fundación GRATIS DATE

Gratis lo recibisteis, dadlo gratis

Otros formatos de texto

epub
mobi
pdf
zip

Descarga Gratis en distintos formatos

1.Historia de la figura del sacerdote

Figura social del sacerdote

Las significaciones sagradas más importantes del misterio de Cristo, por lo que se refiere a las personas, se dan sin duda en sacerdotes y religiosos, pues ellos se configuran a Cristo no sólo en lo interior, sino también en lo exterior. Por eso, la secularización de la figura social de sacerdotes y religiosos tendrá una importancia muy grande en la desacralización de la Iglesia en el mundo. Pues bien, a lo largo de la historia, innumerables sínodos y concilios han ido dibujando en sus cánones de vita et honestate clericorum la figura del sacerdote. Aquí recordaré muy en síntesis esta historia, señalando al mismo tiempo la tradición eclesial que implica. Más largamente desarrollé el tema, con textos y documentos, en mi libro Fundamentos teológicos de la figura del sacerdote, al que me remito. Y por lo que se refiere a la figura del religioso, su historia ofrece rasgos análogos, aún más netos y estables.

La figura peculiar de un grupo social viene dada por muchos rasgos, que se relacionan y condicionan entre sí. Yo aquí me fijaré sólamente en el celibato, el trabajo profano y el signo distintivo, es decir, la tonsura y el modo de vestir. Y necesariamente en forma telegráfica.

Epoca apostólica

En lo que se refiere al siglo primero, no es fácil conocer mucho acerca de la configuración social de los sacerdotes, por la escasez de documentos y también porque todavía la presencia de los Apóstoles eclipsa los demás ministerios eclesiales. Obispos y presbíteros parecen todavía términos sinónimos, aunque parece normal que alguien presida el colegio de los presbíteros. En las cartas de San Ignacio de Antioquía, ya aparece claramente en torno al año 100 el obispo único y el colegio de presbíteros unidos a él.

Celibato.- Ya en el siglo II parece que era frecuente elegir el clero entre quienes había recibido el don del celibato, muy apreciado por los primeros cristianos, o entre quienes, estando casados, se abstenían de la vida conyugal, renunciado a procrear hijos (Tertuliano, +222, De exhort. castitatis 13,4).

Trabajo.- De San Pablo venía una enseñanza doble: que los ministros del Evangelio tienen derecho a vivir de su ministerio (1Cor 9), y que a veces convendrá que el apóstol gane su vida con el trabajo de sus manos. Probablemente ambas fórmulas se darían al comienzo de modo alternativo o incluso simultáneo. El trabajo manual sencillo -así era el de San Pablo-, que no da grandes preocupaciones, ni se presta a grandes lucros, nunca fue mal visto para el clero, como tampoco lo fue para los monjes. En cambio los negocios seculares sí fueron rechazados pronto, recordando lo del Apóstol: «El que milita, para complacer al que le alistó como soldado, no se embaraza con los negocios de la vida» (2Tim 2,4). San Cipriano (+258) comenta esa frase: «Si esta recomendación está dicha para todos, ¿cuánto más deben alejarse de asuntos y lazos seculares aquellos que, ocupados en las cosas divinas y espirituales, no pueden apartarse de la Iglesia y dedicarse a los negocios terrestres y seculares?» (Cta. a clero y pueblo Furni I,1). El ministro de la Iglesia, como el apóstol (+Hch 6,4), debe ocuparse en la oración y el ministerio de la palabra y del culto. No siempre, sin embargo, se vive ese ideal. El mismo San Cipriano se lamenta de ver algunos obispos metidos en negocios («procuratores rerum saecularium fieri, derelicta cathedra, plebe deserta»; De lapsis 6).

Signo distintivo.- En los primeros tiempos de la Iglesia, en los siglos de las persecuciones, el clero no se distingue de ninguna manera, lógicamente, en su apariencia exterior. Y los religiosos, como tales, aún no existen. Pueden verse ya, sin embargo, los planteamientos espirituales que llevarán más tarde, una vez lograda la libertad cívica de la Iglesia, a ciertos signos distintivos de sacerdotes y religiosos. Por lo que se refiere a las vírgenes, por ejemplo, podemos recordar también a San Cipriano, en su tratadito De habitu virginum, en el que con larga copia de argumentos bíblicos y espirituales, afirma que «no basta que la virgen lo sea; es menester que la tengan y consideren como tal, de modo que nadie, cuando viere a una virgen, dude de si lo es realmente» (5). Ha de ofrecer, pues, la virgen una apariencia peculiar, en la que se exprese claramente que no busca marido, ni pretende agradar al mundo, sino que está dedicada a Cristo y consagrada a su Reino.

Por lo que se refiere a los sacerdotes, recordaré un texto en el que el escriturista C. Spicq describe la idea que San Pablo tenía de la figura del sacerdote cristiano. La vida espiritual del sacerdote, escribe, «se alimenta de la virtud de la religión. Ahora bien, ello trae consigo una psicología propia, que no puede menos de revelarse en la conducta y en toda la actitud exterior... Un sacerdote profundamente religioso, que vive en la adoración de Dios y en el respeto de las cosas santas, se distingue al mismo tiempo por su rectitud y honestidad interiores y por su decencia exterior. Él es semnos. En contraposición a la frivolidad o ligereza profanas, el hombre de Dios guarda esta gravitas honesta, de la que habla Tertuliano (Præscr. 43), y que suscita respeto. Implica ésta, sin duda, un exterior conveniente; pero sobre todo impone en toda su actitud una cierta nota de gravedad y dignidad, digamos una cierta solemnidad... Son éstos los rasgos que se encuentra frecuentemente entre los ancianos (Tit 2,2), y que son inherentes a todos los ministros del culto, sean obispos (1Tim 3,4), sacerdotes, diáconos (3,8), e incluso diaconisas, que pueden entenderse como religiosas (3,11). Tito, en este sentido, dará en la Iglesia de Creta un perfecto modelo (Tit 2,7). Es así como se expresa el carácter venerable, augusto, santo de un ser consagrado a Dios, en quien reside, habla y actúa elEspíritu Santo... El sacerdote debe, pues, dar la impresión de llevar una vida serena y tranquila (éremos, hesykhios, 1Tim 2,2), sosegada y casi silenciosa, favorable a la contemplación y al culto permanente e interior que exige la eusébeia. Una vida piadosa, en el sentido paulino del término, ha de ser ordenada y bien regida (kósmios, 1Tim 3,2)» (Spiritualité sacerdotale d’après Saint Paul 146-147).

Epoca patrística

Puede decirse que en la configuración del clero y de los religiosos los siglos IV, V y VI son decisivos para toda la historia de la Iglesia. En el siglo IV, al superar la proscripción civil, es cuando la Iglesia comienza a expresarse socialmente en templos, catequesis y liturgias, concilios, estatutos del clero, vida monástica religiosa, etc. Son, pues, años decisivos para la configuración de lo sagrado cristiano, hasta entonces sofocado en buena parte, al menos en sus manifestaciones visibles, por la persecución. Aunque sea con brevedad, le prestaré aquí una atención especial. Doctrina y disciplina de la Iglesia van a tener siempre aquí sus fundamentos.

«La época de los Padres -como advierte Congar- tiene algo de particular y privilegiado... Representa [en cuanto a la doctrina] el momento en que el depósito de la fe apostólica ha sido precisado frente a ciertas interpretaciones rechazadas como heréticas... Y [los Padres] han establecido también en sus cánones las bases de la disciplina eclesiástica. Muchas otras disposiciones se han añadido más tarde, pero aquéllas han permanecido. Son los Padres los que han hecho la tradición canónica de la Iglesia: el título de Padres, sin cesar reiterado en las expresiones statuta patrum, traditiones patrum, les es dado frecuentemente en este contexto» (La Tradición 362-363).

Por eso, cuando hoy se habla despectivamente del derecho canónico, se suele olvidar generalmente que la disciplina canónica de la Iglesia tiene casi siempre su origen en los cánones conciliares de los Santos Padres, a veces incluso en pequeñas cuestiones; es decir, se olvida que el derecho canónico es eminentemente patrístico y conciliar. Pues bien, ¿cómo quiso la Iglesia de los Padres que fueran los sacerdotes?

Celibato.- La conveniencia entre celibato y ministerio sagrado se va viendo cada vez con más claridad: «eos qui sacrati sunt, atque in Dei ministerio cultuque occupati, continere deinceps seipsos a commercio uxoris decet» (Eusebio de Cesarea +340, Demonstr. evang. 1,9). El celibato o la abstinencia conyugal de los sacerdotes se fundamenta en el ejemplo de los Apóstoles (San Epifanio +403), y también en la especial santidad y respeto a Dios que deben mostrar quienes habitualmente se dedican al culto sagrado (San Ambrosio +397, San Juan Crisóstomo +407).

Evitemos aquí interpretaciones hostiles a los Padres. Sin encratismos despectivos hacia el matrimonio, ni «purezas rituales» de inspiración pagana, los Padres, sencillamente, vinculaban sacerdocio y celibato -o abstinencia conyugal-, con la misma lógica espiritual con la que vinculaban ayuno-oración, o ayuno-comunión eucarística, binomios éstos tan arraigados en la tradición bíblica y apostólica, y en los que ni de lejos se vislumbraba una condenación y ni siquiera una visión negativa de la comida. Los Padres no condenan ni la comida ni el matrimonio, pero ensalzan el ayuno y el celibato. Eso es todo. Y ésa es una de las conveniencias profundas que ven entre el celibato o la abstinencia conyugal y la dedicación habitual al servicio del culto y de la eucaristía. Lo que ellos sienten al vincular celibato y sacerdocio es un respeto inmenso por la liturgia, y muy especialmente por la eucaristía. Un respeto que nos recuerda aquella escena en la que Yavé -¡sin condenar ni de lejos el uso de las sandalias!-, le manda a Moisés, «quita las sandalias de tus pies, que el lugar en que estás es sagrado» (Ex 3,5).

Los Padres afirman también el celibato eclesiástico en referencia a Cristo y a la Virgen: «Christus virgo, Virgo Maria, utriusque sexui virginitatis dedicavere principia. Apostoli, vel virgines, vel post nuptias continentes. Episcopi, presbyteri, diaconi, aut virgines eliguntur, aut vidui, aut certe post sacerdotium in aeternum pudici» (San Jerónimo +420, Ep.48 ad Pammac. seu liber apologet. contra Jov. 2).

Es en esta época cuando se irá produciendo la vinculación canónica del sacerdocio al celibato o a la abstinencia conyugal (conc. Elvira, 300; cartas de los Papas Dámaso, Siricio, Inocencio, León Magno en siglos IV y V; concilios del siglo IV, como Roma, Cartago, y más numerosos posteriormente). En este tema, Oriente se separa definitivamente de la disciplina occidental en el concilio Trullano (692), según el cual el obispo ha de ser célibe, o claramente separado de su esposa. Presbíteros y diáconos, en cambio, aunque no pueden casarse ya ordenados, si ya están casados, pueden seguir viviendo con su mujer.

Trabajo.-El sustento del clero proviene en estos siglos de trabajos manuales, de las aportaciones de la comunidad -diezmos, primicias-, o de ambos modos. Con frecuencia se citan los textos revelados que afirman el derecho de los ministros del Señor a ser sustentados por los fieles que reciben sus servicios (+Mt 10,40ss; Lc 10,7ss; 1Cor 9; 2Tim 2,4). Es importante la decretal del Papa Gelasio (494), en la que dedica los bienes de la Iglesia, en cuatro partes, al pontífice y al clero, a los pobres y al culto (fábrica del templo, etc.).

San Cipriano, por ejemplo, escribe: «Tal fue la regla y ordenación de Dios, para que los consagrados al servicio divino [se refiere a los levitas] no se viesen distraídos en nada, ni obligados por las preocupaciones, ni para gestionar negocios profanos. La misma reglamentación y disciplina se guarda ahora en el clero [primera mitad del s.III], de modo que los promovidos al orden clerical en la Iglesia del Señor en manera alguna se vean impedidos del servicio divino ni se embaracen con negocios y solicitudes del siglo; al contrario, más bien recibiendo en beneficio suyo las ofrendas de los hermanos, a manera de diezmos de los frutos, no se aparten del sacrificio del altar y sirvan día y noche en ocupaciones religiosas y espirituales» (Cta. a clero y pueblo de Furni I,1).

Junto a esa tendencia, se da también otra diversa, aplicable sobre todo al clero rural, que no se veía absorbido por el servicio de las grandes comunidades cristianas urbanas. Algunos Padres griegos, por ejemplo, llegados del monacato al episcopado -San Juan Crisóstomo, San Basilio-, estiman el trabajo manual del clero, aprecio que les había sido enseñado en la vida monástica: para ahuyentar el ocio, para ayudar a los pobres, recordando a San Pablo. Incluso hay normas, como las establecidas por los Statuta Ecclesiæ Antiqua, de fines del siglo V, que lo prescriben, siempre que no limite la dedicación pastoral («absque officii sui dumtaxat detrimento»). Negocios, trabajos absorbentes o altamente lucrativos, son prohibidos siempre (Elvira, 300; Nicea, 325). «Episcopus, vel presbyter, vel diaconus sæculares curas non suscipiat: alioqui deponatur» (Canones Apostolorum 6).

Signo distintivo.- La tonsura es desde la antiguo el principal signo distintivo del clero. San Pablo había dicho que el cabello largo, con los cuidados que implica, es en el hombre «una vergüenza» (1Cor 11,14). Estas palabras, que para los laicos no son sino una exhortación, pronto se hacen norma para los clérigos. El Papa Aniceto (+166), por ejemplo, prohibe ya a su clero la cabellera abundante. Y los Statuta Ecclesiæ Antiqua también: «clericus nec comam (cabellera) nutriat nec barbam radat» (c.25). El concilio de Agda (506) va más lejos, y manda que si un clérigo se deja crecer demasiado la cabellera, se la corta a la fuerza el archidiácono. Por otra parte, la tonsura se hace pronto rito litúrgico, que marca el ingreso en el orden eclesiástico.

Ya el Sacramentario gregoriano, por ejemplo, en cuyo origen está el mismo San Gregorio Magno (+604), en el rito ad clericum faciendum incluye la vestición y la tonsura. Y al conferir ésta, pide para el candidato que se acerca «ad deponendam comam capitis sui propter amorem Christi», el don del Espíritu Santo, «ut sicut immutatur in vultu, ita manus dexteræ tuæ virtutis tribuat incrementa». Algo semejante vemos en el Liber ordinum de Toledo (s.VII). El concilio de Toledo de 633 precisará que los clérigos deben llevar la cabeza rapada, dejando una corona de cabellos en torno a la cabeza (c.41). Esta costumbre se extiende pronto por todo el Occidente, y «la corona clerical hace que se reconozca inmediatamente a un clérigo» (M. Dortel-Claudot, Etat de vie 111).

Vengamos ahora a los vestidos, y en primer lugar a los litúrgicos. Cesadas las persecuciones, y llegada la Iglesia a la libertad civil, se inician en el culto cristiano los ornamentos litúrgicos en el siglo IV. La Iglesia siente la necesidad gozosa de significar visiblemente en la liturgia «la gloria del ministerio espiritual» (2Cor 3,6-11). Y a las vestiduras litúrgicas se les da desde el principio, con toda normalidad, este alto sentido simbólico (+G. Oury, Fautil un vêtement liturgique?).

Así Teodoro de Mopsuestia (+428), en una de sus Homilías catequéticas, describe al sacerdote que bautiza «no revestido del atuendo que lleva ordinariamente, sino en lugar del vestido que le cubre normalmente le envuelve un ornamento de lino delicado y resplandeciente, y la novedad de su aspecto manifiesta la novedad de este mundo donde tú vas a entrar. Por su esplendor muestra que tú resplandecerás en esta otra vida, y por su ligereza simboliza la delicadeza y la gracia de aquel mundo» (Hom. 13,17).

Más conflictivo fue el nacimiento del traje clerical en ese mismo siglo IV. Los Padres más antiguos, como San Cipriano, que vivieron en siglos en los que el hábito eclesiástico ni existía ni, por razones obvias, podía existir, habían impugnado a veces el hábito característico de los filósofos paganos, contraponiéndole la normalidad sencilla con que vestían los sacerdotes y maestros cristianos. También el Crisóstomo alude todavía a estos argumentos.

Por otra parte, los Apóstoles y antiguos Padres habían exhortado a los fieles a no aceptar los lujos y refinamientos del vestir secular (1Pe 3,3-4; 1Tim 2,9-10; conc. Elvira, 300, c.57; Didascalia et Constitutiones Apostolorum I,3, 8-11). El pueblo cristiano no hacía demasiado caso de estas normas, pero los monjes, cuando nacen en el siglo IV, queriendo romper con el mundo y liberarse plenamente de los condicionamientos seculares, también en el atuendo, comienzan a vestir de un modo peculiar, sobrio y pobre, alejado de las artificiosidades y modas de su tiempo. Algunos Padres ven al principio en ello dos peligros posibles: la excentricidad ridícula y la presunción orgullosa, y así recuerdan aquel pasaje de Cristo sobre los flecos y filacterias de los fariseos (+Mt 23,5). Pesa mucho en su conciencia, tan fiel a los orígenes apostólicos, la tradición negativa de los primeros siglos. El papa Celestino, por ejemplo, escribe a ciertos obispos de las Galias (428), reprochándoles que, en lugar de la túnica tradicional usada por clérigos y laicos, han introducido un manto y cinto. ¿A qué viene esta novedad introducida por los monjes? «Discernendi a plebe sumus doctrina, non veste; conversatione, non habitu».

Sin embargo, la significación indumentaria del clero, realizada a veces por obispos y presbíteros excelentes, se va generalizando en la época. Severo Sulpicio, por ejemplo, nos describe en las Galias al gran obispo San Martín de Tours (+399), «in veste hispida, nigro pendulo pallio circumtectum», y como él su clero (Dialog. 2,3,2). Colecciones disciplinares, estrictamente tradicionales, como los Statuta Ecclesiæ Antiqua, de fines del siglo V, ordenan: «clericus professionem suam etiam habitu et incessu probet et ideo nec vestibus nec calceamentis decorem quaerat» (c.26). En las Galias el concilio de Maçon (581) prohibe igualmente al clero «vestimenta vel calceamenta sæcularia, nisi quæ religionem deceant». La misma disciplina es implantada en Germania por San Bonifacio, y se hace pronto general.

Vemos, pues, que en esta época, es la tonsura lo que distingue netamente la figura del sacerdote entre los laicos. Y que según las regiones, también el vestido le caracteriza con más o menos claridad, aunque no difiera del traje laical sino por su sobriedad en forma y color, y por su carencia de adornos y armas.

Edad Media

En la época patrística han quedado fijados ya para siempre los rasgos fundamentales de la figura social de los ministros sagrados de la Iglesia. En adelante no habrá sino variaciones sobre un mismo tema. El sacerdote de la Nueva Alianza, alejándose de las vanidades seculares, se va configurando en celibato y austeridad de vida y de hábito, presentando así una figura digna, religiosa y grave, dedicada al culto de Cristo y al cuidado pastoral del Cuerpo de Cristo. A veces, como en Oriente, con Justiniano (+565), la misma legislación civil ayudará a fijar esta imagen. Y ésta es la figura sacerdotal que en Occidente transmiten a la Edad Media grandes autores, como San Gregorio Magno (+604), San Isidoro de Sevilla (+636) o San Beda el Venerable (+735).

San Isidoro, por ejemplo, ateniéndose a la ley de los Padres, propugna que los clérigos lleven una vida santa y no mundana («a vulgari vita seclusi, a mundi voluptatibus sese abstineant: non spectaculis, non pompis intersint»), en la que cuiden especialmente de no enredarse en lucros y ambiciones («neque turpium occupationes lucrorum fraudisque... saecularia officia negotiaque abjiciant... sed pudorem ac verecundiam mentis simplici habitu incessuque ostendant») (De ecclesiasticis officiis II,2).

La historia medieval, por lo demás, en unos siglos en que el clero era sumamente numeroso, registra con frecuencia dos tendencias encontradas. De un lado, una parte del clero, mal preparado y cultivado, tiende con gran fuerza hacia una secularización de su vida: quiere entrar en negocios y actividades seculares, portar armas y vestidos laicales, disfrutar del mundo en cacerías y juegos, mujeres y bebida. Hay grados, por supuesto, en la tendencia. El concubinato y la simonía hacen por entonces mucho daño. Del otro lado, con no menos persistencia, está el clero piadoso y pastoral, y existen también diversos movimientos reformistas, con figuras como San Pedro Damián (+1072) o San Gregorio Magno (+1085), con ciertas comunidades de vida canónica, con muchos sínodos y concilios, todos los cuales pretenden una elevación espiritual y pastoral del clero. Entre las dos corrientes hay una tensión mantenida, que se refleja en los innumerables capítulos de vita et honestate clericorum con los que suelen cerrarse sínodos y concilios medievales.

Celibato.- Sería fatigoso enumerar los concilios que tratan de reafirmar el celibato en el clero, pues atraviesan toda la Edad Media. En algún caso, como en el concilio de Roma de 1059, se llega incluso a atacar el problema indirectamente, amenazando con excomunión a los laicos que oigan la misa del clero concubinario. La reforma gregoriana es la que ataca con mayor fuerza este mal, y su impulso llega a los concilios Lateranos, sobre todo al II (1139), que declara inválido el matrimonio atentado por cualquier clérigo, y al IV (1215), gran concilio de reforma, bajo Inocencio III. Son años en que Dios envía a su Iglesia el gran refuerzo de franciscanos y dominicos.

Trabajo.- Entre los siglos X al XII se consolida la institución de los beneficios, por los que se asegura la sustentación del clero, de modo que no puede ordenarse un número de sacerdotes mayor que el de los beneficios disponibles. Ni entonces desaparece por completo el trabajo profano del clero -como dice el concilio Niceno (787), «si quis velit»-, que siendo muy numeroso, vivía a veces en gran pobreza, a cargo de parroquias o capellanías mínimas. En todo caso, la Iglesia, según tradición, siempre prohibió que tuviera acceso a ciertos oficios -juez, notario, comerciante, actor, médico, etc.-. Y el Laterano IV, por ejemplo, ordena: «clerici officia vel commercia sæcularia non exerceant, maxime inhonesta» (c.16).

Recordemos que en el siglo XIII, con el nacimiento de las Ordenes mendicantes, se suscita la cuestión de si es lícito que religiosos y clérigos, entregándose completamente a actividades apostólicas no rentables, vivan de las limosnas de los fieles. San Buenaventura en la Apologia pauperum, lo mismo que Santo Tomás (Summa Thlg. II-II,187, 4), con otros autores, afirman claramente que tal modo de vida se conforma perfectamente a la vita apostolica seguida por los mismos Apóstoles, que dejándolo todo -tierras, redes, barcas, oficina de recaudación de impuestos, etc.-., siguieron a Jesús.

Signo distintivo.- Muchos cánones conciliares de estos siglos, por otra parte, prohiben al clero no sólo lo malo, sino lo vano y secular, pretendiendo para la Iglesia un ministro sagrado orante y penitente, dedicado a Dios y al servicio de los hombres. La tonsura sigue en estos siglos indicando claramente la condición clerical. Y por lo que al vestido se refiere, con unas u otras fórmulas los concilios prohiben al clero el estilo de vestir laical, sin entrar normalmente en mayores precisiones:

«Non sagis, laicorum more, sed casulis utantur, ritu servorum Dei» (Liptines, 742); «fornicationem non faciant, nec habitu laicorum portent» (Soissons, 744); «saeculari indumento minime utantur, nisi ut condecet, tunica sacerdotali» (Romano, 743); «ut nemo clericorum arma portet, vel indumenta laicalia induat» (Metz,888). El concilio de Coyanza (1050) describe la figura exterior del cura en la España del siglo XI: «Illi presbyteri, qui ministerium ecclesiæ funguntur, habeant vestimenta usque ad tallos. Armis bellicis non utantur, semper coronas apertas habeant, et barbas radeant». Esa norma de la vestidura talar, «usque ad talos», hasta los talones, aparece también en otros concilios. El Laterano II (1139) y el IV (1215) prohiben al clero una serie de colores, formas y detalles propios del vestir laical. Y en concilios de reforma, cuando se describen ciertos relajamientos del clero, junto a otros rasgos negativos o francamente malos, se suele denunciar «distincta sæpius non videantur ab habitu laicorum» (Ravena, 1314).

Por lo que se refiere al color, el negro va prevaleciendo. En los Estatutos de la Iglesia de Lyon (1180) se recomienda al clero. En el concilio de Westminster (1199) se dice que los clérigos «acostumbraban vestir de negro». Y este mismo color se recomienda en el concilio de Sens (1320).

Es en el siglo XIV cuando ya de una manera más patente el vestido de los sacerdotes se diferencia del hábito laical. Los estatutos sinodales de la diócesis de Autun (1468), por ejemplo, ordena al clero vestiduras dignas y decentes, es decir, «que desciendan hasta los talones». Y el concilio de Florencia (1517) prescribe concretamente las sotanas.

Por otra parte, como ya vimos más arriba, la tonsura era desde antiguo el signo principal de pertenencia al orden eclesiástico. Desde antiguo era realizada en un rito litúrgico apropiado. Con ello se llegó fácilmente a la idea de que «esta pertenencia debe ser hecha visible permanentemente por medio de un signo distintivo. Hasta el siglo XIV, este signo será la corona clerical; desde el XIV, lo será igualmente la sotana» (M. Dortel-Claudot, Etat de vie 112).

Epoca tridentina

Una de las principales convicciones del concilio de Trento (1545-1563) es la de que la reforma del pueblo cristiano es imposible sin una reforma previa de los pastores que lo cuidan. Partiendo de esa convicción, Trento se decide a llevar a la realidad aquel impulso reformador del clero, constantemente mantenido en los concilios medievales, con tan dudoso éxito. No hay, pues, en esto grandes originalidades en el Concilio. Casi siempre, al menos en lo que al clero se refiere, las medidas reformadoras de Trento son las mismas de los concilios medievales precedentes. La originalidad notable del concilio de Trento está en que, por fin, sus normas disciplinares van a cumplirse. Aunque a veces muy tardíamente -los seminarios, por ejemplo, no se instituyeron en Francia hasta bien entrado el siglo XVII-.

En Trento, después de la tremenda crisis protestante, hallamos una voluntad implacable de reforma. Es preciso elevar ya desde ahora la vida y el ministerio de los sacerdotes. Han de formarse mucho mejor, en doctrina y espiritualidad. Han de ser espejos del Evangelio para todos los fieles. Han de dedicarse absolutamente al ministerio sagrado, dejándose de ocupaciones seculares. Etc. ¿Y qué hacer, por ejemplo, con un párroco que no entre en este camino de reforma? Darle por un tiempo un vicario, con parte en las rentas, y si dura el escándalo, privarle del cargo (Sess. 21, d.de reform. c.6). Ese con parte en las rentas revela que la voluntad del Concilio es absoluta, y que se va a cumplir.

Celibato.- La situación del celibato no era muy feliz en el clero, al menos en algunas regiones de la Iglesia, como en Alemania. El embajador del duque de Baviera expone a los padres conciliares de Trento (1562) que, en una reciente visita pastoral hecha en su país, pudo comprobarse que entre el clero de su país «vix inter centum ter vel quatuor» se había hallado libres de una u otra forma de concubinato. Un desastre. Ya en el concilio de Constanza (1414) se había examinado la posibilidad de formar, como en el Oriente, un clero doble, célibe o casado. Por otra parte, no pocas razones para desvincular sacerdocio y celibato -las mismas más o menos que recientemente fueron argumentadas en los años possteriores al Vaticano II- fueron ya propuestas por autores como Juan de Meung, hacia 1270, James Sawtry (The defence of the Mariage of Preistes, 1541), Erasmo de Roterdam (+1536) (Cf. J. Coopens, Erasmo y el celibato, en Sacerdocio y celibato 359-372) o por Jorge Witzel (+1573).

Así las cosas, la enérgica -y eficaz- reafirmación del celibato que hizo Trento para el clero occidental fue realizada sorprendentemente, a contracorriente de una situación que parecía irremediable. Prevaleció el criterio de quienes veían más fuerza y futuro en la tradición eclesial impulsada por el Espíritu Santo, que en la inercia de tantos clérigos, hundidos en una secularización decadente.

Así pensaron, por ejemplo, San Roberto Belarmino o San Juan de Avila, que en su II Memorial al Concilio (1561), decía del clero: «Mayor mal ser concubinarios que casados. Mas, pues se puede remediar lo uno y lo otro con tomar a pecho el cuidado de tomar y criar ministros buenos y castos, no hay para qué aceptar el casamiento por huir del concubinato; porque aunque el matrimonio en sí es bueno, mas para los ministros de Dios es lleno de inconvenientes muy perjudiciales».

Trabajo.- El concilio de Colonia (1536), al clero que no pueda vivir de su ministerio, le permite ganar el sustento «honesto artificiolo», a ejemplo de San Pablo. Y después de Trento, el de Milán (1565) prohibe al clero todo negocio, pero le permite ciertos trabajos sencillos, cuando así convenga.

Tengamos en cuenta que en los siglos postridentinos el clero era muy numeroso, y que ciertas derivaciones hacia el trabajo profano venían a ser casi inevitables. El historiador Leflon nos dice que en esta época «algunos curas vienen a ser más filántropos que pastores». Eran tiempos de inventos y progreso: «uno se aplica a mejorar las plantaciones, introduce en su parroquia nuevos cultivos; otro quiere asegurar la competencia de cirujanos y curanderas. Sin embargo, el conjunto del clero secular permanece sacerdotalmente respetable; incluso pasa en valor al conjunto del clero regular» (L’Église catholique a la veille de la Révolution, en Fliche-Martin 20,28).

Signo distintivo.- La tonsura continúa, por supuesto. Y en cuanto al vestido, Trento afirma que, aunque el hábito no hace al monje, el clero debe vestir siempre según su propia condición («clericos vestes proprio congruentes ordini semper deferre»), y sitúa esta conveniencia teológica y disciplinar en el orden de la significación propia de lo especialmente sagrado («ut per decentiam habitus extrinseci morum honestatem intrinsecam ostendant») (Sess.14, d.de reform. c.6).

El color negro, que ya venía imponiéndose poco a poco, se fija ahora establemente. Adoptado por los sacerdotes reformados -clérigos regulares, teatinos, barnabitas-, San Carlos Borromeo lo quiere también para su clero. Y el I concilio de Milán (1565) precisa el color negro, y también la forma de la túnica: «simplex ac talaris erit». Unos años después, el Papa extiende esta norma a toda la Iglesia. Y muchos sínodos y concilios regionales postridentinos reiteran la norma, que se mantiene hasta nuestro tiempo.

En los siglos postridentinos la Iglesia realiza un formidable esfuerzo para la dignificación del clero secular. El testimonio de algunos santos, los Seminarios, las asociaciones sacerdotales, los notables desarrollos de la teología y de la espiritualidad sacerdotales, las encíclicas sacerdotales, las exigencias siempre ascendentes de la disciplina canónica, vienen a realizar, en el conjunto del clero al menos, la figura de sacerdote secular más perfecta que ha conocido la Iglesia.

Cuatro datos históricos ciertos

Antes de seguir adelante, quiero detenerme a señalar algunos datos que aparecen claros en la historia recordada.

1. Es «tradicional» en la Iglesia que la autoridad apostólica configure normativamente la vida y el ministerio de los sacerdotes. Tradicional, en el sentido más fuerte de la palabra. El patriarca maronita Pedro-Pablo Meuchi lo comprobaba en una carta (22-2-1960): la Iglesia «jamás ha cesado de procuparse de las condiciones que rodean al sacerdote en el ejercicio de su ministerio». Creo que la razón teológica de esto se halla en lo que ya vimos acerca de la configuración de lo sagrado. Es un derecho, o más bien, es un deber de la Iglesia velar por las formas de aquellas realidades -personas o cosas, tiempos o lugares- que por su especial sacralidad, más patentemente manifiestan y comunican al Santo. El mismo Derecho Canónico, en el título sobre los «ministros sagrados o clérigos», afirma que «la Iglesia tiene el deber, y el derecho propio y exclusivo, de formar [dar forma] a aquellos que se destinan a los ministerios sagrados» (c.232).

En este sentido, quedan fuera de la tradición católica -o lo que es igual, no vienen de Dios, son falsas- proposiciones como aquella que Echanges et dialogue hacía en una carta al Papa: «Os pedimos cuidar de que los sacerdotes puedan decidir con toda libertad su forma de vida personal [matrimonio, vestido, trabajo, compromiso político, etc.], que debe corresponder a las necesidades de su situación» (+«Documentation Catholique» 66,1969, 727). En los años postconciliares hubo gran efervescencia de grupos, movimientos y cartas en esta misma dirección. Aquello tenía la apariencia -sólo la apariencia, claro- de un impulso irrefrenable, irreversible, como decía el marxismo, que en paz descanse.

2. Hay una tensión constante entre la doctrina y disciplina de la Iglesia y la realidad concreta del clero. La situación real del clero influye en la disciplina de la Iglesia cuando es buena, positiva, creativa. Pero el ideal de la Iglesia no cede, no decae, por muy lamentable que venga a ser el estado del clero en una época o región determinadas; incluso cuando esta decadencia venga a ser allí y entonces grandemente generalizada. En no pocos siglos podemos apreciar en la generalidad del clero, con santas excepciones, una tendencia decadente; pero apreciamos igualmente cómo contra ella se oponen incansablemente el Papa, los Concilios y los santos, que con exhortaciones y normas «de vita et honestate clericorum», y diciendo siempre -tradicionalmente- más o menos lo mismo, orientan y empujan el clero hacia situaciones más perfectas.

3. En el desarrollo histórico de la figura del sacerdote hay, al paso de los siglos, una línea indudablemente ascendente. Cada vez la Iglesia quiere y procura unos ministros sagrados más configurados al mismo Cristo (ad imaginem Christi), más ajustados en preparación doctrinal, en vida espiritual y en forma de vida al modelo de la vita apostolica. Y en este sentido, por convergencia, propugna unos sacerdotes seculares más semejantes a los religiosos de vida apostólica, que también en la vita apostolica -dejarlo todo y seguir a Jesús- tienen su modelo y origen: austeridad de vida, pobreza y celibato, dedicación exclusiva al servicio apostólico, etc.

4. La Iglesia ha manifestado con firmeza creciente su voluntad de que los ministros sagrados se distingan de los laicos, y no sólo interiormente, por la santidad de su vida, sino también exteriormente por la gravedad y perfección de su modo de vida, e incluso desde hace unos quince siglos, también por la tonsura o por algún signo social indumentario. Esta voluntad continua, como hemos visto, se ha mantenido en muchas ocasiones en contra de la tendencia de sectores del clero, más o menos amplios, que tendían obstinadamente a asumir una apariencia laical.

La Iglesia rechaza la secularización del sacerdote

El empeño surgido no del del Vaticano II, sino después de él, ha intentado, como hemos visto, renovar a los sacerdotes y religiosos por una mayor secularización de su estilo de vida. Como señalaba N. Bussi, se han dado actualmente tres orientaciones fundamentales en la configuración del ministerio eclesial: protestante, secularizada y católica (La problematica 127-143). Y sin duda la versión secularizada es más semejante al modo protestante de entender a los pastores que al modo católico de entender el sacerdocio ministerial

Pues bien, a Pablo VI le correspondió reafirmar la fe de la Iglesia y la fidelidad a la tradición. Él enseñó una preciosa teología de la sacralidad sacerdotal y religiosa, frente a «aquellos que querrían borrar de sí toda distinción clerical o religiosa de orden sociológico, de hábito, de profesión, o de estado, para asemejarse a las personas comunes y a las costumbres de los demás» (17-2-72). A este gran Papa le tocó llevar aún más adelante la línea tradicional ascendente de la Iglesia sobre la vida y el ministerio de sacerdotes y religiosos.

«Esta segregación, esta especificación que San Pablo daba de sí mismo [+Rm 1,1], que es además la de un órgano distinto e indispensable para el bien de todo un cuerpo viviente (+1Cor 12,16ss), es hoy la primera característica del sacerdocio católico que es discutido e incluso contestada por motivos frecuentemente nobles en sí mismos y bajo ciertos aspectos admisibles. Pero hay que decir que cuando estos motivos tienden a cancelar esta segregación, a asimilar el estado eclesiástico al laico y profano, y a justificar en el elegido la experiencia de la vida mundana con el pretexto de que no debe ser menos que cualquier otro hombre, fácilmente llevan al elegido fuera de su camino, y hacen fácilmente del sacerdote un hombre cualquiera, una sal sin sabor, un inhábil para el sacrificio interior y un carente del poder de juicio, de palabra y de ejemplo propios de quien es un fuerte, puro y libre seguidor de Cristo» (1-6-70). Precisamente, lo que distingue al sacerdote es «en primer lugar su dimensión sagrada. El sacerdote es el hombre de Dios, es el ministro del Señor; puede realizar actos que transcienden la eficacia natural, porque obra in persona Christi; a través de él pasa una virtud superior, de la cual él, humilde y glorioso, es en determinados momentos instrumento válido; es cauce del Espíritu Santo. Entre él y el mundo divino existe una relación única, una delegación y una confianza divina» (30-6-68).

Se da como argumento que la desacralización de la figura del sacerdote trae consigo una mayor eficacia apostólica y pastoral, acentuando su proximidad a los hombres y su capacidad de acogerles. Pero, precisamente, «la dimensión sagrada está ordenada totalmente a la dimensión apostólica, es decir, a la misión y al ministerio sacerdotal» (30-6-68; +LG 31b). Ya hemos visto más arriba que en el cristianismo lo más sagrado es precisamente lo más acogedor para los hombres. Una casa laical cristiana ha de ser hospitalaria y acogedora, pero está cerrada en sí misma, hasta cierto punto, y así debe ser. Un templo cristiano, por su especial sacralidad, está abierto a todos las horas y a todos los hombres, incluso a los no creyentes. Y lo mismo vemos en los cristianos. Todos los fieles cristianos deben ser cercanos y amistosos hacia los hombres, pero los sacerdotes, «puestos en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios» (Heb 5,1), por su especial sacralidad precisamente, se ofrecen a los hombres, como un templo, siempre abiertos, ad imaginem Christi, el cual «tiene un poder perfecta para salvar a los que por Él se acercan a Dios, y vive siempre para interceder por los hombres» (7,25). Y así como es deseable que los templos se vean, sean signos conmovedores y elocuentes de la preciosa santidad de Dios, también esto es deseable en los sacerdotes de Cristo.

Los desacralizadores de los sacerdotes querían que éstos no fuera meros «funcionarios del culto», y vivieran «como todos», aunque de vez en cuando se ocuparan de «las funciones que sólo el sacerdote puede hacer». No deja, pues, de ser curioso que los mismos impugnadores de la figura sacerdotal acusadamente sacroritual, de la que según ellos la Edad Media y Trento serían culpables, pretendan en el fondo un sacerdote cristiano al estilo levítico del Antiguo Testamento, que vive como un laico y que de vez en cuando, cuando le toca el turno, celebra el culto. El sacerdocio del Nuevo Testamento es muy diverso. La condición nueva del ministro sagrado cristiano le consagra profundamente, en su vida toda y en todos sus trabajos y dedicaciones (+LG 28d), y le constituye por el sacramento del orden como imagen de Cristo, a quien «él mismo hace sacramentalmente presente, Salvador de todo el hombre, entre los hermanos, y no sólo en su vida personal, sino también social» (Sínodo 1971, I,4).

Trabajo.- El pensamiento y la voluntad de la Iglesia en lo que se refiere a los posibles trabajos civiles de los sacerdotes quedó expresado, por ejemplo, en el Sínodo episcopal de 1971:

«El ministerio sacerdotal, si se compara con otras actividades, no sólo ha de ser considerado como una actividad humana plenamente válida, sino también más excelente que las demás, aunque este precioso valor sólo se puede comprender plenamente a la luz de la fe. Por esta razón se debe dedicar al ministerio sacerdotal, como norma ordinaria, tiempo pleno. Por tanto, la participación en las actividades seculares no pueden fijarse de ningún modo como fin principal, ni puede bastar para reflejar toda la responsabilidad específica de los presbíteros. Éstos, sin ser del mundo y sin tener el mundo como ejemplo, deben, sin embargo, vivir en el mundo como testigos y dispensadores de otra vida distinta de esta vida terrena (+PO 3; 17; Jn 17,14-16).

«Para poder determinar en las circunstancias concretas la conformidad entre las actividades profanas y el ministerio sacerdotal, es necesario preguntarse si tales funciones y actividades sirven, y en qué modo, no sólo a la misión de la Iglesia, sino también a los hombres, aun a los no evangelizados, y finalmente, a la comunidad cristiana, a juicio del Obispo del lugar con su presbiterio, consultando si es necesario a la Conferencia Epsicopal.

«Cuando estas actividades, que de ordinario competen a los seglares, son exigidas en cierto modo por la misma misión evangelizadora del presbítero, se requiere que estén de acuerdo con las otras actividades ministeriales, ya que en tales circunstancias pueden ser consideradas como modalidades necesarias del verdadero ministerio (+PO 8)» (II,1,2).

Celibato.- En el Vaticano II (PO 16), en la encíclica Sacerdotalis cælibatus (1967), en el Sínodo episcopal de 1971 (II,1,4), la Iglesia del siglo XX ha reafirmado para el clero de Occidente, con renovada profundidad teológica y firmeza disciplinar, el vínculo que une sacerdocio y celibato. No se trata, fundamentalmente, de razones de orden práctico, que podrían ser discutibles: un taxista casado quizá trabaje más que uno soltero, aunque éste tenga más tiempo libre. No, la cuestión no va por ahí, aunque también en esa línea habría mucho que decir. Se trata principalmente de razones cualitativas, personales, espirituales, que afectan a la dimensión sagrada del sacerdote en cuanto signo de Cristo. En efecto, como dice Juan Pablo II, «la Iglesia, como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de un modo total y exclusivo, como Jesucristo Cabeza y Esposo la ha amado» (Pastores dabo vobis 29). Ésa es la razón teológica más profunda. Y la Iglesia, fiel a su tradición, es decir, atreviéndose a confiar en la fidelidad del Espíritu Santo a sus propios dones, no quiere separar de ningún modo sacerdocio y celibato.

Signo distintivo.-Esta cuestión, que ofrece especiales complejidades, la trataré en el siguiente capítulo. Aquí recordaré sólamente que la jerarquía apostólica de la Iglesia, enfrentando una corriente contraria muy fuerte y generalizada -algo así como Pablo VI cuando enseñó la Humanæ vitæ- reafirmó en el Código de Derecho Canónico de 1983 la tradición canónica en lo que se refiere al modo de vestir de sacerdotes y religiosos.

«Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico digno, según las normas dadas por la Conferencia Episcopal y las costumbres legítimas del lugar» (c.284). Norma que la Conferencia Episcopal Española precisó posteriormente (7-7-84) estableciendo: «Usen los clérigos traje eclesiástico digno y sencillo, sotana o clergyman, según las costumbres legítimas del lugar, a tenor del canon 284, especialmente en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en otras actuaciones públicas».

«1. Los religiosos deben llevar el hábito de su instituto, hecho de acuerdo con la norma del derecho propio, como signo de su consagración y testimonio de pobreza. 2. Los religiosos clérigos de un instituto que no tengan hábito propio, usarán el traje clerical, conforme a la norma del c.284» (c.669). Este canon formula lo ya dicho en el Vaticano II (PC 17) o en la exhortación apostólica Evangelica testificatio (1971, 22).

Secularización sacerdotal sin futuro

La tendencia secularizadora del sacerdote católico, es preciso decirlo, no tiene viabilidad histórica alguna, pues no es más que una ideología, por muy persuasiva que se presente. No tiene ningún futuro porque no es tradicional, y en la Iglesia católica sólo tiene futuro lo que es bíblico y tradicional, es decir, lo que va impulsado por el Espíritu Santo que nos lleva «hacia la verdad completa» (Jn 16,13). Podrá la teología de la secularización tener en libros y revistas -cada vez tiene menos- el apoyo más entusiasta y la difusión más amplia. Es inútil. Los cristianos podemos elaborar teorías fascinantes, orientaciones altamente persuasivas, e incluso podemos escribir con entusiasmo nuestros sueños e ideales -el papel lo aguanta todo-. Pero si después el Espíritu Santo no reconoce como suyos esos pensamientos y planes, si no rellena de cuerpo y alma nuestras imaginaciones, todo se queda en papel, en ensoñaciones, en nada.

En la Iglesia católica sólo tiene futuro lo que es bíblico y tradicional, es decir, aquello que tiene al Espíritu de Jesús como protagonista. Esto, que ya sabemos a priori, lo vemos confirmado continuamente a posteriori en la vida de la Iglesia. Por ejemplo: los seminarios y noviciados tradicionales son los que florecen, y los secularizados son los que se estropean y vacían. Esto es lo que hay. Y así va a ser siempre.