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Es mejor que sean varios los partidos confesionales católicos

–¿Cómo es eso? No tenemos bien establecido ningún partido católico y ya está usted exigiendo que sean varios.
–Es mejor que sean varios; pero a una mala nos conformaríamos con uno.

–Es deseable que los partidos católicos sean varios, y que no se forme un solo partido. Éste principio es aparentemente paradójico, pues prefiere que sean partidos varios los que, sin embargo, deben actuar unidos, tanto en unos mismos principios doctrinales, como en coaliciones electorales y posibles coaliciones de gobierno. Pero ésa es la verdad. Siendo de suyo el campo de lo político tan complejo e indeterminado, han de formar los católicos diversas organizaciones políticas que no tienen por qué coincidir en todo, sino solo en los grandes principios fundamentales.

La unicidad de partido católico puede convenir en circunstancias excepcionales: después de una gran guerra, o en un pequeño país de gran homogeneidad entre los católicos, o si de hecho no hay más que uno –no hay más cera que la que arde–. Y por supuesto la unión de todas las fuerzas católicas es imprescindible, tanto en las elecciones como en la acción política, si ha de lograrse que el pueblo cristiano pueda actuar eficazmente en la vida política.

–Puede haber graves inconvenientes cuando en un país se establece un partido católico único, según ya vimos (118). El primer peligro es el clericalismo. Los Pastores, que han de mantener unido al pueblo cristiano bajo su autoridad, tienden a veces también a unificarlo bajo su dirección en la vida política, y especialmente lo procuran cuando se trata de un grande y único partido católico. Es comprensible que, a causa de sus repercusiones en la vida de todo el pueblo cristiano, la Jerarquía pretenda controlarlo y dirigirlo en sus acciones concretas. Pero no pocas veces invadirá así, normalmente con malas consecuencias, un campo de responsabilidades que es propio de los laicos.

El partido católico único puede traer no pocos males: –puede comprometer a la Iglesia en sus actuaciones, –puede unificar opciones políticas que normalmente son diversas, suprimiendo en la práctica las alternativas, –anular los políticos católicos disidentes de esa unicidad, –caer fácilmente en el clericalismo, pues cuando hay un gran partido católico único, la tentación que sufren los Pastores de controlarlo suele ser excesiva; –canonizar el sistema político vigente, al que se ha ido ligando con miles de compromisos concretos; –generar clientelismo, –complicidades crecientes con banca, empresarios, medios y organismos internacionales, casi inevitables en un gran partido, sobre todo si perdura en el gobierno, –perder progresivamente de la identidad católica, –dar permanencia interminable a sus líderes, –caer en prepotencia, –corrupción y –extinción.

–Hay unos principios no negociables en la política, que deben ser profesados por todos los partidos católicos y también por todos los hombres de buena voluntad. El Papa Benedicto XVI los expuso en un congreso que el Partido Popular Europeo celebró en Roma (30-III-2006):

«Cuando las Iglesias o las comunidades eclesiales intervienen en el debate público, expresando reservas o recordando principios, no están manifestando formas de intolerancia o interferencia, pues estas intervenciones buscan únicamente iluminar las conciencias, para que las personas puedan actuar libre y responsablemente, según las auténticas exigencias de la justicia, aunque esto pueda entrar en conflicto con situaciones de poder y de interés personal». Tres de estos principios son los fundamentales:

1. Vida: «la protección de la vida en todas sus fases, desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural».

2. Familia: «el reconocimiento y promoción de la estructura natural de la familia, como una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio, y su defensa ante los intentos de hacer que sea jurídicamente equivalente a formas radicalmente diferentes de unión, que en realidad la dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su función social insustituible».

3. Educación: «la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos».

«Estos principios no son verdades de fe, y aunque quedan iluminados y confirmados por la fe, están inscritos en la naturaleza humana, y son por lo tanto comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia en su promoción no es por lo tanto de carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, independientemente de su afiliación religiosa».

–Pues bien, como los partido políticos de Occidente impugnan esos valores, es urgente la necesidad de partidos confesionales católicos que los afirmen y defiendan. Esos valores fundamentales son actualmente combatidos en Occidente en forma sistemática, y se crean uno tras otro eficacísimos condicionamientos legales para impedirlos y destruirlos. Tanto la vida, como la familia y la educación son objeto de agresiones gravísimas. Por eso, no solo los cristianos, también los hombres de buena voluntad que no han llegado a la fe, necesitan cauces políticos para promover y defender esos principios morales.

–Los partidos católicos han de coincidir no solo en esos principios fundamentales, sino también en la doctrina social y política de la Iglesia. En los artículos que dediqué a exponer esta doctrina, la reduje a siete principios (97-106): sobre el origen de la autoridad civil, las actitudes debidas ante las leyes injustas, los modos de entender la tolerancia y el mal menor, la neutralidad de la Iglesia ante los diversos regímenes políticos, el principio de subsidiariedad, y la obligación de confesar públicamente a Cristo como Rey de las naciones.

Allí pudimos comprobar hasta qué punto la doctrina liberal ha sido asimilada por la mayoría de los católicos, al ser hoy la única «políticamente correcta», ignorando o rechazando consiguientemente esos principios fundamentales de la doctrina católica. Ahora bien, si el pensamiento político de los católicos está hoy generalmente falseado, se comprende perfectamente que no puedan llegar a formar partidos confesionales, y que incluso nieguen la misma licitud de su existencia. Ya señalé que son muchos los católicos, también Obispos, que no admiten hoy la conveniencia, más aún, la necesidad de que «los laicos coordinen sus esfuerzos para sanear las estructuras y los ambientes del mundo que incitan al pecado» (LG 36).

–La aceptación común de la doctrina social y política de la Iglesia no causa ni exige entre los posibles partidos católicos la coincidencia de sus programas. La doctrina de la Iglesia afirma solamente principios políticos, pero no suministra contenidos concretos. Esos principios serán unas veces afirmativos, y otras veces negativos. Los partidos católicos habrán de coincidir en todas las negaciones: al aborto, a la eutanasia, a la desfiguración de la familia, a la supresión de las iniciativas privadas en la educación y en el conjunto de la vida social, etc. porque son negaciones que obligan moralmente semper et pro semper.

Pero los partidos confesionales no han de ser simplemente los partidos del no: no a esto, a aquello, a lo otro… Al mismo tiempo que esas negaciones necesarias, los partidos católicos han de establecer programas positivos de acciones políticas concretas. Y en ese campo habrá necesariamente entre ellos discernimientos diversos en cuanto a modos y fases de realización. Los católicos llamados por Dios a la vida política con especial vocación han de sentir juntamente el atractivo de combatir los males sociales presentes y de promover un conjunto de bienes ausentes, que se proponen como objetivos en programas políticos atrayentes.

–Un partido político católico debe incluir en su programa, como uno de los principales objetivos, combatir contra la democracia liberal de partidos, promoviendo reformas constitucionales muy amplias. Y siendo la partitocracia liberal la fórmula política más frecuente en las democracias de Occidente, no podrá librar ese combate sin tener las ideas muy claras y sin estar libre de todo «complejo de inferioridad» (Benedicto XVI) respecto de lo que se presenta comúnmente como pensamiento único. Francis Fokoyama, por ejemplo, en su obra El fin de la historia y el último hombre (1992), estima que la lucha desarrollada entre las ideologías políticas a lo largo de la historia humana debe considerarse concluída, cuando la humanidad ha llegado a entender que la única opción viable es el liberalismo democrático, consagrado ya como único pensamiento correcto.

La sacralización de la democracia liberal de partidos es una superstición diabólica, porque es mentira y engaña a las naciones, y porque es homicida, como se comprueba en la aprobación general del aborto y de otras atrocidades. Pensar que el desarrollo político de la humanidad, después de conocer muchas formas de anarquías o de autoritarismos tiránicos y oligárquicos, ha llegado a su modalidad más alta y perfecta en la democracia liberal de partidos, es simplemente una superstición. Quienes sacralizan la democracia de partidos reconocen en ella la Idea política en su expresión prototípica. En adelante las formas de gobierno serán lícitas y benéficas en la media en que se identifiquen o aproximen a esa Idea sagrada.

Es ésta una visión muy ingenua. En Roma consideraron un progreso pasar de la república al imperio. Antes de la II Guerra Mundial los Estados corporativos, en la línea hegeliana de la organicidad única de la nación, se consideraban una superación moderna de las vetustas y estériles democracias liberales partidas en varios partidos. Hacia 1930, ropugnaron en España formas de democracia orgánica Giner de los Ríos, el de la Institución libre de la enseñanza; socialistas, como Fernando de los Ríos; conservadores, como Salvador de Madariaga. Y el primer anteproyecto de Constitución en la II República, que finalmente no fue aprobado (1931), diseñaba un Senado que había de representar en forma orgánica los intereses sociales de la nación: provincias y municipios, patronos, obreros y agrarios, industrias y comercio, universidades, religiones, profesiones liberales, etc.

Pues bien, así como aquellos que sacralizaban el comunismo, atribuían los errores y horrores que causaba, por ejemplo, en la Unión Soviética, no al mismo comunismo marxista, sino a la falsificación que de él había cometido Stalin, del mismo modo, los idólatras que dan culto supersticioso a la democracia liberal de partidos –es una religión– reconocen generosamente que en ella se dan a veces graves desviaciones y abusos, es indudable, pero no los estiman procedentes de ella, sino de su falsificación… Ver hoy a tantos católicos, también Obispos, participando de esta superstición, causa espanto. Y es ésta una de las principales causas de la total desmovilización política de los católicos.

La partitocracia es una corrupción de la democracia, es una dictadura de partidos políticos alternantes o aliados, que anula prácticamente la contribución real del pueblo (demos) a la «res publica». Y hoy es la forma de democracia más frecuente en Occidente, aunque en unas naciones se da más acusadamente que en otras. No ha de confundirse, por supuesto, con las dictaduras de partido único, pues aunque a veces se atrevan éstas a conservar el nombre de democracias populares, no son evidentemente una democracia.

Hago aquí una crítica de la partitocracia partiendo de la ortodoxia democrática, y la condeno porque sus políticos no escuchan la vox populi, sino que manipulan la opinión del pueblo y la contrarían impunemente cuando les conviene. Pero, por supuesto, mucho más grave pecado en la partitocracia liberal es que comienza por no escuchar la vox Dei, expresada en el libro de la Creación (razón-naturaleza) y en el libro de la Revelación (fe-gracia).

La partitocracia es, pues, una Bestia diabólica que, bajo formas aparentemente democráticas, se apodera de una nación, obrando en ella con una arbitrariedad que tiene muy escasos límites. Y aunque parezca increíble, ésta es, para los devotos creyentes en ella, la única forma legítima de democracia, siendo todas las demás espúreas y puramente formales. Por el contrario, cualquier ciudadano mentalmente sano entiende que la democracia en sus formas actuales elimina prácticamente en la vida política la participación democrática de los ciudadanos, reduciéndola a la emisión periódica del voto.

Ya se han escrito muchos estudios sobre los pésimos males de las democracias partitocráticas, que secuestrando la libertad política de los ciudadanos, llegan a constituir con toda naturalidad auténticas mafias políticas. Podemos recordar, por ejemplo, de un lado, a Gonzalo Fernández de la Mora (La partitocracia, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1977, 2ª ed.) y de otro lado, antagónicamente opuesto, a Gustavo Bueno (Panfleto contra la democracia realmente existente, La Esfera de los Libros, Madrid 2004, 2ª ed.).

España es hoy quizá una de las democracias más acusadamente partitocráticas de Occidente. La Constitución de 1978, como reacción a la situación precedente, entrega todo el poder político a los partidos (art. 6), como «instrumento fundamental [mejor se diría único] para la participación política». Los partidos gobernantes controlan todos los poderes: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Ellos deciden la composición del Consejo General del Poder Judicial, del Tribunal Supremo, del Tribunal Constitucional, de la Fiscalía General del Estado y de otros organismos de la mayor importancia.

Y aunque la Constitución establece que en los partidos «su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos» (art. 6), no hay en ellos apenas democracia interna alguna, sobre todo cuando están en el poder. Solo serán incluidos en las «listas cerradas» de las elecciones aquellos miembros del partido que sigan al Jefe con absoluta lealtad. Y una vez constituidos diputados o senadores, únicamente responden ante las autoridades del partido, pero no tienen en cuenta para nada a los electores, que no dieron sus votos a sus personas sino al partido.

Siendo los partidos maquinarias para conseguir el poder político, cuando lo consiguen, lo ocupan en forma invasora, tratando de mantenerlo por todos los medios. La actualidad política, en un espectáculo vergonzoso, es la continua pelea de unos partidos contra los otros, que no son considerados colaboradores en la producción del bien común, sino enemigos. De este modo los partidos parten la nación en partidos contrapuestos. Emplean con gran frecuencia el insulto y la calumnia, la mentira y el ocultamiento, y en sus continuas disputas apenas es posible hallar un mínimo de logos, de argumentos racionales, que haga posible el dialogo.

Por otra parte, controlando los medios de la comunicación y de la educación, producen en la ciudadanía convicciones y estados de ánimo que hacen posibles las leyes criminales que pretenden. Administrando más de la mitad de la riqueza nacional, financian con parcialidad los grupos e instituciones, establecen con personas afines fundaciones y organizaciones no gubernamentales, que subvencionan luego abundantemente. Reparten cargos, becas y ayudas económicas, orientan y financian congresos y celebraciones que les favorecen, distribuyen licencias para emisoras de radio y televisión, privilegian según su conveniencia a empresas, artistas, profesores, productoras de cine y televisión. Distribuyen los altos cargos de las principales empresas y entidades nacionales, y eligen también los representantes en las organizaciones internacionales. Reciben de los bancos, especialmente en las campañas electorales, cuantiosos créditos, que si después no pueden o quieren reintegrar, les serán condonados por los mismos bancos, que siempre saben bien lo que les conviene. Aumentan más y más los cargos de libre designación, blindandos a veces los contratos como buenos previsores del porvenir. Multiplican indefinidamente los departamentos, secretariados, comisiones y entidades estatales, colocando en ellos a innumerables amigos, afines y parientes, estableciendo así muchos cientos de altos cargos, y miles y miles de funcionarios. Como dice y documenta Juan Varela, «las cifras son apabullantes» (Partitocracia).

Esto es lo que más o menos está ocurriendo en muchas naciones se dicentes «democráticas». Yo no entiendo demasiado de estas cosas, y por eso me cuesta escribir sobre ellas. Pero no hace falta ser doctor en medicina para comprobar que un cadáver de varios días huele a podrido que apesta. La partitocracia es imposible sin grandes corrupciones mentales y prácticas. Los políticos partitocráticos tienen podrido el nous, y no son conscientes de su propia degradación. «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen». Y en la medida en que los católicos, Pastores y fieles, no «dan el testimonio de la verdad», y no denuncian la corrupción de estas realidades políticas indignantes, incurren activa o pasivamente en complicidad.

Los Reinos cristianos eran mucho más democráticos que las partitocracias actuales. El origen de los absolutismos monárquicos o partitocráticos habrá de buscarse en los maquiavelismos renacentistas, en los autoritarismos hegalianos o ilustrados o donde sea, pero no en el cristianismo.

La historia nos demuestra en los Reinos cristianos que, comparados con las partitocracias actuales, era mucho más democrática la participación de todo el Reino, p. ej., en las Cortes de León (1118) –rey, nobles, clero, representantes de ciudades y villas–, o en la Carta Magna inglesa (1215), o en la Cámara de los Comunes, paralela a la Cámara de los Lores (1258), o en las Cortes de Toledo (1480).

La partitocracia es hoy una dictadura de partidos, en la que el poder político, gobernado a su vez ocultamente por fuerzas económicas y centros ideológicos internacionales, se hace omnipresente, quebrantando sistemáticamente el principio de subsidiariedad, tan central en la doctrina política de la Iglesia. La partitocracia legisla, reglamenta, prohibe, exige, regulando hasta las parcelas más individuales de la vida humana, al mismo tiempo que para ello crea una burocracia innumerable de políticos –nacionales, federales, autonómicos, internacionales–, que desarrollan una actividad política imparable, en una ingeniería social incesante, que los sufridos ciudadanos financian como meros espectadores.

–La pésima situación de la política moderna no debe llevar a los católicos a un distanciamiento cauteloso y egoísta, sino justamente a lo contrario: a una participación abnegada, crucificada y redentora, se entiende, de aquellos que reciben de Dios esa vocación. Si no es de ellos, es decir, de Cristo y de la Iglesia, de ninguna parte va a venir hoy la salvación a ese mundo político corrompido.

Cuando en la plenitud de los tiempos, el Verbo eterno divino se encarna propter nos homines et propter nostram salutem, sabe perfectamente que entra «en el pecado del mundo», en una gusanera pestilente, que acabará rechazándole violenta e ignominiosamente. Y entra en el mundo, a través de la Virgen María. Entra en el mundo el Hijo eterno de Dios, introduciendo en la humanidad fuerzas sobrenaturales, sobrehumanas, divinas, celestiales de salvación; de salvación misericordiosa, venida como gracia de lo alto, sin ninguna necesidad de venir. Sólo movida por un amor compasivo y salvador.

El amor de Cristo es el único capaz de suscitar hoy católicos políticos, portadores del Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra. «Yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho» (Jn 13,15). «El que tenga oídos para oir, que oiga» (Mt 13,9).