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El principio de subsidiariedad

–¿Esto de la subsidiariedad se refiere a los subsidios que el Estado concede a personas o entidades?
–No, hombre, no. Aunque, bien mirado… también tiene algo que ver con ello.

Continuamos con los principios fundamentales de la doctrina política de la Iglesia.

VIº–El principio de subsidiariedad, contrario a cualquier forma de totalitarismo de Estado, es uno de los fundamentos de la doctrina política de la Iglesia. Como enseña el Catecismo, «según el principio de subsidiariedad, ni el Estado ni ninguna sociedad más amplia deben suplantar la iniciativa y la responsabilidad de las personas y de las corporaciones intermedias» (1894). Es verdad que la complejidad tan grande de las sociedades más desarrolladas exige que el Estado regule muchos campos de la vida social, equilibre desigualdades, favorezca a los pobres, enfermos, subsidie a los parados y a los jubilados, y acometa obras importantes que no podrían ser llevadas adelante por la iniciativa privada. Pero nunca debe intervenir más allá de lo debido, y la tentación totalitaria del Estado moderno –comunista, socialista, democrático, dictatorial– es muy grande.

Para todos los ciudadanos, pero especialmente para el pueblo cristiano –que no es de este mundo–, es un derecho primordial que ningún Estado sujete bajo la regulación de su autoridad cuestiones morales, educativas, sanitarias, económicas, culturales, religiosas, que puedan ser desarrolladas libremente por la persona, la familia, el municipio y otros cuerpos sociales intermedios. Este principio está en el corazón mismo del pensamiento y de la tradición de la cultura católica, y es fundamental para asegurar los derechos y libertades reales de la persona y de la sociedad.

El Estado debe promover, estimular y ayudar la iniciativa privada de los ciudadanos, pero en modo alguno debe suprimirla, alegando una inexistente autoridad política anterior al hombre y superior a él. En los últimos siglos sobre todo, la Iglesia ha proclamado incesantamente la participación de los ciudadanos en la prosecución del bien común, respetando el principio de subsidiariedad. Y de este modo siempre ha defendido al pueblo de los ataques de los sistemas totalitarios o de las agresiones encubiertas de las democracias liberales.

León XIII: «no hay por qué inmiscuir la providencia de la república [del Estado], ya que el hombre es anterior a ella y, consiguientemente, debió tener por naturaleza, antes de que se constituyera con unidad política alguna, el derecho de velar por su vida y por su cuerpo» (1891, enc. Rerum novarum 6). Este principio se ha reiterado continuamente en la doctrina política de la Iglesia: Quadragesimo anno (1931), Mit brennender Sorge (1937), Divini Redemptoris (1937), Benignitas et humanitas (1944), Mater et magistra (1961), Pacem in terris (1963), Populorum progressio (1967), concilio Vaticano II, etc., hasta llegar a nuestros días.

Benedicto XVI: «el Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática… Lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que solícitamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiariedad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales, y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de ayuda» (2005, enc. Deus caritas est 28b).

El Catecismo de la Iglesia explica el principio de subsidiariedad al tratar de La comunidad humana. Enseña que el hombre, por naturaleza, «necesita la vida social» (1879). Y afirma que «una sociedad es un conjunto de personas ligadas de manera orgánica por un principio de unidad que supera a cada una de ellas» (1880). Pero reconoce que «algunas sociedades, como la familia y la ciudad, corresponden más inmediatamente a la naturaleza del hombre. Le son necesarias. Con el fin de favorecer la participación del mayor número de personas en la vida social, es preciso impulsar y alentar la creación de asociaciones e instituciones de libre iniciativa “para fines económicos, sociales, culturales, recreativos, deportivos, profesionales y políticos, tanto dentro de cada una de las naciones como en el plano mundial” (Juan Pablo II, 1991, enc. Centesimus annus 16)» (1882).

«La socialización también presenta peligros. Una intervención demasiado fuerte del Estado puede amenazar la libertad y la iniciativa personales. La doctrina de la Iglesia ha elaborado el principio llamado de subsidiariedad. Según éste, “una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de sus competencias, sino que más bien debe sostenerle en caso de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común” (Centesimus annus 48) (1883). «El principio de subsidiariedad se opone a toda forma de colectivismo. Traza los límites de la intervención del Estado. Intenta armonizar las relaciones entre individuos y sociedad. Tiende a instaurar un verdadero orden internacional» (1885). Es cierto que «la familia debe ser ayudada y defendida a través de medidas sociales apropiadas»; pero «en conformidad con el principio de subsidiariedad, las comunidades más amplias deben abstenerse de privar a las familias de sus propios derechos y de inmiscuirse en sus vidas» (2209). El principio de subsidiariedad es universal y ha de aplicarse en todos los campos: educación, sanidad, moral, cultura, economía, vivienda, deportes.

El principio de subsidiariedad pretende en la vida social y política –que las iniciativas personales o asociadas y las actividades de corporaciones intermedias sean promovidas, y en su caso subsidiadas, por el Estado; –que se guarde en todo la primacía y la libertad de la persona y de la familia; –que las iniciativas privadas y las públicas colaboren armoniosamente en la producción del bien común; –que todo ciudadano, y concretamente el pueblo cristiano, se vea libre en su vida personal y familiar de una injerencia excesiva del Gobierno político, y pueda desarrollar, incluso con la ayuda del Estado, su forma propia de vida personal, familiar, religiosa y asociada; –que no genere el Estado un acrecentamiento morboso de funcionarios, asistentes, inspectores, comisiones fiscalizadoras, en un control y asistencialismo agobiante; –que no potencie más y más su poder económico y administrativo, multiplicando los impuestos contributivos, el número de leyes y normas, los organismos estatales, sujetándolo todo a su control, a sus licencias, autorizaciones y subsidios, distribuidos a su arbitrio; –que se promueva la descentralización conveniente, el pluralismo cultural, social y político, el respeto de los grupos minoritarios, etc.

La participación cívica en el bien común, la defensa de la subsidiariedad y la lucha contra el absolutismo del Estado, se dé en formas totalitarias o democrático-liberales, han sido siempre uno de los empeños principales de la Iglesia en la política. La Iglesia siempre ha combatido toda forma de absolutismo de Estado, aunque se dé en formas encubiertas de la democracia liberal. Al paso del tiempo, ella ha sido la primera, y a veces la única, en condenar el liberalismo, el nazismo, el comunismo, la democracia relativista, etc. Siempre ha afirmado la primacía original de la persona, de la familia y del orden natural. Siempre ha procurado la armoniosa colaboración en política de la esfera privada y la pública.

Pío XII: «Una sana democracia, fundada sobre los inmutables principios de la ley natural y de las verdades reveladas, será resueltamente contraria a aquella corrupción que atribuye a la legislación del Estado un poder sin freno ni límites, y que hace también del régimen democrático, a pesar de las contrarias y vanas apariencias, un puro y simple sistema de absolutismo» (1944, radiom. Benignitas et humanitas 28). Juan Pablo II: «una democracia sin valores se convierte fácilmente en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia» (1991, enc. Centesimus annus 46); y entonces «la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía» (1995, Evangelium vitæ 70).

En la Edad Media cristiana la subsidiariedad era mucho más fuerte en la sociedad que en los tiempos modernos. Y consecuentemente era menor el peligro del totalitarismo de Estado invasor. En el milenio medieval de Cristiandad, más o menos del año 500 al 1500, la doctrina política es todavía sana, y aunque, por supuesto, no elimine totalmente injusticias, crímenes y abusos, éstos se dan en contra de la doctrina católica. Los Reyes cristianos –entre los cuales hubo no pocos santos y beatos– tenían un poder muy controlado por la Iglesia, los nobles, las Cortes, los gremios y estamentos sociales, así como por las leyes y fueros jurados, por los usos y costumbres. El campo de su autoridad política era incomparablemente menor que el de los gobernantes modernos.

Es ésta una realidad que, por ejemplo, el P. Alfredo Sáenz, S. J., comprueba con datos ciertos en su obra La Cristiandad, una realidad histórica (cp. 3º, El orden político de la Cristiandad: Fund. GRATIS DATE, Pamplona 2005). En este libro se ve hasta qué punto, a partir del Renacimiento, ha sido calumniada y falsificada la vida social y política europea de la Edad Media. Las obras de Régine Pernaud –como ¿Qué es la Edad Media?, Para acabar con la Edad Media, La mujer en el tiempo de las catedrales– pueden ser también para muchos un descubrimiento de la verdad social y política, cultural y estética de la Edad Media cristiana.

El Estado moderno se ha ido formando como un Leviatán monstruoso a partir del Renacimiento. Desde entonces ha ido configurando poderes absolutos y totalitarios, que arrasan cada vez más el principio político de la subsidiariedad. Lutero comienza por someterse a los príncipes alemanes, las Monarquías nacionales se hacen absolutas, los Reyes liberales, a través de sus ministros masónicos, gobiernan para el pueblo (?), pero sin el pueblo. El Josefinismo sujeta la Iglesia al Estado. El mundo del poder político se va haciendo cada vez más oscuro y anticristiano: la Revolución francesa, la dictadura napoleónica, los Imperios, las guerras innumerables, el nazismo y el fascismo, los horrores de la Unión Soviética y de China, y de las naciones que les estaban sujetas, las guerras civiles, las naciones partidas en partidos contrapuestos, los partidos internacionales… Este Orden mundial injusto, dirigido por pensadores siniestros, lleva derechamente al siglo XX, el más homicida de todos los siglos de la historia, sin duda alguna, tanto por las guerras como por el aborto.

Todos los horrores aludidos proceden de errores gravísimos en la filosofía política. Y puede afirmarse que el abandono de la tradición política y social de la cultura católica conduce al atropello sistemático del principio de subsidiariedad, y al consecuente surgimiento de la Bestia política moderna, cada vez más poderosa. Recordaré sólo algunos de los pensadores más influyentes en el totalitarismo de la política moderna. Comprobaremos así que los horrores históricos modernos no se producen a pesar de la doctrina política sana, sino a causa principalmente de doctrinas falsas.

–Nicolás Maquiavelo (1469-1525), florentino, a quien se debe el nombre de «Estado», en su obra El Príncipe (1513), separa la vida política del respeto a Dios y al orden natural, y por medio de la «razón de Estado» potencia a los gobernantes, quitando límites a sus decisiones.

–Thomas Hobbes (1588-1679), inglés, en su libro Leviatán (1651), muy contrario a la Iglesia y al cristianismo, es considerado uno de los principales fundadores del absolutismo político moderno.

–Juan Jacobo Rousseau (1712-1778), en El contrato social (1761), sujeta la persona al Estado por la vía del contractualismo político. La persona se debe al Estado y al voto mayoritario, ya que «la voluntad general no puede errar».

–Juan Fichte (1762-1814), filósofo idealista, con sus Discursos a la nación alemana (1806), está en el origen del nacionalismo germánico, y obras suyas, como Los caracteres de la Edad contemporánea (1806), dan fundamento al Estado totalitario: «en nuestra edad, más que en todo otro tiempo precedente, cada ciudadano, con todas sus fuerzas, está sometido a la finalidad del Estado, está completamente penetrado por él y se ha convertido en su instrumento». En esto dice gran verdad.

–Hegel, Georg Wilhelm Friedrich (1770-1831) lleva al extremo el absolutismo totalitario del Estado, y con una fundamentación filosófica más amplia y coherente, viene a identificar al Estado con Dios:

«El ingreso de Dios en el mundo es el Estado» (Filosofía del Derecho, apéndice). El Estado es un «dios en el mundo», es decir, un dios inmanente a la realidad social política. «Todo lo que el hombre es lo debe al Estado, y sólamente en el Estado tiene su esencia. Todo valor, toda realidad espiritual la tiene el hombre sólamente por medio del Estado». El Estado, pues, considerado como algo divino «debe» sujetar a él todas las realidades de la nación y de cada persona.

Algunas Antiutopías, describiendo situaciones sociales de control absoluto, alertan contra los Estados totalitarios, comunistas, socialistas, liberales, dictatoriales. Cito dos sólamente.

–Aldous Huxley (1894-1963), en su obra Un mundo feliz (1932), deja a todos los individuos bajo el absoluto poder científico y conductista de Ford, que los controla mediante el soma, alimento-medicina-estimulante.

–Y George Orwell (1903-1950), en su novela 1984 (1949), describe el gobierno del Gran Hermano, que sirviéndose de una omnipresente policía del pensamiento, controla la mente y la conducta de todo el pueblo.

Los sueños siempre parten de una realidad. Estos sueños-pesadillas acerca de sociedades sometidas a Poderes totalitarios tienen de fondo una realidad histórica verdadera: el Leviatán, los Estados modernos monstruosos, prepotentes, invasores. En el milenio de la Cristiandad estas pesadillas nunca fueron ni siquiera soñadas.

Con el favor de Dios, tendré que seguir con el tema.