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Principios teológicos

I.– Objetivo de esta Orientación pastoral

La crisis actual que atraviesa la Santa Iglesia, al igual que todas los demás de su historia, es una prueba para nuestra fe y puede convertirse en una tentación y una ocasión de caída para muchos católicos. Por desgracia, ha causado víctimas tanto entre los llamados «progresistas» como entre los denominados «tradicionalistas», produciendo heridas doctrinales a muchos católicos de todos los ámbitos.

Escribo para los sacerdotes y fieles de nuestra Administración Apostólica, esta porción del pueblo de Dios, equivalente a una diócesis, cuyo cuidado pastoral me fue confiado por el Papa, en cuyo nombre la gobierno 1. Me dirijo, por tanto, a los católicos de tendencia más bien conservadora. Por ello, el propósito de esta Orientación no consiste esencialmente en abordar los numerosos abusos y errores que pueden encontrarse en el ala progresista de la Iglesia, sino que más bien consiste, además de en confortar y animar a los que luchan por la tradición doctrinal, litúrgica y disciplinaria católica, en advertirles al mismo tiempo de los errores que se infiltran en las tendencias más conservadoras, y esto a fin de que la posición de estos fieles católicos esté en perfecta armonía con la teología católica. El que quiere arreglar el mundo debe empezar por sí mismo, dice el proverbio brasileño.
1 cf. Código de Derecho Canónico (Codex Iuris Canonici = CIC), cánones 368 y 371 § 2.

Por lo tanto, para que seamos instrumentos útiles para la Iglesia en la crisis actual, primero tenemos que observar y corregir nuestros propios errores y fallos.

Uno de los principales errores que afectan a los dos grupos mencionados y de manera especial a los tradicionalistas se refiere al Magisterio vivo de la Iglesia. Existe un peligro de protestantización en ambos grupos. Si, por un lado, nos quejamos de la protestantización litúrgica en el ala más progresista, también lamentamos profundamente la infiltración del principio protestante del «libre examen» entre los tradicionalistas. Muchos hacen caso omiso de los documentos del Magisterio actual y ni siquiera los leen. Muchos se erigen absurdamente en jueces del Magisterio o incluso en jueces en lugar del Magisterio.

Nuestro objetivo es, quiero repetirlo, purificar nuestro «tradicionalismo» y corregir sus distorsiones, imprecisiones e incluso sus desviaciones doctrinales, de manera que, una vez purificados, realmente podamos prestar un servicio a la jerarquía de la Iglesia combatiendo eficazmente, junto a ella y bajo su autoridad, la «autodestrucción» de la Iglesia, de la que se quejaba el Papa Pablo VI (disc. en el Seminario de Lombardía, 7-XII-1968). De esta forma, salvaremos muchas almas, especialmente las nuestras. El «humo de Satanás» denunciado por el Papa y que entró en el templo de Dios (Pablo VI, hom. 29-VI-1972) ha dañado los ojos de muchos católicos, progresistas y conservadores. Mi trabajo como obispo es alertar y dar la alarma como centinela colocado por Dios para proteger a su rebaño, mostrándole el camino recto en estos tiempos de crisis. Espero que el rebaño me escuche, cada uno por el bien de su alma.

«Yo te he puesto como centinela de la casa de Israel... si hace caso de la alarma, habrá salvado su vida... Si tú, en cambio, adviertes al malvado para que se convierta de su mala conducta, y él no se convierte, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida» (cf. Ez 33,1-9).


II.– Introducción y comparaciones

Cierto día, un grupo de turistas visitaba un jardín botánico, lleno de senderos y caminos, con muchas señales indicadoras. Ellos seguían las señales, pero aun así, debido a que algunas señales no siempre estaban claras, comenzaron a dudar, tomaron un camino equivocado y se perdieron. Afortunadamente, apareció un guía que les pidió que lo siguieran y los llevó con seguridad adonde querían ir.

¿Por qué estos paseantes tenían dudas y se perdieron aunque miraban las señales escritas? Porque las señales no están vivas. No caminan con nosotros. Hay ciertas circunstancias en las que, incluso teniendo señales, dudamos y corremos el riesgo de perdernos. Surgen entonces diferentes interpretaciones y, en consecuencia, aparecen las divisiones y los peligros. Es necesario que un guía vivo y seguro camine con nosotros para resolver las dudas que puedan surgir durante la marcha; un guía con garantías de seguridad, que interprete las señales.

Otra comparación. Las leyes de circulación dicen que, cuando hay un policía dirigiendo el tráfico, sus órdenes tendrán prioridad sobre las demás indicaciones. De hecho, puede haber una circunstancia en la que se precise necesariamente una orientación del agente que sea diferente a lo que indica literalmente la señal.

Sería absurdo y muy arriesgado que un turista o un automovilista, alegando lo indicado por las señales o los semáforos, rechazasen las indicaciones del guía o del policía, siendo así que estos últimos conocen a menudo circunstancias que los viajeros ignoran y están ahí precisamente para guiarnos e indicarnos el mejor camino.


III.– La institución del Magisterio vivo

En el camino del bien y de la verdad, no puede haber errores o engaños, ya que está en juego nuestra salvación eterna. Por esta razón, nuestro Señor, con su sabiduría divina, para conducirnos con seguridad, no sólo nos dejó la Revelación (su Palabra, transmitida en la Tradición Apostólica y en la Sagrada Escritura), sino también guías vivos que nos puedan orientar sobre ella, sobre su autenticidad, veracidad e interpretación. Guías vivos para acompañar el camino de la Iglesia hasta la consumación de los siglos. «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). «El que a vosotros os escucha, a mí me escucha, el que os rechaza, a mí me rechaza, y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16).

El Papa Pío XII nos enseña: «La norma próxima y universal de la verdad» es el «Magisterio de la Iglesia», «ya que a él ha confiado nuestro Señor Jesucristo la custodia, la defensa y la interpretación del todo el depósito de la fe, o sea, las Sagradas Escrituras y la Tradición divina» (enc. Humani generis 12, 12-VIII-1950). «El Salvador, en efecto, no confió la explicación de las doctrinas contenidas en el depósito de la fe al juicio privado, sino al Magisterio de la Iglesia» (Cta. Sto. Oficio al Arzob. de Boston, 8-VIII-1949, DzSch 3866).

Por esta razón, San Agustín escribió: «Yo no creería en el Evangelio, si no me llevase a ello la autoridad de la Iglesia Católica» 2.

2 «Ego vero Evangelio non crederem, nisi me catholicæ Ecclesiæ commoveret auctoritas» - Contra epistulam Manichæi quam vocant fundamenti, 5,6 : PL 42,176; cf. Catecismo de la Iglesia Católica (Catechismus Catholicæ Ecclesiæ = CEC) n° 119.

El libre examen o, en otras palabras, la interpretación privada que cada uno haga de la Revelación, sea de la Sagrada Escritura, sea de la Tradición, sería una fuente aún mayor de división: «tantas cabezas como opiniones» (León XIII, enc. Satis cognitum 13, 29-VI-1896).

Martín Lutero, con su principio del libre examen y la «sola Scriptura», citaba la Epístola a los Romanos en contra de la doctrina católica: la Biblia sin el Magisterio y en contra del Magisterio: «¡Cristo, sí! ¡La Iglesia, no!» 3. Así creó el protestantismo, que se divide en numerosas sectas, cada día más numerosas, todas con la Biblia en la mano. Además, los protestantes actuales citan a San Bernardo y a Santo Tomás de Aquino en contra de la doctrina de la Iglesia sobre la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora: es la Tradición sin el Magisterio y contra el Magisterio.

3 Pío XII, disc. Nel contemplare, 13,12-X-1952, a la Asociación Masculina de la Acción Católica Italiana.

Lamentablemente, el principio protestante del «libre examen» ha penetrado en los ámbitos católicos vinculados a la tradición. Dom Antônio de Castro Mayer nos advertía contra este principio, al escribir: «Nadie tiene derecho a juzgar a la palabra del Papa, rechazándola si no está de acuerdo con ella» (Veritas, III-V, 1980, pg. 8).

Al contrario, de acuerdo con el propio Magisterio, «el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo» 4.
4 CEC 85, citando el Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Dogmática Dei Verbum 10, y resumido en CEC 100.

«La santa Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, por una sabia disposición de Dios, están tan unidos y vinculados entre ellos que ninguno puede subsistir sin los otros, y todos juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (Dei Verbum 10).

Santo Tomás de Aquino enseñaba:

«La que posee la autoridad en el más alto grado es la costumbre de la Iglesia. Siempre es a la Iglesia a la que hay que seguir en todas las cosas. En efecto, la enseñanza misma de los Doctores católicos deriva su autoridad de la Iglesia. Por lo tanto, debemos apoyarnos más en la autoridad de la Iglesia que en la de Agustín, Jerónimo o cualquier otro Doctor» (Summa Theologiæ II-II, q.10, a.12).

De ahí la reflexión de Dom Antônio de Castro Mayer:

«No entendemos cómo se puede formar a los católicos ignorando por completo la fuente más próxima de la verdad revelada, que es el Magisterio vivo. Sólo por esta actitud, los autores de un nuevo cristianismo se hacen sospechosos» 5.

5 Cta. pastoral sobre la conservación de la fe y de las buenas costumbres, 2-II-1967, parágrafo El Magisterio no infalible.

De esta manera, el Magisterio que Cristo instituyó es un Magisterio vivo, formado por personas vivas, destinadas a guiarnos perpetuamente en todo momento, a acompañarnos en el camino, a interpretar los principios perennes y aplicarlos en diferentes las circunstancias que se puedan presentar.

El Papa León XIII enseñó:

«Es evidente [...] que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico, y, además, perpetuo, al cual confirió su propia autoridad, revistió con el Espíritu de la verdad y confirmó mediante milagros. Él quiso y ordenó con gran severidad que las enseñanzas doctrinales de ese magisterio fueran recibidos como las suyas propias» (enc. Satis cognitum 20, 29-VI-1896).


IV.– ¿Qué es el Magisterio vivo?

«Un magisterio vivo, es decir, ejercido continuamente en la Iglesia por la comunicación de la doctrina revelada. Este magisterio está vivo, en contraposición al magisterio que todavía ejercen en la Iglesia hombres que ya han desaparecido, pero cuyas obras han sobrevivido. Los protestantes admiten que los Apóstoles siguen ejerciendo en la actualidad un magisterio en la Iglesia, pero sólo por la influencia de sus escritos: no admiten más que un magisterio póstumo, por así decirlo» 6.

6 H. Pérennès, art. Tradición y Magisterio, § III, 3, 1, en el Diccionario de Apologética de la Fe Católica (DAFC) IV (1922), col. 1786-1787.

«Magisterio [...] vivo, es decir, que permanece siempre en maestros vivos y se expresa a través de su boca, y no ese Magisterio, sin duda divino, pero muerto, que los protestantes buscan en las Escrituras» 7.

7 Auguste-Alexis Goupil, S.J., La Règle de la Foi, t. I, Laval, Goupil, 1953, 3ª ed., pg. 20.

«Normalmente, se divide el Magisterio en escrito y vivo. El magisterio puramente escrito es aquel ejercido por cualquier autor mediante sus escritos, incluso después de su muerte. Es el caso, por ejemplo, del magisterio que ejerce actualmente Aristóteles a través de sus obras. Se llama magisterio vivo al ejercido mediante actos vitales y conscientes, sin importar si el maestro utiliza o no textos escritos» 8.

8 Sacræ Theologiae Summa, B. A. C., tomo I, ed. 5, Madrid 1962, De Ecclesia Christi, por I. Salaverri S.J., pg. 656.


V.– Magisterio continuo, sin interrupción

«Id y enseñad a todos los pueblos...» (Mt 28,20). «Quién os escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16). «El Espíritu de la Verdad permanecerá con vosotros para siempre» – «El Espíritu Santo os enseñará todas las cosas» (Jn 14,16.26).

Para guiarnos, Jesús instituyó el colegio apostólico, con San Pedro como cabeza, y a sus sucesores, como guías vivos y perpetuos, hasta el fin del mundo: «...Ut iisdem rectoribus gubernetur, quos operis tui vicarios eidem contulisti præesse pastores». (A fin de que [tu rebaño] sea gobernado por los mismos responsables que tú has colocado a su cabeza para gobernarlo como tus vicarios en tu obra) (Misal Romano, pref. Apóstoles).

Por lo tanto, como guía para la Iglesia universal, tenemos al Papa, sucesor de San Pedro. Como guía de las Iglesias particulares (diócesis, prelaturas, administraciones apostólicas, ordinariatos, etc.), tenemos a los obispos, sucesores de los Apóstoles.

Es un error pensar, por lo tanto, que la asistencia del divino Espíritu Santo a la Iglesia pueda ser intermitente, es decir, que pueda estar ausente durante un período cualquiera de su historia.

El Concilio Vaticano I, en la Constitución Dogmática Pastor Aeternus, nos enseña que «San Pedro, hasta nuestros días y para siempre, vive, gobierna y juzga en sus sucesores» (DzSch 3056).

Y el Catecismo de la Iglesia Católica precisa:

«El Romano Pontífice y los obispos como «maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo [...] predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica» (Lumen gentium 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar» (CEC 2034).


VI.– Garantía de la asistencia divina contra el error

El Espíritu Santo Dios, que asiste continuamente y sin interrupción a la Iglesia, como prometió y cumplió Nuestro Señor, no permite que los papas inventen nuevas doctrinas o dejen de conservar correctamente el depósito de la fe. Ésta es la enseñanza de la Constitución Dogmática Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I:

«En efecto, el Espíritu Santo no fue prometido a los sucesores de Pedro para que diesen a conocer por su revelación una doctrina nueva, sino para que, con su asistencia, pudieran conservar santamente y enseñar fielmente la Revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la fe. Su doctrina apostólica fue abrazada por todos los Santos Padres y fue venerada y seguida por los Santos Doctores de recta doctrina, sabiendo perfectamente que esta Sede de Pedro, se mantiene siempre pura de cualquier error, según la promesa divina de nuestro Señor y Salvador al Príncipe de sus Apóstoles: “He rogado por ti, para que tu fe no desfallezca y, cuando te recuperes, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32)» (DzSch 3070).

El Catecismo de la Iglesia Católica señala lo mismo, al decir:

«El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la revelación divina (cf. LG 25); se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas» (CEC 2035).

Esta garantía de infalibilidad asiste al Papa y al episcopado universal en unión con él. Un obispo de forma aislada, o incluso varios obispos o todo el episcopado de una nación, pueden equivocarse, también en cuestiones de fe. En esos casos, el criterio para resolver las dudas será siempre el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con lo que nos enseña Pío XII, que ya hemos citado más arriba: «La norma próxima y universal de la verdad es el Magisterio de la Iglesia» (enc. Humani generis, 18-XII-1950).

Sin embargo, el episcopado de la Iglesia unido al Papa no puede caer por entero en el error. La crisis actual en la Iglesia, a pesar de ser grande, tiene sus límites, puestos por Dios. Esto es lo que dice Santo Tomás:

«Si tenemos en cuenta la Providencia divina que dirige a su Iglesia por medio del Espíritu Santo para que no yerre, como él mismo lo prometió, diciendo que cuando viniese el Espíritu “enseñaría toda la verdad” (Jn 14,26), es decir, en lo relativo a las cosas necesarias para la salvación, ciertamente es imposible que el juicio de la Iglesia universal se equivoque sobre las cosas relativas a la fe» (Quodl. IX, q. 8, a. 1).

Lo mismo afirma San Roberto Belarmino:

«Si todos los obispos se equivocasen, toda la Iglesia se equivocaría, ya que el pueblo debe seguir a sus Pastores, como dijo Jesús en Lc 10,16: “Quien os escucha, me escucha a mí” y en Mt 23,3 : “Haced lo que os digan”» (De Ecclesia militante, cap. XIV).
Dom Antônio de Castro Mayer sacaba esta conclusión:

«Si toda la jerarquía errase, sería la palabra de Jesucristo la que habría errado, ya que el Divino Salvador confió a la jerarquía el gobierno y la dirección de la Iglesia hasta el fin de los tiempo y, además, prometió su asistencia para que no errase» (Monitor Campista, 26-I-1086).

Pío VI declaró solemnemente:

«La proposición que afirma: “En estos últimos tiempos se ha desencadenado un oscurecimiento total (sparsam esse generalem obscurationem) sobre las verdades de mayor gravedad e importancia con respecto a la religión que forman la base de la Fe y de la Moral de la doctrina de Jesucristo” es herética» 9.

9 Primera proposición condenada del Sínodo jansenista de Pistoia: Pío VI, Const. Auctorem fidei, 28-VIII-1794, DzSch 2601.


VII.– Asentimiento al Magisterio, también al no infalible

Incluso fuera del ámbito de la infalibilidad, debemos seguir el Magisterio vivo y a los pastores colocados por Nuestro Señor para guiarnos.

Las situaciones en las que el guía vivo no es infalible, como es el caso del padre de familia o del sacerdote unido a su obispo, no significan que no debamos seguirlo. Sólo en el caso hipotético de una oposición frontal a la Ley de Dios, deberíamos negarle nuestra sumisión.

La Constitución Dogmática Pastor Aeternus del Concilio Vaticano I proclama:

«Por ello enseñamos y declaramos que la Iglesia Romana, por disposición del Señor, posee el principado de potestad ordinaria sobre todas las otras, y que esta potestad de jurisdicción del Romano Pontífice, que es verdaderamente episcopal, es inmediata. A ella están obligados, los pastores y los fieles, de cualquier rito y dignidad, tanto singular como colectivamente, por deber de subordinación jerárquica y verdadera obediencia, y esto no sólo en materia de fe y costumbres, sino también en lo que concierne a la disciplina y régimen de la Iglesia difundida por todo el orbe; de modo que, guardada la unidad con el Romano Pontífice, tanto de comunión como de profesión de la misma fe, la Iglesia de Cristo sea un sólo rebaño bajo un único Supremo Pastor (cf. Jn 10,16). Esta es la doctrina de la verdad católica, de la cual nadie puede apartarse de ella sin menoscabo de su fe y su salvación» (DzSch 3060).

Más recientemente, el Catecismo de la Iglesia Católica explica:

«El magisterio de los pastores de la Iglesia en materia moral se ejerce ordinariamente en la catequesis y en la predicación, con la ayuda de las obras de los teólogos y de los autores espirituales. Así se ha transmitido de generación en generación, bajo la dirección y vigilancia de los pastores, el “depósito” de la moral cristiana, compuesto de un conjunto característico de normas, de mandamientos y de virtudes que proceden de la fe en Cristo y están vivificados por la caridad. Esta catequesis ha tomado tradicionalmente como base, junto al Credo y el Padre Nuestro, el Decálogo que enuncia los principios de la vida moral válidos para todos los hombres» (CEC 2033).

Además, según la teología:

«Puesto que la enseñanza no infalible de la Iglesia, aunque no de forma absoluta, también recibe la asistencia del Espíritu Santo, mucho se equivocaría quien pensase que ello nos deja completamente libres para asentir o rechazar la misma. No obligar bajo pena de herejía está muy lejos de equivaler a no obligar en absoluto, como enseña el Concilio Vaticano I: “No basta evitar la contaminación de la herejía, a no ser que se eviten cuidadosamente también aquellos errores que se le acercan en mayor o menor grado” (DzSch 3045). San Pío X condenó a aquellos que pretendían eximir de toda culpa moral a los que no tenían en cuenta las censuras decretadas por las Congregaciones Romanas (DzSch 3408). Corresponde a la Iglesia no sólo proponer la verdad revelada, sino también mostrar aquello que, directa o indirectamente, conduce a ella o se aparta de la misma. No es suficiente acoger esta enseñanza con un respetuoso silencio; es necesario un asentimiento intelectual (Clemente XI, DzSch 2390, San Pío X, DzSch 3407)» 10.

10 M. Teixeira-Leite Penido, O Mistério da Igreja, VII: O poder do Magistério pg. 294.
Escuchemos una vez más a Dom Antônio de Castro Mayer:

«Es cierto que el Concilio Vaticano I definió que el Magisterio del Romano Pontífice es infalible en determinadas condiciones... Sin embargo, sería absurdo concluir de ello que el Papa siempre se equivoca cuando no hace uso de su prerrogativa de infalibilidad. Al contrario, debemos suponer que tiene razón, ya que normalmente actúa con prudencia y no emite su dictamen antes de sopesar bien los asuntos. Por no hablar de las gracias especiales con las que le asiste el Espíritu Santo» 11.

11 Carta pastoral sobre la conservación de la fe y de las buenas costumbres, V; 2-II-1967.

Pío XII afirmó:

«No debemos considerar que las enseñanzas de las encíclicas no exijan, de por sí, el asentimiento, alegando que los sumos pontífices no ejercen en ellas el poder supremo de su magisterio. Estas enseñanzas provienen del magisterio ordinario, al cual también se aplican aquellas palabras: “Quién os escucha, me escucha a mí” (Lc 10,16)» (enc. Humani generis, 20, 12-VIII-1950).

La Congregación para la Doctrina de la Fe recordaba, en este sentido, lo siguiente:

«La voluntad de asentimiento leal a esta enseñanza del Magisterio en materia de por sí no irreformable debe constituir la norma... En este ámbito de las intervenciones de orden prudencial, ha podido suceder que algunos documentos magisteriales no estuvieran exentos de carencias. Los pastores no siempre han percibido de inmediato todos los aspectos o toda la complejidad de un problema. Pero sería algo contrario a la verdad si, a partir de algunos determinados casos, se concluyera que el Magisterio de la Iglesia se puede engañar habitualmente en sus juicios prudenciales, o no goza de la asistencia divina en el ejercicio integral de su misión» 12.

12 Instr. Donum veritatis, sobre la vocación eclesial del teólogo, 24; 24-V-1990.


VIII.– El guía orienta en las diversas circunstancias

Por lo tanto, según hemos explicado, Jesús instituyó un Magisterio vivo y guías vivos para nuestras almas. Una guía vivo aplica los principios eternos a las circunstancias actuales. Interpreta las leyes y principios, aplicándolos a cada ocasión.

Así, San Pablo, sin dejar de defender el principio proclamado en el Concilio de Jerusalén, el cual había abolido la circuncisión (Hch 15,1-29; 1Cor 7,18. 24) y al resistirse por esta razón San Pedro (Gal 2,11 -14), aconsejó a Timoteo que se circuncidara. Es más, él mismo circuncidó a Timoteo, «en consideración a los Judíos» (Hch 16,3). Los mismos principios, pero circunstancias diferentes. Así juzgó y actuó San Pablo, Apóstol y guía vivo. Alguien con mal espíritu podría querer enfrentar a San Pablo contra el propio San Pablo, acusándolo de oportunismo. San Gregorio, sin embargo, elogia la discreción de San Pablo:

«Generalmente, la virtud se pierde cuando actúa indiscretamente y se conserva cuando actúa discretamente» (Moralia, libro 28, cap. VI).

San Juan Crisóstomo, explicando el caso de la decisión de San Pablo de hacer que Timoteo se circuncidara, atribuye tantas conversiones (que se describen en el versículo 5 del mismo capítulo) a los esfuerzos de San Pablo por lograr la concordia (Cornelius a Lapide, comentario a ese pasaje).

Aunque no lo hiciera ejerciendo la infalibilidad, San Pío X autorizó el uso de la medalla para sustituir al escapulario carmelita de lana. No sería propio de buen espíritu católico citar en su contra a San Simón Stock o al Papa Juan XXII, que recibieron las apariciones de Nuestra Señora, hablando sólo del escapulario de lana 13.

13 Algo similar ocurrió cuando, según consta, un Papa posterior pidió que se evitase la expresión utilizada por San Pío X de «Virgen Sacerdote», para no provocar equívocos. No sería propio de buen sentido católico contestar a ese Papa citando a San Pío X.

Otro ejemplo es la sugerencia del Papa Juan Pablo II de añadir al rosario los misterios luminosos, como enriquecimiento de la meditación, completando así la vida de Jesucristo.

Del mismo modo, no sería propio de buen espíritu católico, por ejemplo, citar únicamente a los Papas anteriores, como si fueran el Papa actual. O solo a los obispos anteriores, como si fueran el obispo actual. Sería una negación del Magisterio vivo y el establecimiento de un Magisterio póstumo, al estilo protestante.


IX.– El peligro del «Magisterio» paralelo

El Magisterio de la Iglesia, la Iglesia docente, está formado por el Papa y los obispos en comunión con él. Los simples sacerdotes y seglares pertenecen a la Iglesia discente y no son parte del Magisterio de la Iglesia.

En tiempos de crisis, siempre existe el peligro de recurrir a la dirección de los seglares como orientadores de la ortodoxia, apartándose del Magisterio vivo de la Iglesia, con el pretexto de que el Magisterio de la Iglesia habría fallado. Sobre este tema, Don Antônio de Castro Mayer advertía:

«Constituye una subversión herética, por desconfianza de la jerarquía, el seguir habitualmente a alguien que no sea miembro de la jerarquía como portavoz y árbitro de la ortodoxia».

Esta advertencia coincide exactamente con las enseñanzas del Papa Pío XII:

«No sin un motivo grave hemos querido daros, Venerables Hermanos, estas advertencias. Desgraciadamente, sucede que algunos profesores no dan importancia a la unidad con el Magisterio vivo de la Iglesia [...] Recientemente, ha surgido en algunos lugares y ha comenzado a extenderse lo que se ha llamado una teología laica y hemos visto nacer una categoría de teólogos laicos que se declaran autónomos. Esta teología imparte cursos, imprime escritos y dispone de círculos, cátedras y profesores. Constituyen un magisterio a parte y se oponen en cierto modo al Magisterio público de la Iglesia [...]. Contra estas ideas, debemos mantener que nunca hubo, que no hay y que nunca habrá en la Iglesia un magisterio legítimo de los laicos que haya sido sustraído por Dios a la autoridad, la guía y la vigilancia del Magisterio sagrado; es más, el propio rechazo a someterse proporciona un argumento convincente y un criterio seguro: los laicos que hablan y actúan de esta manera no están guiados por el Espíritu de Dios y de Cristo» (Alocución a los cardenales y obispos, 31-V-1954).