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21.- Últimos trabajos y muerte del padre Hermann

Definidor y Maestro de novicios

Hemos dejado al padre Hermann en Broussey, donde el Capítulo provincial acaba de llamarle para constituirle primer Definidor de la Provincia y Maestro de novicios. El padre Domingo, Superior General de la Orden, acababa de morir en Roma, el 12 de julio de 1870. Los carmelitas franceses, que con razón lo consideraban como el restaurador del Carmelo en Francia, manifestaron el deseo de que sus restos reposaran en medio de ellos. Y el padre Provincial había partido para Roma a fin de traer a Broussey los venerados despojos.

Como primer Definidor, y en la ausencia del Provincial, el padre Hermann quedó encargado del gobierno de la Provincia y de preparar los funerales del padre Domingo.

Guerra franco-prusiana

Estalló entonces la terrible guerra entre Francia y Prusia. Después de una serie de derrotas del ejército francés, Napoleón III, copado en Sedán, rindió las armas a los prusianos sin haber intentado siquiera un supremo combate. Sobrevino el 4 de septiembre, el Imperio se hundió, y el gobierno de Francia cayó en manos de ambiciosos, que habían de arruinarla.

Persecución religiosa

En estos días aciagos, mientras el enemigo vencedor hollaba el suelo francés, hubo hombres, sin embargo, más atentos en fastidiar al clero y en perseguir a los religiosos, que en defender la tierra invadida. Días de ceguedad y de odio.

Y ahora, al escribir estas páginas [1880], vemos de nuevo oscurecerse el horizonte con nubarrones amenazadores. Se oye el griterío de los sectarios, cuya rabia, no saciada, reclama a los religiosos, a los que quieren inmolar, dicen, para salvar la patria. Confiados en el poder de Dios, los religiosos callan, oran y esperan, dispuestos a sacrificarse de nuevo, sea en los campos de batalla, sea en la cabecera de los enfermos.

Sale de Francia

Tras el 4 de septiembre, el padre Hermann, que era alemán, temió que su presencia pudiera perjudicar a sus hermanos carmelitas. El gobierno francés había expulsado del territorio a todos los prusianos. El padre Hermann, sin embargo, había obtenido del prefecto de Burdeos la autorización de residir en Francia.

Pero, no obstante eso, el Padre veía subir cada día más la marea del odio sectario. El convento de Agen había sido literalmente asediado por las turbas enfurecidas, el de Lión fue pronto saqueado, los religiosos fueron arrojados del convento y algunos de ellos encarcelados. El padre Hermann presentó la dimisión de Definidor y de Maestro de novicios y resolvió salir de Francia. Obtuvo la deseada licencia, pero antes se trasladó al santo Desierto, para hacer ejercicios espirituales y para lograr, por medio de la oración, conocer la voluntad de Dios. Él mismo revela su estado de ánimo en este retiro en una carta que escribió a un familiar:

«Voy a ofrecerme a Jesús, con todo lo que pueda inmolar, para obtener el fin de tantas desdichas. No obstante, bendigo su mano amorosa por todo lo que sucede, porque es tan amable cuando castiga como cuando acaricia».

Dejó con pena aquel asilo bendito de oración, se detuvo algunos días en Bagnères, pasó al convento de Carcasona, donde tocó el órgano por última vez, y se dirigió a Suiza, donde se hallaban ya algunos de su familia. El viaje era peligroso. En efecto, en Grenoble estuvo a punto de ser asesinado por el populacho enfurecido que lo tomó por un espía prusiano. Dios le protegió, y llegó sano y salvo a Ginebra, donde monseñor Mermillod le recibió con todo afecto.

En Montreux

A orillas del lago Lemán, se halla un encantador pueblecito, Montreux. Arrastrado en otro tiempo al protestantismo por el ejemplo de Ginebra y de Lausana, cuenta con pocos católicos. Pero, gracias a la belleza del paraje y a su clima, excepcionalmente templado, cada año lo visitan numerosos extranjeros, tanto en invierno como en verano, procedentes de diferentes países de Europa, protestantes, cismáticos y también católicos.

Después del 4 de septiembre, el número de estos últimos había aumentado considerablemente. De Lión, Dijón y Besançon llegaban en tropel mujeres, niños y ancianos, huyendo de la invasión y de las locuras revolucionarias. Todos estos fugitivos necesitaban ayuda espiritual, pero la iglesia católica más próxima, la de Vevey, estaba a más de una hora de distancia.

Párroco de exilados

Monseñor Mermillod pidió al padre Hermann que ayudara a estas gentes, carentes de sacerdote católico. El Padre haría de párroco de la pequeña colonia. Se carecía también de iglesia, pero el Padre improvisaría una capillita.

El celo del padre Hermann vio en esto la mano de la Providencia. El obispo de Friburgo, de cuya diócesis forma parte Montreux, autorizó al padre Hermann, y éste se reunió con los emigrados, que eran quinientos o seiscientos. Entre ellos se hallaba su hermano mayor con toda su familia.

El 7 de octubre abrió una capillita, y se entregó por entero a esta nueva misión, predicando, visitando a los enfermos, y hasta dirigió en alemán unos ejercicios a las religiosas de Brigues. La situación de Francia le preocupaba mucho. Era su patria adoptiva, en la que Dios le había llamado a la fe, al bautismo y a la profesión religiosa. La amaba tanto o más que a su patria de nacimiento.

Así es que sus oraciones se elevaban cada día hacia el cielo a fin de apaciguar la cólera divina y pedirle que devolviera la paz y la grandeza de antes a la Francia de su corazón.

También temía por su querido sobrino, aquel que tanto había sufrido por mantener su fe católica. Estaba destacado como guardia móvil en el fuerte de Aubervilliers, cerca de Bourget, en los alrededores de París, dispuesto a defender la capital. El padre Hermann lo encomendaba con frecuencia a Dios.

Al servicio en Prusia de prisioneros franceses

A mediados de noviembre, monseñor Mermillod llamó al padre Hermann a Ginebra. Gran número de prisioneros franceses habían sido internados en Prusia y carecían de todo, no pocos de ellos estaban enfermos, y todos carecían de atención religiosa. El venerable Obispo había intentado por todos los medios socorrerles y enviarles sacerdotes franceses. Pero, particularmente sobre este último punto, Prusia se mostraba casi irreductible. Monseñor Mermillod pensó que el padre Hermann, por su nacimiento, por los éxitos de su predicación en Berlín, y por las relaciones habidas varias veces con la reina de Prusia, sería probablemente aceptado.

Autorización de la Orden

Propuso la misión al Padre, el cual la aceptó, siempre que le autorizaran sus superiores. Durante su estancia en Montreux, el Padre Hermann había recibido destino como conventual del santo Desierto de Tarasteix. El padre Martín de la Inmaculada Concepción, recién nombrado Definidor General de la Orden, no había salido de Francia a causa de los acontecimientos, y persuadido de que el padre General aprobaría aquella misión, autorizó al padre Hermann a que acudiera a Prusia.

Presentimiento de la muerte

El 24 de noviembre, fiesta de san Juan de la Cruz, el Padre al salir de Montreux pronunciaba estas proféticas palabras: «Alemania será mi tumba».

Hacía varios meses que el Padre tenía el presentimiento de su próximo fin. Poco después de su muerte, el padre F. X. de la Inmaculada Concepción escribía sobre él:

«Nunca olvidaré un paseo que di en su compañía hace algunos meses en el recinto del santo Desierto. Cuando llegamos ante las modestas sepulturas de grosero ladrillo, que encierran las cenizas de nuestros Padres, le pregunté cuántos nichos vacíos quedaban, a lo que me respondió: "Dos, y uno de ellos es para mí". Combatí semejante presentimiento, que nada parecía apoyar; pero me respondió con honda convicción: "Sí, lo siento, presiento que Dios me ha traído al santo Desierto tan sólo para que me prepare a morir. ¡Si usted supiera qué indiferente a todo me ha hecho de algún tiempo a esta parte!»

Y al partir, el padre Hermann escribe:

«Me pongo en camino bajo la protección de Jesús, María y José. ¡Cuántos consuelos quisiera llevar a los pobres prisioneros que se hallan en espantosa miseria! La Providencia divina ha tomado previamente las disposiciones necesarias para reemplazarme en el servicio religioso de Montreux, pues ahora hay dos sacerdotes franceses en la localidad».

Cura castrense en Spandau

Al llegar a Berlín, el Padre consiguió que se le nombrara capellán de Spandau, ciudad situada a 14 kilómetros de Berlín, a donde había 5.300 prisioneros. El párroco de aquella población de siete mil habitantes quiso que se hospedara en su casa. Halló el Padre a los pobres soldados franceses sumidos en la miseria, les habló de Francia, les animó a ofrecer las penalidades a Dios por la salvación de la patria, les habló del alma, de la necesidad de reconciliarse con Dios, les dijo que había llegado hasta ellos para ayudarles en sus necesidades y para confortarles. Les pidió que fueran a encontrarle en la casa parroquial y que le expusieran sus deseos y necesidades.

Recibió cajas con vestidos y ropa blanca, y las distribuyó inmediatamente, captando pronto la confianza de los infortunados prisioneros. El 12 de diciembre escribía a la señora de D. A. Cohen:

«Los prisioneros empiezan a pedir la confesión. Esta noche han acudido ocho a mi cuarto para confesarse. Ya ve usted que nuestro buen Maestro se complace en darme trabajo continuamente. Jamás me he hallado con tan vasto campo para ganar almas para Jesús».

El 22 de diciembre describe así a la misma sus ocupaciones y alegrías:

«Los prisioneros me asedian desde las ocho de la mañana hasta la noche. Me entregué a ellos y están usando de mí todo lo que pueden, y me usarán hasta consumirme. Tienen permiso para venir a la rectoría, de modo que cuando no vienen por su alma, vienen para exponerme las penalidades y padecimientos de sus cuerpos, ateridos por el rigor del frío. En fin, debo decir que me devuelven con creces el amor que les demuestro... Tenemos aquí, como media, unos cincuenta soldados por día, que solicitan la confesión y la comunión».

Agotado y enfermo

El frío era intenso, y el Padre sufrió mucho con él. En una carta que escribía a su hermana el 31 de diciembre termina así:

«Amemos a Jesús cada día más.

En Jesús, María, José,

Fray Agustín, miserable pecador, que quiere convertirse el año que empieza. Amén».

El padre capuchino Enrique de la Billerie fue testigo de sus últimos trabajos y de los instantes finales de su sacrificio. Él escribió esta carta a la hermana del padre Hermann:

«Estaba encargado de los cuidados espirituales que se debían dar a unos seis mil prisioneros. Como no podían caber todos en la iglesia, cada día se conducía a una compañía de quinientos. El Padre les predicaba, y durante el día confesaba de treinta a cincuenta. Tales predicaciones diarias en una iglesia muy fría y las largas permanencias en el confesonario de la misma iglesia fatigaron considerablemente al Padre. Además, el tiempo de que podía disponer durante el día, lo dedicaba a la visita de los lazaretos, en los que los enfermos eran muy numerosos, principalmente de viruelas (300). El Padre también estaba encargado de la distribución de socorros a nuestros compatriotas cautivos, lo que desempeñaba con admirable celo. No tenía ni un momento para él.

«En todo esto estuvo amablemente secundado por el general que mandaba la plaza de Spandau, prusiano protestante convertido. Este hombre digno tenía mucho afecto al venerable hermano de usted, en el que había depositado enteramente su confianza, y le dejaba completa libertad y las facilidades que pudiera desear para cumplir con su piadoso ministerio. Quisiera poder rendir el mismo testimonio de agradecimiento a otros comandantes.

«El domingo, 8 de enero, el Padre se hallaba en Berlín, donde yo me encontraba entonces. El Padre había hecho compras por cerca de dos mil francos para los prisioneros (camisetas, medias y vestidos). Este día estuve largo tiempo con él. Me habló de sus fatigas, de un gran dolor en la garganta del que sufría, me dijo, desde hacía varios días, de la necesidad que sentía de tomar algún descanso, so pena de no poder continuar su obra de celo.

«Lo hallaba envejecido y pálido. Observé además en su mano izquierda, en la juntura del índice y de la mano, un grano de mal agüero que me pareció proceder del contagio del hospital. Por la noche, con varios otros caballeros fui a visitarle en el aposento que ocupaba en la casa parroquial de Santa Eduvigis cuando venía a Berlín. Mientras él estaba hablando con otras personas, observaba su venerable fisonomía, y de este atento examen saqué la convicción de que el Padre había llegado al término de su laboriosa carrera. Observé su rostro pálido, aunque sereno. Tenía lánguida la mirada, pero con limpidez alegre. En su frente veía yo como una aureola pronta a brillar dentro de poco. Podría comparar la impresión que entonces experimentaba yo a la que se siente al ver la puesta del sol en el atardecer de un hermoso día. Se sabe que va a desaparecer, y uno se apresura a admirar el esplendor de sus últimos rayos...

«El viernes 13 de enero, su hermano mayor [Alberto, había ido a Berlín por casualidad, o mejor, providencialmente] vino a buscarme para conducirme a Spandau. El padre Hermann estaba enfermo... Entramos. Una Hermana de la Caridad le cuidaba. "¿Qué tal?, me dijo; querido Padre, he cogido las viruelas y tengo necesidad de usted". Me pidió que lo reemplazara durante su enfermedad. "Estoy en cama por tres o cuatro semanas, añadió, y me pesaría demasiado si no se pudiera continuar haciendo el bien que empecé. Por otra parte, Dios puede llamarme ante sí, y entonces estará usted aquí para sucederme". "Padre, le dije, tengo firme esperanza de que Dios le dejará aún en este mundo para continuar trabajando en la salvación de las almas".

«El Padre tomó entonces el crucifijo colocado sobre la manta que cubría la cama, y mirándolo apaciblemente, contestó: "¿Será verdad? ¡No! Espero que esta vez Dios me llamará a sí". La calma, la serenidad y el tono de dulce confianza con que pronunció estas palabras me conmovieron indeciblemente. Pasé parte del día gestionando para que se me concediera el permiso de reemplazar al Padre durante su enfermedad.

«Por la noche, ¡ah!, la fiebre había aumentado mucho... Al anochecer, el otro hermano de usted había llegado igualmente de Berlín. Vi de nuevo al Padre el 17 para decirle que mis gestiones en Berlín habían conseguido casi un éxito favorable. La enfermedad había progresado rápidamente, y por momentos el delirio se apoderaba del enfermo. El Padre, delirando, creía estar predicando a los soldados prisioneros, por quienes de tan lejos había venido, y de cuya muerte eran la causa indirecta.

«Era día del reparto de efectos, distribución que fue hecha, en nombre del Padre, por un oficial francés. Desde su habitación el Padre oía las voces y el tumulto de sus queridos prisioneros. Entonces su delirio tomó proporciones alarmantes, y fue menester cerrar aprisa y corriendo las puertas y apresurar el reparto. Este mismo día estuve buscando alojamiento para mi estancia en Spandau, a donde, sin embargo, no debía volver, pues al regresar a Berlín por la noche, encontré mi nombramiento de capellán en Rendsburgo».

Sacramento de la unción

A su regreso de Berlín, el 9 de enero, el Padre fue atacado de la enfermedad que había contraído la antevíspera al administrar el sacramento de la unción a dos soldados atacados de viruelas. Se había inoculado la infección, sin darse cuenta, por un rasguño que tenía en una mano. Después de una crisis, el párroco de Spandau le administró la extremaunción el 15 de enero.

El Padre edificó grandemente a todas las personas presentes en la ceremonia. Renovó los votos religiosos, cantó en alta voz, a pesar de sus grandes dolores, el Te Deum, el Magnificat, la Salve Regina y el De Profundis. Luego permaneció con los ojos constantemente dirigidos hacia la iglesia, como para unirse aún más a Jesús-Eucaristía.

Despedida

Pidió luego que sus hermanos entraran en el aposento, y les manifestó el deseo de que si moría se le enterrara en la iglesia de Santa Eduvigis.

Al anochecer del 19, conforme lo ha narrado el cura párroco de Spandau, se encontraba mucho peor, y la Hermana que lo cuidaba le preguntó si deseaba ver a su confesor, a lo cual contestó:

«Voy, pues, a morir. ¡Cúmplase la santísima voluntad de mi Dios! Por lo demás, si curase, todavía vería cosas tristísimas. Pero hubiese deseado continuar trabajando para ganar almas para Jesús».

Confesión y comunión

El padre Hermann confesó, ordenó los intereses de sus queridos prisioneros, indicó cierta suma que pertenecía al convento del santo Desierto, se recogió luego profundamente y se preparó a recibir por viático la sagrada comunión, que a las nueve de la noche le fue llevada por última vez. Permaneció largo tiempo absorto en acción de gracias.

Muerte

A las once, los que le cuidaban le pidieron su bendición. Un Hermano coadjutor jesuita estaba allí también, ayudando a la Hermana de la Caridad:

«Con mucho gusto, queridos hijos, les respondió. Y quiso incorporarse en la cama para cumplir la sagrada acción con más dignidad. Extendió entonces los brazos y pronunció lenta y majestuosamente las palabras de la bendición. Se dejó caer en la cama, extenuado por el esfuerzo, murmurando: "Y ahora, Dios mío, ¡en tus manos encomiendo mi espíritu!"»

Fueron sus últimas palabras, y permaneció tranquilo toda la noche sin hacer movimiento alguno. Sólo el ruido ligero y débil de su respiración indicaba que la vida no lo había abandonado aún. A la mañana siguiente, hacia las diez, hizo un ligero movimiento, y algunos minutos después el padre Hermann había dejado de existir. Se había dormido dulce y santamente en los brazos del Dios por el que su corazón no había cesado de latir desde el feliz instante en que lo había conocido.

Llamados a toda prisa, sus hermanos llegaron cuando ya había muerto. El mal había progresado, en efecto, rápidamente, burlando todas las previsiones. Aquéllos se dispusieron inmediatamente a ejecutar las últimas voluntades del difunto.

Sepultado en la iglesia de Santa Eduvigis

A causa de la enfermedad contagiosa de que había muerto, hubo muchas dificultades para conseguir inhumarlo en la iglesia de Santa Eduvigis de Berlín. Bajo sus bóvedas es donde descansa, en aquella iglesia en la que en diversas ocasiones iluminó, consoló y fortaleció a tantos fieles con su palabra encendida en el más vivo amor de Dios y en la más ardiente caridad por la salvación de sus prójimos.

Esperamos que llegará un día en que sus cenizas serán traídas a Francia para ser depositadas entre sus hermanos de hábito, en su querido convento del santo Desierto, que tanto amó y al que, conforme a sus ardientes deseos, pertenecía como conventual en el instante de su muerte.

Repercusión en Francia

En Francia, que el padre Hermann tanto había conocido y amado, se supo inesperadamente la muerte del Padre, y Louis Veuillot, al anunciar la noticia en L’Univers, supo expresar la admiración general por esta noble y santa vida.

«El mes pasado murió en Spandau nuestro querido y antiguo amigo el dignísimo padre María-Agustín del Santísimo Sacramento, Carmelita Descalzo. Se había convertido del judaísmo y, sin detenerse, se había hecho sacerdote y religioso. El mundo le continuaba dando el nombre bajo el cual le había conocido largo tiempo y que su talento musical había hecho célebre. Se le llamaba el padre Hermann.

«Fue siempre muy bueno y santo religioso, austero y afable dentro la severidad de la regla que observaba perfectamente. Iba descalzo, pidiendo limosna, exhortando, predicando, fundando monasterios, obediente en su actividad, humilde en sus éxitos.

«Ha muerto en Spandau, a donde se había trasladado para organizar el servicio religioso entre los prisioneros franceses. Como se entregaba en cuerpo y alma a todo lo que hacía, la obra marchaba muy bien, pero ha muerto en ella. La carta que nos informa lacónicamente de esta muerte apostólica nos dice que no pudo resistir al exceso de sus fatigas y que no se pudo conseguir que tomara otro descanso más que el descanso de la muerte, otorgado por Dios a sus fieles deseos.

«Siendo lo que era actualmente por la gracia de Dios, así es como Hermann debía morir».