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Los Estados anti-Cristo combaten sobre todo contra la Iglesia Católica

–Hoy es la fiesta litúrgica del arcángel San Miguel.
–Arcángel San Miguel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y las asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén (Oración a San Miguel, compuesta por León XIII en 1888, que había de recitarse al final de las Misas –y se rezó durante más de un siglo y medio– para proteger a la Iglesia de los ataques del Maligno). No nos vendría hoy mal.

Continúo con el mismo tema del artículo anterior.

La persecución contra Cristo y su Iglesia arrecia fuertemente en los últimos años. Es un hecho cierto que en el Occidente antes cristiano «se alían los reyes de la tierra contra el Señor y contra su Mesías: “rompamos sus ataduras, sacudamos su yugo”» (Sal 2,2). No es casualidad que ciertas leyes pésimas, con pocos años de diferencia, copiadas unas de otras, se vayan aplicando en las diversas naciones, siguiendo incluso un orden semejante.

Se alían los poderosos de la tierra –ONU, Unión Europea, organismos mundiales, Bancos, Fundaciones internacionales, como Rockefeller, Soros, Gates, MacArthur, Ted Turner, grandes firmas también internacionales, como Kodak, American Airlines, Apple, Toyota, Playboy, CNN, Sony, cadenas de prensa, universidades–, y forman un Gobierno mundial que va imponiendo sus normas a los Gobiernos nacionales, limitando cada vez más su soberanía propia. A través de presiones diplomáticas, económicas y mediáticas, premia con ayudas generosas a quienes le obedecen, al mismo tiempo que condena y castiga a los Gobiernos que le resisten; y son muy pocos los que se atreven. Es indudable que esos «dominadores del mundo», como a veces lo han dicho ellos mismos, pretenden llegar a un Nuevo Orden Mundial, con una Autoridad suprema controlada por ellos. Y el que no cree que esto sea verdad, sino que piensa que se trata de conspiraciones inexistentes, o es tonto o está engañado por el diablo, padre de la mentira.

Las políticas anti-Cristo logran implacablemente nuevas conquistas en los últimos decenios. Y son tantos en la Iglesia los pastores y laicos que parecen no enterarse o no querer enterarse… Cuando tan poco hablan de ello, será que no se han enterado, pues «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34). Recordaré, pues, sin mucha precisión, un conjunto de datos significativos. Adviértase en ellos que el diablo y los suyos atacan juntamente a la naturaleza y a la gracia, a la Creación y a la Redención; son contra-natura y anti-Cristo. El diablo, socavando el orden natural, estropea más fácilmente el mundo de la gracia. El sabe, por ejemplo, que la degradación de la razón favorece mucho la perversión de la fe:

–La destrucción de la familia, después del ateismo teórico o práctico, es quizá el peor de sus objetivos: divorcio rápido, anti-concepción y aborto, incluso en adolescentes, igualdad de unión homosexual y matrimonio, ideología del género, desprecio de «la familia tradicional»… En el Reino Unido la BBC prohibe hablar de «padre y madre» en sus programas, y el Ministerio inglés de instrucción aconseja lo mismo en la escuela pública para evitar la discriminación de ciertos niños. También en las cartillas familiares de España se sustituyen los nombres provocativos «padre y madre» por los más discretos «progenitor A» y «progenitor B».

–La homosexualidad activa. Amenaza de multa, despido o cárcel a cualquiera que públicamente ponga en duda la naturalidad de la homosexualidad, sea juez o sacerdote, maestro o periodista. Cierre de Fundaciones benéficas dedicadas a la adopción, si no entregan niños a parejas homosexuales. El presidente Barak Obama establece en Estados Unidos el «mes del orgullo lésbico, gay, bisexual y transgénero»: «hay que seguir avanzando paso a paso, ley por ley, cambiando cada conciencia». Nombra a Kevin Jennings, un gay activista radical, como promotor en las escuelas públicas de clubs homosexuales (GSLEN). A esta «cruzada» pro-gay, encabezada por la Human Rights Campaign, se unen poderosas Fundaciones y empresas internacionales. Sony promueve el MTV Gay Channel. El Parlamento Europeo condena una ley de Lituania que prohibe promover las relaciones homosexuales entre menores de 18 años.

–El aborto. Recién constituido presidente, en 2009, Obama levanta la prohibición de financiar organizaciones que promueven el aborto. Y con su Secretaria de Estado, Hillary Clinton, elige los «derechos reproductivos», que incluyen el aborto, como una de las prioridades de su gobierno. En ese año publica la UNESCO, con UNICEF, OMS y el Fondo de Población de la ONU, unas «Directrices Internacionales para la Educación Sexual», mentalizando ya a los niños desde los cinco años en la ideología del género y en la normalidad de la homosexualidad. Manuales difundidos por distintos Estados siguen la misma orientación, incitando y adiestrando a niños y adolescentes para la masturbación y la fornicación hetero u homosexual. El presidente Obama, poco después de su elección, recibe el Premio Nobel de la Paz (!).

–La igualdad de géneros, de religiones, de todo. La Comisión europea de los derechos humanos –quizá la peor de la Unión Europea– exige al Gobierno de Grecia que elimine la prohibición, formulada en ley del año 1045, de que las mujeres visiten el monte Athos, porque viola la igualdad de géneros y la libre circulación de los ciudadanos. Recrimina agriamente a los países de Europa que privilegian una religión –Dinamarca, Finlandia, Grecia, Italia, España, Suecia y Reino Unido–, exigiéndoles la derogación de tales estatutos. Con relativa frecuencia, textos oficiales de la ONU, de la Unión Europea y de grandes organismos internacionales dan como un hecho que las religiones monoteístas son causas de extremismos y de guerras. Sólamente la religión de los derechos humanos puede promover en el mundo la unidad y la paz, creando un Nuevo Orden Mundial.

Es un continuo noticiario anti-Cristo y contra natura, que va aumentando en atrevimiento y efectividad. Van muy deprisa y no es fácil prever hasta dónde llegarán sin tardar mucho. ¿Podrán los misioneros, párrocos y misioneros predicar el Evangelio? ¿Se permitirá a los padres educar a sus hijos en sus criterios, si son contrarios a los «derechos» de anticoncepción, aborto y vida gay? ¿Exigirán que la Biblia sólamente se edite expurgada de sus errores contra los «derechos humanos»? ¿Eliminarán la clausura monástica invocando el derecho al libre desplazamiento?…

El Gobierno mundial anti-Cristo ataca principalmente a la Iglesia Católica. Apenas muestra hostilidad hacia el protestantismo: ve, por ejemplo, en el Reino Unido como perfectamente normal que la Reina sea «cabeza» de la «Iglesia» anglicana, y que la Cámara de los Lores esté integrada por Lores temporales y por Lores espirituales, 26 Obispos –lo que de ningún modo toleraría en un país católico–. Tampoco ataca de frente a las leyes de las naciones islámicas, lo que no deja de ser una prudente medida. Centra en cambio sus denuncias y agresiones contra la Iglesia católica, sabiendo que es su principal y casi única antagonista. Las campañas mediáticas para desprestigiar a la Iglesia, al Papa, a todo lo que sea católico, son incesantes. El mismo diario New York Times, por ejemplo, que en 2009 da como noticia que un cuarto de siglo antes un sacerdote franciscano tuvo una relación consensuada con una mujer de la que nació un hijo (16-X-2009) –cosa que jamás hace con ministros de otras religiones–, se niega a publicar una nota del Arzobispo de Nueva York, que se ve reducido a publicarla en su blog personal.

La ética mundial de los derechos humanos pretende sustituir la religión cristiana, y en sus combates culturales y políticos los anti-Cristo centran su lucha contra la Iglesia Católica. Es bien comprensible, por la gran internacional de la Iglesia Católica y por la unidad firme de sus doctrinas. Eugenia Rocella y Lucetta Scaraffia reúnen en un libro un buen número de datos que fundamentan la afirmación anterior:

Los organismos internacionales más importantes han producido una «sacralización de los derechos humanos», entendidos sin Dios, han formado «una especie de pensamiento único ante el cual deberían desaparecer todas las demás formas culturales, incluidas las religiones tradicionales. Las religiones son en realidad las formas culturales e institucionales más demonizadas por los organismos internacionales, porque son consideradas como enemigas del pensamiento único de los derechos. En particular, la Iglesia católica es considerada enemiga principal, ya que es una de las instituciones que con mayor claridad se rebela contra “la religión de los derechos”, y la más importante por su gran prestigio internacional. Es una ética [la de los derechos humanos] que tiende a configurarse como una religión que comprende y supera a todas las demás, y que debería garantizar el progreso universal y la convivencia pacífica de cualquier forma de diversidad. La imposición de esta utopía a los países del Tercer Mundo parece constituir el objetivo principal de la actividad de muchas organizaciones internacionales, y condiciona ayudas financieras y relaciones diplomáticas» (Contra el cristianismo. La ONU y la Unión Europea como nueva ideología, Cristiandad, Madrid 2008, extractos 11-14).

Marcello Pera, ex presidente del Senado de Italia, defendiendo de una campaña mundial denigratoria al Papa Benedicto XVI, advierte que en el fondo «la guerra del laicismo contra el cristianismo es total». Y añade que a esa batalla se unen algunos cristianos, «teólogos frustrados» y «cardenales en crisis de fe» (Corriere della Sera 24-III-2010). Lo que alcanza a ver Pera, intelectual y político no católico, no lo ven porque no lo quieren ver tantos católicos…

Los verdaderos políticos cristianos han de saber que la neutralidad es hoy imposible en la vida política, como no sea haciéndose cómplices del mal. «El que no está conmigo está contra mí» (Lc 11,23). «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). «Os envío como ovejas entre lobos» (Mt 10,16). Sólo hay, pues, dos alternativas: o la Ciudad temporal se edifica sobre roca o sobre arena. O se siembra trigo con Cristo en el campo del mundo o se siembra cizaña con el diablo. Hay dos bloques enfrentados, y el mundo diabólico –«no queremos que Él reine sobre nosotros» (Lc 19,14)–, y el mundo cristiano –«venga a nosotros tu Reino»–, no van a llegar jamás a un acuerdo de paz. Como dice el Vaticano II, la batalla entre los hijos de la luz y los de las tinieblas se da «a través de toda la historia humana» (GS 13b; cf. 37b). Son «las dos banderas» enfrentadas de San Ignacio de Loyola: el diablo jefe «hace llamamiento de innumerables demonios y los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el mundo, no dejando provincias, lugares, estados ni personas algunas en particular» (Ejercicios espirituales 141). Y lo mismo hace el Señor con el ejército de los buenos (145). Ya traté de este tema en un artículo anterior (19).

La batalla se da simultáneamente en la política, en Universidades y centros educativos, en Editoriales y medios de comunicación, en prensa, televisión, internet, cine y radio, en el mundo de la educación, de la sanidad y del arte, de la moda y de la canción. Y los más peligrosos combatientes, sin duda, son los que están dentro de la Iglesia, “las «innumerables herejías y cismas» (39), patentes o encubiertos, que hay y perduran dentro de ella, colaborando con el Enemigo.

Es una guerra tan global y tan fuerte que no admite, especialmente para los políticos católicos, ninguna cautelosa actitud equidistante. (cf. Bruno Moreno, Campos de la batalla moral). Los partidos malminoristas de inspiración cristiana no tienen ante la Bestia liberal más fuerza que la de un gatito necesitado de afecto. El cristiano que aspire a un espacio político laico, pero no laicista, muestra una ingenuidad que no sólamente se aproxima a la estupidez más profunda, sino también quizá a la complicidad con el diablo. Rocella y Scaraffia narran una anécdota muy elocuente:

El presidente Bush, tras el período duramente abortista de Clinton, deniega ayuda financiera de los Estados Unidos a las organizaciones proabortistas, volviendo a una política ya dictada por Regan. De este modo entidades muy importantes, como la UNFPA (agencia de la ONU para la población) o la IPPF (federación internacional de planificación familiar), quedan bruscamente desfinanciadas. Pero inmediatamente interviene la Comisión correspondiente de la Unión Europea, acordando suplir este vacío con 32 millones de euros para UNFPA y 10 para IPPF. «La decisión de suplir con fondos europeos la fallida financiación estadouniense fue tomada por la Comisión presidida por el católico Romano Prodi, sin objeciones públicas del presidente» (ob. cit. 100). Este político, que fue primer ministro de Italia y presidente de la Comisión Europea, declaraba modestamente al diario la Repubblica: «con el pudor que es necesario en los asuntos religiosos, no he escondido nunca que soy católico y nunca me he sentido perseguido» (1-XI-2004).

Ésa es la verdad. Los católicos liberales no sólamente no son perseguidos por las fuerzas políticas anti-Cristo, sino que son especialmente estimados y promovidos por esos poderes malignos, pues saben bien que son sus principales colaboradores en la descristianización del mundo. Por el contrario, un político católico como el intelectual Rocco Butiglione, cuando va a ser nombrado Comisario europeo de Seguridad, Libertad y Justicia, es vetado por el Parlamente Europeo al publicarse unas declaraciones suyas favorables al matrimonio y la familia, y contrarias a la naturalidad de la homosexualidad.

La batalla entre la Iglesia y el humanismo liberal es un combate contra el diablo, «contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos» (Ef 6,12). Lo sabemos porque Cristo lo reveló claramente en el Evangelio, y también nos enseñó a discernir las señales de la presencia y de la acción del diablo. Por eso aquellos católicos, concretamente pastores y políticos, que ignoran esa realidad y sus señales, no entienden nada de lo que pasa hoy en le mundo, y lógicamente no pueden dar ningún combate eficaz contra un enemigo que ignoran. No lograrán ninguna victoria para el Reino de Cristo, pues ni siquiera entablan «los buenos combates de la fe» (1Tim 6,12).

El Beato Cardenal Newman, a fines del siglo XIX, veía ya con toda claridad el designio de diablo para «sustituir o bloquear la religión» mediante un humanismo naturalista: «nunca ha habido una estratagema del Enemigo ideada con tanta inteligencia y con tal posibilidad de éxito [contra el cristianismo]. Y ya ha respondido a las expectativas que han aparecido sobre la misma. Está haciendo entrar majestuosamente en sus filas a un gran número de hombres capaces, serios y virtuosos, hombre mayores de aprobados antecedentes, y jóvenes con una carrera por delante» (disc. al recibir el capello cardenalicio 12-V-1879). Pero cuántos hoy en la Iglesia, pastores y fieles, teólogos y políticos católicos, no alcanzan a ver lo que el Beato Newman veía hace más de un siglo, cuando las fuerzas del Enemigo eran mucho menores que ahora.

íEn los últimos tiempos son los Papas quienes denuncian que es el diablo quien dirige los ataques contra la Iglesia en la vida social y política, en el mundo de la cultura y de la religión. En todos los siglos el diablo ha combatido contra la humanidad, queriendo perderla; pero sobre todo desde hace un siglo los Papas, con muy escasos apoyos en los decenios recientes, han atribuido el «lado oscuro» de nuestro tiempo al influjo diabólico.

–San Pío X, 1903: «es de temer que esta perversión de los ánimos sea una especie de antelación de los males que son previstos para el fin de los tiempos, y que ya habite en este mundo el “hijo de la perdición” de quien habla el Apóstol (2Tes 2,2). Con suma osadía, con gran furor, es atacada en todo lugar la piedad religiosa, son negados los dogmas de la fe revelada, se intenta obstinadamente suprimir y eliminar toda relación entre el hombre y Dios» (enc. Supremi apostolatus cathedra 5).

–Pío XI, 1937: «por primera vez en la historia, asistimos a una lucha fríamente calculada y arteramente preparada por el hombre “contra todo lo que es divino” (2Tes 2,4)» (enc. Divini Redemptoris 22).

–Pío XII, 1950: «este espíritu del mal pretende separar al hombre de Cristo, el verdadero, el único Salvador, para arrojarlo a la corriente del ateísmo y del materialismo» (radiom. Nous vous adressons).

El papa Pablo VI, que reconocía «el humo de Satanás» introducido dentro de la misma Iglesia (29-VI-1972), veía también la acción diabólica en el mundo actual. «¿Existen señales de la presencia de la acción diabólica, y cuáles son? Podremos suponer su acción siniestra allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda; donde la mentira se afirma, hipócrita y poderosa, contra la verdad evidente; donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde; donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido; donde se afirma la desesperación como última palabra» (15-XI-1972)… Es indudable que actualmente se dan estas señales de la acción del diablo.

Juan Pablo II, 1985, en su Carta a los jóvenes en el Año Internacional de la Juventud, decía: «Conviene mostrar constantemente las raíces del mal y del pecado en la historia de la humanidad, como Cristo las mostró en su misterio pascual de Cruz y Resurrección. No hay que tener miedo de llamar por su nombre al primer artífice del mal: el Maligno. La táctica que él usa consiste en no revelarse, a fin de que el mal, sembrado por él desde el principio, reciba su desarrollo por parte del hombre, de los sistemas mismos y de las relaciones interhumanas, entre clases y naciones» (31-III-1985).

¿Qué hemos de hacer? Lo primero de todo es creer que sólo Cristo Rey puede dar a las naciones del mundo amor y justicia, unidad y paz. Y que para conseguirlo, como veremos, es necesario orar (IV) y laborar (V).