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Las manifestaciones multitudinarias

–Bueno, ya terminamos con los rezamientos…
–Y al ora, efectivamente, unimos el labora en las acciones políticas cristianas.

Hasta aquí he expuesto la nobleza de la acción política cristiana y las virtudes necesarias para poder realizarla dignamente (95-96); los grandes principios de la doctrina política de la Iglesia (97-109); y he iniciado una consideración sobre lo que hoy debemos hacer los cristianos en la política, comenzando por afirmar la primacía absoluta de la oración (110-113). Una última insistencia en la necesidad de la oración, antes de ir adelante:

La oración de la Iglesia es la causa principal de la salud política de un pueblo. Como hemos comprobado con varios ejemplos, la oración de la Iglesia no sólo abre a los dones espirituales de Dios, sino también a sus dones temporales. Hoy, concretamente, el medio más poderoso y eficaz para combatir la Bestia liberal diabólica son las oraciones de petición de la Iglesia, las rogativas, las asambleas de oración y penitencia. Ellas, con la fuerza del Espíritu Santo, pueden vencer al Dragón infernal, a la Bestia mundana que de él recibe su fuerza, y a todos los males diabólicos que se difunden en el plano social y educativo, cultural y político.

Es muy alarmante que a veces este medio espiritual tan poderoso se vea menospreciado o simplemente ignorado. No deja de ser significativo que no pocos católicos, de entre aquellos que se muestran muy activos para llevar adelante iniciativas públicas en orden al bien común y al combate contra los grandes males presentes, «no tienen tiempo», sin embargo, es decir, no tienen ánimo para ir a Misa con más frecuencia o, por ejemplo, para rezar el Rosario diariamente, práctica que la Virgen María ha indicado claramente en Fátima y en otras ocasiones para la salvación del mundo moderno. Ya se ve que quienes ignoran el valor de la oración de súplica en la vida política confían más en la eficacia de las acciones humanas que en la eficacia de la gracia del Salvador del mundo; es decir, que en el fondo esperan la salvación no tanto de Dios, por gracia, sino sobre todo del hombre, por su esfuerzo. Con lo cual, sin saberlo, están espiritualmente bastante más cerca de sus adversarios políticos de lo que piensan. Hay en su actitud –aunque sea en dosis muy pequeñas– el convencimiento de que, para ser eficaces en los asuntos seculares, hay que combatir al mundo con sus propias armas.

En la vida litúrgica de la Iglesia, de hecho, se han ido reduciendo las rogativas (del latín rogare, rogar), la celebración de letanías (del griego litaneia, súplica insistente) y otras celebraciones semejantes, antes muy frecuentes, que ya he descrito. Actualmente la celebración litúrgica de las Témporas, sujeta su concreción a la Conferencia Episcopal de cada nación, pasa casi inadvertida para los mismos católicos practicantes, incluso los de Misa diaria. Ha quedado limitada, al menos en España, a los tres días de acción de gracias y petición, que pueden reducirse a uno, y se reducen, el cinco de octubre.

Reconozcamos con humildad que antiguamente la fe en la eficacia de la oración de petición era mucho más profunda en los cristianos que en los tiempos modernos, tan afectados de pelagianismo o semipelagianismo. Ya describí ampliamente los síntomas de esta enfermedad espiritual (59-65). Los cristianos de antes estaban más convencidos de que no hay nada más poderoso para actuar en el mundo temporal que la oración. Creían de verdad en la palabra de Jesús: «cuanto pidiéreis al Padre os lo concederá en mi nombre… Pedid y recibiréis, para que sea cumplido vuestro gozo» (Jn 16,23-24).

Nosotros, en cambio, a veces, cuando hemos llegado al colmo de la impotencia y del desánimo, decimos: «no hay nada que hacer. Ya no queda sino rezar»; la oración, pues, como «último recurso», y por supuesto, el más débil. Y la verdad es justamente lo contrario. La oración es «el primer recurso», y por supuesto, el más fuerte y eficaz. La oración de petición ha de ir siempre por delante, como la proa del barco de la Iglesia; ha de ir por delante en la vida de cada cristiano, y también de aquéllos especialmente dedicados a la actividad política. Principios doctrinales y oración de petición forman la parte más luminosa y cierta de mi exposición sobre Católicos y política.

Entro, pues, ahora a explorar un campo menos cierto, en el que la virtud de la prudencia tendrá que hacer continuos discernimientos, y Dios quiera que pueda hacerlos con la ayuda de su don de consejo. Aquello que los cristianos deben hacer concretamente en relación a la vida política deberá ajustarse siempre, por supuesto, a los grandes principios doctrinales ya expuestos. Pero en la aplicación concreta de los mismos caben innumerables posibilidades, 1) según los países y las circunstancias y 2) según también la gracia que cada persona o cada grupo recibe de Dios.

Sería necio preguntarse, p. ej., ¿qué deben hacer los cristianos injustamente apresados en un campo de concentración? ¿Cuál es la actitud evangélica en esa extrema situación? No hay una actitud evangélica, pues muchas reacciones diversas y aún contrarias entre sí pueden estar inspiradas por un mismo espíritu cristiano. Pueden rebelarse contra sus carceleros, atacándolos, si es viable, o afirmándose en una resistencia pasiva, negándose al trabajo. Pueden intentar todos o un grupo una fuga para salvar la vida y buscar ayudas. Pueden incendiar el campo. Pueden, como Cristo en la hora de la pasión, «no resistir al mal», y dejarse atropellar y matar, colaborando con quienes gobiernan el campo, en todo lo que la conciencia les permita, para conseguir así un trato más favorable, especialmente hacia los cautivos más débiles y enfermos. Pueden darse, en fin, innumerables alternativas diversas, todas ellas fieles al Evangelio.

Entre quienes siguen alternativas diversas, debe mantenerse siempre la unidad católica, por la unión de la obediencia a los Pastores sagrados y por la unión de la caridad eclesial fraterna. La unidad es una nota esencial de la Iglesia, y no debe verse debilitada o rota entre aquellos cristianos que en cuestiones políticas siguen opciones diversas, siempre que sean en sí mismas lícitas y conformes a la doctrina católica. Concretando en forma simplificada: no pueden los más inclinados a la colaboración con la Bestia liberal considerar terroristas a aquellos cristianos que la atacan y denuncian más o menos abiertamente. Ni éstos pueden estimar a aquéllos otros como colaboracionistas, cómplices activos o pasivos de la Bestia mundana. Todos deben guardar la humildad y la caridad que son precisas para mantener la Iglesia en la unidad y la paz.

Por otra parte, ese empeño por guardar la unidad se hace hoy especialmente difícil porque desde hace medio siglo la doctrina política de la Iglesia ha sido muy escasamente actualizada y expuesta por la Jerarquía apostólica. Así lo he señalado anteriormente (97). Y entre los mismos Obispos, según personas y países, pueden apreciarse diferencias muy notables en relación al gobierno de los Estados liberales de Occidente. Tanto en la doctrina política, como más aún en los discernimientos prudenciales concretos –por ejemplo, dar o negar la comunión a ciertos políticos, enfrentarse o no abiertamente contra el Gobierno, etc.–, las diferencias entre los Obispos son a veces muy notables. Y con frecuencia los católicos, siendo a veces una gran mayoría en la nación, han de permanecer en el campo de la política paralizados por la perplejidad y la división de criterios. Su fuerza de influjo en la política es mínima. Cualquier minoría, por estrafalaria que sea, tiene con frecuencia una fuerza política mayor.

Comienzo, pues, ahora a tratar la cuestión ¿qué debemos hacer hoy los cristianos en la vida política? Y me veré obligado a ir considerando posibles acciones políticas muy concretas, en forma menos ordenada y doctrinalmente menos cierta.

–Las manifestaciones católicas, más o menos multitudinarias, en pro y en contra de ciertas causas han ido cobrando en los últimos tiempos una importancia y frecuencia notables, al menos en ciertos lugares. Alejadas no poco o mucho de las procesiones penitenciales, de las rogativas y de otros modos de stationes que ya he descrito, se configuran a veces, no siempre, en modos semejantes a las manifestaciones seculares, sindicales y políticas. Me limitaré a referir algunos ejemplos.

–En una ciudad del interior de Argentina, de unos 150.000 habitantes, varias Asociaciones católicas convocan una marcha en favor de la familia y de la vida, amenazadas ambas por un Gobierno anticristiano. «Se hizo la convocatoria con el propósito de afirmar públicamente por las calles de nuestra ciudad, como argentinos y como católicos, la Realeza Universal de Cristo y, consecuentemente, la primacía absoluta de su Ley en todos los órdenes de la actividad humana social e individual, frente a la agravación de los ataques que, desde diversos ámbitos de la sociedad moderna, se dirigen contra la Fe y la inteligencia católica, contra el orden natural y cristiano y contra las Instituciones y tradiciones que lo sostienen». Durante varios meses muchas personas colaboran con gran esfuerzo para preparar la marcha, conseguir permisos del Gobierno local, estimular personas y grupos, y prever todos sus numerosos detalles logísticos. Finalmente llega el día señalado.

Dos automóviles con potentes altavoces van en cabeza y cola de la marcha. La policía local la acompaña discretamente, en parte para defenderla de posibles agresiones, en parte para impedirle eventuales excesos. Se alternan en la marcha cantos, rosarios y oraciones, himnos y consignas coreadas por los más de 1000 asistentes. «Entre misterio y misterio [del Rosario], se entonaban cantos y se pronunciaban exclamaciones y vivas, con el entusiasta acompañamiento de grupos de jóvenes que hacían sonar sus bombos, redoblantes y cornetas, a la vez que se lanzaban bombas de estruendo y luces de bengala. Luego se hacía nuevamente el silencio y se continuaba con la oración».

Terminada la marcha de tres kilómetros, todos se congregan en un monumento local de gran significación patriótica y cristiana, y es leída por los potentes altavoces una encendida proclama en favor de ciertos valores cristianos, atropellados por poderes políticos y medios de comunicación, que se dicen liberales y tolerantes. Se rezan después unas oraciones litánicas, en las que se enumeran diversas intenciones, algunas bien incisivas, como las que piden al Señor «la conversión de los gobernantes, jueces y legisladores, para que no aprueben más leyes inicuas y criminales en nuestra Patria». Finalmente, se termina el acto y se dispersa la gente pacíficamente.

La marcha reunió a 1 de cada 150 habitantes de la ciudad, y no consiguió ninguno de sus objetivos. Sus efectos positivos se dieron solamente en los propios manifestantes y también en la Iglesia local.

–Nowa Huta es una ciudad polaca de más de 200.000 habitantes, construída después de la II Guerra Mundial (1949ss) junto a Cracovia. Si ésta viene a ser la capital espiritual e intelectual de la nación, Nowa Huta había de ser un paraíso obrero paralelo, una imagen perfecta del ideal soviético de una Ciudad-sin-Dios, sin templo, sin Iglesia. Mons. Karol Wojtyla, obispo auxiliar de Cracovia, después de fallidas conversaciones con las autoridades comunistas, pasó a la ofensiva y celebró en 1959 al aire libre una Misa navideña de medianoche. En el lugar deseado para un templo se plantó una gran cruz, una y otra vez retirada por agentes del régimen, y una y otra vez repuesta por católicos polacos. Estas luchas implicaban por entonces peligros muy graves, dadas las características de la policía secreta y pública del régimen comunista.

En 1962 Mons. Wojtyla fue nombrado Arzobispo de Cracovia, y en 1967, Cardenal. En Nowa Huta siguieron celebrándose Misas multitudinarias en las fechas importantes, hasta que en 1970 el Gobierno comunista cedió y permitió la construcción de un templo. En 1977, el Cardenal Wojtyla inauguró la nueva iglesia, y en 1978 fue elegido Papa.

Juan Pablo II, en su primer viaje apostólico a Polonia, dijo en la homilía de una Misa (8-VI-1979): «La historia de Nowa Huta está escrita por medio de la cruz… Han llegado hombres nuevos a Nowa Huta para comenzar un nuevo trabajo. Ellos han traído consigo esta nueva cruz. Ellos mismos han sido quienes la han levantado como signo de la voluntad de construir una nueva iglesia. He tenido la gran suerte de bendecir y consagrar, el año 1977, esta iglesia surgida a la sombra de una nueva cruz».

Los combates librados por los católicos en Nowa Huta mostraron la vulnerabilidad del Poder comunista ante las exigencias espirituales de un pueblo católico unido, encabezado por sus Obispos. Aquella ciudad nueva fue un semillero de oposición al régimen comunista. Dirigida esa oposición por el sindicato Solidaridad, llevaría en pocos años a la caída del comunismo perverso, opresor de la católica nación polaca.

–En Versalles, cerca de París, en 1984, se produjo una inmensa concentración de católicos, promovida y encabezada por el Arzobispo de París, Cardenal Lustiger, y otros Obispos. Se enfrentaron así al Gobierno del presidente socialista Mitterrand, que en un proyecto de ley restringía notablemente las ayudas públicas a las escuelas confesionales privadas. Numerosas organizaciones católicas se unieron a la iniciativa, como la Union des Associations des Parents d’Élèves de l’enseignement libre (UNAPEL). La ley no se promulgó, y el ministro Savary, que la había promovido, hubo de dimitir. La victoria fue completa.

–En Madrid, durante el último decenio, se han producido concentraciones multitudinarias de varios cientos de miles de asistentes, convocadas por Asociaciones católicas y apoyadas públicamente algunas veces por la misma Jerarquía episcopal. La colaboración organizada de miles de voluntarios durante meses hizo posible estas grandes manifestaciones católicas, convocadas sobre todo en defensa de la vida y de la familia, contra ciertas leyes proyectadas o promulgadas por el Gobierno socialista anti-cristiano. Es de notar que ninguna asociación nacional tiene, ni de lejos, un poder de convocatoria semejante al de la Iglesia.

El efecto político –el político– de estos formidables encuentros fue nulo. El Gobierno siguió adelante por su línea, sin variarla en nada, y en esos años facilitó al máximo los divorcios y los abortos, legalizó el «matrimonio» de homosexuales, estableció como asignatura obligatoria una Educación para la Ciudadanía profundamente anti-cristiana, etc.

Las formas varían mucho en estas manifestaciones. A veces los actos propiamente religiosos son escasos, y predominan los modos seculares semejantes a las concentraciones sindicales o políticas. Cantos y banderolas, pancartas en alto y franjas de tela con ciertos lemas, elevación de globos, repetición clamorosa de algunas frases, al estilo de «¡aborto ilegal - aborto legal - siempre criminal!» En otros macroencuentros se acentúa bastante más el sentido religioso, haciendo que culminen en una Misa, y encargando los discursos finales a católicos señalados del Episcopado y del laicado de la Iglesia.

¿Qué pensar de estas grandes concentraciones religiosas, promovidas con un fin político? La cuestión es compleja, y exige que prolonguemos su estudio. Las observaciones que pueda yo hacer sobre ella valdrán también, mutatis mutandis, a las pequeñas concentraciones reunidas, por ejemplo, ante una Clínica abortista o ante un edificio del Gobierno. Y también tendrán alguna aplicación a ciertas Asociaciones que emplean sobre todo la vía de internet –lanzamiento de campañas, recogida de firmas, convocatoria de concentraciones–, procurando a un tiempo la movilización de los católicos en causas políticas y el combate contra Gobiernos anti-cristianos.

Continuará.