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1. El misterio del pudor

La castidad es una virtud que, bajo la moción de la caridad, orienta y modera santamente el impulso genésico humano, tanto en sus aspectos físicos como afectivos. Implica, pues, en la persona libertad, dominio y respeto de sí misma, así como caridad y respeto hacia los otros, que no son vistos como objetos, sino como personas. Es la castidad una gran virtud, incluida en la templanza, y es por tanto en la persona una fuerza espiritual (virtus), una inclinación buena, una facilidad para el bien propio de su honestidad, y consiguientemente una repugnancia hacia el impudor y la lujuria que le son contrarios.

Y el pudor es un aspecto de la castidad. Mientras la castidad modera el mismo impulso genésico, el pudor ordena más bien las miradas, los gestos, los vestidos, las conversaciones, los espectáculos y medios de comunicación, es decir, todo un conjunto de circunstancias que se relacionan más o menos con aquel impulso sexual.

Por eso dice Santo Tomás que «el pudor se ordena a la castidad, pero no como una virtud distinta de ella, sino como una circunstancia especial. De hecho, en el lenguaje ordinario, se toma indistintamente una por otra» (STh II-II, 151,4). Y Pío XII enseña que el sentido del pudor consiste «en la innata y más o menos consciente tendencia de cada uno a defender de la indiscriminada concupiscencia de los demás un bien físico propio, a fin de reservarlo, con prudente selección de circunstancias, a los sabios fines del Creador, por Él mismo puestos bajo el escudo de la castidad y de la modestia» (Disc. 8-XI-1957). Juan Pablo II, en su notable serie de Catequesis sobre El amor humano en el plan divino, nos dejó preciosos textos sobre el pudor, sobre todo en las habidas entre 16-04-1980 y 6-05-1981.

La mayoría de los lectores de este blog tienen, probablemente, una cierta idea de la castidad. Pero quizá muchos de ellos, en cambio, apenas han recibido nunca el Evangelio del pudor. Viven en Babilonia, o si se prefiere, en Corinto, y no se dan cuenta a veces de las enormes dosis de impudor que han ido asumiendo sin mayores problemas de conciencia. Y esto, lo sepan o no, lo crean o no, lo quieran o no, trae para ellos y para otros pésimas consecuencias.

La «extraña» doctrina cristiana del pudor, muy poco conocida y apreciada en el mundo pagano, llega al conocimiento de los pueblos por la Revelación bíblica, y concretamente en relación con el pecado original. Crea el Señor a Adán y Eva, y «estaban ambos desnudos, sin avergonzarse de ello» (Gen 2,25). Pero al perder por el pecado la justicia y gracia en que habían sido creados, inmediatamente se les abren los ojos, sienten vergüenza de su desnudez y se visten como pueden (3,7). Más aún, esa reacción hacia el vestido fue buena, fue movida por Dios, como puede comprobarse por el hecho de que «les hizo Yavé Dios al hombre y a su mujer unas túnicas de pieles, y los vistió» (3,21).

En estos versículos la Biblia enseña dos verdades: 1. que en el hombre caído, trastornado por el pecado, el vestido es una exigencia natural y la desnudez es antinatural, algo contrario a la naturaleza caída del hombre. Y enseña también que, 2. después del pecado original, el mismo Dios que creó desnudos al hombre y a la mujer, «los vistió»; es decir, que quiso Dios el vestido humano, y prohibió consiguientemente la desnudez impúdica. Ésta ha sido la fe constante de Israel y de la Iglesia de Cristo.

Por tanto, son inmorales ciertas modas en el vestir, ciertos espectáculos, ciertas playas y piscinas, ciertas imágenes innumerablemente difundidas en prensa impresa y más aún en medios digitales, en los que se elimina casi totalmente ese velamiento social del cuerpo humano querido por Dios. Si los cristianos aceptan este impudor pecaminoso, eso significa que se avergüenzan de la de la propia fe, y que se mundanizan en pensamientos y obras, lo que viene a traer consigo un pasito más hacia una apostasía explícita o implícita. No voy a entrar en cuestión de centímetros; pero sería infiel a la Revelación de Dios y a la doctrina de la Iglesia si no afirmara que el vestido es voluntad de Dios y la desnudez impúdica es un pecado que le ofende, porque daña al hombre y a la mujer caídos.

Es una indecencia que hombres y mujeres se muestren públicamente semi-desnudos en circunstancias normales. Aunque esa costumbre esté hoy moralmente aceptada por la gran mayoría, también de los cristianos, sigue siendo mundana, anti-cristiana. Jesús, María y José de ningún modo aceptarían tal uso, por muy generalizado que estuviera en su tierra. Y tampoco los santos. Como tampoco lo aceptan hoy, en la vida religiosa o laical, los mejores fieles cristianos.

Recordaré el inicio del bikini como un suceso significativo. Por primera vez, un francés, el 3 de julio de 1946, expuso en su colección de trajes de baño uno de dos piezas, que llamó bikini, por considerarlo tan explosivo como la bomba atómica que cuatro días antes se hizo explotar en el atolón de Bikini, en el Pacífico. Pero esta misma prenda mínima de vestido femenino ya era conocida en el mundo greco-romano, como puede comprobarse, p. ej., en los mosaicos de un palacio de Villa del Casale, Sicilia, que datan aproximadamente del año 300, poco antes del final del paganismo imperial (314). En 1951, en el concurso de Miss Mundo, se desaconsejó llevarlo a las concursantes, porque se consideró excesivamente indecente. La paganización de gran parte de los bautizados, medio siglo después, tiene un signo claro en la aceptación del bikini por muchas mujeres cristianas, y por igual número de hombres cristianos, maridos, padres, hermanos, que lo aprueban.

El impudor crea una ocasión próxima de pecado. Es prácticamente imposible que alguien asuma, en sí mismo o en la contemplación de los otros, ese alto grado de desnudez –sin pecado de impureza, o al menos sin peligro próximo, propio o ajeno, de incurrir en él, y –sin pecado de vanidad positiva, orgullo de la belleza propia, o negativa, pena por la propia fealdad, lo que viene a ser lo mismo.