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2.El pueblo consagrado

El mundo

Dentro del inmenso ámbito sagrado de la Iglesia, vamos a fijarnos ahora no en las sacralidades de tiempos y lugares, acciones o cosas, sino concretamente en la sacralidad de las personas cristianas. Pero antes, recordaremos brevemente algunas categorías bíblicas y teológicas.

En la Biblia la palabra mundo (kósmos, mundus) puede tener tres acepciones fundamentales: el mundo-creación, conjunto bueno de criaturas de Dios (Sab 11,25); el mundo-pecador, necesitado de salvación y amado por Dios, pero pobre, oscuro y miserable (Jn 3,16); y finalmente el mundo-enemigo, perverso, opuesto al Reino, del que decía Pablo VI:

«La palabra mundo, tanto en el Nuevo Testamento como en la literatura ascética cristiana, adquiere frecuentemente un significado funesto, y negativo hasta el punto de referirse al dominio del Diablo sobre la tierra y sobre los mismos hombres, dominados, tentados y arruinados por el Espíritu del mal, llamado "Príncipe de este mundo" (Jn 14,30; 16,11; Ef 6,12). El mundo, en este sentido peyorativo, sigue significando la Humanidad, o mejor, la parte de Humanidad que rechaza la luz de Cristo, que vive en el pecado (Rm 5,12-13), y que concibe la vida presente con criterios contrarios a la ley de Dios, a la fe, al Evangelio (1Jn 2,15-17)» (23-2-77).

En en lenguaje de la Escritura, el hombre carnal, o si se quiere el hombre terreno (1Cor 15,47), es un hombre mundano, que vive «esclavizado bajo los elementos del mundo» (Gál 4,3), es decir, sujeto a sus condicionamientos, tanto en el pensamiento como en la conducta, o en otras palabras: marcado con el sello de la Bestia en la frente y en la mano (Apoc 13,16), ya que «el mundo entero está puesto bajo el Maligno» (1Jn 5,19).

Ahora bien, Cristo ha «vencido al mundo» (Jn 16,33), y ha «arrojado fuera» a su Príncipe (Jn 12,31-32), y en Él también nosotros hemos vencido: «ésta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe» (1Jn 5,4). La «libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21) es fundamentalmente libertad del Demonio y de los condicionamientos apresadores del mundo. Efectivamente, «en Cristo estamos muertos a los elementos del mundo» (Col 2,20; +8), pues «todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, y también sus concupiscencias» (1Jn 2,16-17). «Quien pretende ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios» (Sant 4,4; +1Jn 2,15). Por el contrario, los cristianos no somos del mundo, y por eso el mundo necesariamente nos persigue (Jn 15,19).

Según esto, el Reino constituye un ámbito espiritual en lucha con el mundo, y entre uno y otro se da la relación que hay entre luz y tinieblas, gracia y pecado, libertad y esclavitud. Entre uno y otro «existe una dura batalla a través de toda la historia humana» (+Gaudium et spes 37b), siendo así que lo que pretende la Iglesia es justamente «la transformación del mundo» (ib.38a) por la gracia de Cristo. La santificación, en este sentido, nos hace pasar del mundo al Reino. O como dice J.M. Casabó: «a la desmundanización corresponde en términos positivos participar en la santidad de Dios» (La teología moral en San Juan 228-229).

El siglo

El siglo (aión, sæculum) viene a tener en la Escritura un sentido semejante al de mundo. San Jerónimo, por ejemplo, una frase de Santiago en la que aparece dos veces el término cosmos, la traduce en las dos acepciones: «Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad del mundo (amicitia huius mundi) es enemiga de Dios? Quien pretende ser amigo del mundo (amicus sæculi huius) se hace enemigo de Dios» (Sant 4,4). Al parecer en la mentalidad de los latinos antiguos cabía con dificultad dar una acepción negativa al término mundus, que incluso etimológicamente expresaba en latín orden y belleza; quizá por eso prevaleció el término sæculum para expresar el sentido peyorativo de mundo, para designar, simplemente, al mundo pagano hostil y perseguidor (+V. Loi, en AA.VV., Diccionario patrístico 1998-99).

En este sentido, «los hijos del siglo (huiói toû aiónos)», que forman el mundo, quedan contrapuestos a «los hijos de la luz» (Lc 16,8), que son el Reino. Por tanto, los cristianos «no deben conformarse a este siglo» (+Rm 12,2), pues la «sabiduría según este siglo» se desvanece ante la sabiduría divina de la fe (+1Cor 2,6; 3,18). La amistad del mundo o del siglo es esa complicidad de simpatía, aprobación y asimilación respeto del tiempo presente, que sólo es posible negándose a ver todo su horror. Es aceptar «los pensamientos y caminos de los hombres», poniendo en ellos la esperanza, creyendo que pueden dar al hombre salvación, despreciando e ignorando «los pensamientos y caminos de Dios», tan diversos (+Is 55,8).

No debe, pues, extrañar que los cristianos formados en la Biblia y la Tradición patrística y espiritual sientan un estremecimiento cuando la teología de la secularización pone la renovación de la Iglesia, de la vida cristiana, de sacerdotes y religiosos, en clave de secularización.

Por lo demás, también el término secular admite a veces, como la palabra mundo-cosmos un significado bueno, neutral, sin carga peyorativa (+Mt 12,32). Y lo mismo en la tradición cristiana, cuando se habla de la índole secular de los laicos (LG 31b), del clero secular o de los Institutos seculares.

El pueblo sagrado

Pues bien, en medio del mundo y del siglo, la Iglesia, estando en el mundo y en el siglo, no es mundana ni secular, sino más bien «forastera y peregrina» (+1Pe 2,11): es sagrada. Y en este sentido, fiel a las enseñanzas de la Revelación, el concilio Vaticano II habla de la Iglesia como del «sacramento admirable» (SC 5b). En efecto, la Iglesia es el «sacramento universal de salvación» (LG 48, GS 45, AG 1). Ella, como Templo de Dios en el mundo secular, está constituída por un «linaje elegido (génos eklektós), real sacerdocio (basíleion hieráteuma), pueblo santo (éthnos hágion)», o «nación consagrada», como traduce la Liturgia, no haciendo distinción entre santo y sagrado (1Pe 2,9).

La Iglesia es, pues, «la Señora Elegida (eklektè kyría)» (2Jn 1,1). Y todos los cristianos, lejos de ser terrenos, somo hombres celestiales (1Cor 15,48), es decir, somos santos, pues tenemos «la unción del Santo» (1Jn 2,20; +Lc 3,16; Hch 1,5; 1Cor 1,2; 6,19). Este nombre de santos (hágioi), reservado en un principio a los cristianos de Jerusalén (Hch 9,13; 1Cor 16,1), pronto fue el nombre de todos los fieles (Rm 16,2; 1Cor 1,1; 13,12). Los laicos cristianos, es decir, los hombres ungidos por el Santo, son, pues, gente sagrada, y se llaman laicos precisamente porque forman «el pueblo de Dios (laòs Theoû)» (1Pe 2,10). Y «de este modo, dice el Vaticano II, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios (consecratio mundi)» (LG 34).

El contraste entre lo sagrado y lo secular

La Iglesia, «columna y fundamento de la verdad» (1Tim 3,15), en medio de la oscuridad del siglo, lleno de errores, de equívocos, de alucinaciones colectivas, y sujeto así habitualmente al Padre de la mentira (Jn 8,43-47), es la congregación en Cristo de «los hijos de la luz» (Lc 16,8). Los cristianos, en efecto, somos «la luz del mundo», y nuestra luz, en obras y palabras, ha de brillar ante los hombres de tal manera que suscite en ellos la glorificación del Padre (Mt 5,14). San Pablo nos exhorta a permanecer como «hijos de Dios sin mancha, en medio de esta generación mala y perversa, entre la cual aparecéis como antorchas en el mundo, llevando en alto la Palabra de vida» (Flp 2,15-16).

Es verdad que Cristo derribó el muro que separaba a paganos de judíos, haciendo un Pueblo único (Ef 2,14-15); pero aún después de Él, no debe establecerse una yunta desigual entre creyentes e infieles (2Cor 6,14-16). Precisamente para congregarlos en un Pueblo unido es necesaria la acción de «un ministerio sagrado (hierogoûnta) en el Evangelio de Dios» (Rm 15,16). Ésa es precisamente la misión de la Iglesia toda, como sacramento universal de salvación, y especialmente de los ministros sagrados enviados al mundo por el Señor y por su Iglesia.

Entre tanto, hay un contraste evidente entre la secular vida mundana y la sagrada vida cristiana. Lo sagrado es, ya lo hemos visto, para santificar, y obviamente para santificar en primer lugar al consagrado. Por eso la vida secular de los hombres mundanos no puede ser asimilada tal cual por los cristianos. Es un estilo de vida que no puede convenir a los santos. Entre interioridad y exterioridad debe haber una mutua conveniencia: lo exterior debe ser irradiación natural de lo interior, expresión de la vida interior, y al mismo tiempo ha de inducir y favorecer esa interioridad nueva, netamente cristiana. «El vino nuevo (Espíritu santo) se echa en cueros nuevos (vida nueva)», pues si se echa en «cueros viejos, el vino rompería los cueros y se perderían vinos y cueros» (Mr 2,22).

El Nuevo Testamento emplea continuamente este lenguaje de contraste. Sólo un ejemplo: «Vosotros estabais muertos por vuestros delitos y pecados, en los que en otro tiempo habéis vivido, siguiendo al espíritu de este mundo, bajo el Príncipe de las potestades aéreas, bajo el espíritu que actúa en los hijos rebeldes, entre los cuales todos nosotros fuimos también contados en otro tiempo, y seguimos los deseos de nuestra carne, cumpliendo la voluntad de ella y sus depravados deseos, siendo por nuestra conducta hijos de ira, como los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo -de gracia habéis sido salvados-, y nos resucitó y nos sentó en los cielos por Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la excelsa riqueza de su gracia, por su bondad hacia nosotros en Cristo» (Ef 2,1-7).

La acción misionera de la Iglesia en el mundo secular es así concebida como desengañar a los que están esclavizados por el error, liberar a los que están atados por el mundo, el demonio y la carne, sacar en un Éxodo espiritual formidable a los que viven en el Egipto del siglo, en esclavitud y tinieblas. Véase, por ejemplo, esta misma concepción expresada en una carta de San León Magno al misionero San Agustín de Cantorbery, enviado por aquél a los ingleses:

«¿Quién será capaz de relatar la alegría nacida en el corazón de todos los fieles al tener noticias de que los ingleses, por obra de la gracia de Dios y con tu colaboración, expulsadas las tinieblas de los errores, han sido revestidos por la luz de la santa fe; de que con espíritu fidelísimo pisotean los ídolos a los que antes estaban sometidos por un temor tirano; de que con puro corazón se someten al Dios omnipotente; de que, abandonando sus malas acciones, siguen las normas de la predicación; de que se someten a los preceptos divinos y se eleva su inteligencia; de que se humillan en oración hasta la tierra para que su mente no quede en la tierra?... El Dios todopoderoso, por tu amor, ha realizado grandes milagros entre esta gente que ha querido hacerse suya» (libro 9,36: MGH, Epistolae 2, 305-306).

Los religiosos, la vida consagrada

Desde el origen mismo de la Iglesia comienza a diseñarse, dentro del pueblo de Dios, la vida religiosa, por ejemplo en las vírgenes cristianas y en los ascetas. Hay en ellos, por su género de vida, por los votos profesados o incluso por una bendición eclesial expresa, una nueva consagración, que intensifica y hace ante el mundo más visible la consagración sacramental del bautismo y de la confirmación, origen en el cristiano de toda sacralidad. Las vírgenes, ya muy antiguamente, son vistas por la Iglesia como consagradas esponsalmente a Cristo, es decir, en palabras de San Cipriano (+258), «aquellas que se han dedicado a Cristo (Christo dicatae)» (De habitu virginum 4). Como un cáliz se consagra y se dedica exclusivamente al Señor -y al servicio litúrgico de la comunidad en la eucaristía-, así la virgen cristiana se consagra al Señor (+1Cor 7,34) y al servicio apostólico o asistencial de su Cuerpo.

Al hablar en la Iglesia de virgenes y de religiosos en general, éste es el lenguaje de la tradición patrística y litúrgica -es el hermoso lenguaje del Ritual de la profesión religiosa y consagración de vírgenes-, así como de la tradición teológica y espiritual. Es también, lógicamente, el lenguaje del Vaticano II. La Iglesia, «con su acción litúrgica, presenta [la profesión religiosa] como un estado consagrado a Dios (status Deo consecratum)» (LG 45c):

El cristiano, por los votos religiosos, «hace una total consagración de sí mismo a Dios, amado sobre todas las cosas, de manera que se dedica al servicio de Dios y de su gloria por un título nuevo y especial». Ya por el bautismo estaba consagrado a Dios, pero ahora, por la profesión de los consejos evangélicos, «se consagra más íntimamente al servicio de Dios. Y la consagración será tanto más perfecta cuanto, por vínculos más firmes y más estables, represente mejor a Cristo, unido con vínculo indisoluble a su Iglesia». De este modo, pues, «se consagra al bien de toda la Iglesia» (44ab; +PC 1c, consagración especial).

Los religiosos, pues, son cristianos especialmente sagrados, específicamente dedicados al culto divino y a la santificación de los hombres. Y por eso el pueblo cristiano, reconociéndolo, habla desde antiguo de las sagradas vírgenes de Cristo (Sacra virginitas, la encíclica de Pío XII), y entiende la vida religiosa como «la vida consagrada a Dios» (PC 1d), o simplemente, como la vida consagrada.

La santidad de estos hombres y mujeres llamados por Dios a la vida religiosa, al ser especialmente sagrada, habrá de ser no sólo interior, sino también exterior; es decir, habrá de tener, por su propia naturaleza teológica, una especial visibilidad de consagración a Dios, y su testimonio de Cristo y del Reino de Dios debe ser especialmente explícito y provocativo, en relación, concretamente, al testimonio propio de los laicos. Así lo ha entendido siempre el pueblo cristiano, que tan rectamente siente acerca de lo que deben ser los religiosos y las religiosas. Y así lo entiende la Iglesia, por ejemplo, cuando dispone que «los religiosos deben llevar el hábito, como signo de su consagración» (+Código Dº Canónico, c.669,1).