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Las manifestaciones y la fuerza del número

–Bueno ¿nos manifestamos los cristianos o no? Motivos no faltan.
–Permanezca atento a la pantalla [del blog], lea e instrúyase.

Ya queda dicho que las multitudinarias manifestaciones católicas con finalidades reinvindicativas pueden ser oportunas en algunos casos y guardando ciertas condiciones. Sigo considerando el tema.

–La fuerza del número es clave en las sociedades liberales. Sit pro ratione, voluntas. Siga la razón lo que la voluntad establece. Esta máxima romana –Juvenal, por ejemplo– se acomoda muy bien a cualquier gobierno que no se sujeta ni a Dios ni al orden natural, sea un tirano o una muchedumbre democrática liberal. De hecho, si miramos la historia de Occidente, observamos que el uso de las manifestaciones populares como medio ordinario de acción política se ha multiplicado grandemente en las sociedad democráticas liberales, fundamentadas no sobre la verdad, sino sobre la fuerza numérica de los votos.

Siempre ha habido, por supuesto, concentraciones populares que pretendían afirmar sus razones con la fuerza acumulada de sus voluntades: Fuenteovejuna, ¡todos a una! Pero parece indudable que su proliferación moderna en la vida política procede de doctrinas como las de Rousseau y afines. La voluntad general, la fuerza de la mayoría, debe prevalecer sobre todo y sobre todos. La fuerza cuantitativa de la voluntad y del número debe prevalecer sobre la fuerza cualitativa de la razón y de la verdad. Las cosas –el «matrimonio» homosexual, por ejemplo– no son según la verdad de su naturaleza, sino como la mayoría del pueblo quiere que sean. El pueblo es soberano en el discernimiento del bien y del mal.

–En las fuerzas seculares políticas, sindicales y afines, las concentraciones públicas son medios ordinarios empleados en la lucha política y laboral. En efecto, éstos y otros grupos seculares, apoyándose en las premisas liberales, es decir, en la fuerza bruta y numérica de las masas, convocan con relativa frecuencia las manifestaciones públicas, procurando que sean lo más numerosas y clamorosas posibles, para que puedan afectar seriamente a gobernantes, empresarios y opinión pública. Por eso mismo, al día siguiente del evento suele haber en los medios de comunicación una «guerra de cifras» en la que éstas varían escandalosamente según la orientación política de cada uno de los medios.

Estas manifestaciones, como también las huelgas, son acciones apoyadas no en la fuerza de la razón, sino en la razón de la fuerza. Por eso suelen ser portadoras de un mensaje sumamente simple, expresado en pancartas, reiterado en eslóganes proclamados en enormes coros, y finalmente completado por un discurso elemental, proclamado en un estrado a través de potentes altavoces.

Es frecuente que estas grandes concentraciones mundanas se produzcan en formas deliberadamente desmesuradas, según los casos: cientos de banderas y letreros, pitos, bombos y trompetas, petardos de estruendo, globos, caras pintadas, gorros, pañuelos y lazos significativos, cantos y abundancia de octavillas… Y es lógico que así procedan, pues ante todo tratan de impresionar al público, a los periodistas y fotógrafos, a la televisión, y de presionar a través de estos medios a determinadas instancias sociales y políticas. Unas veces el ambiente es torvo y agresivo, pero con más frecuencia es de gran jolgorio, lo que no deja de ser contradictorio cuando la causa de la acción masiva es, real o presuntamente, una gran injusticia o algo intolerable.

–Es, pues, normal que ese mundo centrado en el número de voluntades y en la cantidad de la fuerza social ostentada públicamente sea ajeno a la tradición católica. Como también es bastante comprensible que las manifestaciones católicas se configuren de modos semejantes a los establecidos por las concentraciones paganas. Se trata de mimetismos lamentables, aunque tampoco hay que calificarlos como indignos. Aunque a veces sí.

El pueblo cristiano vive de la fe, esto es, de la verdad, sea ésta profesada por una minoría o por una inmensa mayoría. Es igual. Vive de la fe, de la inteligencia evangelizada por Cristo, no de las convicciones mayoritariamente profesadas y manifestadas. Vive de la voluntad de Dios, no de la voluntad general, presuntamente conocida a través de las concentraciones masivas, de las votaciones cívicas y de los partidos políticos. Por eso casi siempre se capta un algo de ambigüedad en las grandes concentraciones católicas que combaten por nobles causas políticas. Y téngase en cuenta lo que sigue: esa ambigüedad es evidente sobre todo allí donde la desmovilización política de los cristianos se afirma como un principio indiscutible: no deben organizarse para actuar con eficacia en el campo social y político.

Se hace obligado pensar que quizá muchos de los que participan en esas grandes concentraciones tienen una firme fe en la democracia liberal, tantas veces reprobada por la Iglesia. Creen que una sociedad debe regirse ateniéndose a la fuerza cuantitativa de los votos. Son, pues, católicos que maldicen ahora en su concentración pública los frutos perversos de un árbol político que habitualmente bendicen, regándolo con sus votos, y considerándolo, en cuanto sistema, como «el menos malo» de los árboles políticos que pueden cobijar a los hombres bajo sus ramas.

Según esto, muchos de los católicos que se manifiestan contra ciertos males sociales causados por los políticos liberales están de ellos bastante más cerca de lo que piensan. Y de hecho, en las próximas elecciones, darán quizá sus votos a partidos malminoristas de presunta inspiración cristiana, que están determinadamente dispuestos a tolerar las leyes criminales establecidas por el liberalismo de sus predecesores en el gobierno, ya que se trata de leyes establecidas por la majestad suprema de la voluntad general ciudadana.

–El pueblo de Cristo, sin embargo, debe también manifestarse cuando es oportuno, pero siempre en formas dignas, evitando un mimetismo acrítico a las concentraciones seculares. Esa dignidad está asegurada cuando se trata de concentraciones realizadas con unas formas religiosas, sea en la calle y en la plaza o sea en el ámbito sagrado de una catedral o de un santuario. También entonces son manifestaciones –como cuando implican públicas procesiones–, y aunque a veces puedan celebrarse con una cierta finalidad reivindicativa, más propiamente tienen una forma orante y suplicante. Se dirigen principalmente a Dios, aunque también a los gobernantes de modo indirecto.

Pero también cuando estas manifestaciones han de darse en un ambiente más secular deben guardar siempre la dignidad, la belleza y el orden que corresponde a la Iglesia, congregada en el nombre de Cristo, para defender una causa política. Esta dignidad en los modos viene exigida fundamentalmente por el respeto debido a Cristo: «donde dos o tres se congregan en mi nombre, allí estoy yo presente en medio de ellos» (Mt 18,20). El pueblo cristiano es el Cuerpo de Cristo, el estandarte de Dios entre los hombres, el Templo de la Santísima Trinidad. No puede, por tanto, manifestarse adoptando sin más formas profanas, porque el Señor aseguró que estaría presente en estas reuniones. Y no estaría Cristo cómodo desfilando en ciertas manifestaciones católicas de formas secularizadas.

–Non multa, sed multum. Esta vez la máxima latina (Plinio el Joven, Quintiliano) admite, obviamente, una indefinida variedad de significaciones. Más profundidad que extensión. Más calidad que cantidad. Un «manifiesto» con una declaración escandalosamente verdadera y clara, firmado por diez cristianos prestigiosos, puede tener más eficacia política que una «manifestación» de un millón de cristianos. Y en este sentido, la acción de «un» católico solo, aunque no sea persona especialmente significada en la sociedad, que, por ejemplo, publica una carta al director de un diario nacional, combatiendo con fuerza por una causa noble –si es que se la pulican–, suele ser siempre conveniente, y en alguna medida eficaz, sin que por su parte plantee especiales problemas acerca de su oportunidad. Mucho más problemática es la convocación de una marcha de un millar o de cien mil católicos por las calles de una ciudad.

–Algunos grupos católicos actúan fundamentalmente por internet para promover estas concentraciones masivas, cartas al Gobierno con miles de firmas, y otros modos análogos de combatir en favor del bien común. Estamos más o menos en la misma línea estratégica de las grandes manifestaciones, que a veces son precisamente convocadas por estos mismos grupos. Pues bien, los más valiosos grupos son aquellos que más formación doctrinal y espiritual dan a sus miembros. Los menos valiosos se centran en la promoción de acciones cuantitativas y numéricas. Con la mejor intención, con grandes esfuerzos de trabajo y de gastos, que no son posibles sin mucha abnegación y amor al bien común, logran, por ejemplo, fabricar y distribuir cincuenta mil camisetas con un slogan o reunir cientos de miles de firmas para potenciar una carta de protesta y de exigencia:

«Querido José María [me dicen en una carta «personal» –lo de personal no se lo crean–], luchamos por impedir tal ley: y vamos a conseguir frenarla. Ayúdanos con tu presencia, tu firma y tu donativo». No siempre estos grupos coordinan suficientemente sus actividades, que al pretender un mismo objeto, se estorban a veces entre sí. Tienden con frecuencia a multiplicar campañas y eventos («el órgano crea la función»). Rivalizan a veces con otras asociaciones colaboradoras en la misma acción para mantener la dirección y apuntarse el éxito posible. Revuelven no poco el Calendario del año de los cristianos, como ya lo indiqué en otro artículo (99). Miserias dificilmente evitables en toda acción humana colectiva. Pero, sin duda, estos grupos católicos militan bajo las banderas de Cristo. No suelen conseguir grandes victorias políticas, pero resultan benéficos sobre todo, como ya he dicho, para los cristianos que colaboran en ellos.

–El pueblo cristiano no debe asumir como un medio ordinario de acción política la organización de grandes presiones sociales, conseguidas en manifestaciones y cartas multitudinarias. Las fuerzas sociales y políticas modernas, como se apoyan principalmente en la fuerza del número, emplean ese medio en forma ordinaria, siempre que lo ven conveniente; y lo ven conveniente con frecuencia. Pero la Iglesia no debe asumir estos modos de presión social y política como una de las formas habituales y más estimadas de combatir por el Reino. Y si en algún caso son convenientes esas acciones, deben organizarse en lo posible convocadas o aprobadas por la Jerarquía apostólica, con una considerable probabilidad de éxito y en formas absolutamente dignas, las que corresponden a Cristo y a su Cuerpo eclesial.

–Si los católicos usaran ordinariamente el medio político de las manifestaciones, tendrían que estar manifestándose en forma continua, diariamente, contra los males del mundo secular. Y eso es evidentemente imposible. Tendrían que manifestarse, por ejemplo, contra el proyecto de una ley facilitadora del aborto; pero si era después de promulgada, tendrían que seguir manifestándose contra ella. Un año y al año siguiente. El terrible crimen social sigue erguido como una columna. Si no cayó al primer envite multitudinario, habrá que seguir convocando muchedumbres hasta que la columna caiga y se rompa en trozos. ¿Es éste un plan prudente de acción política cristiana?

Y lo mismo tendrían que hacer los católicos contra una ley de divorcio-rápido, por pura voluntad de los cónyuges o de uno de ellos, sin causas previamente tipificadas por el Derecho. Es un enorme crimen destructor de las familias. Y lo mismo contra la pornografía en los medios de prensa y televisión, a veces subvencionados por el Estado, es decir, por los ciudadanos contribuyentes. Y lo mismo contra ciertas leyes educativas vigentes en escuelas, colegios y universidades. Y contra el «matrimonio» homosexual. Y contra las mínimas ayudas económicas a los países pobres, vergonzosamente escasas, meramente simbólicas, que dejan morir de hambre a muchos millones hombres. Y tendrían que manifestarse contra… y a favor de… No bastarían los 365 días del año.

La Bestia liberal es sumamente prolífica, y está engendrando monstruos innumerables, uno tras otro, en leyes, costumbres, medios de comunicación, de entretenimiento y de educación. En consecuencia, los cristianos, puestos a manifestarse, habrían de hacerlo en primer lugar contra el ateísmo oficial del Estado, el mayor de todos los crímenes públicos, el crimen padre de todos los crímenes sociales y políticos (Rm 1,20-32).

De este modo, en un régimen de manifestaciones frecuentes el pueblo cristiano se configuraría públicamente ante el mundo como un contra-poder crónico. Lo que además de imposible, es sin duda inconveniente.

–Nuestro Señor Jesucristo no organizó concentraciones inmensas, aunque era tan grande su poder para entusiasmar al pueblo, ni para salvar su vida, ni contra los romanos invasores, ni contra sacerdotes-escribas-fariseos y demás manada de autoridades pésimas, que estaban tramando su muerte. Él nunca empleó esa, digamos, violencia social, o si se quiere, esa presión social, que podría haber promovido con arrasadora eficacia.

–Tampoco los primeros cristianos emplearon esas armas de acción política. Pasaron tres siglos sufriendo persecuciones, expoliaciones, humillaciones, pobreza, exilios, torturas, muertes, sin acudir nunca a revueltas públicas, a manifestaciones pacíficas y ni siquiera a combates jurídicos contra leyes inicuas que proscribían su existencia: cristiani non sint. Escribieron, sí, Apologías en su propia defensa, empleando la fuerza de la razón. Se nos podrá decir que no lo hicieron entre otras cosas porque de ningún modo les era posible hacerlas, estando cívicamente fuera de la ley. Y en buena parte es cierto. Pero nunca, ni siquiera en algunas regiones en donde llegaron a ser mayoría social –Bitinia, Tracia, Ponto, Frigia– organizaron actos de presión social, afirmando su razón con la razón de la fuerza, y exigiendo el respeto de sus derechos cívicos a no ser perseguidos, a tener templos, etc., o para acabar con la esclavitud o con los circos romanos, en los que las fieras devoraban a los hombres, etc.

¿Podemos pensar que aquellos cristianos eran unos apocados y cobardes, que no intentaban siquiera darle la vuelta a la situación social y política, teniendo cada día ante sus ojos tantísimos crímenes establecidos por la ley o la costumbre? No es posible creerlo, porque dieron innumerables mártires, y el martirio exige una fortaleza heroica. ¿Pero entonces, por qué se estaban tan quietos y callados? Algunos hoy no entienden esto. No ven explicación alguna a aquella pasividad, que podría parecer cómplice de los enormes atropellos del Imperio Romano. Y sin embargo, ésa es la verdad. Y lo siguió siendo en tiempos de paz.

–«Guarda tu espada, Simón Pedro, que es la hora del poder de las tinieblas»… La espada debe ser sacada por los caballeros cristianos en los tiempos de la luz, en los siglos de Cristiandad, como fue esgrimida en los combates de San Fernando de Castilla o de San Luis de Francia. Tiempos en que Concilios y grandes santos promovieron las Cruzadas y las Órdenes Militares. La espada es también esgrimida en la guerra de los cristeros mexicanos y en la de los voluntarios combatientes españoles de 1936. Los cristeros pusieron contra las cuerdas al Gobierno criminal anticristiano, y quizá hubieran impuesto en Méjico la razón de la fe si aquellos delegados de la Iglesia, incompetentes y engañados, no hubieran llegado con el gobierno diabólico a unos «mal llamados Arreglos». Y la lucha de los combatientes cristianos en España fué coronada por Dios con la victoria.

Pero ahora estamos en la hora y el poder de las tinieblas. Y la espada que no fue sacada en los tres primeros siglos de la Iglesia, apenas debe ser empleada hoy por los cristianos, cuando, sobre todo en las naciones caídas en la apostasía, crece más y más la Bestia liberal desde la Ilustración y la Revolución francesa. No debe ser esgrimida hoy la espada del pueblo cristiano, como no sea en convocaciones muy importantes e infrecuentes, promovidas o aprobadas por la Autoridad apostólica, y en formas dignas del Cuerpo de Cristo.

La hora de las tinieblas es la hora de la Cruz, y en ella debe aplicarse más bien la norma de Cristo: «no resistáis al mal» (Mt 5,30), «guarda tu espada» (Mt 26,52)… Es la hora de la Virgen de Fátima: oración y penitencia para vencer los males enormes del mundo. No van bien orientados los que pretenden una victoria sobre el pecado del mundo en modos muy diferentes de la victoria de Cristo en la Cruz.