fundación GRATIS DATE

Gratis lo recibisteis, dadlo gratis

Otros formatos de texto

epub
mobi
pdf
zip

Descarga Gratis en distintos formatos

5. Espiritualidad pascual y martirial

Sacerdotes y víctimas en Cristo

Nuestras meditaciones se han iniciado contemplando el via Crucis de Cristo, que dura toda su vida consciente y que se consuma en el Calvario. Él es, ciertamente, el Cordero de Dios, enviado al mundo «para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37), y que por eso mismo, como todos los profetas anteriores enviados por Dios, es asesinado por los hombres, de modo que en el sacrificio de su sangre se logra la salvación del mundo.

Pues bien, ahora nos preguntamos acerca de nuestra propia condición de cristianos, discípulos Suyos: ¿también los cristianos estamos llamados a ser «corderos de Dios inmolados con Cristo para quitar el pecado del mundo»? ¿También nosotros, como Cristo, hemos de dar en medio del mundo un testimonio de la verdad que nos lleve a sufrir persecución y cruz?

Sí, ciertamente; ésa es nuestra vocación: confesar a Cristo ante los hombres, ser Sus testigos en el mundo. En Cristo se confunden su condición sacerdotal y su identidad victimal: Él es sacerdote y víctima al mismo tiempo. Y en todos los cristianos, que ya desde el bautismo participamos de la condición sacerdotal de Cristo, por eso mismo, se da necesariamente una vocación victimal. Hemos de ser corderos de Dios inmolados con el Cordero humano-divino para la salvación del mundo.

«Para esto fuisteis llamados, ya que también Cristo padeció por vosotros, y él os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos» (1Pe 2,21; + Jn 13,15). Nuestra vida, normalmente, no implicará una vocación divina tan intensamente victimal; pero lo que sí es cierto es que, como corderos en el Cordero pascual, estamos destinados desde el bautismo a «completar en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en favor de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1,24). Esta vocación victimal en algunas personas –y en los sacerdotes, en general– se da con especial intensidad. Y en tales casos ha de tenerse como una gloria: «en cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Gál 6,14).


Persecución necesaria

Los cristianos experimentamos a lo largo de nuestra vida la persecución constante de tres enemigos, y por eso estamos siempre en «lucha con la carne, con el mundo y con el diablo» (Trento: Dz 1541; +Iraburu, De Cristo o del mundo 4-6). Así nos lo enseña Jesús en varias ocasiones, concretamente en la parábola del sembrador (Mt 13,1-8.18-23):

El demonio: «viene el Maligno y le arrebata lo que se había sembrado en su corazón». El mundo: «los cuidados del siglo y la fascinación de las riquezas ahogan la Palabra y la dejan sin fruto». La carne: «no tiene raíces en sí mismo, sino que es voluble, y en cuanto se levanta una tormenta o persecución a causa de la Palabra, cae en seguida», porque «el espíritu está pronto, pero la carne es flaca» (Mt 26,41).

–La persecución del mundo, que envuelve siempre al hombre con unos condicionamientos adversos al Reino, es completamente necesaria. No podrá el cristiano confesar a Cristo y ser testigo de su santo Evangelio sin resistir fuertes impugnaciones, porque los pensamientos y los caminos del mundo no son los pensamientos y caminos de Dios (+Is 54,8). El cristiano sale del mundo, sale de Egipto, está libre del mundo, de sus pensamientos y de sus caminos, y en un duro éxodo por el desierto, avanza con alegría hacia la Tierra Prometida.

–La persecución de la carne en la vida cristiana, es igualmente necesaria, pues «la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, y el espíritu tendencias contrarias a las de la carne, pues uno y otro se oponen, de manera que no hagáis lo que queréis» con vuestra voluntad carnal (Gál 5,17).

–La persecución del demonio es también necesaria, pues ése es el oficio propio del Tentador, y el hombre, desde Adán y Eva, se ve por él combatido.

Por lo demás, como es bien sabido, los tres enemigos están aliados contra el cristiano y atacan a éste con una coordinación permanente, reforzándose mutuamente. El diablo es el príncipe de este mundo, y lo que el mundo quiere eso es lo que la carne desea. Por eso, como avisa San Juan de la Cruz, «para vencer a uno de estos enemigos es menester vencerlos a todos tres» (Cautelas a un religioso 3).


Persecución anunciada

Jesús, al anunciar persecuciones a sus discípulos, habla muy claramente de la persecución del mundo:

«Si el mundo os odia, sabed que me odió a mí antes que a vosotros. Si fueseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por esto el mundo os odia. Acordáos de la palabra que yo os dije... Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán... Y todas estas cosas las harán con vosotros por causa de mi nombre» (Jn 15,18-21).

«Os perseguirán; y os perseguirán por causa de mi nombre». Es un hecho cierto, anunciado, previsible. Pero tal persecución ha de ser vivida con gozo y como un honor.

«Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan de vosotros todo género de mal por mí. Alegráos y regocijáos, porque grande será en el cielo vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo antes que vosotros» (Mt 5,11-12). «Felices seréis si os odiaran los hombres y os apartaran y os expulsaran y os maldijeran como a malvados por causa del Hijo del hombre. Gozáos en ese día y regocijáos, pues vuestra recompensa será magnífica en el cielo» (Lc 6,22-23).

Es, pues, muy importante que los cristianos, siendo en Cristo sacerdotes-víctimas, y siendo en Él profetas del Reino, es decir, testigos en el mundo de la Verdad divina, sepan que necesariamente van a ser perseguidos en este tiempo presente. En efecto, «todos los que aspiran a vivir religiosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2Tim 3,12). Todos.

¿Qué sentido tiene, pues, que un padre de familia, o un obispo, o el director de un colegio católico, o un periodista o político, renuncie a ciertas acciones cristianas, y calle el testimonio de la verdad de Cristo, o ponga en duda su oportunidad, porque prevé que a causa de esas acciones y palabras se le habría de venir encima la persecución del mundo? ¿Acaso no la espera? ¿O es que estima que puede ser fiel a Cristo evitando la persecución, es decir, el martirio? Hablando y obrando cristianamente ¿esperaba quizá del mundo –incluso de los hombres de Iglesia mundanizados, que son tantos– otra reacción distinta, acogedora y favorable? ¿Cómo se explica, pues, que ponga en duda la calidad evangélica de sus propias acciones a causa de la persecución que ellas le ocasionan o pueden ocasionarle, si precisamente la persecución del mundo es el sello de garantía de cualquier acción evangélica?


Confesores y testigos

Ante la necesaria y anunciada persecución del mundo, no caben, como ya vimos, sino dos alternativas: los cristianos fieles son los confesores de Cristo y sus mártires, los que padecen alegremente por amor a Él la persecución, y permanecen fuertes en la Palabra divina, y por tanto en la verdad y en el bien. Por el contrario, los cristianos infieles son los pecadores y los apóstatas, es decir, aquellos que, avergonzándose de la cruz de Cristo, aceptan en su frente y en su mano –en su pensamiento y en su conducta– el sello de la Bestia, y escapan así a la persecución del mundo.

Quede claro, en todo caso, que los cristianos en este mundo han de verse necesariamente puestos a prueba por sus tres enemigos, demonio, mundo y carne. ¿Cuál será su respuesta? ¿Y cuáles serán las consecuencias de la fidelidad o de la infidelidad?

«A todo el que me confesare delante de los hombres, yo también lo confesaré delante de mi Padre, que está en los cielos. Pero a todo el que me negare delante de los hombres, yo lo negaré también delante de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 10,32-33).

El Nuevo Testamento, en éste y en otros lugares, habla de la necesidad de confesar a Cristo, de ser fieles a la confesión de la fe (homologeo, homologia; por ejemplo, Hch 23,8; Jn 9,22; 2Cor 9,13; Heb 3,1). Los confesores son semejantes a los mártires, pues también ellos dan testimonio de Cristo, de la Palabra divina, ante el mundo, arriesgan su vida y padecen persecución. Ellos son bienaventurados porque, a causa del Hijo del hombre, sufren el odio de sus contemporáneos, que les desprecian y apartan, les expulsan y maldicen (Lc 6,22-23).

La prueba, insisto, es inevitable, y por ella ha de pasar en este mundo todo verdadero cristiano. Por ejemplo, San Pedro niega tres veces al Señor en una ocasión muy grave (Mt 26,7-74), y confiesa a Cristo en una opción de amor que va a ser decisiva para él (Mt 16,16).


Espiritualidad cristiana, espiritualidad pascual-martirial

La vida cristiana es una participación continua en la Cruz y en la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Cristo, en efecto, fue «entregado por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación» (Rm 4,25). Y desde entonces el martirio de Cristo es continuamente el modelo y la causa de nuestra vida martirial, vida nueva, santa, sobrenatural.

«Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio... Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados» (Heb 10,12.14). «Cristo murió una vez por los pecados –el Justo por los injustos–, para llevarnos a Dios» (1Pe 3,18). «Nosotros sufrimos con Cristo para ser también con Él glorificados» (Rm 8,17). Todo el lenguaje del Nuevo Testamento está penetrado de esta estructura pascual: muerte-vida; cruz-resurrección; pecado-gracia... Y lo mismo nos dice la Liturgia: Cristo, «muriendo, destruyó nuestra muerte [y el pecado, su causa]; y resucitando, restauró la vida» (Pref. I de Pascua).

Vivimos, pues, siempre, en cada instante de nuestra vida cristiana, de la virtualidad santificante del Misterio Pascual de Cristo. Vivimos permanentemente de Cristo, de su Cruz y de su Resurrección. «Él subió al madero, para que nosotros, muertos al pecado, vivamos para la justicia» (1Pe 2,23). Así pues, nosotros, «si morimos con Él, viviremos con Él» (2Tim 2,11). Podemos, en efecto, seguirle si llevamos la cruz de cada día. Participamos de Su vida en la medida en que participamos de su muerte. Y por eso «los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias» (Gál 5,24).

El P. Ángel María Rojas, S.J., escribe: «Jesús realiza la Redención con el sufrimiento de su Cuerpo Físico. Pero la abre para que se continúe con el sufrimiento del Cuerpo Místico. La Redención no excluye, sino que exige la participación de cada hombre en el Sacrificio de Cristo» (¿Para qué sufrir? EDAPOR, Madrid 1990,65).

Pues bien, esa participación salvífica en el misterio pascual de Cristo ha de hacerse por varias vías fundamentales: 1) en la Liturgia y en los sacramentos; 2) en todo el bien que hacemos; 3) en todo el mal que padecemos; 4) y a veces, incluso, en el martirio.


1.– en la Liturgia de la Iglesia

–En el Bautismo participamos sacra-mentalmente de la pasión del Señor, muriendo al hombre viejo, y nos unimos a su resurrección gloriosa, renaciendo a una vida nueva, la vida sobrenatural de los hijos de Dios.

«¿Ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos con él sepultados por el bautismo en su muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rm 6,3-4; +Col 2,12-13).

–En la Eucaristía es donde más plenamente obra sobre nosotros el misterio pascual del Salvador, pues ella es precisamente el memorial de su pasión y de su resurrección. Nuestro Señor Jesucristo, por la fuerza de su Cruz, nos fortalece para que podamos matar en nosotros al hombre viejo, con todos sus pecados y malas inclinaciones; y por la fuerza de su Resurrección, nos vivifica y renueva, dándonos los impulsos de gracia que nos son precisos para crecer en toda clase de bienes.

Los cristianos, pues, vivimos de la Eucaristía. Con toda razón se dice que es «fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (LG 11a).

Y por eso hay que pensar que los cristianos que habitualmente viven alejados de la Eucaristía apenas han entendido nada del cristianismo: apenas tienen fe o no la tienen. Viven quizá una visión ético-voluntarista de la condición cristiana, que tiene muy poco que ver con la fe verdadera, la única que salva.

–En la Penitencia: cuando el pecado ha disminuido o suprimido de nosotros la vida de Cristo, de nuevo su Cruz y Resurrección nos hace posible sacramental-mente morir al pecado y renacer a la vida.

«Dios, Padre misericordioso –reza el sacerdote ministro del sacramento–, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo, y derramó el Espíritu Santo para el perdón de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz. Y yo te absuelvo + ... La pasión de nuestro Señor Jesucristo, la intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos, el bien que hagas y el mal que puedas sufrir, te sirvan como remedio de tus pecados, aumento de gracia y premio de vida eterna» (Ritual de la Penitencia).

–Y en los demás sacramentos esa misma virtualidad santificante del Misterio Pascual de Cristo opera santificando a los fieles bien dispuestos.

Ahora bien, aunque nuestra participación en la pasión y resurrección de Cristo la hacemos tan eficazmente en la Eucaristía y los sacramentos, también en toda nuestra vida, instante por instante, hemos de hacer nuestra la fuerza salvadora de la cruz de Jesús: lo mismo en el bien que hacemos, que en el mal que padecemos. Bien claramente nos lo enseña el Maestro: «si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz (muerte) y sígame (vida)» (Lc 9,29). Es el Misterio Pascual vivido día a día, instante por instante. Es ésta la vida cristiana. No hay otra posible.


2.– en todo el bien que hacemos

«Si morimos con Él, viviremos con Él». En cada obra buena, merecedora de vida eterna, en cada instante de la vida de la gracia, morimos-resucitamos con Cristo: tomamos su cruz y lo seguimos, pues es la fortaleza de su cruz la que nos permite vencer las impugnaciones de la carne, del mundo y del demonio; y es la fuerza de su resurrección la que nos mueve eficazmente a la obra buena, grata a Dios.

En efecto, coexisten en nosotros el hombre carnal y el hombre espiritual, que tienen deseos contrarios, absolutamente inconciliables. Por tanto, si no matamos los malos deseos del hombre carnal (cruz), será imposible dejar obrar en nosotros al Espíritu de Cristo (resurrección).

Ya no hemos de vivir «según la carne, sino según el Espíritu... La tendencia de la carne es muerte, pero la del espíritu es vida y paz... Si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis» (Rm 8,4-13; +Gál 5,16-25).

Todas nuestras victorias están, pues, precedidas y causadas por la victoria pascual de Cristo. Nuestro Salvador, con el martirio de su vida, consiguió que nosotros, bajo el influjo de su gracia martirial, pudiéramos morir a las obras de la carne y perseverar en las obras buenas del Espíritu.

Y así como en Cristo son inseparables la muerte y la resurrección, también en nosotros se da esa inseparabilidad entre muerte y vida. Si no participamos de la cruz, es imposible que tengamos acceso a la vida del Resucitado. Pero es imposible igualmente que, participando de la Pasión de Cristo, no vengamos a experimentar la vida de su Resurrección.

A veces, hacemos el bien con gozo, sin experimentar apenas la cruz que lo hace posible. Otras veces, por el contrario, obramos el bien con dolor, sin apenas ver sus frutos ni en nuestro interior ni en el exterior. En principio, cuanto mayor es el amor en la obra buena, menor es la cruz a la hora de realizarla. Pero en todo caso, que al hacer el bien no sintamos el peso de la cruz o que los experimentemos en mayor o menor grado, viene a ser algo accidental. Lo substancial es que todas nuestras buenas obras están causadas por la Pasión y la Resurrección del Salvador.

Por otra parte, a la realización de la obra buena se opone no solamente la debilidad y la mala inclinación de la carne, sino también la persecución del mundo. Y ya sabemos que carne y mundo luchan siempre juntos, confortados por el diablo, aunque su persecución se produzca normalmente en forma oculta.

Veamos con algunos ejemplos cómo cualquier obra buena, siendo contraria a la carne, el mundo y el demonio, se realiza con la fuerza de Cristo, es decir, en virtud de su pasión y de su resurrección.

–Perdonar una ofensa es un gran gozo, que nos permite guardar la unidad fraterna y vivir en paz y alegría (resurrección); pero no es posible perdonar de verdad, y menos sonriendo, si no se matan los deseos rencorosos del hombre carnal, incapaz de «amar a los enemigos» (cruz).

–Dar una limosna alegra mucho a nuestro hermano, y también a nosotros, pues así mejoramos su situación y estrechamos con él nuestra amistad (resurrección); pero requiere negar el egoísmo de la carne, que odia el dar y que nunca estima suficiente lo que ya posee (cruz). Es verdad que, en principio, si se da con gran amor, ni se nota la cruz: sólo el gozo. «Dios ama al que da con alegría» (2Cor 9,7). Pero cuando el amor es pequeño, la limosna duele, y no puede darse sin cruz. Notemos, sin embargo, que en ambos casos la limosna está causada por la pasión y la resurrección de Cristo.

–Aceptar la vocación apostólica, tenga ésta la forma concreta que sea, sólo es posible dejándolo todo (cruz) y siguiendo a Jesús (resurrección). En otras palabras: si un cristiano lo deja todo y sigue a Jesús, esto es algo que solamente ha podido hacer en virtud de la Cruz y de la Resurrección de Cristo. Por eso –dicho sea de paso– es normalmente imposible que un cristiano alejado de la Eucaristía pueda oir y pueda seguir la llamada del Señor.

–Perseverar en la oración, que muchas veces es una muerte tan penosa para el hombre carnal (cruz), introduce al hombre en el país de la vida, en un mundo de verdad, de amor y de paz (resurrección), que verifica e ilumina el mundo presente, desde la intimidad con las Personas divinas. Pero esto sólo es posible porque Cristo murió y resucitó para salvarnos.

–Abrir para Dios el propio horario, reservándole y dedicándole especialmente algunos tiempos –misa, lectura espiritual, obras de apostolado y servicio–, lleva a la paz y al gozo (resurrección). Pero como el horario de cada día es tan limitado –veinticuatro horas–, eso no será posible sin privar al hombre carnal en alguna medida de ciertas actividades que le son muy gratas (cruz). Es necesario quitar tiempo de un lado para ponerlo en otro. Y es que no es posible volverse más al Creador sin dedicarse menos al consumo y gozo de sus criaturas. Concretamente, por ejemplo, apagar el televisor, terminar una conversación o una lectura, dejar para mañana un trabajo atractivo, es algo que al hombre carnal le cuesta no poco (cruz), pero le abre a una vida más luminosa, digna y alegre, más libre y fecunda (resurrección). Salga el hombre carnal de Egipto, adéntrese en el desierto, y gozará llegando a la Tierra Prometida.

–Adoptar costumbres cristianas (vida), con perfecta libertad del mundo circundante y de sus miserias, partiendo de la originalidad absoluta del Evangelio, es una maravilla, pero no es posible sin renunciar a los criterios, costumbres y modas perversas del mundo (muerte). Sin esta muerte, no puede conseguirse aquella vida. Y esto lo vemos en todos los aspectos concretos de nuestra vida: en la distribución del horario o del dinero, en la conducta con amigos, novios o esposos, en los modos de pasar el fin de semana o las vacaciones, en la asistencia a playas y piscinas o a ciertas fiestas y espectáculos, en la compra de cosas superfluas.

–Vivir la pobreza evangélica es mortificar el egoísmo y las codicias del mundo (muerte) y renacer a la caridad fraterna (vida). Pensemos por ejemplo en un joven rico, que desea comprarse una gran moto de lujo, semejante a la que tienen todos sus amigos: una máquina tan cara e innecesaria como peligrosa. Negarse ese gusto injustificable, le puede llevar a quedarse solo, a tener peleas con los amigos, y no pocas veces a hacer el ridículo (cruz). Se ve este joven rico en la situación de un caballero antiguo que tuviera que ir a reunirse con sus compañeros, todos ellos jinetes de magníficos caballos, caminando a pie o montado en una mula. Sí, ciertamente, para este joven renunciar a esa moto es morir; pero es morir para poder vivir una vida nueva, preciosa, sobreabundante (resurrección). Es imposible vivir el Evangelio sin entrar en duros contrastes con la vida común del mundo que nos rodea.

–Decir la verdad en este mundo, en muchas ocasiones, apenas es posible sin aceptar muertes muy duras de burla y marginación (cruz); pero solo así nos es dado vivir en el Espíritu, vivir la alegría del Evangelio, y vivificar a otros (resurrección).

–Sin amor a la cruz no solo es imposible hacer la voluntad concreta de Dios, sino que incluso es imposible discernirla. Sin amor a la cruz, tanto el discernimiento recto como la buena acción que le sigue son imposibles, ya que, por principio, el hombre carnal trata por todos los medios de evitar el sufrimiento, autorizándose a sí mismo a rechazar la cruz.

Es la cruz la que nos permite ser confesores de Cristo y mártires suyos, haciendo el bien contra carne, mundo y diablo. Es la cruz la que nos lleva a una vida nueva en Cristo tan maravillosa que ni siquiera hubiéramos llegado a soñarla.

Es la unión al Crucificado la que nos posibilita orar y perseverar en la oración, ser castos y laboriosos, decir la verdad, perdonar las ofensas, realizar obras de servicio o de apostolado, perseverar en ellas, guardar la unidad conyugal o fraternal... Todas estas maravillas son inaccesibles sin amor a la cruz. Por el contrario, el rechazo de la cruz nos cierra a la verdadera Vida, nos deja en nuestra miseria, en nuestra mediocridad maligna y estéril, nos mantiene cautivos de la carne, del mundo y del demonio.

—Siempre que pecamos rechazamos la cruz. Es importante que conozcamos esto claramente. Siempre que pecamos, nos negamos confesar a Cristo y a ser mártires, testigos suyos. Siempre, en todo pecado, sea éste cual fuere, nos avergonzamos de la cruz de Cristo, pues en lugar de mortificar al hombre viejo y carnal, le permitimos seguir su voluntad nefasta. La cruz hubiera podido matar sus malas tendencias, pero la hemos rechazado. Pecar es, pues, siempre despreciar la Sangre de Cristo, hacerla estéril, avergonzarse del Crucificado. «¡Se eliminó el escándalo de la cruz!» (Gál 5,11).

San Pablo expresa con gran fuerza este aspecto martirial y crucificado de la vida cristiana: «no te avergüences jamás del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios... Por esta causa sufro yo, pero no me avergüenzo, porque sé bien a quién me he confiado» (2Tim 1,8.12)

–Siempre que obramos el bien es porque, tomando la cruz de Cristo, entramos a participar de su Resurrección, venciendo martirialmente carne, mundo y demonio.

«Vosotros tenéis que consideraros muertos al pecado (cruz), pero vivos para Dios en Cristo Jesús (resurrección)» (Rm 6,11). Por tanto, «mortificad vuestros miembros terrenos, la fornicación, la impureza, la liviandad, la concupiscencia y la avaricia... Despojáos del hombre viejo con todas sus obras (cruz), y vestíos del nuevo (resurrección)» (Col 3,5-10).

Es así como el Padre «nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados» (1,13-14). Es de este modo como los cristianos vienen a ser confesores y mártires de Cristo:

Los fieles cristianos han rechazado el signo de la Bestia en su frente y en su mano, y aceptando la persecución del mundo, a veces muy dura, han guardado la verdad de Cristo, permaneciendo en el bien de su gracia (Ap 13). De este modo todos ellos han sido «degollados por la palabra de Dios y por el testimonio que han guardado» (Ap 6,9). En efecto, todos los que llegan a la victoria final decisiva «vienen de la gran tribulación y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero» (7,14). Sin tomar la cruz, no hubieran podido llegar a la Resurrección. Todos ellos son, pues, confesores y mártires de Cristo.


3.– en todo el mal que padecemos

«Si morimos con Él, viviremos con Él». En cada pena que padecemos, en cada instante doloroso de nuestra vida, tomamos la cruz de Cristo y lo seguimos. Nuestras cruces son realmente cruz de Cristo, y por tanto son ofrendas gratas a Dios, que tienen inmensa fuerza para santificarnos y para santificar a los hombres.

–Es importantísimo que sepamos reconocer en nuestras cruces la cruz del Señor. Son muy variadas las penas que sufrimos, penas corporales, afectivas o espirituales, o mezcla de unas y otras. Unas veces son penalidades sin culpa (limpias), otras veces proceden de culpa propia o de culpa ajena (sucias). Pero siempre son penas que afligen a quienes somos miembros del Cuerpo de Cristo, y por tanto son siempre cruz de Cristo, también aquellas que tienen un origen culpable.

Santa Teresa sabe que en sus penas personales está sufriendo el mismo Jesús, y que de Él, del Crucificado, reciben su mérito: «para que las persecuciones e injurias dejen en el alma fruto y ganancia es bien considerar que [la ofensa] primero se hace a Dios que a mí, porque cuando llega a mí, el golpe ya está dado a esta Majestad por el pecado... Si Él lo sufre, ¿por qué no lo sufriremos nosotros? El sentimiento había de ser por la ofensa de Su Majestad, pues a nosotros no nos toca en el alma, sino en esta tierra de este cuerpo, que tan merecido tiene el padecer. Morir y padecer han de ser nuestros deseos» (Apuntaciones 3).

–Es importantísimo, igualmente, que hagamos siempre nuestras, por la aceptación libre, amorosa y esperanzada, todas y cada una de las penas que puedan afligirnos, sean pequeñas o grandes, dignas o lamentables, espectaculares o triviales, limpias o sucias: son siempre penas nuestras y, por tanto, penas de Cristo Crucificado, cuyos miembros somos nosotros.

–Hemos de evitar, pues, siempre ver las penas como absolutas negatividades. Nunca un discípulo de Cristo debe consentir en sentimientos de negatividad ante ciertas penalidades: «qué asco, qué rabia, qué contrariedad, qué calamidad»... Nunca ha de experimentar esas circunstancias adversas como contrariedades. Aquel que en todo momento busca únicamente cumplir la voluntad de Dios no sufre jamás propiamente contrariedad alguna, pues en todo lo que sucede reconoce la Voluntad divina providente: «sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que lo aman» (Rm 8,28). Aquel que, como Cristo, no ha venido al mundo a hacer su voluntad propia, sino la voluntad del Padre (Jn 6,38), en nada sufre contrariedad alguna.

–El único que puede sufrir contrariedades es el hombre carnal, cuya pobre voluntad se ve, sin duda, contrariada muchas veces por tantas condiciones adversas. Pero para el hombre espiritual, que ama la cruz, todo es favorable, tanto lo adverso como lo agradable.

El cristiano carnal, empeñado en hacer su voluntad en todo, experimenta sin cesar contrariedades, o si se quiere negatividades, y es como un moscardón encerrado en una habitación, que vuela descontroladamente, golpeándose con las paredes y los vidrios: «qué rabia, qué asco, qué contrariedad». El que mantiene esta actitud espiritual tan torpe, más o menos conscientemente, rechaza la cruz de Cristo, se avergüenza de ella, y piensa con frecuencia que tal situación o circunstancia es lamentable, inútil, que no sirve de nada, y que ha de ser eliminada cuanto antes. Para ello, por supuesto, estima que todos los medios son legítimos, pues considera esa situación tan penosa como algo realmente inadmisible.

–El cristiano carnal rechaza la cruz en su vida. Venera la cruz en el Calvario, en la liturgia del Viernes Santo, en la vida de los santos; pero no tiene ninguna facilidad para reconocer y venerar la cruz de Cristo en su propia vida. Muchos cristianos incurren en este error terrible, que les amarga la vida, y que les priva miserablemente de los más preciosos méritos de su existencia en la tierra.

Y en ese error, aunque parezca increíble, incurren también personas de vida religiosa. «La priora nos hace trabajar demasiado –dirá una monja con amargura–. A veces, a última hora, en vez de estar rezando en el coro, nos vemos obligadas a terminar trabajos en el obrador» («qué rabia, qué asco, qué contrariedad» –es lo que se escucha en el fondo de esa queja–). «Nuestro Obispo es terriblemente indeciso y cambiante –dirá un párroco–: un día dispone una cosa, otro día otra. Es un horror» (al fondo se oye: «no hay modo así de hacer un trabajo pastoral con fruto»). Etc.

Esas quejas tan sinceras están expresando una profunda ignorancia del misterio de la cruz. Parecen afirmar que, obviamente, la santificación propia y ajena serían procuradas mejor y más rápidamente si la Providencia divina dispusiera medios más positivos –una priora más prudente o un Obispo más estable, etc.–. Como si Dios obrase el bien solamente a través de cosas buenas, y no consiguiera realizarlo a través de las malas. Sin embargo, ¡la cruz de Cristo está hecha, en cada una de sus astillas, de pura miseria, pecado y abominación!

–Tiene que haber, pues, un empeño orante, solícito, continuo y sistemático, para ir «positivizando» (+) todas las presuntas «negatividades» (–) de nuestras vidas, viendo en ellas y aceptando en ellas la cruz misma de Jesús. Y con ese fin hemos de revisar continuamente cuáles son «nuestras penas» más habituales, para reconocer en ellas la cruz del Señor, la que nos salva, y de este modo, aceptando las penas de verdad, hacer de ellas «penas nuestras», realmente nuestras. Pues nuestras penas, mientras las consideramos como pura negatividad, avergonzándonos de la cruz de Cristo, no son realmente nuestras, puesto que las rechazamos con asco y desprecio.

Esta verdad es tan importante y tan ignorada que convendrá reafirmarla con ejemplos bien concretos y variados, aún a riesgo de cansar al lector:

–«Como mi hermana apenas trabaja, yo tengo que trabajar el doble. Qué miseria de vida» (–) ... Positivizado esto con la cruz de Cristo, queda así: (+) «Bendito sea Dios que, gracias a que mi hermana apenas trabaja, me concede diariamente la gracia de trabajar el doble». Para la persona que así piensa en fe, trabajar el doble es una cruz igualmente preciosa y aceptable si es limpia –la hermana no trabaja porque está enferma– o si es sucia –la hermana no trabaja por perezosa–. En ambos casos acepta la cruz igualmente, reconociendo en su propia cruz personal la cruz de Cristo, santa y santificante.

–«Estoy desmemoriado, todo se me olvida o se me pierde, y cualquier trabajo me cuesta el doble de lo normal. Qué miseria. Y lo peor es que no tiene remedio. Más aún, todo hace pensar que esto irá a peor» (–)... La luz de la fe cambia por completo en positivo esa visión: (+) «Alabado sea Jesucristo que, a mí, incapaz de mortificaciones voluntarias, me da con tanto amor, en su peso y grado justos, la cruz continua, no pequeña, de la poca memoria. Más grandes penas merezco».

–«Soy fea, nadie me busca... Soy tímido, tengo mala salud... Soy débil y triste, y acciones para otros fáciles e incluso gratas, son para mí un tormento, un imposible... Qué mala suerte he tenido en esta vida» (–) . Positivizado: (+) «Soy un privilegiado de Dios, que, con ocasión de mis grandes limitaciones y defectos, me ha configurado al “Varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos”, haciéndome participar así maravillosamente de la obra de la Redención»

–«Por mi culpa –o por la culpa de tal persona– fallé y fracasé, y ahora me veo obligado a seguir este camino horrible. Y esto ya no tiene arreglo. Es sencillamente desesperante. ¿Cómo no voy a estar amargado?» (–) Positivizado: (+) «Gracias, Señor, que me concedes pagar por mis culpas –o por las culpas de otros– en esta vida, y me lo descuentas para el purgatorio. Todas estas penas mías, unidas a tu cruz, valgan para expiación de mis pecados y de los del mundo entero».

–Procurar el remedio de los males concretos en modo alguno se opone a la aceptación de la cruz. Más aún, esas positivaciones de los males, realizadas en virtud de la cruz poderosa de Cristo, no solamente no impiden ponerles remedio, sino que lo facilitan muchas veces.

Si la hermana del primer ejemplo mantiene todo su cariño hacia su hermana perezosa, será mucho más probable que ésta vuelva a cumplir sus deberes. Si el enfermo lleva con buen ánimo su enfermedad, es mucho más probable que recupere la salud.

–Recordemos bien, por otra parte, que nuestras culpas son siempre mucho mayores que las penas que nos oprimen. El Señor «no nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas» (Sal 102,10). A la hora de aceptar las cruces personales es muy importante tener esto bien claro. Quizá, en un asunto concreto, no haya proporción exacta entre culpa y pena, pero siempre la hay, en el conjunto de la vida, entre nuestras culpas y nuestras penas.

–Si viéramos el valor de nuestras cruces, no querríamos que éstas nos faltaran nunca. Conoceríamos que la cruz es lo más valioso que hay en nuestras vidas. Diríamos como Santa Teresa: «o padecer o morir». O como San Juan de la Cruz: «jamás, si quiere llegar a la posesión de Cristo, le busque sin la cruz» (Cta. 24).

«Porque para entrar en estas riquezas de Su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta, y desear entrar por ella es de pocos, mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos» (Cántico 36,13).

–En fin, todas las mortificaciones voluntarias, corporales, espirituales o afectivas, asumidas por iniciativa nuestra, nos asocian más hondamente al misterio de la Redención, es decir, a la cruz y a la resurrección de Cristo.

De muchos modos, pues, los cristianos, aceptando los diversos males de esta vida, nos configuramos al Crucificado, y así venimos a ser en este mundo confesores de Cristo y mártires suyos.


4.– en el martirio

«Si morimos con Cristo, viviremos con Él». Los cristianos que son fieles a su vocación en este mundo «guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,17). Pero esto es precisamente porque no se avergüenzan de su cruz. Por eso pueden confesar a Cristo ante los hombres y ser entre ellos Sus testigos. Éstos son los que, con tal de seguir a Jesús, no dudan en «perder sus bienes», los que sean, e incluso no vacilan en «negarse a sí mismos» y «perder la propia vida». Llegada la ocasión y si es preciso, no vacilan en arrancarse ojo, pié o mano. Y si así lo quiere Dios, no dudan en «dejarlo todo» para «seguir» a Jesús en la vita apostolica. En fin, si así lo dispone Dios, tampoco vacilarán en elegir el martirio, cuando la otra alternativa sea la apostasía.

Según todo lo que hemos visto, queda claro que los cristianos viven del Resucitado, participando continuamente del misterio de su Pasión. Día a día participan del Misterio Pascual: 1–en la eucaristía, recibiendo a Cristo, que entrega su cuerpo y derrama su sangre, aprenden a darse y entregarse al Padre y a los hombres con Cristo, y son potenciados por el Espíritu Santo para hacerlo; y es así como vienen a ser capaces de 2–hacer bienes y 3–padecer males cristianamente, por la fuerza de la Cruz y de la Resurrección de Jesús. Y si así lo dispone Dios en su providencia, están siempre bien dispuestos a 4–padecer el martirio, «perdiendo la propia vida», aceptando la muerte corporal «por Cristo», «por causa de su Nombre».

En la historia de la Iglesia las Actas de los Mártires han sido uno de los libros más leídos por los fieles. Y así debe ser. Si nada ilumina y mueve tanto como la meditación de la Pasión del Señor, ninguna lectura espiritual transmite tanta luz y gracia como las Pasiones de los Mártires antiguos o recientes. A la luz de esos ejemplos es donde los cristianos aprenden a discernir el bien y el mal, a conocer la voluntad de Dios, a permanecer en el bien y a evitar el mal a costa si es preciso de todos los bienes y de la propia vida. Es difícil, por no decir imposible, que los cristianos no se pierdan en medio de las tormentas de carne, mundo y diablo, si no tienen siempre ante los ojos la cruz, el Martirio de Cristo y de los cristianos.

Santo Tomás dice: «basta la pasión de Cristo para guía y modelo de toda nuestra vida» (Confer. Credo 6). Y San Pablo de la cruz: «es cosa muy buena y santa pensar en la pasión del Señor y meditar sobre ella, ya que por este camino se llega a la santa unión con Dios. En esta santísima escuela se aprende la verdadera sabiduría: en ella la han aprendido todos los santos» (Cta. 1,43).

Dígase más o menos lo mismo de las Pasiones de los mártires. La devoción a los mártires y al martirio es, pues, una dimensión de suma importancia en la vida del cristiano, concretamente es una de las devociones populares más profundas. Y la razón es simple: la devoción al martirio es la misma devoción a la cruz, pero contemplada ésta en los miembros de Cristo. La pasión de los cristianos es pasión de Cristo, según se ve en aquellas palabras de Jesús: «Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?... Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hch 9,4-5; 22,7-8;26,14-15).

–Toda la vida cristiana, vivida con fidelidad, es, pues, un continuo martirio, es un testimonio permanente de la verdad del Evangelio, es una ofrenda espiritual que no cesa, siempre impulsada por Cristo desde su Cruz y su Eucaristía.

San Ambrosio dice que «si muchas son las persecuciones, también son muchos los martirios. Día a día eres testigo (mártir) de Cristo.

«Fuiste tentado con el deseo de fornicación, pero, por temor al juicio venidero de Cristo, no creíste que debías mancillar la pureza del alma y del cuerpo. Mártir eres de Cristo.

«Te tentó el afán de la avaricia, de asaltar la heredad de tu inferior, violar el derecho de la viuda indefensa; sin embargo, por la contemplación de los mandatos divinos, te decidiste antes a prestar ayuda que a ocasionar injuria. Testigo eres de Cristo.

«Tu tentación fue un impulso de soberbia; pero, al ver al pobre y necesitado, te compadeciste piadosamente, preferiste abajarte que mostrarte arrogante. Testigo eres de Cristo...

«¿Quién es más testigo veraz que aquel que, cumpliendo los preceptos evangélicos, confiesa que el Señor se hizo hombre?... ¡Cuán numerosos, pues, son cada día los mártires ocultos de Cristo, cuán numerosos los que lo confiesan!» (Com. Salmo 118, sermón 20,47).

Consideremos, pues, ahora más detenidamente el misterio del martirio cristiano, su naturaleza teológica, su definición descriptiva, su identidad profunda en el ámbito de la Iglesia.