fundación GRATIS DATE

Gratis lo recibisteis, dadlo gratis

Otros formatos de texto

epub
mobi
pdf
zip

Descarga Gratis en distintos formatos

3. El martirio en la Escritura

Terminología griega del martirio

Acerca de la terminología bíblica en relación al martirio, baste aquí recordar que en griego
–martis es el «testigo», la persona que, sobre todo en el campo jurídico, está en condiciones de afirmar por su experiencia la veracidad de un hecho; o incluso de unas verdades, sentido ampliado al que se llega posteriormente. Esta duplicidad de sentido tendrá gran alcance en el cristianismo.

–martireo significa «testimoniar», ser testigo de algo.

–martiria y martirion significan más bien el propio «testimonio», o a veces la acción de testimoniar.

En este aspecto filológico resumo los estudios de H. STRATHMANN, martis, etc. en G. KITTEL, The-ologisches Wörterbuch zum Neuen Testament, IV, Stuttgart 1942 = Grande Lessico del Nuovo Testamento, VI, Paideia, Brescia 1970; y M. GUERRA, Diccionario morfológico del Nuevo Testamento, Aldecoa, Burgos 19882.


Mártires en la Biblia de los Setenta

En la Biblia de los LXX, este grupo de palabras se usa con frecuencia, y se emplea en los sentidos comunes ya aludidos. Por ejemplo, martis unas 60 veces, martirein unas 10, martirion 250 veces.

En ocasiones, sin embargo, tiene este vocabulario un sentido religioso propio. En el Deutero-Isaías 43,9-13 y 44,7-11, por ejemplo, Yavé se enfrenta procesal-mente con los pueblos gentiles, para que se demuestre quién es el Dios verdadero, Yavé o los dioses de los gentiles. Y el Pueblo elegido ha de ser testigo que testimonie en favor de Yavé ante los demás pueblos, ateniéndose a la experiencia que tiene de hechos formidables realizados por el Señor (43,9; 44,9). Los adversarios de Yavé serán así vencidos y avergonzados (44,11), pues sus dioses no ven ni oyen, son nada (44,9-11).

«Vosotros sois mis testigos –oráculo de Yavé– y mis siervos, que Yo he elegido, para que lo reconozcáis y creáis en Mí, y comprendáis que soy Yo: antes de Mí no ha sido formado ningún dios y tras de Mí no existirá. Yo, Yo soy Yahvé, y no hay fuera de Mí Salvador alguno. Yo soy el que anuncia, el que salva, el que habla, y no ha habido entre vosotros [dios] extraño. Vosotros sois mis testigos, dice Yavé. Yo soy Dios desde la eternidad» (43,10-12; cf. 44,7-9).

Los hijos de Israel han sido, pues, elegidos y llamados por Yavé para conocer las maravillas del único Dios, y para ser testigos suyos ante los pueblos (42,4; 49,6; 62,10). Adviértase que aquí el martirio no tiene todavía relación directa con el sufrimiento o con la muerte –relación inherente al martirio cristiano–, pero ya ofrece un sentido de gran valor religioso y cristiano.

En cuanto al término martirion hay que señalar que, aún teniendo sentidos profanos, pronto y con frecuencia asume también un sentido religioso.

Un montón de piedras, por ejemplo, testimonia el pacto hecho entre Jacob y Labán (Gén 31,44-48); y un altar (Jos 22), una piedra (24,27), un cántico (Gén 31,19) o un libro guardado en el arca (31,26), constituyen igualmente monumentos-testimoniales.

Hechas estas elementales observaciones filológicas, consideremos el martirio en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. En la historia de Israel nos fijaremos especialmente en los profetas, en los hombres justos y en los Macabeos, pues son preciosos precedentes del martirio cristiano.


Los profetas

El profeta de Israel da la figura de un hombre santo, por su misión y por su religiosidad, que en el nombre de Dios denuncia al pueblo sus pecados, llama a conversión, y anuncia gracia y salvación. Este enviado de Dios suele sufrir rechazos y marginaciones, ultrajes, persecuciones y con frecuencia la muerte.

Así, por ejemplo, Elías, para el indigno rey Ajab, aparece como un personaje siniestro: «¿Eres tú, ruina de Israel?» (1Re 18,17). Su esposa Jezabel hace matar a todos los profetas de Israel, y queda Elías solo, que ha de huir para salvar su vida (19,10). De modo semejante, sacerdotes, falsos profetas y pueblo persiguen todos juntos a Jeremías, decididos a matarle por la dureza de su mensaje (Jer 26,8-24).

El profeta, por ser testigo público de Dios, y por ser enviado por Dios a prestar su testimonio muchas veces en circunstancias de infidelidad generalizada, es mártir, está destinado al martirio.

Dice el Señor: «mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos» (Is 55,8). El profeta, al ser enviado al pueblo para denunciar sus pensamientos y caminos y para anunciar los de Dios, llamando así a conversión, corre grave peligro, y con frecuencia pierde la vida al cumplir la misión recibida.

En tiempos de Jesús era bien sabido que Israel mata a los profetas que Dios les envía, precisamente porque ellos, hablando en el nombre de Dios y con su autoridad, denuncian los pecados y llaman a conversión (Mt 5,11-12; 23,37). Por eso Jerusalén los persigue, los apedrea, los mata fuera de la Ciudad santa (Lc 13,33), y luego adorna y venera sus tumbas, reconociendo así su propio crimen (Mt 23,30-33).


Los hombres justos

Los hombres santos, los justos, por ser fieles a la Alianza establecida con Dios, sufren igualmente grandes persecuciones, e incluso la muerte, cuando en el pueblo predomina la infidelidad.

«Rebosa ya el rosal de rosas escarlatas, / la luz del sol tiñe de rojo el cielo, / la muerte estupefacta contempla vuestro vuelo, / enjambre de profetas y justos perseguidos» (L. Horas, com. mártires).

El hombre justo se lamenta de ello ante el Señor, pues se halla solo y abandonado de todos:

«por Ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre; porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí» (Sal 68,8-10). Nótese, por lo demás, que el justo, viéndose asfixiado por el pecado del mundo, sufre un tormento diario aun en el caso de que el mundo no lo persiga, sino que lo ignore: «arroyos de lágrimas bajan de mis ojos por los que no cumplen tu voluntad» (118,136).

Es verdad que a veces el justo no está solo. Hay un Resto fiel, un grupo de hombres justos, que ha de sufrir por su fidelidad a la Alianza: «por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como ovejas de matanza» (Sal 43,23).

Estas realidades históricas eran perfectamente conocidas en tiempos de Jesús. La carta a los Hebreos, por ejemplo, recuerda a muchos justos, que padecieron grandes penalidades a causa de la fe:

Por fidelidad a la fe, «unos fueron sometidos a tormento, y rehusaron la liberación, queriendo alcanzar una resurrección mejor. Otros soportaron la prueba de burlas y azotes, más aún, de cadenas y cárceles. Otros fueron apedreados, tentados, aserrados, murieron pasados a cuchillo, anduvieron errantes, vestidos con pieles de oveja y de cabra, indigentes, atribulados, maltratados –¡el mundo no se los merecía!–, perdidos por los desiertos y los montes, por las cavernas y por las grietas de la tierra» (Heb 11,35-38).

Por eso la convicción hoy generalizada por la cultura democrática liberal, de que el hombre más valioso es el más apreciado por el conjunto de su pueblo, es una idea completamente ajena, y aún contraria, a la tradición bíblica judía o cristiana. Esta tradición considera evidente que el justo o los justos, sobre todo en tiempos de infidelidad generalizada, serán necesariamente marginados y perseguidos, desprestigiados o incluso matados.


Los Macabeos

La cumbre más alta del martirio en el Antiguo Testamento la encontramos en el martirio de siete hermanos y de su madre, tal como aparece en el texto de los Macabeos. Estos dos libros bíblicos narran hechos ocurridos en Israel entre los años 175-135 antes de Cristo. Refieren sobre todo las persecuciones terribles que los fieles de Israel sufren bajo Antíoco Epifanes, «raíz de pecado», hijo de uno de los herederos del imperio de Alejandro Magno.

«En aquellos días, el rey Antíoco decretó la unidad nacional para todos los súbditos de su imperio, obligando a cada uno a abandonar su legislación particular. Todas las naciones acataron la orden del rey, e incluso muchos israelitas adoptaron la religión oficial, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado» (1Mac 1,43-45).

Muchos israelitas, contaminados por el paganismo griego o atemorizados por las amenazas del poder invasor, ceden, tratan de salvar sus vidas, y aceptan cambiar las instituciones de la Alianza por las del helenismo pagano: «abandonaron la santa Alianza, y haciendo causa común con los gentiles, se vendieron al mal» (1,16). De este modo llega a «instalarse sobre el altar la abominación de la desolación, y en las ciudades de Judá de todo alrededor se edificaron altares» idolátricos (1,57). El tiempo actual, sobre todo en el Occidente descristianizado, ofrece situaciones muy semejantes a las que aquí evoco.

El Señor suscita entonces la sublevación de Matatías y de sus cinco hijos, los Macabeos:

«¡Ay de mí! ¿Por qué nací yo, para ver la ruina de mi pueblo, y la ruina de la Ciudad santa, obligado a habitar aquí, cuando está en poder de enemigos y su Templo en poder de extraños?... ¿Para qué vivir?» (1Mac 2,7-8.13). Tras una larga lamentación, «rasgaron Matatías y sus hijos sus vestiduras, y se vistieron de saco e hicieron gran duelo» (2,14), declarando: «Aunque todas las naciones que formen el imperio abandonen el culto de sus padres y se sometan a vuestros mandatos, yo y mis hijos y mis hermanos viviremos en la Alianza de nuestros padres. Líbrenos Dios de abandonar la Ley y sus mandamientos. No escucharemos las órdenes del rey para salirnos de nuestro culto, ni a la derecha ni a la izquierda» (2,19-22).

Matatías y los suyos pasan pronto de la palabra a la acción: «¡todo el que sienta celo por la Ley y sostenga la Alianza, sígame! Y huyeron él y sus hijos a los montes, abandonando cuanto tenían en la ciudad. Entonces muchos de los que suspiraban por la justicia y el derecho bajaron al desierto, para habitar allí, así ellos como sus hijos, sus mujeres y sus ganados, pues la persecución había llegado al colmo» (2,27-30).

La sublevación toma forma de guerra armada, guiada sucesivamente por Judas, Jonatán y Simón. Y gracias a la fe y al valor martirial de la familia de Matatías logra Israel la independencia nacional de los seleúcidas, creando la nueva dinastía levítica de los Asmoneos.

Pues bien, en la crónica de estas heroicas gestas, la crónica martirial más impresionante se halla en el libro II de los Macabeos, capítulo 7. Verdaderamente «es muy digno de memoria lo ocurrido a siete hermanos que con su madre fueron presos, y a quienes el rey quería forzar a comer carnes de cerdo prohibidas, y por negarse a comerlas fueron azotados con látigos y nervios».
El primero de los hermanos confiesa: «estamos dispuestos a morir antes que violar las Leyes de nuestros padres»; y por eso es atrozmente mutilado y quemado, mientras unos a otros se animan diciendo: «el Señor Dios está viéndolo, y tendrá compasión de nosotros».

El segundo, antes de morir igualmente atormentado, dice: «Tú, malvado, nos privas de la vida presente, pero el Rey del universo nos resucitará a una vida eterna a los que morimos por sus Leyes».

El tercero dice antes de ser mutilado y morir: «del cielo tenemos estos miembros, que por amor de sus Leyes yo desdeño, esperando recibirlos otra vez de Él».

El cuarto dice: «Más vale morir a manos de los hombres, poniendo en Dios la esperanza de ser de nuevo resucitado por Él; pues para ti no habrá resurrección a la vida».

El quinto: «no creas que nuestra raza ha sido abandonada por Dios. Tú espera, y verás su grandioso poder, y cómo te atormentará a ti y a tu descendencia».

El sexto tampoco cede y dice: «nosotros estamos sufriendo esto por nuestra culpa, por haber pecado contra nuestro Dios; pero tú no pienses que quedarás sin castigo después de haber intentado luchar contra Dios».

Al menor de los hermanos se le prometen grandes favores y prosperidades si se distancia de la obstinación suicida de su familia. Pero su madre, después de elevar una altísima oración al Creador de todo el universo, le anima con preciosas verdades, y finalmente confiesa como los otros: «¿a quién esperáis? No obedezco el mandato del rey, obedezco el mandato de la Ley que fue dada a nuestros padres por Moisés... Mis hermanos, después de soportar un breve tormento, beben el agua de la vida eterna en virtud de la Alianza de Dios; pero tú pagarás en el juicio divino las justas penas de tu soberbia».

Éste fue atormentado aún más cruelmente que sus hermanos, y «así murió limpio de toda contaminación, totalmente confiado en el Señor. La última en morir fue la madre».

A pesar de que estas páginas de los libros de los Macabeos son tan explícitamente martiriales, la terminología griega de martirio no aparece todavía en ellas.


El martirio en el Nuevo Testamento

El vocabulario martirial es frecuente en el Nuevo Testamento: martis aparece 34 veces, martiria 37, martirion 20, martirein 47, etc. Y en sus páginas se halla la doble acepción del vocablo mártir, testigo de un hecho y testigo de una verdad. Todavía, sin embargo, estos textos no dan el sentido cristiano exacto del martirio, aunque sin duda llevan ya en sí mismos el gérmen de ese sentido pleno que pronto adquirirán.

En la acepción de testigos de un hecho, son varios los textos neotestamentarios, a veces en un marco judicial (Mc 14,63; Mt 18,16; 26,65; Mc 14,63; Hch 6,13; 7,58; 1Tim 5,19; 2Cor 13,1; Heb 10,28) o fuera de ese marco (Lc 11,48). Pablo a veces pone a Dios por testigo (Rm 1,9; 2Cor 1,23; Flp 1,8; 1Tes 2,5) o a ciertos hombres (1Tes 2,10; 1 Tim 6,12; 2Tim 2,2; +Heb 12,1) para confirmar, por ejemplo, la rectitud de su vida y ministerio.


Los Sinópticos

Lucas da al término testigo-mártir un sentido más pleno: «vosotros sois testigos (mártires) de estas cosas» (Lc 24,48). El mártir certifica con su testimonio ciertos hechos, concretamente, determinados acontecimientos de la historia de Jesús, en especial su pasión y su resurrección. Ahora bien, tales acontecimientos no pueden ser adecuadamente testificados sin testimoniar al mismo tiempo su verdad profunda, su significado salvífico en la fe. Y como vemos, se trata efectivamente de un testimonio: no se trata de hechos, ni de verdades de la fe a ellos conexas, que puedan ser comprobados en forma empírica, sino que han de ser creídos a causa del testimonio fidedigno que de ellos se da. En tal perspectiva, pues, el mártir afirma simultáneamente un hecho y una verdad de fe.

Por otra parte, adviértase que el Evangelio es una Buena Noticia, que ha de ser difundida por unos testigos que, afirmando la veracidad de una historia bien concreta, la de Jesús, afirman al mismo tiempo la significación salvífica de esos hechos, ocurridos, en lugares y tiempos bien determinados.

En ese preciso sentido, los apóstoles son llamados por Cristo para ser testigos-mártires, con la ayuda del Espíritu Santo, de todos esos hechos y de su significado en la fe: «vosotros seréis mis testigos» (Hch 1,8); «vosotros seréis testigos de estas cosas» (Lc 24,48). Ellos, pues, habrán de atestiguar la vida de Jesús en general, como corresponde a quienes han sido compañeros suyos desde su bautismo hasta su resurrección (Hch 1,22; 10,39): «ellos son sus testigos ante el pueblo» (13,31), y muy especialmente habrán de atestiguar todo lo referente a su resurrección (1,22; 2,32; 3,15; 5,30-32; 10,41).

«Vosotros seréis mis testigos». Es misión de todos los cristianos, y especialmente de los apóstoles, «confesar a Cristo ante los hombres» (cf. Mt 10,32; Lc 12,8). Ya vimos en el Deutero-Isaías cómo Yavé encomendaba a los israelitas la función de confesarle ante los pueblos gentiles, para que éstos lo reconociesen como único Dios y Salvador: «vosotros sois mis testigos» (Is 43,9-13; 44,7-11). En una perspectiva análoga, Cristo, rechazado por el mundo, encomienda a los cristianos, y especialmente a los apóstoles, que sean sus testigos ante las naciones, y les avisa que en el cumplimiento de esa misión van a hallar persecución, cárceles o incluso muerte (Mt 5,10-12; Mc 10,30; Lc 6,21-23; Hch 5,41; Rm 12,14). Por tanto, el sentido pleno del martirio cristiano está ya implícito en estos textos evangélicos.


Esteban y Pablo

El testimonio de Esteban, como es prestado hasta la muerte, da a su martirio el significado principal que el término adquirirá en la Iglesia pocos años más tarde; y así se dice en su crónica: «fue derramada la sangre de tu testigo (mártir) Esteban» (Hch 22,20). Aquí ya se trata, pues, de un testimonio en el que la veracidad de ciertos hechos y doctrinas de la fe llegan a ser afirmadas por el testigo y confirmadas con su propia muerte.

Por lo que a San Pablo se refiere, conviene observar que, aunque él no ha sido compañero de Jesús desde su bautismo a su resurrección, sin embargo, ha podido «ver al Justo» y «oir» su voz, de modo que el mismo Cristo le da el nombre de mártir suyo: «serás testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído» (Hch 22,14-15; 26,16). Y por eso, «como diste testimonio en Jerusalén de lo que a mí se refiere, así es preciso que también des testimonio de mí en Roma» (Hch 23,11).


San Pedro

Otros autores del Nuevo Testamento, aunque apenas usen la terminología martirial, expresan con otras palabras la misma substancia del martirio. Así San Pedro dice, afirmando la función testimonial de los apóstoles: «nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20); «nosotros os dimos a conocer el poderío y advenimiento de nuestro Señor Jesucristo no siguiendo artificiosas fábulas, sino como testigos oculares de su majestad» (2Pe 2,16).

Pero también en San Pedro hallamos el término mártir cuando, exhortando a los presbíteros de la comunidad, se declara a sí mismo «copresbítero, testigo de la pasión de Cristo y participante de la gloria que ha de revelarse» (1Pe 5,2). No declara, sin embargo, con eso que él fuera testigo ocular de la cruz, sino que él testimonia los padecimientos del Señor y su gloria, como también han de hacerlo todos los fieles cristianos que participan en los padecimientos del Señor y en su gloria (4,13). Los cristianos, en efecto, no hablan de la pasión del Señor como pueda un ciego hablar de los colores, sino como quienes participan directamente en ella, así como en la gloria que le va unida.


San Juan

El vocabulario martirial es muy frecuente en los escritos del apóstol Juan. Aunque en no siempre lo usa en sentido teológico (Jn 2,25; 3,28; 4,39.44; 12,17; 13,21; 18,23), normalmente San Juan emplea el lenguaje martirial con un sentido teológico explícito, refiriéndose al testimonio de Jesús, es decir, a la confesión de su persona, de su obra, de su misterio: «el Padre dará testimonio de mí, y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo» (Jn 15,27).

Los términos martiriales de San Juan en esta acepción son muy frecuentes y llevan consigo una gran riqueza de contenido y de matices. Merece la pena leer atentamente los lugares siguientes (Jn 1,7.15.34; 3,11.32-33; 5,31-39; 8,12-18; 10,25; 15,26-27; 21,24; 1Jn 1,2; 4,14; 5,6-11).

Juan evangelista es consciente de que él, como los otros apóstoles, es testigo ocular del Cristo histórico: «hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Y por eso los apóstoles, habiéndole oído, visto y palpado, «dan testimonio» de Él a todos los hombres (1Jn 1,1-3). Ellos son, en efecto, apóstoles, esto es, testigos-enviados.


El Apocalipsis

La condición martirial de Cristo fue inmediatamente asumida por su Esposa, la primera Iglesia, mártir de Cristo, mártir con Cristo. La misma persecución sufrida por Cristo viene a ser sufrida en el mundo por sus discípulos. Por eso el Apocalipsis del apóstol San Juan, a fines del siglo I, es escrito para confortar a las primeras generaciones cristianas, que ya estaban recibiendo los terribles zarpazos de la Bestia romana.

La perfecta actualidad, sin embargo, del libro del Apocalipsis es hoy indiscutible. El mundo ha perseguido, persigue y perseguirá siempre a Cristo y quienes guarden el testimonio de Cristo fielmente. El Maestro lo anunció y lo aseguró (Mt 5,11-12; Jn 15,18-21). En efecto, «todos los que aspiran a vivir religiosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2Tim 3,12). En el libro del Apocalipsis, por lo demás, se dice claramente que ha sido escrito para las generaciones presentes y las futuras (Ap 2,11; 22,16.18).

Jesucristo es contemplado en el Apocalipsis como «el Testigo [mártir] fidedigno y veraz» (1,5; 3,14). Y Él es plenamente consciente de esta vocación: «Yo he nacido para esto y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). Ahora bien, como el mundo entero yace bajo el poder del Maligno, Padre de la Mentira (1Jn 5,19; Jn 8,44), nada es tan peligroso en el mundo como afirmar la verdad, sobre todo si se afirma en el nombre de Dios, es decir, con infinita autoridad. Por esto muere Cristo, por dar testimonio de la verdad, como «Testigo fiel y veraz», y por esto mueren muchos de sus discípulos.

Jesucristo es, pues, para siempre el prototipo del mártir cristiano: Él es el testigo que muere a causa de la fe y de la fidelidad; el testigo fiel que es muerto por dar en el mundo el testimonio de la verdad. Él mismo es «la verdad» (Jn 14,6), y por eso «dar testimonio de la verdad» (5,33; 18,37), es igual a dar testimonio de él (3,26; 5,32), como único «Salvador del mundo» enviado por Dios (4,42; 1Jn 4,14).

De él han dado testimonio las Escrituras (Jn 5,39), el Bautista (1,7ss.15.32.34; 3,26; 5,33), el mismo Dios (5,32.38; 8,18), las obras que el Padre le da hacer (5,36; 10,25). Y después de su pasión y resurrección, en medio de un mundo enemigo, el Espíritu Santo seguirá dando testimonio de Él (15,26; 1Jn 5,6). Y de Él darán testimonio en el mundo sus discípulos (Jn 15,27; 1Jn 4,14). Ahora bien, arriesgarán sus vidas gravemente, y con frecuencia la perderán, aquellos que «mantienen el testimonio de Jesús», expresión frecuente en el Apocalipsis (1,2.9; 12,17; 19,10; 20,4), o lo que viene a ser lo mismo, aquellos que guardan «la palabra de Dios» (1,2.9; 6,9; 20,4) o «los mandamientos de Dios» (12,17). Son realmente mártires de Cristo.

A esta luz se presenta el martirio de Antipas en la Iglesia de Pérgamo: «Conozco dónde moras, donde está el trono de Satán, y que mantienes mi nombre, y no negaste mi fe, aun en los días de Antipas, mi testigo, mi fiel, que fue muerto entre vosotros, donde Satán habita» (Ap 2,13).

Igualmente, cuando envía el Señor «dos testigos para que profeticen», cumplieron éstos su misión fielmente y con gran poder. Pero «cuando hubieren acabado su testimonio, la Bestia, que sube del abismo, les hará la guerra y los vencerá y les quitará la vida. Sus cuerpos yacerán en la plaza de la gran Ciudad, que espiritualmente se llama Sodoma y Egipto, donde su Señor fue crucificado... No permitirán que sus cuerpos sean puestos en el sepulcro. Y los moradores de la tierra se alegrarán, porque estos dos profetas eran el tormento de los moradores de la tierra». Tres días y medio después, Dios los resucita y los eleva al cielo (Ap 13,1-14).

El libro del Apocalipsis da un fundamento muy patente a la condición martirial de la Iglesia en el mundo a lo largo de todos los siglos. La historia de la humanidad se acelera inmensamente con la encarnación del Hijo de Dios. Con ella se introduce en el mundo un infinito Poder de salvación: la verdad de Dios. Pero eso mismo produce espasmos de horror y de ira en el Padre de la Mentira, «la Serpiente antigua, el llamado Diablo o Satanás, el que engaña al mundo entero», que frustrado en su intento de devorar a Cristo, resucitado de la muerte y ascendido al cielo, «se va a hacer la guerra contra su descendencia, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús» (Ap 12,9.17).

En efecto, a lo largo de toda la historia de la Iglesia, el Dragón infernal dará poder a Bestias sucesivas, que reciben de él un poder muy grande en el mundo:

«Toda la tierra seguía admirada a la Bestia. Adoraron al Dragón, porque había dado el poder a la Bestia, y adoraron a la Bestia, diciendo: “¿quién como la Bestia?”... La adoraron todos los moradores de la tierra» (Ap 13,2-4). La Bestia «hizo que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se les imprimiese un sello en la mano derecha [en la conducta] y en la frente [en la mentalidad], de modo que nadie pudiese comprar y vender [en el mundo] sino el que tuviera el sello, el nombre de la Bestia o el número de su nombre» (13,16-17).

Prepárense, pues, los discípulos de Cristo, y conozcan bien, según lo enseñado por Dios en este Libro de la Revelación, que dar en este mundo testimonio de la verdad y testimonio de Cristo muy fácilmente podrá llevarles a la muerte social o incluso física. El mundo, Babilonia, la Gran Ramera, es «la mujer embriagada con la sangre de los mártires de Jesús» (Ap 17,1.6). «Aquí está la paciencia de los santos, aquellos que guardan los mandamientos de Dios y la fe en Jesús» (14,12).

Sabe el Diablo, por otra parte, que el poder de Cristo Salvador es mucho mayor que el suyo, pues a Él «le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Conoce perfectamente que «le queda poco tiempo» (Ap 12,12), y esto mismo redobla su furor contra los santos, los testigos-mártires de Jesús.

Todo lo dicho muestra claramente que el libro del Apocalipsis, lejos de ser un libro derrotista, es un libro de consolación, en el que Cristo vence siempre a las Bestias sucesivas que en la historia encarnan el poder del Diablo. Y siempre las vence, nótese bien, con «la espada que sale de su boca», es decir, por la afirmación potentísima de la verdad en el mundo (Ap 1,16; 2,16; 19,5.21; +2Tes 2,8). Estas victorias de Cristo, en efecto, encienden una y otra vez las páginas del Apocalipsis en alegres celebraciones, que proclaman en liturgias formidables los triunfos de Dios y de su Cordero (4-5; 7,9-12; 8,3-4; 11,15-19; 14,1-5; 15,1-4; 16,5-7; 19,1-8).

«Los que habían triunfado de la Bestia y de su imagen... cantan el cántico del Cordero, diciendo: “grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente; justos y verdaderos son tus caminos, oh Rey de los siglos... Tú solo eres santo, y vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento» (15,2-4).

No durarán mucho los tormentos de los mártires de Cristo, pues Él mismo asegura a su Iglesia: «vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona» (Ap 3,12): «vengo pronto» (22,12.20; +1,1; 2,16; 22,7).