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Capítulo 49

1-9a: «Te hago luz de las naciones»

En cierto modo este segundo cántico del siervo de Yahveh empalma con el primero. En efecto, el Siervo, que allí era presentado por el Señor como «luz de las gentes»(42,6), comienza ahora reclamando la atención y pidiendo ser escuchado por los «pueblos lejanos» (v. 1).

En los primeros versículos es el Siervo quien toma la palabra. Ante todo, para presentar su misión como algo que hunde las raices en la iniciativa de Dios. El Siervo es consciente de haber sido llamado por Dios (v.1). y esta llamada se remonta al inicio mismo de su existencia, pues ya en el seno materno su nombre ha sido pronunciado por el Señor. Como otros grandes profetas (por ejemplo, Jeremías: Jer. 1,5), tiene conciencia de haber sido predestinado para esta misión.

El versículo 2 describe la misión que le ha sido encomendada. Como profeta que es, aparece antes que nada como el hombre de la palabra. Pero la Palabra de Dios «es más cortante que espada de doble filo, penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu... y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón» (Heb. 4, 12). El profeta, portador de la Palabra de Dios, es convertido él mismo en «espada afilada» y «saeta aguda». Si la Palabra de Dios consuela y promete, también juzga y denuncia. Y los profetas tienen sobrada experiencia de lo dura que resulta muchas veces esta misión (cfr. Jer. 20,7-18).

De hecho, en el v. 4 encontramos una confesión de desaliento («en vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas»). Probablemente, el pueblo, que es «sordo» y «ciego» (42,18-20), se ha cerrado a su palabra y el profeta ha experimentado elfracaso, al menos momentáneo.

Sin embargo, el Señor le hace entender que sigue siendo su siervo y que está orgulloso de él (v. 3). En cierto modo, le renueva la vocación y la confianza al infudirle la certeza de que se ocupa de su causa y de su trabajo (v. 4). Más aún, Dios mismo toma la palabra para asegurarle que va a hacer de él «luz de las naciones» (vv. 5-6). No satisfecho con la misión que le había confiado de reunir al pueblo de Israel alrededor de su Dios y en su deseo de que su salvación alcance hasta el confín de la tierra, el Señor le encarga una misión universal. Ello es signo del aprecio que Yahveh le tiene: «¡tanto me honró el Señor y mi Dios fue mi fuerza!»

Por lo demás, el cántico apunta a los sufrimientos y humillaciones del Siervo y a la gloria que le seguirá -que serán desarrollados ampliamente en el 4º cántico-: el «despreciado», el «Aborrecido de las naciones», verá cómo ante él los reyes «se pondrán en pie» y los príncipes «se postrarán» en su presencia (v. 7).

Finalmente, en los vv. 8-9 se resalta una vez más la misión liberadora e iluminadora del Siervo -que ha sido «constituido alianza del pueblo»-, para la cual cuenta con el auxilio y la protección de su Dios.

-Todo cristiano por el bautismo es profeta, evangelizador. Dios ha hecho de nuestra boca una espada afilada. No para herir con la crítica o el insulto, sino para destruir con ella el pecado. Debemos preguntarnos: ¿cómo utilizo el don de la pralabra que Dios me concedió? ¿Para ofender? ¿Para salvar? ¿O simplemente la malgasto inútilmente? Pues debemos dar cuenta a Dios del uso que de ella hayamos hecho.

La Palabra de Dios consuela y pacifica, pero también acusa y denuncia. Si nuestra Palabra no inquieta, no molesta, si no saca a la gente de sus falsas seguridades, deberemos preguntarnos si estamos transmitiendo la auténtica Palabra de Dios.

9b-13: «No pasarán hambre ni sed»

Estos versículos retoman el anuncio del nuevo éxodo. Se contempla al pueblo -a quien se ha dado la orden de salir: 48,20- como un rebaño y el Señor como su pastor. Él cuidará de que tengan pastos abundantes en todos sus caminos (v. 9b) y los guiará a manantiales de agua fresca para que no pasen hambre ni sed (v. 10); más aún, allanará los caminos para que pueda transitar su pueblo (v. 11) y hasta los protegerá del bochorno y del sol (v. 10).

Sin renunciar a los rasgos de vigor y fuerza -que están presentes en toda la profecía: 40,10-, Yahveh se presenta aquí como pastor con rasgos de ternura maternal (al estilo de 40, 11; cfr. 49,15). El que los conduce es Aquel «que tiene piedad de ellos» (v. 10), el que «se compadece de los desamparados» y «consuela a su pueblo» (v.13). Por lo demás, su poder se muestra en su capacidad de reunir a su rebaño de todos los rincones de la tierra (v. 12).

Una vez más, esta contemplación del Señor, de su grandeza y de su ternura, es fuente no sólo de confianza, sino también de gozo exultante, de aclamaciones y de alabanza (v. 13).

-A primera vista, el cuadro pintado por el profeta puede parecer un tanto idílico. En efecto, sabemos que la realidad histórica de la vuelta del exilio fue bastante dura. Lo mismo ocurrió en el primer éxodo: tanto la travesía del desierto como la conquista de la Tierra supusieron un esfuerzo notablemente arduo. Sin embargo, eso no invalida la palabra del profeta: Dios compadece y consuela a su pueblo, le cuida con ternura...

El verdadero creyente que conoce al Señor como pastor sabe que nada le falta (Sal. 22,1); pero tampoco ignora que tendrá que atravesar valles tenebrosos y cañadas oscuras y que muchas veces aparecerán en el horizonte enemigos y adversarios... Cuenta con que no le espera un camino de rosas, pero está cierto de que en esas cañadas oscuras el Señor caminará con él sosegándole con su cayado de Buen Pastor y haciéndole que no tema ningún mal (Sal. 22,4). Y no duda que ante el acoso del enemigo el Señor le fortalecerá con el banquete de la eucaristía y le ungirá con la fuerza del Espíritu (Sal. 22,5).

14-20: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho?»

A partir de este momento la profecía da un giro decisivo. Ya no se hablará más de Babilonia, definitivamente condenada (c. 47) y abandonada (48,20), y toda la atención se concentrará en Jerusalén, reconstruida y repoblada, transformada de nuevo en esposa y madre fecunda. La esperanza siempre mira hacia delante.

Pero para ello el profeta tiene que seguir enfrentándose a las dudas y objeciones de su pueblo. Como en Egipto, las dificultades no provienen sólo del enemigo, sino del mismo pueblo de Israel que se resiste a creer y a esperar.

Sin embargo, estas objeciones sirven para provocar una nueva revelación del Señor. Ya es difícil que una mujer llegue a olvidarse del hijo que es fruto de sus entrañas; pues bien, aunque eso llegase a ocurrir -y desgraciadamente ocurre-, es impensable que Dios olvide a su pueblo, al que creó y formó desde el seno (44,2. 24). Le liga a él un amor maternal verdaderamente invencible que no depende de las cualidades del hijo ni de su mejor o peor respuesta, sino del hecho de ser hijo.

Y otra imagen bellísima: Dios es el esposo fiel que lleva en sus manos tatuada la imagen de su esposa y en ausencia de ella -está en exilio- la tiene siempre ante sus ojos. Si no puede olvidar a sus hijos, tampoco a la esposa con la que se unió en alianza indisoluble; y si la ha castigado por sus pecados (cfr. Os. 2), no por ello deja de ser su esposa.

Este amor fiel y celoso hace que el Señor expulse de ella a los que la destruían y apresure el trabajo de los que la reconstruyen (v. 17). Y este amor hace también que la esposa estéril se vuelva fecunda: el profeta le hace levantar los ojos en torno para que se asombre por la multitud de hijos que vienen a ella y que constituirán su vestido de novia (v. 18). Más aún, le anuncia que el espacio le resultará estrecho para tantos hijos que regresan(v. 19), aquellos de que había sido privada y hasta daba por perdidos (v. 20).

-Maravillosa profecía de la Iglesia.

Ciertamente el nuevo pueblo de Dios se encuentra hoy disperso y desunido; la Iglesia se asemeja en muchos lugares a una ciudad arruinada y desolada, o a una mujer que ha quedado viuda y ha perdido a sus hijos.

Pero el anuncio profético recae sobre ella con renovado vigor. Dios no abandona -no puede abandonar- a sus hijos: «Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¿lo somos!» (1Jn. 3,1). Cristo no abandona a su Esposa, por la que ha dado la vida (Ef. 5,25-27). Los que la construyen van más aprisa que los que la destruían. El tiempo de la nueva evangelización es un tiempo de nueva fecundidad para la Iglesia, para esta Esposa que recuperará los hijos que le habían sido arrebatados y que daba por perdidos, para esta Madre que habrá de ensanchar el espacio de su tienda para acoger a la multitud que viene a ella.

21-23: «¿Quién me engendró a éstos?»

El anuncio que acaba de recibir Jerusalén es tan sorprendente y de una fecundidad tan asombrosa que queda perpleja y le parece increíble. Ella tiene experiencia de haber quedado sin hijos y estéril, por eso es mayor el contraste con el anuncio de esta nueva maternidad.

La explicación está únicamente en la intervención maravillosa del Señor. Es el quien convoca y reune a esa multitud de hijos que ya se daban por perdidos. Es más, hará que los traigan «en brazos», como una madre a su niño pequeño. Y llegará incluso a poner a su servicio a los reyes y princesas de otros pueblos, que se postrarán en actitud de vasallaje ante el pueblo de Dios.

La consecuencia de esta nueva acción del Señor -nueva, pues no se trata sólo de la liberación de los deportados, sino de la revitalización de Jerusalén- es un nuevo reconocimiento del Señor, una nueva experiencia de su acción y de su poder: «Sabrás que yo soy el Señor». Y a la vez, una nueva experiencia de que vale la pena confiar en Él: «Sabrás... que no defraudo a los que esperan en mí».

-Ciertamente, los que esperan en el Señor no quedan defraudados. Nunca esperaremos demasiado en relación con lo que el Señor puede y quiere hacer en favor de su Iglesia. Ella ha quedado en nuestros días esterilizada en buena medida a causa de nuestros pecados. Pero el Señor quiere concederle una nueva e insospechada fecundidad. Así podremos comprobar una vez más que «es el Señor», que realiza aquello de lo que sólo Él es capaz, suscitando vida abundante en el seno de la estéril.

24-26: «Y sabrá todo el mundo»...

El profeta sale al paso de una nueva duda: Israel es prisionero de Babilonia, y los babilonios no los van a dejar escapar, del mismo modo que un soldado no deja escapar a su prisionero.

La respuesta, una vez más, apela al poder del Señor. Aquí entra en juego una lógica distinta, puesto que se trata nada menos que del «Fuerte de Jacob»: «yo mismo defenderé tu causa, yo mismo salvaré a tus hijos».

Y el resultado será mucho más espectacular que antes. Si en el v. 23 se decía, dirigiéndose a Jerusalén: «sabrás que yo soy el Señor», ahora se dice: «sabrá todo el mundo que yo soy el Señor, tu salvador».

-La situación de la humanidad ciertamente es calamitosa: «El mundo entero yace en poder del Maligno» (1Jn. 5,19). Y cada hombre en cuanto peca se somete al influjo de Satanás. Él es el «fuerte» que tiene al hombre bien custodiado bajo su dominio (Lc. 11,21). Sólo cuando uno «más fuerte» -es decir, Cristo- le despoja de su presa (Lc. 11,22), el hombre queda libre.

Esta liberación manifiesta que Jesús es el Señor, pone de relieve su soberanía absoluta. La esperanza no queda limitada ni por las dificultades ni por los pecados de los hombres, sino que se mide únicamente por el poder de Dios: como este es infinito, la esperanza no tiene límites. Y las dificultades son únicamente ocasión para que se manifieste el poder de Dios; y los pecados de los hombres y las situaciones calamitosas le dan la oportunidad de hacer brillar su capacidad de rehacer y renovar todo: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia« (Rom. 5, 20).