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Doctrina espiritual

Maestros espirituales de la devoción a la Eucaristía

El más grande teólogo de la devoción a la Eucaristía es santo Tomás de Aquino (1224-1274). Según datos históricos exactos, sabemos que santo Tomás era en su comunidad dominica «el primero en levantarse por la noche, e iba a postrarse ante el Santísimo Sacramento. Y cuando tocaban a maitines, antes de que formasen fila los religiosos para ir a coro, se volvía sigilosamente a su celda para que nadie lo notase. El Santísimo Sacramento era su devoción predilecta. Celebraba todos los días, a primera hora de la mañana, y luego oía otra misa o dos, a las que servía con frecuencia» (S. Ramírez, Suma Teológica, BAC 29, 1957,57*).

Él compuso, por encargo del Papa, el maravilloso texto litúrgico del Oficio del Corpus: Pange lingua, Sacris solemniis, Lauda Sion, etc (+Sisto Terán, Santo Tomás, poeta del Santísimo Sacramento, Univ. Católica, Tucumán 1979). La tradición iconográfica suele representarle con el sol de la Eucaristía en el pecho. Un cuadro de Rubens, en el Prado, «la procesión del Santísimo Sacramento», presenta, entre varios santos, a santa Clara con la custodia, y junto a ella a santo Tomás, explicándole el Misterio. Sobre la tumba de éste, en Toulouse, en la iglesia de san Fermín, una estatua le representa teniendo en la mano derecha el Santísimo Sacramento.

Desde el siglo XIII, los grandes maestros espirituales han enseñado siempre la relación profunda que existe entre la Eucaristía -celebrada y adorada- y la configuración progresiva a Jesucristo. Recordaremos sólo a algunos.

Guiard de Laon, el doctor eucarístico, relacionado con Juliana de Mont-Cornillon y el movimiento eucarístico de Lieja, publica hacia 1222 De XII fructibus venerabilis sacramenti. San Buenaventura (+1274) expresa su franciscana devoción eucarística en De sanctissimo corpore Christi, partiendo de los seis grandes símbolos eucarísticos anticipados en el Antiguo Testamento. El franciscano Roger Bacon (+1294), la terciaria franciscana santa Ángela de Foligno (+1309), los dominicos Jean Taulero (+1361) y Enrique Suso (+1365), el canciller de la universidad de París, Jean Gerson (+1429), Dionisio el cartujano, el doctor extático (+1471), se distinguen también por la centralidad de la devoción eucarística en su espiritualidad. La Devotio moderna, tan importante en la espiritualidad de los siglos XIV y XV, es también netamente eucarística. Podemos comprobarlo, por ejemplo, en el libro IV de la Imitación de Cristo, De Sacramento Corporis Christi.

Esta relación de maestros espirituales acentuadamente eucarísticos podría alargarse hasta nuestro tiempo. Pero aquí sólamente haremos mención especial de algunos santos de los últimos siglos.

En el XVI, pocos hacen tanto por difundir entre el pueblo cristiano el amor al Sacramento como san Ignacio de Loyola (1491-1556). En seguida de su conversión, estando en Manresa (1522-1523), en la Misa, «alzándose el Corpus Domini, vio con los ojos interiores... vio con el entendimiento claramente cómo estaba en aquel Santísimo Sacramento Jesucristo nuestro Señor» (Autobiografía, 29).

Recordemos también las visiones que tiene de la divina Trinidad, con tantas lágrimas, en la celebración de la Misa, y «acabando la Misa», al «hacer oración al Corpus Domini», estando en el «lugar del Santísimo Sacramento» (Diario espiritual 34: 6-III-1544).

No es extraño, pues, que san Ignacio fomentara tanto en el pueblo la devoción a la Eucaristía. Así lo hizo, concretamente, con sus paisanos de Azpeitia. En efecto, cuando Paulo III, en 1539, aprueba con Bula la Cofradía del Santísimo Sacramento fundada por el dominico Tomás de Stella en la iglesia dominicana de la Minerva, San Ignacio se apresura a comunicar esta gracia a los de Azpeitia, y en 1540 les escribe: «ofreciéndose una gran obra, que Dios N. S. ha hecho por un fraile dominico, nuestro muy grande amigo y conocido de muchos años, es a saber, en honor y favor del santísimo Sacramento, determiné de consolar y visitar vuestras ánimas in Spiritu Sancto con esa Bula que el señor bachiller [Antonio Araoz] lleva» (VIII/IX-1540). Los jesuitas, fieles a este carisma original, serán después unos de los mayores difusores de la piedad eucarística, por las Congregaciones Marianas y por muchos otros medios, como el Apostolado de la Oración.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582), en el mismo siglo, tiene también una vida espiritual muy centrada en el Santísimo Sacramento. Ella, que tenía especial devoción a la fiesta del Corpus (Vida 30,11), refiere que en medio de sus tentaciones, cansancios y angustias, «algunas veces, y casi de ordinario, al menos lo más continuo, en acabando de comulgar descansaba; y aun algunas, en llegando a el Sacramento, luego a la hora quedaba tan buena, alma y cuerpo, que yo me espanto» (30,14).

Confiesa con frecuencia su asombro enamorado ante la Majestad infinita de Dios, hecha presente en la humildad indecible de una hostia pequeña: «y muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia» (38,19). «Harta misericordia nos hace a todos, que quiere entienda [el alma] que es Él el que está en el Santísimo Sacramento» (Camino Esc. 61,10).

La Eucaristía, para el alma y para el cuerpo, es el pan y la medicina de Teresa: «¿pensáis que no es mantenimiento aun para estos cuerpos este santísimo Manjar, y gran medicina aun para los males corporales? Yo sé que lo es» (Camino Vall. 34,7; +el pan nuestro de cada día: 33-34).

Ella se conmueve ante la palabra inefable del Cantar de los Cantares, «bésame con beso de tu boca» (1,1): «¡Oh Señor mío y Dios mío, y qué palabra ésta, para que la diga un gusano de su Criador!». Pero la ve cumplida asombrosamente en la Eucaristía: «¿Qué nos espanta? ¿No es de admirar más la obra? ¿No nos llegamos al Santísimo Sacramento?» (Conceptos del Amor de Dios 1,10). La comunión eucarística es un abrazo inmenso que nos da el Señor.

Para santa Teresa, fundar un Carmelo es ante todo encender la llama de un nuevo Sagrario. Y esto es lo que más le conforta en sus abrumadores trabajos de fundadora:

«para mí es grandísimo consuelo ver una iglesia más adonde haya Santísimo Sacramento» (Fundaciones 3,10). «Nunca dejé fundación por miedo de trabajo, considerando que en aquella casa se había de alabar al Señor y haber Santísimo Sacramento... No lo advertimos estar Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como está, en el Santísimo Sacramento en muchas partes, grande consuelo nos había de ser» (18,5). Hecha la fundación, la inauguración del Sagrario es su máximo premio y gozo: «fue para mí como estar en una gloria ver poner el Santísimo Sacramento» (36,6).

Por otra parte, Teresa sufre y se angustia a causa de las ofensas inferidas al Sacramento. Nada le duele tanto.

Mucho hemos de rezar y ofrecer para que «no vaya adelante tan grandísimo mal y desacatos como se hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos, deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos» (Camino Perf. Vall. 35,3)... «parece que le quieren ya tornar a echar del mundo» (ib. Esc. 62,63; +58,2).

Pero aún le horrorizan más a Teresa las ofensas a la Eucaristía que proceden de los malos cristianos: «Tengo por cierto habrá muchas personas que se llegan al Santísimo Sacramento -y plega al Señor yo mienta- con pecados mortales graves» (Conceptos Amor de Dios 1,11).

En la España de ese tiempo, la devoción eucarística está ya plenamente arraigada en el pueblo cristiano. San Juan de Ribera (1532-1611), obispo de Valencia, en una carta a los sacerdotes les escribe:

«Oímos con mucho consuelo lo que muchos de vosotros me han escrito, afirmándome que está muy introducida la costumbre de saludarse unas personas a otras diciendo: Alabado sea el Santísimo Sacramento. Esto mismo deseo que se observe en todo nuestro arzobispado» (28-II-1609).

En Francia, en el siglo XVII, las más altas revelaciones privadas que recibió santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación, acerca del Sagrado Corazón se produjeron estando ella en adoración del Santísimo expuesto.

Y como ella misma refiere, esa devoción inmensa a la Eucaristía la tenía ya de joven, antes de entrar religiosa, cuando todavía vivía al servicio de personas que le eran hostiles: «ante el Santísimo Sacramento me encontraba tan absorta que jamás sentía cansancio. Hubiera pasado allí los días enteros con sus noches sin beber, ni comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en su presencia, como un cirio ardiente, para devolverle amor por amor. No me podía quedar en el fondo de la iglesia, y por confusión que sintiese de mí misma, no dejaba de acercarme cuanto pudiera al Santísimo Sacramento» (Autobiografía 13).

De hecho, la devoción al Corazón de Jesús, desde sus mismos inicios, ha sido siempre acentuadamente eucarística, y por causas muy profundas, como subraya el Magisterio (+Pío XII, 1946, Haurietis aquas, 20, 35; Pablo VI, cta. apost. Investigabiles divitias 6-II-1965).

En el siglo siguiente, en el XVIII, podemos recordar la gran devoción eucarística de san Pablo de la Cruz (+1775), el fundador de los Pasionistas. Él, como declara en su Diario espiritual, «deseaba morir mártir, yendo allí donde se niega el adorabilísimo misterio del Santísimo Sacramento» (26-XII-1720). Captaba en la Eucaristía de tal modo la majestad y santidad de Cristo, que apenas le era posible a veces mantenerse en la iglesia:

«decía yo a los ángeles que asisten al adorabilísimo Misterio que me arrojasen fuera de la iglesia, pues yo soy peor que un demonio. Sin embargo, la confianza en mi Esposo sacramentado no se me quita: le decía que se acuerde de lo que me ha dejado en el santo Evangelio, esto es, que no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Diario 5-XII-1720).

En cuanto al siglo XIX, recordemos al santo Cura de Ars (1786-1859). Juan XXIII, en la encíclica Sacerdotii Nostri primordia, de 1959, en el centenario del santo, hace un extenso elogio de esa devoción:

«La oración del Cura de Ars que pasó, digámoslo así, los últimos treinta años de su vida en su iglesia, donde le retenían sus innumerables penitentes, era sobre todo una oración eucarística. Su devoción a nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento, era verdaderamente extraordinaria: Allí está, solía decir» (16).

Otro gran modelo de piedad eucarística en ese mismo siglo es san Antonio María Claret (1807-1870), fundador de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María, los claretianos. En su Autobiografía refiere: cuando era niño, «las funciones que más me gustaban eran las del Santísimo Sacramento» (37). Su iconografía propia le representa a veces con una Hostia en el pecho, como si él fuera una custodia viviente.

Esto es a causa de un prodigio que él mismo refiere en su Autobiografía: el 26 de agosto de 1861, «a las 7 de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales, y tener siempre, día y noche, el Santísimo Sacramento en el pecho» (694). Gracia singularísima, de la que él mismo no estaba seguro, hasta que el mismo Cristo se la confirma el 16 de mayo de 1862, de madrugada: «en la Misa, me ha dicho Jesucristo que me había concedido esta gracia de permanecer en mi interior sacramentalmente» (700). El Señor, por otra parte, le hace ver que una de las devociones fundamentales para atajar los males que amenazan a España es la devoción al Santísimo Sacramento (695).

Frutos de la piedad eucarística

El desarrollo de la piedad eucarística ha producido en la Iglesia inmensos frutos espirituales. Los ha producido en la vida interior y mística de todos los santos; por citar algunos: Juan de Ávila, Teresa, Ignacio, Pascual Bailón, María de la Encarnación, Margarita María, Pablo de la Cruz, Eymard, Micaela, Antonio María Claret, Foucauld, Teresa de Calcuta, etc. Ellos, con todo el pueblo cristiano, contemplando a Jesús en la Eucaristía, han experimentado qué verdad es lo que dice la Escritura: «contemplad al Señor y quedaréis radiantes» (Sal 33,6).

Pero la devoción eucarística ha producido también otros maravillosos frutos, que se dan en la suscitación de vocaciones sacerdotales y religiosas, en la educación cristiana de los niños, en la piedad de los laicos y de las familias, en la promoción de obras apostólicas o asistenciales, y en todos los otros campos de la vida cristiana. Es, pues, una espiritualidad de inmensa fecundidad. «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20).

Hoy, por ejemplo, en Francia, los movimientos laicales con más vitalidad, y aquellos que más vocaciones sacerdotales y religiosas suscitan, como Emmanuel, se caracterizan por su profunda piedad eucarística.

En las Comunidades de las Bienaventuranzas, concretamente, compuestas en su mayor parte por laicos, se practica la adoración continua todo el día. Iniciadas hacia 1975, reunen hoy unos 1.200 miembros en unas 70 comunidades, que están distribuidas por todo el mundo. Y recordemos también la Orden de los laicos consagrados (Angot, Las casas de adoración).

¿Deficiencias en la piedad eucarística?

La sagrada Eucaristía es en la Iglesia el misterio más grandioso, es el misterio por excelencia: mysterium fidei. Excede absolutamente la capacidad intelectual de los teólogos, que balbucean cuando intentan explicaciones conceptuales. Y también es inefable para los más altos místicos, que se abisman en su luz transformante.

No es, pues, extraño que, al paso de los siglos, las devociones eucarísticas hayan incurrido a veces en acentuaciones o visiones parciales, que no alcanzan a abarcar armoniosamente toda la plenitud del misterio. No se trata en esto de errores doctrinales, pero sí de costumbres piadosas que expresan y que inducen acentuaciones excesivamente parciales del misterio inmenso de la Eucaristía. Escribe acerca de esto Pere Tena:

«"El Espíritu de verdad os guiará hasta la verdad completa" (Jn 16,13)... Desde la primitiva comunidad de Jerusalén, que partía el pan por las casas y tomaba alimento con alegría y simplicidad de corazón (Hch 2,46), hasta la solemne misa conclusiva de un Congreso Eucarístico internacional, pasando por las asambleas dominicales de las parroquias y por las prolongadas adoraciones eucarísticas de las comunidades religiosas especialmente dedicadas a ello, la realidad de la Eucaristía se ha visto constantemente profundizada, y continúa siendo fuente renovada de vigor cristiano.

«Esto no significa que en todo momento haya habido, o haya en la actualidad incluso, una armonía perfecta de los diversos aspectos (...) Un aspecto legítimo de la Eucaristía puede, en determinadas circunstancias espirituales, adquirir tal intensidad y tal valoración unilateral, que llegue casi a relegar a un segundo plano los aspectos más fundamentales y fontales del misterio. Pero estas desviaciones de atención no niegan el valor de acentuación que tal aspecto concreto representa para la comprensión de la Eucaristía, ni pueden ser relegados al olvido tales aspectos en la práctica histórica de la comunidad eclesial, una vez han entrado a formar parte del patrimonio de las expresiones de la fe cristiana» (205-206).

Es una trampa dialéctica, en la que ciertamente no pensamos caer, decir: «cuanto más se centren los fieles en el Sacramento, menos valorarán el Sacrificio»; «cuanto más capten la presencia de Cristo en la Eucaristía, menos lo verán en la Palabra divina o en los pobres»; etc. Un san Luis María Grignion de Montfort, por ejemplo, ya conoció ampliamente este tipo de falsas contraposiciones -«a mayor devoción a María, menos devoción a Jesús»-, y las refutó con gran fuerza.

No. En la teoría y también en la práctica, es decir, de suyo y en la inmensa mayoría de los casos, «a más amor a la Virgen, más amor a Cristo», «donde hay mayor devoción al Sacramento, hay más y mejor participación en el Sacrificio», «a más captación de la presencia de Cristo en la Eucaristía, mayor facilidad para reconocerlo en la Palabra divina o en los pobres».

¿Cómo puede contraponerse en serio, concretamente, devoción a Cristo en la Eucaristía y devoción servicial a los pobres? ¿Qué dirían de tal aberración Micaela del Santísimo Sacramento, Charles de Foucauld o Teresa de Calcuta?... Son trampas dialécticas sin fundamento alguno doctrinal o práctico. Pablo VI, por el contrario, afirma que «el culto de la divina Eucaristía mueve muy fuertemente el ánimo a cultivar el amor social», y explica cómo y por qué (Mysterium fidei 38).

Siempre se ha entendido así. El artículo 15 de los Estatutos de la Compañía del Santísimo Sacramento, fundada en Francia el 1630, dispone que «el objeto de la caridad de los hermanos serán los hospitales, prisiones, enfermos, pobres vergonzantes, todos aquellos que están necesitados de ayuda», etc. (DSp II/2, 1302).

El venerable Alberto Capellán (1888-1965), labrador, padre de ocho hijos, miembro de la Adoración Nocturna, en la que pasa 660 noches ante el Santísimo, escribe: «Dios me encomendó la misión de recoger a los pobres por la noche». Hace un refugio, y desde 1928 hasta su muerte acoge a pobres y les atiende personalmente (G. Capellán, La lucha que hace grande al hombre. El venerable Alberto Capellán Zuazo, c/ Ob. Fidel 1, 26004 Logroño, 1998).

La madre Teresa de Calcuta refiere en una ocasión: «En el Capítulo General que tuvimos en 1973, las hermanas [Misioneras de la Caridad] pidieron que la Adoración al Santísimo, que teníamos una vez por semana, pasáramos a tenerla cada día, a pesar del enorme trabajo que pesaba sobre ellas. Esta intensidad de oración ante el Santísimo ha aportado un gran cambio en nuestra Congregación. Hemos experimentado que nuestro amor por Jesús es más grande, nuestro amor de unas por otras es más comprensivo, nuestro amor por los pobres es más compasivo y nosotras tenemos el doble de vocaciones» («Reino de Cristo» I-1987).

Ahora bien, ¿significa todo eso que la devoción eucarística, al paso de los siglos, de hecho, no ha sufrido deficiencias o desviaciones? Por supuesto que las ha sufrido, y muchas, como todas las instituciones de la Iglesia. Pero ¿el monacato, la educación católica, las misiones, la misma celebración de la Misa, el clero diocesano, la familia cristiana, no han sufrido deficiencias y desviaciones muy graves en el curso de los siglos? «El que de vosotros esté sin pecado, arroje la piedra el primero» contra la piedad eucarística (Jn 8,7).

El monacato, por ejemplo, ha conocido en su historia desviaciones o deficiencias muy considerables. En la historia del monacato ha habido ascetismos asilvestrados, vagancias ignorantes, erudiciones sin virtud, semipelagianismos furibundos, condenaciones maniqueas de la vida seglar, romanticismos del claustro y del desierto, etc. Pero no por eso dejamos de considerar la vida monástica como una forma maravillosa de realizar el Evangelio. Nada nos cuesta admitir que en esa forma de vida admirable han florecido santos de entre los más grandes de la Iglesia. Y no se nos ocurre decir de la vida monástica lo que alguno ha dicho de la piedad eucarística: que «aunque legítima, está fundada en una visión parcial del misterio» cristiano, por lo que «está expuesta a tambalearse por sí sola, si se pone en contraste con formas de vida cristiana más plenas», sobre todo cuando «se funda más en el sentimiento que en la razón». Por el contrario, nosotros decimos simplemente y con toda sinceridad que la vida monástica -aunque no ignoramos sus diversas deficiencias históricas- es una de las maneras más bellas y santificantes de vivir el Evangelio.

Hubo deficiencias

Pues bien, es evidente que en la historia de la devoción eucarística, según tiempos y lugares, se han dado desviaciones, acentuaciones excesivamente unilaterales, incluso errores y abusos, unas veces en las exposiciones doctrinales, otras en las costumbres prácticas. Y por eso ahora, al tratar aquí de la espiritualidad eucarística, es necesario que señalemos esas deficiencias, al menos las que estimamos más importantes.

En efecto, una acentuación parcial de la Presencia real eucarística ha llevado en ocasiones a devaluar otras modalidades de la presencia de Cristo en la Iglesia: en la Palabra, por ejemplo, o en los pobres o en la misma inhabitación.

Otras veces la devoción centrada en la Presencia real ha dejado en segundo plano aspectos fundamentales de la Eucaristía, entendida ésta, por ejemplo, como memorial de la pasión y de la resurrección de Cristo, como actualización del sacrificio de la redención, como signo y causa de la unidad de la Iglesia, etc.

Los fieles, entonces, más o menos conscientemente, consideran que la Misa se celebra ante todo y principalmente para conseguir esa presencia real de Jesucristo. Olvidando en buena medida que la Misa es ante todo el memorial del Sacrificio de la redención, «la Eucaristía se ha transformado en una epifanía, la venida del Señor, que aparece entre los hombres y les distribuye sus gracias. Y los hombres se han reunido en torno al altar para participar de estas gracias» (Jungmann I,157).

En esta perspectiva, no se relaciona adecuadamente la presencia real de Cristo y la celebración del sacrificio eucarístico, de donde tal presencia se deriva.

No siempre se ha entendido tampoco, como se entendía en la antigüedad, que la reserva de la Eucaristía se realiza principalmente para hacer posible fuera de la Misa la comunión de enfermos y ausentes.

Esto ha dado lugar, en ocasiones, a una multiplicación inconveniente de sagrarios en una misma casa, orientando así la reserva casi exclusivamente a la devoción.

En algunos tiempos y lugares la veneración a la Presencia real se ha estimado en forma tan prevalente que las Misas más solemnes se celebran ante el Santísimo expuesto (+Jungmann I,164).

Con relativa frecuencia, por otra parte, la solemnización sensible de la presencia real de Cristo en el Sacramento -cantos, órgano, número de cirios encendidos, uso del incienso- ha sido notablemente superior a la empleada en la celebración misma del Sacrificio.

Y a veces, en lugar de exponer la sagrada Hostia sobre el altar, según la tradición primera, que expresa bien la unidad entre Sacrificio y Sacramento, se ha expuesto el Santísimo en ostensorios monumentales, muy distantes del altar y mucho más altos que éste.

Deficiencias del lenguaje piadoso

Otra cuestión, especialmente delicada, es la del lenguaje de la devoción a la Eucaristía. También aquí ha habido deficiencias considerables, sobre todo en la época barroca.

«¡Oh, Jesús Sacramentado, divino prisionero del Sagrario! Acudimos a Vos, que en el trono del sagrario te dignas recibir el rendimiento de nuestra pleitesía», etc.

No debemos ironizar, sin embargo, sobre estas efusiones eucarísticas piadosas, tan frecuentes en los libros de Visitas al Santísimo y de Horas santas. Son perfectamente legítimas, desde el punto de vista teológico. Merecen nuestro respeto y nuestro afecto. Han sido empleadas por muchos santos. Han servido para alimentar en innumerables cristianos un amor verdaderamente profundo a Jesucristo en la Eucaristía. Y más que expresiones inexactas, son simplemente obsoletas.

Por lo demás, los cristianos de hoy, en lo referente a la devoción eucarística, no estamos en condiciones de mirar por encima del hombro a nuestros antepasados. Al atardecer de nuestra vida, vamos a ser juzgados en el amor, más bien que por la calidad estética y teológica de nuestras fórmulas verbales o de nuestros signos expresivos.

Pero tampoco debemos ignorar que, no pocas veces hoy, la sensibilidad de los cristianos, por grande que sea su amor a la Eucaristía, suele encontrarse muy distante de esas expresiones de piedad. Hoy, quizá, el sentimiento religioso, al menos en ciertas cuestiones, está bastante más próximo a la Antigüedad patrística y a la Edad Media o al Renacimiento, que al Barroco o al Romanticismo. También en las devociones eucarísticas.

Recordemos, por ejemplo, la ternura tan elegante de la devoción franciscana hacia el Misterio eucarístico. Recordemos el temple bíblico y litúrgico, así como la profundidad teológica y la altura mística de las oraciones eucarísticas de santo Tomás o de santa Catalina de Siena... Por eso, entre los autores del siglo XX, las expresiones devocionales de mayor calidad teológica y estética hacia la Eucaristía las hallamos justamente en aquellos autores, como los benedictinos Dom Marmion o Dom Vonier, que están más vinculados a la inspiración bíblica y litúrgica, y a la tradición teológica y mística de la Edad Media.

Deficiencias históricas

Pero, volviendo a la cuestión central, todas éstas son deficiencias históricas -que en seguida veremos corregidas por la renovación litúrgica moderna-, y en modo alguno nos llevan a pensar que la piedad eucarística es en sí misma deficiente. Alguno, sin embargo, arrogándose la representación del movimiento litúrgico, se expresa como si lo fuera:

«El movimiento litúrgico ha reconocido que [la piedad eucarística] se trata de una piedad legítima, fundada empero en una visión parcial del misterio de la eucaristía; por esto mismo dicha piedad está expuesta por sí sola a tambalearse cuando se la contrasta con cualquier forma de espiritualidad que ofrezca una visión completa del misterio de Cristo, del mismo modo que están expuestas a perder actualidad otras devociones que tengan una visión parcial de la historia de la salvación, sobre todo las que se fundan más en el sentimiento que en la razón [sic; querrá decir que en la fe]» (subrayados nuestros).

¿Cómo se puede decir que la devoción eucarística, la devoción predilecta de Francisco y Clara, de Tomás e Ignacio, de Margarita María, de Antonio María, de Foucauld o de Teresa de Calcuta, la mil veces aprobada y recomendada por el Magisterio apostólico, la piedad tan hondamente vivida por el pueblo cristiano en los últimos ocho siglos, está fundada en una visión parcial del misterio de la fe, se apoya más en el sentimiento que en la fe, y en sí misma se tambalea? Y por otra parte, ¿qué fin cauteloso se pretende al declarar legítima una devoción que se juzga de tan mala calidad?

Renovación actual de la piedad eucarística

El movimiento litúrgico y el Magisterio apostólico, por obra como siempre del Espíritu Santo, al profundizar más y más en la realidad misteriosa de la Eucaristía, han renovado maravillosamente la doctrina y la disciplina del culto eucarístico.

Por lo que al Magisterio se refiere, los documentos más importantes sobre el tema han sido la encíclica de Pío XII Mediator Dei (1947), la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (1963), la encíclica de Pablo VI Mysterium fidei (1965), muy especialmente la instrucción Eucharisticum mysterium (1967) y el Ritual para la sagrada comunión y el culto a la Eucaristía fuera de la Misa, publicado en castellano en 1974. Y la exhortación apostólica de Juan Pablo II, Dominicæ Cenæ (1980). La devoción y el culto a la Eucaristía, en fin, es recomendada a todos los fieles en el Catecismo de la Iglesia Católica (1992: 1378-1381).

Diversas modalidades de la presencia de Cristo en su Iglesia

El concilio Vaticano II, en su constitución sobre la liturgia, Sacrosanctum Concilium, da una enseñanza de suma importancia para la espiritualidad cristiana:

«Cristo está siempre presente a su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, "ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz" [Trento], sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza [S. Agustín]. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20)» (7).

Pablo VI, en su encíclica Mysterium fidei, hace una enumeración semejante de los modos de la presencia de Cristo, añadiendo: está presente a su Iglesia«que ejerce las obras de misericordia», a su Iglesia «que predica», «que rige y gobierna al pueblo de Dios» (19-20). Y finalmente dice:

«Pero es muy distinto el modo, verdaderamente sublime, con el que Cristo está presente a su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía... Tal presencia se llama real no por exclusión, como si las otras no fueran reales, sino por antonomasia, porque es también corporal y sustancial, ya que por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro» (21-22; +Ritual 6).

Y aún se podría hablar de otros modos reales de la presencia. La inhabitación de Cristo en el justo que le ama es real, según Él mismo lo dice: «si alguno me ama... vendremos a él, y en él haremos morada» (Jn 14,23).

En cuanto a la presencia de Cristo en los pobres, fácilmente se aprecia que es de otro orden. Tanto les ama, que nos dice: «lo que les hagáis, a mí me lo hacéis» (+Mt 25,34-46). En un pobre, sin embargo, que no ama a Cristo, no se da, sin duda, esa presencia real de inhabitación.

Pues bien, la configuración de una espiritualidad cristiana concreta se deriva principalmente de su modo de captar las diversas maneras de la presencia de Cristo. Desde luego, toda espiritualidad cristiana ha de creer y ha de vivir con verdadera devoción todos los modos de la presencia de Cristo. Pero es evidente que cada espiritualidad concreta tiene su estilo propio en la captación de esas presencias. Hay espiritualidades más o menos sensibles a la presencia de Cristo en la Escritura, en la Eucaristía, en la inhabitación, en los sacramentos, en los pobres, etc. Ahora bien, si la presencia de Cristo por antonomasia está en la Eucaristía, toda espiritualidad cristiana, con uno u otro acento, deberá poner en ella el centro de su devoción.

El fundamento primero de la adoración

La Iglesia cree y confiesa que «en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles» (Trento 1551: Dz 874/1636).

La divina Presencia real del Señor, éste es el fundamento primero de la devoción y del culto al Santísimo Sacramento. Ahí está Cristo, el Señor, Dios y hombre verdadero, mereciendo absolutamente nuestra adoración y suscitándola por la acción del Espíritu Santo. No está, pues, fundada la piedad eucarística en un puro sentimiento, sino precisamente en la fe. Otras devociones, quizá, suelen llevar en su ejercicio una mayor estimulación de los sentidos -por ejemplo, el servicio de caridad a los pobres-; pero la devoción eucarística, precisamente ella, se fundamenta muy exclusivamente en la fe, en la pura fe sobre el Mysterium fidei («præstet fides supplementum sensuum defectui»: que la fe conforte la debilidad del sentido; Pange lingua).

Por tanto, «este culto de adoración se apoya en una razón seria y sólida, ya que la Eucaristía es a la vez sacrificio y sacramento, y se distingue de los demás en que no sólo comunica la gracia, sino que encierra de un modo estable al mismo Autor de ella.

«Cuando la Iglesia nos manda adorar a Cristo, escondido bajo los velos eucarísticos, y pedirle los dones espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad» (Mediator Dei 164).

El culto eucarístico, ordenado a los cuatro fines del santo Sacrificio, es culto dirigido al glorioso Hijo encarnado, que vive y reina con el Padre, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Es, pues, un culto que presta a la santísima Trinidad la adoración que se le debe (+Dominicæ Cenæ 3).

Sacrificio y Sacramento

Puede decirse que «para ordenar y promover rectamente la piedad hacia el santísimo sacramento de la Eucaristía [lo más importante] es considerar el misterio eucarístico en toda su amplitud, tanto en la celebración de la Misa, como en el culto a las sagradas especies» (Ritual 4).

Juan Pablo II insiste en este aspecto: «No es lícito ni en el pensamiento, ni en la vida, ni en la acción quitar a este Sacramento, verdaderamente santísimo, su dimensión plena y su significado esencial. Es al mismo tiempo Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión, Sacramento-Presencia» (Redemptor hominis 20).

Ya Pío XII orienta en esta misma dirección su doctrina sobre la devoción eucarística (cf. Discurso al Congreso internacional de pastoral litúrgica, de Asís (A.A.S. 48, 1956, 771-725).

Esta doctrina ha sido central, concretamente, en la disciplina renovada del culto a la Eucaristía.

«Los fieles, cuando veneran a Cristo presente en el Sacramento, recuerden que esta presencia proviene del Sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión sacramental y espiritual» (Ritual 80).

Lógicamente, pues, «se prohibe la celebración de la Misa durante el tiempo en que está expuesto el santísimo Sacramento en la misma nave de la iglesia» (ib. 83).

Esa íntima unión entre Sacrificio y Sacramento se expresa, por ejemplo, en el hecho de que, al final de la exposición, el ministro «tomando la custodia o el copón, hace en silencio la señal de la Cruz sobre el pueblo» (ib. 99). El Corpus Christi de la custodia es el mismo cuerpo ofrecido por nosotros en el sacrificio de la redención: el mismo cuerpo que ahora está resucitado y glorioso.

Devoción eucarística y comunión

La presencia eucarística de Cristo siempre «se ordena a la comunión sacramental y espiritual» (Ritual 80). En efecto, la Eucaristía como sacramento está intrínsecamente orientada hacia la comunión. Las mismas palabras de Cristo lo hacen entender así: «tomad, comed, esto es mi cuerpo, entregado por vosotros». Consiguientemente, la finalidad primera de la reserva es hacer posible, principalmente a los enfermos, la comunión fuera de la Misa. En el sagrario. como en la Misa, Cristo sigue siendo «el Pan vivo bajado del cielo».

En efecto, «el fin primero y primordial de la reserva de las sagradas especies fuera de la misa es la administración del Viático; los fines secundarios son la distribución de la comunión y la adoración de Nuestro Señor Jesucristo, presente en el Sacramento. Pues la reserva de las especies sagradas para los enfermos ha introducido la laudable costumbre de adorar este manjar del cielo conservado en las iglesias» (Ritual 5).

Según eso, en la Eucaristía, Cristo está dándose, está entregándose como pan vivo que el Padre celestial da a los hombres. Y sólo podemos recibirlo en la fe y en el amor. Así es como, ante el sagrario, nos unimos a Él en comunión espiritual. En la adoración eucarística Él se entrega a nosotros y nosotros nos entregamos a Él. Y en la medida en que nos damos a Él, nos damos también a los hermanos.

«En la sagrada Eucaristía -dice el Vaticano II- se contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia, es decir, el mismo Cristo, nuestra Pascua y Pan vivo, que, mediante su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, invitándolos así y estimulándolos a ofrecer sus trabajos, la creación entera y a sí mismos en unión con él» (Presbiterorum ordinis 5).

La adoración eucarística, por tanto, ha de tener siempre forma de comunión espiritual. Y según eso, «acuérdense [los fieles] de prolongar por medio de la oración ante Cristo, el Señor, presente en el Sacramento, la unión con él conseguida en la Comunión, y renovar la alianza que les impulsa a mantener en sus costumbres y en su vida la que han recibido en la celebración eucarística por la fe y el Sacramento» (Ritual 81).

Adoración eucarística y vida espiritual

La piedad eucarística ha de marcar y configurar todas las dimensiones de la vida espiritual cristiana. Y esto ha de vivirse tanto en la devoción más interior como en la misma vida exterior.

En lo interior. «La piedad que impulsa a los fieles a adorar a la santa Eucaristía los lleva a participar más plenamente en el Misterio pascual y a responder con agradecimiento al don de aquel que, por medio de su humanidad, infunde continuamente la vida en los miembros de su Cuerpo. Permaneciendo ante Cristo, el Señor, disfrutan de su trato íntimo, le abren su corazón por sí mismos y por todos los suyos, y ruegan por la paz y la salvación del mundo. Ofreciendo con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo, sacan de este trato admirable un aumento de su fe, su esperanza y su caridad. Así fomentan las disposiciones debidas que les permiten celebrar con la devoción conveniente el Memorial del Señor y recibir frecuentemente el pan que nos ha dado el Padre» (Ritual 80).

Disfrutan del trato íntimo del Señor. Efectivamente, éste es uno de los aspectos más preciosos de la devoción eucarística, uno de los más acentuados por los santos y los maestros espirituales, que a veces citan al respecto aquello del Apocalipsis: «mira que estoy a la puerta y llamo -dice el Señor-; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él, cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).

En lo exterior, igualmente, toda la vida ordinaria de los adoradores debe estar sellada por el espíritu de la Eucaristía. «Procurarán, pues, que su vida discurra con alegría en la fortaleza de este alimento del cielo, participando en la muerte y resurrección del Señor. Así cada uno procure hacer buenas obras, agradar a Dios, trabajando por impregnar al mundo del espíritu cristiano, y también proponiéndose llegar a ser testigo de Cristo en todo momento en medio de la sociedad humana» (Ritual 81; +Dominicæ Coenæ 7).

Adoración y ofrenda personal

Adorando a Cristo en la Eucaristía, hagamos de nuestra vida «una ofrenda permanente». Los fines del Sacrificio eucarístico, como es sabido, son principalmente cuatro: adoración de Dios, acción de gracias, expiación e impetración (Trento: Dz 940. 950/1743. 1753; +Mediator Dei 90-93). Pues bien, esos mismos fines de la Misa han de ser pretendidos igualmente en el culto eucarístico. Por él, como antes nos ha dicho el Ritual, los adoradores han de «ofrecer con Cristo toda su vida al Padre en el Espíritu Santo» (80). Pío XII lo explica bien:

«Aquello del Apóstol, "habéis de tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús" (Flp 2,5), exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí mismos, en cuanto al hombre es posible, aquel sentimiento que tenía el divino Redentor cuando se ofrecía en sacrificio; es decir, que imiten su humildad y eleven a la suma Majestad divina la adoración, el honor, la alabanza y la acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la condición de víctima, abnegándose a sí mismos según los preceptos del Evangelio, entregándose voluntaria y gustosamente a la penitencia, detestando y expiando cada uno sus propios pecados. Exige, en fin, que nos ofrezcamos a la muerte mística en la cruz, juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como san Pablo: "estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo" (Gál 2,19)» (Mediator Dei 101).

Adoración y súplica

En el Evangelio vemos muchas veces que quienes se acercan a Cristo, reconociendo en él al Salvador de los hombres, se postran primero en adoración, y con la más humilde actitud, piden gracias para sí mismos o para otros.

La mujer cananea, por ejemplo, «acercándose [a Jesús], se postró ante él, diciendo: ¡Señor, ayúdame!» (Mt 15,25). Y obtuvo la gracia pedida.

Los adoradores cristianos, con absoluta fe y confianza, piden al Salvador, presente en la Eucaristía, por sí mismos, por el mundo, por la Iglesia. En la presencia real del Señor de la gloria, le confían sus peticiones, sabiendo con certeza que «tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo. Él es la víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1Jn 2,1-2).

En efecto, Jesús-Hostia es Jesús-Mediador. «Hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a Sí mismo como rescate por todos» (1Tim 2,5-6). Su Sacerdocio es eterno, y por eso «es perfecto su poder de salvar a los que por Él se acercan a Dios, y vive siempre para interceder por ellos» (Heb 7,24-25).

Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía

Al finalizar su estudio sobre La presencia real de Cristo en la Eucaristía, José Antonio Sayés escribe:

«La adoración, la alabanza y la acción de gracias están presentes sin duda en la trama misma de la "acción de gracias" que es la celebración eucarística y que en ella dirigimos al Padre por la mediación del sacrificio de su Hijo.

«Pero la adoración, que es el sentimiento profundo y desinteresado de reconocimiento y acción de gracias de toda criatura respecto de su Creador, quiere expresarse como tal y alabar y honrar a Dios no sólo porque en la celebración eucarística participamos y hacemos nuestro el sacrificio de Cristo como culmen de toda la historia de salvación, sino por el simple hecho de que Dios está presente en el sacramento...

«Por otra parte, hemos de pensar que la Encarnación merece por sí sola ser reconocida con la contemplación de la gloria del Unigénito que procede del Padre (Jn 1,14)... La conciencia viva de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, prolongación sacramental de la Encarnación, ha permitido a la Iglesia seguir siendo fiel al misterio de la Encarnación en todas sus implicaciones y al misterio de la mediación salvífica del cuerpo de Cristo, por el que se asegura el realismo de nuestra participación sacramental en su sacrificio, se consuma la unidad de la Iglesia y se participa ya desde ahora en la gloria futura» (312-313).

Adoremos, pues, al mismo Cristo en el misterio de su máximo Sacramento. Adorémosle de todo corazón, en oración solitaria o en reuniones comunitarias, privada o públicamente, en formas simples o con toda solemnidad.

-Adoremos a Cristo en el Sacrificio y en el Sacramento. La adoración eucarística fuera de la Misa ha de ser, en efecto, preparación y prolongación de la adoración de Cristo en la misma celebración de la Eucaristía. Con razón hace notar Pere Tena:

«La adoración eucarística ha nacido en la celebración, aunque se haya desarrollado fuera de ella. Si se pierde el sentido de adoración en el interior de la celebración, difícilmente se encontrará justificación para pomoverla fuera de ella... Quizá esta consideración pueda ser interesante para revisar las celebraciones en las que los signos de referencia a una realidad transcendente casi se esfuman» (212).

-Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía: exaltemos al humillado. Es un deber glorioso e indiscutible, que los fieles cristianos -cumpliendo la profecía del mismo Cristo- realizamos bajo la acción del Espíritu Santo: «él [el Espíritu Santo] me glorificará» (Jn 16,14).

En ocasión muy solemne, en el Credo del Pueblo de Dios, declara Pablo VI: «la única e indivisible existencia de Cristo, Señor glorioso en los cielos, no se multiplica, pero por el Sacramento se hace presente en los varios lugares del orbe de la tierra, donde se realiza el sacrificio eucarístico. La misma existencia, después de celebrado el sacrificio, permanece presente en el Santísimo Sacramento, el cual, en el tabernáculo del altar, es como el corazón vivo de nuestros templos. Por lo cual estamos obligados, por obligación ciertamente gratísima, a honrar y adorar en la Hostia Santa que nuestros ojos ven, al mismo Verbo encarnado que ellos no pueden ver, y que, sin embargo, se ha hecho presente delante de nosotros sin haber dejado los cielos» (n. 26).

-Adorando a Cristo en la Eucaristía, bendigamos a la Santísima Trinidad, como lo hacía el venerable Manuel González:

«Padre eterno, bendita sea la hora en que los labios de vuestro Hijo Unigénito se abrieron en la tierra para dejar salir estas palabras: "sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo". Padre, Hijo y Espíritu Santo, benditos seáis por cada uno de los segundos que está con nosotros el Corazón de Jesús en cada uno de los Sagrarios de la tierra. Bendito, bendito Emmanuel» (Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario, 37).

-Adoremos a Cristo en exposiciones breves o prolongadas. Respecto a las exposiciones más prolongadas, por ejemplo, las de Cuarenta Horas, el Ritual litúrgico de la Eucaristía dispone:

«en las iglesias en que se reserva habitualmente la Eucaristía, se recomienda cada año una exposición solemne del santísimo Sacramento, prolongada durante algún tiempo, aunque no sea estrictamente continuado, a fin de que la comunidad local pueda meditar y orar más intensamente este misterio. Pero esta exposición, con el consentimiento del Ordinario del lugar, se hará sólamente si se prevé una asistencia conveniente de fieles» (86).

«Póngase el copón o la custodia sobre la mesa del altar. Pero si la exposición se alarga durante un tiempo prolongado, y se hace con la custodia, se puede utilizar el trono o expositorio, situado en un lugar más elevado; pero evítese que esté demasiado alto y distante» (93).

Ante el Santísimo expuesto, el ministro y el acólito permanecen arrodillados, concretamente durante la incensión (97). Y lo mismo, se entiende, el pueblo. Es el mismo arrodillamiento que, siguiendo muy larga tradición, viene prescrito por la Ordenación general del Misal Romano «durante la consagración» de la Eucaristía (21). Y recuérdese en esto que «la postura uniforme es un signo de comunidad y unidad de la asamblea, ya que expresa y fomenta al mismo tiempo la unanimidad de todos los participantes» (20).

-Adoremos a Cristo con cantos y lecturas, con preces y silencio. «Durante la exposición, las preces, cantos y lecturas deben organizarse de manera que los fieles atentos a la oración se dediquen a Cristo, el Señor».

«Para alimentar la oración íntima, háganse lecturas de la sagrada Escritura con homilía o breves exhortaciones, que lleven a una mayor estima del misterio eucarístico. Conviene también que los fieles respondan con cantos a la palabra de Dios. En momentos oportunos, debe guardarse un silencio sagrado» (Ritual 95; +89).

-Adoremos a Cristo, rezando la Liturgia de las Horas. «Ante el santísimo Sacramento, expuesto durante un tiempo prolongado, puede celebrarse también alguna parte de la Liturgia de las horas, especialmente las Horas principales [laudes y vísperas].

«Por su medio, las alabanzas y acciones de gracias que se tributan a Dios en la celebración de la Eucaristía, se amplían a las diferentes horas del día, y las súplicas de la Iglesia se dirigen a Cristo y por él al Padre en nombre de todo el mundo» (Ritual 96). Las Horas litúrgicas, en efecto, están dispuestas precisamente para «extender a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias, así como el recuerdo de los misterios de la salvación, las súplicas y el gusto anticipado de la gloria celeste, que se nos ofrecen en el misterio eucarístico, "centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana" (CD 30)» (Ordenación general de la Liturgia de las Horas 12).

-Adoremos a Cristo, haciendo «visitas al Santísimo». En efecto, como dice Pío XII, «las piadosas y aún cotidianas visitas a los divinos sagrarios», con otros modos de piedad eucarística,

«han contribuido de modo admirable a la fe y a la vida sobrenatural de la Iglesia militante en la tierra, que de esta manera se hace eco, en cierto modo, de la triunfante, que perpetuamente entona el himno de alabanza a Dios y al Cordero "que ha sido sacrificado" (Ap 5,12; +7,10). Por eso la Iglesia no sólo ha aprobado esos piadosos ejercicios, propagados por toda la tierra en el transcurso de los siglos, sino que los ha recomendado con su autoridad. Ellos proceden de la sagrada liturgia, y son tales que, si se practican con el debido decoro, fe y piedad, en gran manera ayudan, sin duda alguna, a vivir la vida litúrgica» (Mediator Dei 165-166).

Sagrarios dignos en iglesias abiertas

Procuremos tener sagrarios dignos en iglesias abiertas, para que pueda llevarse a la práctica esa adoración eucarística de los fieles. Así pues, «cuiden los pastores de que las iglesias y oratorios públicos en que se guarda la santísima Eucaristía estén abiertas diariamente durante varias horas en el tiempo más oportuno del día, para que los fieles puedan fácilmente orar ante el santísimo Sacramento» (Ritual 8; +Código 937). «El lugar en que se guarda la santísima Eucaristía sea verdaderamente destacado. Conviene que sea igualmente apto para la adoración y oración privada» (Ritual 9).

«Según la costumbre tradicional, arda continuamente junto al sagrario una lámpara de aceite o de cera, como signo de honor al Señor» (Ritual 11; puede ser eléctrica, pero no común: Código 940).

En cada iglesia u oratorio haya «un solo sagrario» (Código 938,1). Y en los conventos o casas de espiritualidad el sagrario esté «sólo en la iglesia o en el oratorio principal anejo a la casa; pero el Ordinario, por causa justa, puede permitir que se reserve también en otro oratorio de la misma casa» (ib. 937).

Devoción eucarística y esperanza escatológica

Adoremos a Cristo en la Eucaristía, como prenda y anticipo de la vida celeste. La celebración eucarística es «fuente de la vida de la Iglesia y prenda de la gloria futura» (Vat.II: UR 15a). Por eso el culto eucarístico tiene como gracia propia mantener al cristiano en una continua tensión escatológica.

Ante el sagrario o la custodia, en la más preciosa esperanza teologal, el discípulo de Cristo permanece día a día ante Aquél que es la puerta del cielo: «yo soy la puerta; el que por mí entrare, se salvará» (Jn 10,9).

Ante el sagrario, ante la custodia, el discípulo persevera un día y otro ante Aquél «que es, que era, que vendrá» (Ap 1,4.8). El Cristo que vino en la encarnación; que viene en la Eucaristía, en la inhabitación, en la gracia; que vendrá glorioso al final de los tiempos.

No olvidemos, en efecto, que en la Eucaristía el que vino -«quédate con nosotros» (Lc 24,29)- viene a nosotros en la fe, «mientras esperamos la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo». Así lo confesamos diariamente en la Misa. Como hace notar Tena, «la presencia del Señor entre nosotros no puede ser más que en la perspectiva del futuræ gloriæ pignus [prenda de la futura gloria]» (217).

En los últimos siglos, ha prevalecido entre los cristianos la captación de Cristo en la Eucaristía como Emmanuel, como el Señor con nosotros; y éste es un aspecto del Misterio que es verdadero y muy laudable. Pero los Padres de la Iglesia primitiva, al tratar de la Eucaristía, insistían mucho más que nosotros en su dimensión escatológica. En ella, más que el Emmanuel, veían el acceso al Cristo glorioso que ha de venir. Y en sus homilías y catequesis señalaban con frecuencia la relación existente entre la Eucaristía y la vida futura, esto es, la resurrección de los muertos: «el que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,54).

Esta perspectiva escatológica de la Eucaristía no es exclusiva de los Padres primeros, pues se manifiesta también muy acentuada en la Edad Media, es decir, en las primeras formulaciones de la adoración eucarística. Bastará, por ejemplo, que recordemos algunas estrofas de los himnos eucarísticos compuestos por santo Tomás:

«O salutaris hostia, quæ cæli pandis ostium» (Hostia de salvación, que abres las puertas del cielo: Verbum supernum, Laudes, Oficio del Corpus).

«Tu qui cuncta scis et vales, qui nos pascis hic mortales, tuos ibi comensales, coheredes et sodales fac sanctorum civium» (Tú, que conoces y puedes todo, que nos alimentas aquí, siendo mortales, haznos allí comensales, coherederos y compañeros de tus santos: Lauda Sion, secuencia Misa del Corpus).

«Iesu, quem velatum nunc aspicio, oro fiat illud quod tam sitio; ut te revelata cernens facie, visu sim beatus tuæ gloriæ» (Jesús, a quien ahora miro oculto, cumple lo que tanto ansío: que contemplando tu rostro descubierto, sea yo feliz con la visión de tu gloria. Adoro te devote, himno atribuido a Santo Tomás, para después de la elevación).

«O amantissime Pater, concede mihi dilectum Filium tuum, quem nunc velatum in via suscipere propono, revelata tandem facie perpetuo contemplari» (Padre amadísimo, concédeme al fin contemplar eternamente el rostro descubierto de tu Hijo predilecto, al que ahora, de camino, voy a recibir velado: Omnipotens sempiterne Deus, oración preparatoria a la Eucaristía, atribuida a Santo Tomás).

La secularización de la vida presente, es decir, la disminución o la pérdida de la esperanza en la vida eterna, es hoy sin duda la tentación principal del mundo, y también de los cristianos. Por eso precisamente «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico» (Dominicæ Cenæ 3), porque ésa es, sin duda, la devoción que con más fuerza levanta el corazón de los fieles hacia la vida celestial definitiva.

Y «he aquí -escribe Tena- cómo a través de esta dimensión escatológica de la adoración eucarística, reencontramos la motivación fundamental de la misma reserva: para el Viático, para que los enfermos puedan comulgar... Este pan de vida que está encima del altar, así como procede del banquete celestial, continúa ofrecido como alimento de tránsito: es un viático, sobre todo. Cada uno de los adoradores puede pensar, en el instante de adoración silenciosa, en este momento en que recibirá por última vez la Eucaristía: "¡quien come de este pan vivirá para siempre!" (Jn 6,58). La prenda del futuro absoluto está ahí: es la presencia del Señor de la gloria, que aparece en la Eucaristía» (217).

Los sacerdotes y la adoración eucarística

Si todos los fieles han de venerar a Cristo en el Sacramento, «los pastores en este punto vayan delante con su ejemplo y exhórtenles con sus palabras» (Ritual 80). En efecto, los sacerdotes deben suscitar en los fieles la devoción eucarística tanto por el ejemplo como por la predicación. Es un deber pastoral grave.

La piedad eucarística de los fieles depende en buena medida de que sus sacerdotes la vivan y, consiguientemente, la prediquen -«de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34)-. Por eso la Congregación para la Educación Católica, en su instrucción de 1980 Sobre la vida espiritual en los Seminarios, muestra tanto interés en que los candidatos al sacerdocio sean formados en el convencimiento de que «el continuo desarrollo del culto de adoración eucarística es una de las más maravillosas experiencias de la Iglesia».

«Un sacerdote que no participe de este fervor, que no haya adquirido el gusto de esta adoración, no sólo será incapaz de transmitirlo y traicionará la Eucaristía misma, sino que cerrará a los fieles el acceso a un tesoro incomparable».

Y por eso la Congregación para el Clero, en el Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, de 1994, toca también con insistencia el mismo punto:

«La centralidad de la Eucaristía se debe indicar no sólo por la digna y piadosa celebración del Sacrificio, sino aún más por la adoración habitual del Sacramento. El presbítero debe mostrarse modelo de la grey [1Pe 5,3] también en el devoto cuidado del Señor en el sagrario y en la meditación asidua que hace -siempre que sea posible- ante Jesús Sacramentado. Es conveniente que los sacerdotes encargados de la dirección de una comunidad dediquen espacios largos de tiempo para la adoración en comunidad, y tributen atenciones y honores, mayores que a cualquier otro rito, al Santísimo Sacramento del altar, también fuera de la Santa Misa. "La fe y el amor por la Eucaristía hacen imposible que la presencia de Cristo en el sagrario permanezca solitaria" (Juan Pablo II, 9-VI-1993). La liturgia de las horas puede ser un momento privilegiado para la adoración eucarística» (50).

De todo esto, ya hace años, dijo hermosas cosas el gran liturgista dominico A.-M. Roguet (L'adoration eucharistique dans la piété sacerdotale, «Vie Spirituelle» 91, 1954, 11-12).

La devoción eucarística después del Vaticano II

La piedad eucarística es en el siglo XX una parte integrante de la espiritualidad cristiana común. Por eso San Pío X no hace sino afirmar una convicción general cuando dice:

«Todas bellas, todas santas son las devociones de la Iglesia Católica, pero la devoción al Santísimo Sacramento es, entre todas, la más sublime, la más tierna, la más fructuosa» (A la Adoración Nocturna Española 6-VII-1908).

¿Y después del Vaticano II? La gran renovación litúrgica impulsada por el Concilio también se ha ocupado de la piedad eucarística.

Concretamente, el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la Misa es una realización de la Iglesia postconciliar. Antes no había un Ritual, y la devoción eucarística discurría por los simples cauces de la piadosa costumbre. Ahora se ha ordenado por rito litúrgico esta devoción.

Por otra parte, en el Ritual de la dedicación de iglesias y de altares, de 1977, después de la comunión, se incluye un rito para la «inauguración de la capilla del Santísimo Sacramento». Antes tampoco existía ese rito. Es nuevo.

Son éstos, sin duda, gestos importantes de la renovación litúrgica post-conciliar. Y los recientes documentos magistrales sobre la adoración eucarística que hemos recordado, más explícitamente todavía, nos muestran el gran aprecio que la Iglesia actual tiene por esta devoción y este culto. Por eso, si la doctrina y la disciplina de la Iglesia ha querido en nuestro tiempo podar el árbol de la piedad eucarística, lo ha hecho ciertamente a fin de que crezca más fuerte y dé aún mejores y más abundantes frutos.

Y por eso aquéllos que, en vez de podar el árbol de la devoción al Sacramento, lo cortan de raíz se están alejando de la tradición católica y, sin saberlo normalmente, se oponen al impulso renovador de la Iglesia actual.

Ya en 1983 observaba Pere Tena: «sabemos y constatamos cómo en muchos lugares se ha silenciado absolutamente el sentido espiritual de la oración personal ante el santísimo sacramento, y cómo esto, juntamente con la supresión de las procesiones eucarísticas y de las exposiciones prolongadas, se considera como un progreso» (209). En esta línea, podemos añadir, hay parroquias hoy que no tienen custodia, y en las que el sagrario, si existe, no está asequible a la devoción de los fieles.

La supresión de la piedad eucarística no es un progreso, evidentemente, sino más bien una decadencia en la fe, en la fuerza teologal de la esperanza y en el amor a Jesucristo. Y no parece aventurado estimar que entre la eliminación de la devoción eucarística y la disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas existe una relación cierta, aunque no exclusiva.

Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Dominicæ Coenæ, no sólamente manifiesta con fuerza su voluntad de estimular todas las formas tradicionales de la devoción eucarística, «oraciones personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales -las cuarenta horas-, bendiciones y procesiones eucarísticas, congresos eucarísticos», sino que afirma incluso que «la animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto y de la que es el punto central».

Y es que «la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (3).

Secularización o sacralidad

Hoy se hace necesario en el cristianismo elegir entre secularización y sacralidad.

-El cristianismo secularizado, de claras raíces nestorianas y pelagianas, deja en la duda la divinidad de Jesús y la virginidad de María, busca la salvación en el hombre mismo, ignorando la necesidad de la fe y de la gracia para la salvación, olvida la vida eterna, y aleja al pueblo cristiano de la Misa y de los sacramentos, especialmente del sacramento de la penitencia.

Este «cristianismo», por supuesto, suprime la adoración eucarística, vacía los templos, y consigue así tenerlos cerrados. De este modo evita que los cristianos se pierdan en pietismos alienantes, y fomenta que vayan entre los hombres, que es donde deben estar.

Hoy es bien conocido este falso cristianismo (+Iraburu, Sacralidad y secularización, Fundación GRATIS DATE, Pamplona 1996): falsifica la acción misionera, niega la necesidad de la Iglesia, elimina la finalidad sobrenatural de las obras misioneras y educativas, caritativas y asistenciales, y secularizando todo en un horizontalismo inmanentista, acaba, claro está, con las vocaciones sacerdotales y religiosas.

-El cristianismo sagrado, por el contrario, el bíblico y tradicional, el propugnado por el Magisterio apostólico, confiesa firmemente a Cristo como verdadero Dios y verdadero hombre, afirma que su gracia es en absoluto necesaria para el hombre, y que su presencia en la Eucaristía, real y verdadera, debe ser adorada.

Los cristianos, en este verdadero cristianismo, permanecen en el mismo Señor Jesucristo, como sarmientos en la Vid santa, y se unen a él por el amor servicial y la oración, por la penitencia sacramental, y muy especialmente por la celebración y la adoración de la Eucaristía. Ésta es la Iglesia que, centrada en el Mysterium fidei, florece en vocaciones, en familias cristianas y en innumerables obras misioneras y educativas, sociales, culturales y asistenciales.

Escuchemos, pues, de nuevo a Juan Pablo II (Dominicæ Coenæ 3): «La animación y el fortalecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto, y de la que es el punto central. La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico».