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9. La devoción al Corazón de Jesús

Gran devoción y culto

La devoción y el culto al sagrado Corazón de Jesús, aunque tiene precedentes muy antiguos, halla su forma plena con ocasión de las revelaciones privadas recibidas por Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación. Esta espiritualidad ha sido bendecida con frecuencia por los Papas con el mayor aprecio, como síntesis perfecta de toda la espiritualidad cristiana.

En 1856 el Papa Pío IX instaura para toda la Iglesia la fiesta litúrgica del Sagrado Corazón. León XIII consagra el género humano al Corazón de Jesús, y prepara el acto en su encíclica Annum Sacrum (1899). En el Magisterio apostólico sobre este tema conviene recordar especialmente a Pío XI en las encíclicas Miserentissimus Redemptor (1928) y Caritate Christi compulsi (1932); a Pío XII en las encíclicas Summi Pontificatus (1939) y Haurietis aquas (1956); a Pablo VI en su carta apostólica Investigabiles divitias (1965) y a Juan Pablo II en el mensaje con ocasión del centenario de la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús (1999).

La devoción al Corazón de Jesús es una escuela perfecta de vida espiritual cristiana, y por lo mismo sintetiza armoniosamente todos los valores de la vida en Cristo –Amor divino, Trinidad, Cruz, Eucaristía, espíritu reparador de expiación, actitud sacerdotal y sacrificial, amor a la Iglesia, etc.–. Aquí, para seguir con nuestro tema, he de fijarme sobre todo en el valor de esta devoción como eficacísima reacción orante de los cristianos y de la Iglesia ante los males del mundo actual.


Cristo debe reinar universalmente

Sobre la dimensión suplicante de la devoción al Corazón de Jesús, como remedio adecuado para todos los males, recordaré especialmente las preciosas enseñanzas de Pío XI. En el año 1925, en la encíclica Quas primas, al instituir la fiesta litúrgica en honor a Jesucristo Rey, afirma con gran fuerza persuasiva que todo el bien de los hombres viene de la obediencia a Cristo Rey, único Salvador del mundo:

«Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, que, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo. Es necesario que reine en la voluntad, que ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos. Es necesario que reine en el corazón, que posponiendo los afectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas. Es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que, como instrumentos, deben servir para la interna santificación del alma» (34). Más aún, Pío XI enseña «también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no solo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes» (33).

Consecuentemente, si en esa obediencia libre y amorosa a Cristo está el bien de la humanidad, todos los males del tiempo presente habrán de explicarse principalmente como rechazo a Cristo Rey, como soberbia humana que se resiste a Su soberana autoridad benéfica.

«Como en el siglo precedente y en el nuestro –dice el mismo Papa en la Miserentissimus Redemptor–, por las maquinaciones de los impíos, se llegó a despreciar el imperio de Cristo nuestro Señor y a declarar públicamente la guerra a la Iglesia, con leyes y mociones populares contrarias al derecho divino y a la ley natural, y hasta hubo asambleas que gritaban: “no queremos que reine sobre nosotros” (Lc 19,14), por esta consagración [al Corazón de Cristo] a la que aludíamos [la realizada por León XIII en 1899], la voz de todos los amantes del Corazón de Jesús irrumpía unánime oponiendo con toda fuerza, para vindicar su gloria y asegurar sus derechos: “es necesario que Cristo reine (1Cor 15,25). Venga Su reino“» (4).


Súplica y expiación

Pues bien, en medio de esta guerra dramática, Pío XI, como los Papas que le preceden o que le siguen, ve en el amor al Corazón de Cristo el remedio de todos los males y la fuente de todos los bienes para el mundo y para la Iglesia. Y ve también con especial claridad que «en el culto al Sacratísimo Corazón de Jesús tiene la primacía y la parte principal el espíritu de expiación y reparación» (ib. 9).

Y «cuánta sea, especialmente en nuestros tiempos, la necesidad de esta expiación y reparación no se le ocultará a quien vea y contemple este mundo “bajo el poder del maligno” (1Jn 5,19)». Los males actuales, en efecto, como proceden de rechazar a Dios y a su Cristo, son abrumadores y parecen anunciar el final anunciado de la historia (ib. 12; +Haurietis aquas 33).

Por eso Pío XI, a las prácticas tradicionales de la devoción al Corazón de Cristo –la consagración de personas, familias y naciones, el ejercicio de los Primeros Viernes, el rezo de las Letanías del Corazón de Jesús, el Apostolado de la Oración, etc.–, añade una solemne oración anual de reparación:

A ese fin dispone que «cada año en la fiesta del Sacratísimo Corazón de Jesús, en todos los templos del mundo, se rece solemnemente el acto de reparación al Sacratísimo Corazón de Jesús, cuya oración se transcribe al final de esta carta» (Miserentissimus 14). La recuerdo en extracto:

«Dulcísimo Jesús, cuya caridad derramada sobre los hombres se paga tan ingratamente con el olvido, el desdén y el desprecio... imploramos ante todo tu misericordia para nosotros, dispuestos a reparar con voluntaria expiación no solo los pecados que cometimos nosotros mismos, sino también los de aquellos que, perdidos y alejados del camino de la salud, rehúsan seguirte como pastor y guía...

«Como reparación del honor divino conculcado, te presentamos, acompañándola con las expiaciones de tu Madre la Virgen, de todos los santos y de los fieles piadosos, aquella satisfacción que tú mismo ofreciste un día en la cruz al Padre, y que renuevas todos los días en los altares. Te prometemos con todo el corazón compensar en cuanto esté de nuestra parte, y con el auxilio de tu gracia, los pecados cometidos por nosotros y por los demás»...

En estas oraciones de la Iglesia al Corazón de Jesús, en estas súplicas tan humildes, tan confiadas en el poder del Salvador compasivo y misericordioso, se expresan una vez más, bajo la inspiración del Espíritu Santo, los antiguos clamores bíblicos y tradicionales que el Pueblo de Dios ha alzado siempre al Señor en los tiempos de mayor aflicción.


Corazón de Jesús y adoración eucarística

Pablo VI, en su carta apostólica Investigabiles divitias (1965), escrita en el bicentenario de la fiesta litúrgica del Sagrado Corazón (1765), centra especialmente su atención en el vínculo profundo que une la devoción a la Eucaristía y el amor al Corazón de Jesús. Esto, en efecto, ha sido así siempre, y concretamente así es en las mismas revelaciones que Santa Margarita María tiene acerca del Sagrado Corazón, que se producen estando ella en el coro, adorando el Santísimo Sacramento (27-XII-1673, fiesta del apóstol San Juan).

Lo mismo ocurre, según ella misma narra, en la tercera revelación principal, recibida en 1674: «Una vez entre otras que se hallaba expuesto el Santísimo Sacramento, después de sentirme retirada en mi interior por un recogimiento extraordinario de todos mis sentidos y potencias, Jesucristo, mi amado Dueño, se presentó ante mí todo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas brillantes como cinco soles, y despidiendo de su sagrada humanidad rayos de luz de todas partes, pero sobre todo de su adorable pecho, que parecía un horno encendido. Y habiéndose abierto, me descubrió su amante y amable Corazón, vivo manantial de tales llamas.

«Me explicó entonces las inexplicables maravillas de su puro amor y hasta qué exceso había llegado su amor para con los hombres, de quienes no recibía sino ingratitudes» (J. M. Saenz de Tejada, Vida y obras principales de Santa Margarita Mª de Alacoque, Cor Iesu, Madrid 1977, 23-24).

De hecho, como ya vimos en el nacimiento de la Adoración Nocturna en París, los devotos del Corazón de Jesús han estado siempre entre los más fieles adoradores de Cristo en la Eucaristía. No es, pues, una casualidad que la adoración perpetua muchas veces se dé precisamente en basílicas dedicadas al Sagrado Corazón, como las de Paray-le-Monial, Montmartre en París o Tibidabo en Barcelona. Estos templos, como tantos templos expiatorios, son lugares privilegiados de adoración, de súplica y de reparación. Son, pues, centros directamente dedicados a obtener la Misericordia divina sobre las miserias del mundo.

Por eso, volviendo al tema de las Cuarenta Horas, si todos los cristianos están llamados en tiempos de aflicción a unirse en la oración y en la expiación, si todos han de pedir salvación a Cristo, único Salvador de los hombres, presente en la Eucaristía, es indudable que aquellos fieles especialmente devotos del Corazón de Jesús, con aquellos otros –muchas veces los mismos– especialmente dedicados a adorarle en la Eucaristía, como los miembros de la Adoración Nocturna, son los más llamados a restaurar las Cuarenta Horas en la vida cultual del pueblo cristiano.


El Rosario de la Misericordia divina

Durante los años 1931-1938, nuestro Señor Jesucristo se apareció a la religiosa polaca Santa Faustina Kowalska (1905-1938), encargándole difundir la devoción a la Misericordia divina. En cierto modo pueden considerarse estas apariciones y mensajes como una continuación de los sucesos de gracia ocurridos en Paray-le-Monial a Santa Margarita María de Alacoque.

Sor Faustina, en efecto, contempla a Jesús en la forma tradicional del Sagrado Corazón, de cuyo pecho salen unos rayos de luz. «Estos dos haces –le explica Jesús– representan la sangre y el agua». Y él mismo le enseña unas oraciones para que con ellas se solicite la Misericordia divina sobre los males del mundo. «La humanidad no encontrará paz –le dice– mientras no se dirija con confianza a la misericordia divina».

En la Novena de la Misericordia, que ha de iniciarse el Viernes Santo, el Señor le dice: «Cada día traerás a mi Corazón a un grupo diferente de almas y las introducirás en la inmensidad de mi Misericordia». Todos sucesivamente, a lo largo de los nueve días, han de ser sumergidos en ese Amor misericordioso: pecadores, sacerdotes y religiosos, almas fieles, los incrédulos, los hermanos separados, los humildes y los niños, los que veneran la Misericordia divina, las almas del Purgatorio, los tibios.

En el Rosario de la Misericordia enseña Jesús a Sor Faustina esta hermosa oración, que en este peculiar rosario sustituye al Padrenuestro:

«Padre Eterno, yo te ofrezco el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, como propiciación por nuestros pecados y los del mundo entero».

Y en el lugar de cada Avemaría, se reza diez veces:

«Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero».

En estas oraciones tan sencillas y profundas, tan centradas en la fuerza redentora de la Pasión de Cristo, los fieles aprenden a ejercitar su condición sacerdotal, y ofrecen al Padre el Crucificado, solicitando por su sangre la salvación del mundo. Son, pues, oraciones perfectas que la Iglesia bendice, muy apropiadas para pedir a Dios en tiempos de pruebas la gracia y la paz.

Con ocasión de la canonización de Sor Faustina, el Papa Juan Pablo II dispuso que en adelante el segundo domingo de Pascua se conozca con el nombre de domingo de la Misericordia divina (30-IV-2000).


El Corazón Inmaculado de María

En 1917, pocos años antes de las revelaciones recibidas por Santa Faustina, se aparece en Fátima la santísima Virgen María a Lucía y a los hoy beatos Jacinta y Francisco, tres niños portugueses analfabetos, y a través de ellos entrega a la Iglesia un mensaje tan sencillo como grave. El pecado en el mundo ha crecido de un modo intolerable. Es necesario y es posible combatirlo por medio de la oración y la penitencia. Concretamente, hay que rezar el Rosario todos los días, y es al mismo tiempo necesario consagrar al Corazón Inmaculado de María todas las naciones.

Innumerables fieles, encabezados por todos los Papas del siglo XX, han dado crédito a ese mensaje de la Virgen. De nuevo, esta vez con especial referencia a la Madre de Cristo, busca la Iglesia la paz y la salvación en la gracia de Dios, en el Salvador único de los hombres. Una vez más la Iglesia acude a la oración y a la penitencia para superar situaciones de máxima aflicción. Recordemos que un estudio realizado con ocasión del Gran Jubileo del año 2000 informaba que de los cuarenta millones de mártires en la historia de la Iglesia, casi veintisiete son mártires del siglo XX...

En medio de ese siglo, Pío XII, atendiendo a la voluntad de la Virgen de Fátima, consagra el género humano a su Corazón Inmaculado en 1942:

«En tu Corazón Inmaculado confiamos en esta hora trágica de la historia humana. Te entregamos y consagramos no solo la santa Iglesia, Cuerpo místico de tu Jesús, que pena y sangra en tantas partes, de tantos modos atribulada, sino también a todo el mundo, dilacerado por discordias profundas, abrasado en incendios de odio, víctima de sus propias iniquidades... Como la Iglesia y todo el género humano fueron consagrados al Corazón de tu Jesús [en 1899], así desde hoy te sean perpetuamente consagrados también a ti y a tu Corazón Inmaculado, Madre nuestra y Reina del mundo, para que tu amor y ayuda apresuren el triunfo del Reino de Dios» (31-X-1942).

Juan Pablo II confirma en Fátima esa misma consagración cuarenta años más tarde:

«“Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios”. Abraza con amor de Madre y de Sierva del Señor este mundo humano nuestro que te confiamos y consagramos, llenos de inquietud por la suerte terrena y eterna de los hombres y de los pueblos. “Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios. No desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades”. Corazón Inmaculado de María, ayúdanos a vencer la amenaza del mal» (13-V-1982).