerables los cristianos que merecen hoy el diagnóstico de San Pablo sobre los corintos: «es ya público que reina entre vosotros la fornicación, y tal fornicación que no se da ni entre los gentiles» (1Cor 5,1)... Efectivamente. Es mucho mayor el impudor en los pueblos cristianos apóstatas que en muchos de los pueblos paganos, que reconocen y guardan el pudor como un valor.