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1. El martirio continuo de Jesús

Jesucristo, el mártir

Durante su vida temporal, Jesucristo es mártir permanente de Dios en el mundo. Él es «el Testigo (mártir) veraz y fidedigno» (Ap 1,5; 3,14). Él es mártir no solo en cuanto testigo continuo de la verdad de Dios, es decir, como profeta, sino también lo es durante toda su vida en el sentido doloroso que este término tiene en la tradición cristiana. En efecto, durante toda su vida en la tierra, Cristo avanza consciente, libre y amorosamente hacia la Cruz. Toda su vida es, pues, un grandioso via crucis, que se consuma en el Calvario, en la Cruz sagrada.

Esta condición martirial y dolorosa de Jesucristo siempre ha sido conocida por los santos, que son quienes mejor lo han comprendido. Así Santa Teresa:

«¿Qué fue toda su vida sino una cruz, siempre delante de los ojos nuestra ingratitud y ver tantas ofensas como se hacían a su Padre, y tantas almas como se perdían? Pues si acá una que tenga alguna caridad le es gran tormento ver esto, ¿qué sería en la caridad de este Señor?» (Camino, Esc. 72,3).

Santa Teresa entiende perfectamente los sentimientos de Cristo porque, como quería San Pablo (Flp 2,5), ella tiene los mismos sentimientos que Él. Cristo está viviendo en ella con toda plenitud, y por eso siente Teresa los mismos sentimientos de Jesús, y experimenta también la vida presente como una cruz continua. Esa fue la experiencia de Cristo, lo misma de San Pablo: «cada día muero» (1Cor 15,31).


El Verbo divino entra en el mundo

Al entrar en este mundo pecador, el divino Hijo encarnado sabe perfectamente la suerte que le espera. Sabe que Él es Luz divina, hecha visible por la Encarnación, y que las Tinieblas del mundo no la soportarán, y tratarán de apagarla violentamente (Jn 1,5). La Pasión de Cristo se inicia en Belén, en el exilio de Egipto, y continúa in crescendo majestuoso hasta la Cruz.

Por eso, dice al Padre «entrando en el mundo: no quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. “Los [antiguos] holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibiste. Entonces yo dije: Heme aquí que vengo –en el volumen del Libro está escrito de mí– para hacer, oh Dios, tu voluntad”» (Heb 10,5-9; cf. Sal 39,7-9).


Se anonada en la Encarnación

Cuando el Verbo divino se hace hombre en María, por obra del Espíritu Santo, entra en la raza humana sabiendo bien dónde entra. –El Eterno, el que abarca todos los tiempos en un presente total e interminable, acepta encarcelarse en un presente infinitamente angosto, indeciblemente efímero, en un instante que, situado entre el futuro y el pasado, «es pasando». –El Santo se introduce, para salvarnos del pecado, en medio de una humanidad hundida en el barro del pecado del mundo. –El Omnipotente, «sin desdeñar el seno de la Virgen», quiere hacerse niño mínimo, inválido, inerme, sin fuerza, lleno de necesidades, totalmente vulnerable. –La Sabiduría eterna del Padre acepta hacerse niño sin pensamiento, perdido entre ensoñaciones, inconsciente, absolutamente ignorante. –El Rico, de quien proceden todos los bienes materiales o espirituales, se hace pobre, nace en un lugar para animales. –El Primogénito de toda criatura, cuando entra en la miserable vida de sus hermanos, enseguida es perseguido, y a toda prisa, de noche, sin preparativo alguno, se hace prófugo y exiliado en Egipto, en un país extranjero, del que María y José no conocen la lengua, ni las posibilidades de trabajo, ni nada...

«Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gál 4,4), el cual, «siendo rico, se hizo pobre por amor a nosotros, para enriquecernos con su pobreza» (2Cor 8,9). Él, «existiendo en la forma de Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó, tomando la forma de siervo... y en la misma condición de hombre se humilló» (Flp 2,5-8).

Todo esto es «escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, sean judíos o griegos» (1Cor 1,23-24).


Escándalo para los judíos

Yavé es el Altísimo, el Señor, el Creador omnipotente: «en presencia del Señor se estremece la tierra» (Sal 113,7); «cuando Él mira la tierra, ella tiembla, cuando toca los montes, humean» (103,32). Él es magnífico y deslumbrante, terrible en su potencia (Sal 75). Sus teofanías son lógicamente formidables. Y en medio de los estremecimientos de la naturaleza, «solo su voz» llega a los hombres:

«Vosotros os acercásteis, y os quedásteis al pie de la montaña, mientras la montaña ardía envuelta en un fuego que se elevaba hasta lo más alto del cielo, entre negros nubarrones y una densa oscuridad. Entonces os habló el Señor desde el fuego, y escuchásteis el sonido de sus palabras; pero no visteis figura alguna: era solo una voz» (Dt 4,11-12)

Pues bien, tal como la Providencia divina dispone la Encarnación del Verbo, ¿cómo los judíos podrán reconocer en Jesús de Nazaret la presencia divina del Señor? ¿«No es éste el hijo del carpintero» (Mt 13,55). No tiene estudios académicos que lo prestigien (Mc 6,2). Y para colmo «viene desde Nazaret, de Galilea» (Mc 1,9; +Mt 21,11). Pero ¿«acaso de Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). ¿Y cuándo Galilea, la «Galilea de los paganos» (Mt 5,15; +Is 9,1), ha dado profetas o jefes a Israel?... Para los judíos el caso es claro: predicar a Jesús y creer en él es una estupidez, más aún, es un pecado, es un escándalo. «Se escandalizaban de Él» (Mc 6,3).

Y ese escándalo se acrecienta si la locura de la predicación evangélica propone al monoteísmo de Israel la fe en una Trinidad de personas divinas, iguales entre sí en eternidad, santidad y potencia.


Locura para los paganos

Para los intelectuales paganos, concretamente para los griegos, es evidente que Dios, si existe, es puro Espíritu. Y que los seres corporales, por el mero hecho de ser materiales, ya certifican su propia miseria y precariedad en el orden del ser. Así las cosas, ¿es posible que una mente sana crea que el Logos divino, «siendo Dios y estando desde el principio en Dios», ha entrado en el devenir humano para «hacerse carne» (Jn 1,1-14)? ¿No es simplemente una locura afirmar que Jesús es al mismo tiempo Dios verdadero y hombre verdadero? ¿Qué diferencia hay entre afirmar eso y asegurar que se ha logrado trazar «un círculo cuadrado»? Absurdo.

Y sin embargo, eso fue lo que predicaron los Apóstoles, un grupo de iletrados, que, por obra del Espíritu Santo, ya en el primer siglo, encendieron la fe en Cristo por todas las naciones.

«A ver. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el hombre culto? ¿No ha demostrado Dios que la sabiduría de este mundo es una necedad? En efecto, ya que el mundo, con toda su sabiduría, no reconoció a Dios en las obras que manifiestan su sabiduría, quiso Dios salvar a los que creen por la locura de la predicación» (1Cor 1,20-21).

La Encarnación del Verbo divino, por ser la grandiosa «epifanía de la bondad y del amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4), precisamente por eso, se realiza en la más profunda humildad e indefensión. No se realiza en gloria, majestad y potencia, sino en humilde pobreza, sencillez y desvalimiento. Pero justamente por eso, a causa de la maldad de los hombres, el Verbo encarnado va a ser despreciado, perseguido y muerto en la Cruz. Esto Jesús lo supo siempre, desde niño.

¿Realmente lo supo siempre?


La mente humana de Jesús

Nuestro Señor Jesucristo, el Verbo encarnado, según su eterna naturaleza divina, posee una ciencia divina omnisciente, por la que conoce todo, en sí mismo, desde siempre. Este conocimiento, que está vivo y actuante en Jesús, se expresa no pocas veces en los evangelios: «Yo hablo lo que he visto junto al Padre» (Jn 8,38).

Pero a partir de la Encarnación, al asumir la naturaleza humana, en cuerpo y alma, Jesús posee también realmente una ciencia humana. Así lo enseña el Catecismo de la Iglesia:

«el alma humana que el Hijo de Dios asumió está dotada de un verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser de por sí ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su existencia en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar “en sabiduría, en estatura y en gracia” e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera experimental (cf. Mc 6,38; 8,27; Jn 11,34). Eso correspondía a la realidad de su anonadamiento voluntario en “la condición de esclavo” (Flp 2,7)» (n.472).

El alma humana de Cristo en la tierra posee, efectivamente, esta ciencia adquirida o experimental (Sto. Tomás, STh III, 9,4), propia de la naturaleza humana, una ciencia verdaderamente progresiva y creciente (III,12,2).

El Verbo divino, en efecto, al asumir la naturaleza humana, la asume de verdad, se hace semejante a nosotros en todo, menos en el pecado (Heb 2,11-17; 4,15; 5,8). Y por eso realmente «Jesús crece en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52).

Hay además en el alma de Cristo, más allá de su ciencia experimental, una ciencia infusa, directamente recibida de Dios, por la que conoce el fondo de los corazones, acontecimientos futuros y todo cuanto conviene para el cumplimiento fiel de su misión redentora.

Y el Cristo de la tierra tiene también una ciencia beatífica, por la que ve al mismo Dios. La majestad divina de la unión hipostática hace inconcebible que Jesús, el Verbo encarnado, en su vida terrena, no «viera» a Dios, sino que lo conociera por «fe».

Que Jesús tuvo en la tierra la ciencia beatífica es la doctrina tradicional de la Iglesia. Y por eso el Santo Oficio, en 1918, para corregir un kenotismo moderno desviado, prohibe enseñar, como doctrina temeraria, que «no está establecido con certeza que el alma de Cristo, durante su vida entre los hombres, tuviera la ciencia que poseen los bienaventurados» en el cielo (Dz 3645).

Sin embargo, como dice Daniel Ols, O. P., entre los autores de cristologías contemporáneas, «todos o casi todos» mantienen que afirmar la visión beatífica en el Cristo viador es alejarse del realismo de la encarnación, que está en el corazón de la fe cristiana (Le Cristologie contemporanee e le loro posizioni fundamentali al vaglio della dottrina di S. Tommaso, Lib. Edit. Vaticana 1991, 164). Incluso Jean Galot, tan crítico frente a las nuevas cristologías, coincide con ellas en la negación de esta ciencia en el Cristo de la tierra (Chi sei tu, o Cristo? Florencia 1979, p.V, cp.12; Cristo, ¿tú quién eres? Madrid 1982).

La convicción tradicional de la Iglesia, sin embargo, es otra, como he dicho. Santo Tomás, por ejemplo, afirma que «la ciencia de los bienaventurados consiste en el conocimiento de Dios. Pero él [Cristo] conocía plenamente a Dios, también en cuanto hombre, según aquello: “Yo lo conozco, y guardo su palabra” (Jn 8,55). Luego tuvo Cristo la ciencia beatífica» (III,9, 2 sed contra).

No entro aquí en esta cuestión, aunque sí recomiendo estudiarla en el excelente estudio citado de Daniel Ols.

Pues bien, que Jesús tenía de su identidad personal y de su misión una ciencia divina perfecta es algo obvio. Ahora bien, que de todo ello tenía también una clara y segura ciencia humana es lo que en el resto del capítulo voy a mostrar, advirtiendo previamente lo que sigue:

«Santo Tomás subraya que la ciencia adquirida es la única ciencia propiamente humana [en Cristo], ya que procede de los principios de la naturaleza humana: las otras ciencias poseídas por Cristo no son propiamente humanas» (Ols 160).

Comprobemos, pues, ahora cómo Jesús, en su ciencia humana, es siempre consciente de su propia identidad personal, conoce su final en la Cruz, y toda su vida camina hacia ella libremente.


Jesús conoce siempre su identidad y su vocación a la Cruz

Primera cuestión. ¿Cuándo el alma humana de Jesús se hace consciente de su identidad personal divina? Parece imposible retrasar el despertar de esta conciencia, como algunos lo han hecho, hasta los treinta años, hasta su bautismo en el Jordán, o más, como alguno ha sugerido ¡hasta su resurrección! Es absurdo pensar que el hombre perfecto ha ignorado quién es hasta edad tan avanzada.

Cuando Jesús tiene doce años, en una visita al Templo de Jerusalén, «cuantos lo oyen quedan estupefactos de su inteligencia y de sus respuestas» (Lc 2,47), y habla ya con María y José de «mi Padre», refiriéndose a Dios (2,49). Todo hace pensar que Jesús tiene conciencia humana de su identidad divina desde que tiene uso de razón, y que en él, además, la razón despierta mucho antes que en sus hermanos, los hombres deteriorados por el pecado.

Segunda cuestión. ¿Cuándo va teniendo Jesús conocimiento humano de que su vida está destinada a la Cruz? En cuanto Él se conoce a sí mismo y conoce al mundo pecador, se hace consciente de que le esperan la persecución y la muerte.

En 1985 la Comisión Teológica Internacional estimó conveniente afirmar, frente a errores bastante difundidos, que Cristo conoce en su vida mortal su identidad divina y es consciente de su misión redentora sacrificial.

En efecto, «la vida de Jesús testifica la conciencia de su relación filial al Padre... Él tenía conciencia de ser el Hijo único de Dios y, en este sentido, de ser, él mismo, Dios» (Proposición 1ª). También «conocía el fin de su misión... Se sabía enviado por el Padre para servir y para dar su vida “por la muchedumbre”» (Prop. 2ª). Merece la pena leer los textos que justifican y desarrollan estas proposiciones.

Pues bien, contemplaremos ahora esta conciencia clara que Cristo tiene de su condición de mártir, testigo de Dios hasta la muerte. Pero antes quiero hacer una consideración importante.


Jesús es el más feliz de los hombres

Vamos a considerar en seguida el curso de los Evangelios, prestando especial atención a la conciencia que Cristo tenía de su destino a la Cruz. Y esto podría generar en las próximas páginas la impresión falsa de que Jesús fue un hombre triste, ya que toda su vida estaba oscurecida por la sombra de la Cruz.

Por el contrario, ningún hombre ha sido tan feliz en este mundo como Jesús. A medida que va creciendo, Cristo se conoce, se reconoce, cobra conciencia de ser el Amado del Padre, el Primogénito de toda criatura, el que «sustenta con su poderosa palabra todas las cosas» (Heb 1,3). Él se sabe amado por María, por José, por todos los ángeles y santos. Nadie ha gozado como Cristo de la hermosura del mundo. Nadie ha captado tan bien como Él la belleza y la bondad de las criaturas. Nadie se ha alegrado tanto como Él de vivir en Dios, de moverse y de existir en Dios (Hch 17,28). Nadie ha captado como Jesús la bondad de las personas buenas, y todo cuanto de bueno hay en obras, instituciones y culturas humanas. Nadie ha entendido como Él los planes de la Providencia divina, ni se ha gozado tanto en ellos. Nadie ha mirado a los pecadores con tanta compasión y benignidad, con tanta esperanza en las posibilidades de su conversión y salvación.

Y si nada alegra tanto como amar, es preciso reconocer que ningún ser humano ha experimentado como Jesús la alegría de amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo. Tampoco ha habido hombre que se haya sabido tan amado por tantos hombres como Cristo. En fin, nadie en este mundo ha tenido tanta paz interior y tanto gozo espiritual, pues nadie se ha identificado tan perfectamente con la Voluntad divina. Es evidente, pues, que ningún hombre ha sido en este mundo tan feliz como Cristo.

Es indudable que los Evangelios nos manifiestan más el dolor que el gozo de Cristo. Pero ciertamente que en su vida mortal hubo muchísimos momentos como éste que describe San Lucas: «En aquella hora se sintió inundado de gozo en el Espíritu Santo, y dijo: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra... Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, y quién es el Padre sino el Hijo”... Y vuelto a los discípulos, les dijo aparte: “dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis”»... (Lc 10,21-24).


Jesús, mártir toda su vida

El pecado del mundo es casi totalmente ignorado o inadvertido por los hombres. Y esto por dos razones: primera, porque en él han vivido sumergidos desde siempre; y segunda, porque en mayor o menor medida son cómplices de ese mal, y están, por decirlo así, con-naturalizados con él.

Pero Jesús, a medida que crece en experiencia y sabiduría, vive horrorizado por el mal del mundo; y este horror es creciente, hasta hacerse en Getsemaní «pavor, angustia, sudor de sangre» (Mc 14,33; Lc 22,44).

En la Tercera Memoria (1941) de las apariciones de Fátima, escrita por la Hna. Lucía se narra la visión del infierno. «Visteis el infierno –dice la Virgen a los tres niños– a donde van las almas de los pobres pecadores». La Beata Jacinta, la menor, «se horrorizó de tal manera, que todas las penitencias y mortificaciones le parecían pocas para salvar de allí a algunas almas... Algunas personas no quieren hablar a los niños pequeños sobre el infierno, para no asustarles. Pero Dios no dudó en mostrarlo a tres, y una de ellas contando apenas seis años, y Él bien sabía que había de horrorizarse». ¿Habrá que pensar que lo que «ven» los Beatos niños de Fátima no lo alcanza a «ver» el Niño Jesús?

El mal que sacerdotes y rabinos, tan expertos en las Escrituras, no alcanzan a ver, pues ellos mismos lo hacen, Jesús niño, que a los doce años asombra a los doctores con su sabiduría, lo ve con toda claridad desde que tiene uso de razón. Desde niño dice Jesús al Padre celestial: «arroyos de lágrimas bajan de mis ojos por los que no cumplen tu voluntad» (Sal 118,136).

A medida que crece, pero ya desde muy niño, Jesús ve y entiende que las autoridades, en lugar de servir a sus súbditos, «los tiranizan y oprimen» (Mc 10,42). Ve, en el mismo Pueblo elegido, la generalizada profanación del matrimonio, que ha venido a ser una caricatura de lo que el Creador «desde el principio» quiso que fuera (Mt 19,3-9). Ve, lo ve en el mismo Israel, cómo una secular adicción a la mentira, al Padre de la Mentira, hace casi imposible que los hombres, criaturas racionales, capten la verdad (Jn 8,43-45). Ve cómo el hombre, habiendo sido hecho a imagen de Dios, ha endurecido su corazón en la ambición, en la avaricia, en la venganza y en los castigos rigurosos, ignorando el perdón y la miseri­cordia; y cómo escribas y fariseos, los hombres de la Ley divina, han venido a ser una «raza de víboras», unos «sepulcros blanqueados», que «ni entran, ni dejan entrar» por el camino de la salvación (Mt 23,13-33). Ve claramente que están «llenos de codicia y desenfreno, llenos de hipocresía y de iniquidad» (23,25.28), y cómo, por la avidez económica de unos y la complicidad pasiva de otros, el Templo de Dios se ha convertido en una cueva de ladrones (21,12-13)...

Ese enorme abismo mundano de pecado lo ve Jesús toda su vida con plena claridad, y concretamente lo ve en el Pueblo elegido, especialmente en sus dirigentes. Y sabe bien, al mismo tiempo, que todo eso no lo ven las autoridades, ni los sacerdotes, ni tampoco los teólo­gos de Israel. Conoce también que Él ha sido enviado por el Padre para revelar a Israel, cuando ya sea adulto, la plena verdad de todo y para denunciar completamente la mentira, rescatando de ella por el Evangelio a todos los hombres, todos ellos más o menos sujetos al Padre de la Mentira. Y es consciente de que no podrá cumplir esa misión sin grandes sufrimientos, sin sufrir un rechazo total, una persecución a muerte.


Jesús se reconoce en las Escrituras

Jesús, desde muy niño, escucha las sagradas Escrituras en las celebraciones sabáticas de la sinagoga. Aprende a leer, lee las Páginas divinas, y cada vez va comprendiendo mejor, en su conocimiento humano adquirido, cómo todas las Escrituras se están refiriendo a Él continuamente. Mientras es niño y muchacho, permanece callado; pero cuántas veces en Nazaret habría podido decir lo que dirá años más tarde allí mismo: «hoy se cumple [en Mí] esta Escritura que acabáis de oir» (Lc 4,21).

Cuando Jesús lee o escucha cómo en el monte Moriah, por orden de Yavé, Abraham está dispuesto a sacrificar a su único hijo, Isaac, y le oye decir «Dios proveerá el cordero para el holocausto» (Gén 22), sabe que Abraham e Isaac son figura del Padre celestial y de Él mismo; es consciente de que el Padre divino, con todo amor, «no escatima a su propio Hijo, sino que lo entrega por todos» (Rm 8,32).

A medida que año tras año participa Jesús en la celebración anual de la Pascua, ve que en el día catorce del mes de Nisán, el mes primero del calendario judío, en la primavera, se sacrifica un cordero inmaculado, al que no se quebranta hueso alguno, y que de su sangre recibe Israel la liberación de la esclavitud y de la muerte (Éx 12). Y entiende, sin duda, en todo ello el anuncio profético de su propia Pasión y muerte.

Cuando Jesús medita en el establecimiento de la Alianza Antigua, sellada en el Sinaí con aquel sacrificio ofrecido por Moisés, en un altar construido sobre doce piedras, es consciente de que las palabras que entonces se pronunciaron van a tener en sí mismo una realización nueva y definitiva: «ésta es la sangre de la Alianza que hace con vosotros Yavé sobre todos estos preceptos» (Éx 24). Moisés, al decir esto, esparcía sobre los judíos la sangre del sacrificio. Esa sangre, en la Alianza nueva, será la propia sangre de Cristo.

Jesús conoce también la profecía de Isaías, y sin dudas ni perplejidades, con una conciencia humana cada vez más clara y segura, se reconoce en el Siervo de Yavé, profetizado para la plenitud de los tiempos:

«He aquí a mi Siervo, a quien yo sostengo, mi Elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él, y él dará la Ley a las naciones... Yo te he formado y te he puesto por Alianza para mi pueblo, y para luz de las gentes»... (42,1.6). «Tú eres mi siervo, en ti seré glorificado» (49,3).

«No hay en él apariencia ni hermosura que atraiga las miradas, no hay en él belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada.

«Pero fue él, ciertamente, quien tomó sobre sí nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores, y nosotros lo tuvimos por castigado y herido por Dios y humillado. Fue traspasado por nuestras iniquidades y triturado por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros andábamos errantes, como ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yavé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros...

«Ofreciendo su vida en sacrificio por el pecado, tendrá posteridad y vivirá largos días, y en sus manos prosperará la obra de Yavé... El Justo, mi siervo, justificará a muchos, y cargará con las iniquidades de ellos. Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres, y recibirá muchedumbres por botín: por haberse entregado a la muerte, y haber sido contado entre los pecadores, cuando llevaba sobre sí los pecados de todos e intercedía por los pecadores» (53,2-12; +1Pe 2,21-25).

Jesús conoce las Escrituras, y sabe que Israel mata a los profetas que Dios les envía –los mata siempre, más pronto o más tarde: a todos–. Por eso se lamenta: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados!» (Mt 23,37; cf. 5,12; 23,30-39). En su vida pública acusa abiertamente a los judíos de ser «asesinos de los profetas», anunciando así su propia pasión con toda claridad. Por otra parte, el mismo asesinato de Juan Bautista es para Cristo anuncio cierto de su propia pasión.

Sí, Jesús conoce perfectamente a los judíos de su tiempo, y conoce además desde niño las profecías. Sabe muy bien lo que le espera:

«Desde el día en que vuestros padres salieron de Egipto hasta hoy, les he enviado a mis siervos, los profetas, día tras día. Pero no me escucharon, no me prestaron oído, y endurecieron su cerviz, y obraron peor que sus padres. Cuando tú les digas todo esto, no te escucharán; les llamarás y no te responderán» (Jer 7,25-26).

Jesús reza los salmos, consciente de que ellos se refieren a él: «soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre, porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí» (Sal 68,9-10).
Jesús se reconoce en el Justo que describe el libro de la Sabiduría, terriblemente perseguido por la muchedumbre de los pecadores:

«Tendamos trampas al justo, porque nos fastidia, oponiéndose a nuestro modo de obrar, y echándonos en cara las transgresiones a la Ley, reprochándonos nuestros extravíos. Él se gloría de poseer el conocimiento de Dios, y a sí mismo se llama hijo del Señor. Es un vivo reproche contra nuestra conducta, y sólo verle nos resulta insoportable, porque lleva una vida distinta de los otros, y sus caminos son muy diversos de los nuestros. Nos tiene por escoria, y se aparta de nuestras sendas como de inmundicias. Ensalza el fin de los justos y se gloría de tener a Dios por padre. Veamos si sus palabra son verdaderas y comprobemos cómo le irá al final. Porque si el justo es hijo de Dios, Él lo acogerá y lo librará de las manos de sus enemigos. Pongámosle a prueba con ultrajes y tormentos, veamos su resignación, probemos su paciencia. Condenémosle a muerte afrentosa, ya que dice que Dios lo protegerá» (Sab 2,12-20).

Sí, Jesús conoce bien las Escrituras y sabe que todas ellas se refieren a Él y que solo en Él hallan su pleno cumplimiento. Y esto Jesús lo sabe no solo cuando es adulto, es decir, cuando actúa como Maestro de Israel, sino ya cuando es niño y adolescente. Y lo sabe en un grado siempre creciente. Reconoce que las Escrituras van cumpliéndose a lo largo de su vida. Por eso dice a los judíos: «examinad las Escrituras, ya que en ellas esperáis hallar la vida eterna: ellas dan testimonio de mí» (Jn 5,39). Y también les dice estas verdades a sus discípulos.

«“Esto es lo que yo os decía estando aún con vosotros, que era preciso que se cumpliera todo lo que está escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos de mí”. Entonces les abrió la inteligencia para que entendiesen las Escrituras, y les dijo: “Así estaba escrito, que el Mesías debía padecer y al tercer día resucitar de entre los muertos... Vosotros daréis testimonio de esto”» (Lc 24,44-48; +24,27.32). Y los Apóstoles, en efecto, aprendieron esta enseñanza y la transmitieron en su predicación: «Vosotros pedisteis la muerte para el autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos... Dios ha dado así cumplimiento a lo que había anunciado por boca de todos los profetas, la pasión de Cristo» (Hch 3,15-18).

¿Quién puede atreverse a pensar que Cristo ignoró durante muchos años «lo que Dios había anunciado por boca de todos los profetas», esto es, su propia pasión? Los evangelistas, especialmente Mateo, que escribe para judíos, insiste una y otra vez en esta verdad: «todo esto sucedió para que se cumpliesen las Escrituras de los profetas» (Mt 26,56).

Decir, pues, que, al menos al comienzo de su vida pública, Cristo espera instaurar con éxito histórico el Reino de Dios entre los hombres, y que solo a lo largo de su campaña pública, cada vez más hostilizada, va decepcionándose y se va enterando de que todo su empeño va a acabar en fracaso y en Cruz, es un gran error: equivale a afirmar que Jesús ignora las Escrituras o que si las conoce, no las entiende, las interpreta mal, pues no capta lo que éstas realmente anuncian tantas veces acerca de Él y de su pasión. Es una hipótesis absurda.

¿Cómo Cristo hubiera reprochado a sus Apóstoles no haber descubierto en las Escrituras el anuncio de su pasión, si Él mismo, durante años, no hubiera visto su pasión anunciada en ellas? ¿Cómo pensar que Jesús, al menos al comienzo de su vida pública, hubiera albergado una vana esperanza de que su Evangelio triunfaría en Israel?

Más adelante, en nuestro recuerdo de la vida pública de Cristo, comprobaremos con qué certeza y claridad anuncia Jesús su pasión y muerte, es decir, su «fracaso» en Israel.


La vida pública de Cristo avanza rectamente hacia la Cruz

El martirio de Jesús se consuma en la Cruz, pero se inicia desde que despierta al uso de la razón, y en cierto modo antes, desde que empieza a ser perseguido de niño y ha de huir a Egipto. Meditemos, pues, ahora en la pasión de Cristo, contemplándola ya en el curso de su vida pública.

Este curso de la vida de Cristo ha sido reconstruido por los escrituristas en sus Sinopsis, y aquí nos atendremos a sus líneas generales más seguras.

Puede verse, por ejemplo, la Sinopse des quatre Évangiles, de los dominicos P. Benoit y M.-E. Boismard (Cerf 1965), o la Sinopsis de los cuatro Evangelios, del jesuita J. Leal (BAC 124, 19612), a quien sigo en esta exposición.


El Cordero de Dios

«Jesús, al empezar», cuando hizo su retiro en el desierto y recibió después el bautismo en el Jordán, «tenía unos treinta años» (Lc 3,23). Y ya en ese momento inicial de su misión, estando en el desierto, el Diablo, «mostrándole de un monte muy alto todos los reinos del mundo y la gloria de ellos», lo tienta a un mesianismo glorioso, potente, sin cruz alguna. Pero Jesucristo, ya entonces, al comienzo mismo de su ministerio público, rechaza a Satanás, consciente de que su camino lleva a la Cruz (Mt 4,1-11).

En este mismo comienzo del ministerio de Jesús sitúan los evangelios, y también los escrituristas, su encuentro en el Jordán con Juan Bautista, medio año mayor que él. Juan, por inspiración del cielo (Jn 1,31-34), enseguida de bautizar a Jesús, lo señala y presenta diciendo: «éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (1,29). Al oír esto, los Apóstoles no entienden casi nada. Pero Juan sí sabe lo que está diciendo iluminado por el Espíritu Santo. Está diciendo que «éste es el verdadero Cordero pascual, y es en la sangre de su sacrificio personal donde el mundo pecador va a encontrar por fin el perdón».

Y esa identidad pascual-martirial que Juan sabe de Jesús, la sabe Jesús de sí mismo. Juan y Jesús pre-conocen el misterio de la Pasión. Y María.

Jesús obra con una valentía aparentemente temeraria: «no se guarda» en lo que dice o en lo que hace; no «guarda su propia vida», porque desde el principio la da por «perdida» (cf. Lc 9,24).


Primera Pascua y subida a Jerusalén. Enfrentamiento con los sacerdotes

«Estaba cerca la Pascua de los judíos y subió Jesús a Jerusalén» (Jn 2,13). Comienza el Maestro su ministerio en el corazón mismo de Israel. Y lo primero que hace al entrar al templo es arrojar violentamente a cuantos en él compraban y vendían, volcando las mesas, y acusándoles de haber convertido el lugar santo en «cueva de ladrones» (Mt 21,12-13).

Desde entonces los sacerdotes del Templo lo odian, lo odian a muerte. Y los judíos, llenos al mismo tiempo de espanto y de indignación, le arguyen: «¿qué señal nos das para proceder así?»... Jesús les asegura que si destruyen su cuerpo, en tres días lo levantará de nuevo (2,18-22). Y aunque muchos en esos días creyeron en Jesús, él «no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos» (2,23-24).

Desde luego, este primer encuentro, o mejor encontronazo, de Jesús con el centro religioso de Israel no augura para Él grandes triunfos y prosperidades. La casta sacerdotal es muy poderosa tanto en el Sanedrín como ante el pueblo. Denunciarla públicamente es convertirla en feroz enemigo, y esto significa colocarse en grave peligro de muerte... ¿No hubiera podido proceder Jesús más suavemente, con una gradualidad más prudente?... Por supuesto. Pero no lo quiso.

En aquellos mismos días, Jesús anuncia: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado» (3,14). En efecto, el Padre ama al mundo y le entrega al Hijo como salvador (3,16). Por eso se condenan a sí mismos los que se niegan a creer en Él y lo rechazan. Y es que «la luz vino al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (3,18-19).


Se retira a Galilea

«Muchos iban a él» (Jn 3,26), pero, como hemos visto, Él no por eso se confiaba. Y «cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea» (Mt 4,12; plls. + Jn 4,3). Es su primera retirada prudente. Judea se va haciendo peligrosa.

Por entonces, sin embargo, la campaña evangelizadora es en Galilea relativamente pacífica. Predica Jesús en muchos lugares, llama a los hermanos Simón y Andrés, Santiago y Juan, realiza muchas curaciones milagrosas, algunas incluso en sábado (Mt 8,16-17 y plls.), sin que ocurra nada contra Él. Pero la difusión de su fama va siendo tan grande que Jesús siente el peligro, «de manera que no podía ya entrar públicamente en una ciudad, sino que se quedaba fuera en los parajes desiertos, y venían a él de todas partes» (Mc 1,45). En el campo es menor el peligro que en los centros urbanos.


Segunda Pascua y subida a Jerusalén

«Después de esto, venía la fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén» (Jn 5,1). Allí, en la piscina de Betsata, arriesgando su propia vida, porque era un sábado, sana a un hombre que lleva enfermo treinta y ocho años: «levántate, toma tu camilla y marcha». Esta curación en sábado, en efecto, ocasiona grave escándalo. No olvidemos que la violación del sábado era castigada por la ley de Moisés con la muerte (Éx 31,14; 35,1-2; Núm 15,32-36). Y los judíos se escandalizan aún más al oír cómo justifica su acción: «“mi Padre trabaja siempre, y yo también trabajo”. Y por esto deseaban los judíos más todavía matarlo, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios Padre propio, haciéndose a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,2-18).

Su predicación en Judea se vuelve desde entonces muy dura y tensa no solo en relación a los sacerdotes, sino al mismo pueblo:

«El Padre, que me ha enviado, ha dado testimonio de mí. Pero vosotros nunca habéis oído su voz, ni habéis visto su rostro; tampoco tenéis su palabra morando en vosotros, pues no creéis en aquél que él ha enviado... No queréis venir a mí para poseer la vida... Yo os conozco bien: no tenéis en vosotros amor de Dios... Si creyérais en Moisés, creeríais en mí, porque él escribió sobre mí» (Jn 5,37-47).


Nueva retirada. Odio creciente de fariseos y letrados

En esta situación seguir en Judea es un peligro. Por eso, «al cabo de algún tiempo, vino de nuevo a Cafarnaúm. Corrió la voz de que estaba en casa, y acudieron tantos, que no cabían ni junto a la puerta. Y él les explicaba el Evangelio» (Mc 2,1-2).

Pero también allí hay enemigos, especialmente entre los fariseos y letrados de la ley, celosos fanáticamente de la observancia del sábado y de los ayunos. Ante ellos, una vez más, Jesús no guarda su vida, y actúa con plenitud de verdad y de amor, fiel a su misión evangelizadora y salvadora.

Así, cuando un día en Cafarnaúm perdona los pecados a un paralítico y en seguida le cura de su enfermedad, no faltan escribas y fariseos que murmuran: «¿pero quién es éste, que blasfema? ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?» (Lc 5,21). Cuando Jesús perdona los pecados ante sus enemigos, realiza una acción peligrosísima, por la que será acusado de blasfemia. Por esta acusación está Jesús alguna vez a punto de ser lapidado (Jn 10,31-33), y por ella será, finalmente, condenado a la cruz (Mt 26,65-66).

En esta etapa temprana de su ministerio, se va produciendo una división apasionada de opiniones sobre Él. Unos dicen: «jamás hemos visto cosa parecida» (Mc 2,12), «hoy hemos visto cosas admirables» (Lc 5,26). Pero en otros sigue creciendo el odio contra Jesús, como se ve por ejemplo en la vocación de Mateo: «¿por qué come y bebe con los pecadores y publicanos?» (Mc 2,16). Lo acusan también de que mientras «los discípulos de Juan ayunan con frecuencia y hacen oraciones, lo mismo que los de los fariseos», los discípulos suyos «comen y beben». La respuesta de Cristo anuncia veladamente su propia muerte: «ya vendrán días en que se les quite al esposo, y entonces, en ese tiempo, ayunarán» (Lc 5,33-35).

Sin ahorrarse nuevos y graves peligros, Jesús se proclama «Señor del Sábado» (Mc 2,28). Y así un sábado, en una sinagoga, cura a un hombre que tenía la mano seca, y lo hace ante escribas y fariseos, que «lo observaban para ver si curaba en sábado, para acusarle». Él, indignado, les dice:

«“¿Es lícito en sábado hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o matarla?”. Ellos se callaban. Entonces él, mirándoles con ira, entristecido por la dureza de sus corazones, dice al hombre: “extiende la mano”. La extendió y quedó curada. Cuando salieron los fariseos enseguida se concertaron con los herodianos en contra de él para matarle» (Mc 3,4-6).


Sermón del Monte

Jesús elige muy pronto el grupo de los doce Apóstoles, y sigue predicando y realizando curaciones: «toda la gente quería tocarle, porque salía de él una virtud que curaba a todos» (Lc 6,19). Es entonces, en pleno ministerio galileo, en la mitad de su segundo año de ministerio público, cuando predica el Sermón de la Montaña, lleno de luz y de gracia. En él, sin embargo, incluye Jesús la trágica bienaventuranza de la persecución «por causa de la justicia» (Mt 5,10), y la pone como la más alta de las bienaventuranzas, la que culmina su enumeración: «bienaventurados seréis vosotros cuando los hombres os odien, os excluyan, os insulten y proscriban vuestro nombre como infame a causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22).

En el Sermón del Monte se atreve Jesús a decir cosas durísimas sobre los que entonces eran guías espirituales de los judíos: «si vuestra justicia no supera a la de escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5,20). Denuncia a los «hipócritas que en las sinagogas y en las calles» hacen ostentosamente sus limosnas, oraciones y ayunos (Mt 6,16-23). Tiene también fuertes avisos acerca de los ricos (6,24-25), y en general sobre todos aquellos que triunfan en el presente y que, como los falsos profetas, son aclamados por el mundo (6,26). Deja claro que es incompatible el culto a las riquezas y el culto a Dios (6,24), y que el camino que lleva a la vida es angosto, y que son pocos los que entran por él (7,13-14).

Jesús tiene ya, por tanto, contra Él a los sacerdotes, a los escribas y fariseos, y también a los ricos. Y no ha hecho nada por evitarlo, pues Él ama tanto a los pecadores, es decir, a los hombres, que está decidido a predicarles la verdad, que es lo único que puede librarles del pecado, de la muerte y de la opresión del Padre de la Mentira. Está Jesús decidido a predicar a los hombres la verdad que los salva, aun perdiendo Él con ello su propia vida.


Subida breve a Jerusalén y retirada

Poco después, quizá en junio, con ocasión de la fiesta de Pentecostés, «cuando estaba por cumplirse el tiempo de que se lo llevaran, Jesús decidió irrevocablemente ir a Jerusalén» (Lc 9,51). La Vulgata traduce la expresión griega (kai autos to prosopon esterisen) por faciem suam firmavit: puso firme su rostro, tomó una resolución valiente de ir a Jerusalén. Entra de nuevo, pues, en la zona más hostil y peligrosa para Él.

El Bautista está entonces en la cárcel de Maqueronte, en la costa oriental del mar Muerto, y apenas le queda medio año de vida. Mucha gente buena y sencilla del pueblo ha recibido su bautismo, «pero los fariseos y los escribas despreciaron el plan de Dios, y no recibieron el bautismo de él» (Lc 7,29-30). Están ciegos: no reconocen a Juan, que ayuna, y tampoco a Jesús, a quien acusan de ser «un hombre comedor y bebedor, amigo de publicanos y pecadores» (7,31-34).

Prosigue Cristo por otros lugares, fuera de Judea, su ministerio evangelizador, realizando diversos milagros. Increpa duramente a aquellas ciudades, Corazaín y Betsaida, donde han sido testigos de tantos milagros, pero no por eso hacen penitencia, sino que desprecian al Enviado de Dios (Lc 10,13-16). Por este tiempo, llega a Cafarnaúm, «y cuando se enteraron sus parientes, fueron a echarle mano, porque decían que no estaba en sus cabales» (Mc 3,21).

Durante estos viajes evangelizadores no faltan los gestos hostiles a Jesús. En una ocasión, «un doctor de la ley para tentarle» le hace una pregunta (Lc 10,25). En otra ocasión son los fariseos quienes lo acusan: «éste echa los demonios por el poder de Beelzebul, príncipe de los demonios» (Mt 12,24); y no es la primera vez que lo hacen (9,32-34). En el fondo, con esa interpretación de sus milagros lo acusan de estar endemoniado: «tiene un espíritu inmundo» (Mc 3,30), y de ahí vienen sus milagros.

Otros, por el contrario, le exigen más milagros: «“Maestro, queremos ver una señal tuya”. Y Jesús», aludiendo de nuevo a su muerte y resurrección, «les respondió diciendo: “esta generación malvada y adúltera reclama un signo; pero no le será dado otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el seno de la tierra”» (Mt 12,38-40).

En sus campañas evangelizadoras, Jesús «enseñaba por medio de parábolas muchas cosas» (Mc 4,2). Sirviéndose de breves relatos, cargados de significación, da Jesús una doctrina que resulta inteligible para quienes están abiertos a la gracia de Dios, pero que permanece ininteligible para quienes se cierran en sus propios pensamientos y poderes.

«Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías... “Oiréis, pero no entenderéis; miraréis, pero no veréis... El corazón de este pueblo se ha endurecido”» (Mt 13,13-15; cf. Is 6,9-10).


Enfrentamientos con fariseos y escribas

A lo largo de su vida pública, Jesús choca cada vez más fuertemente con la soberbia de los intelectuales de Israel, fariseos, saduceos y doctores de la ley.

–Los fariseos, dentro del judaísmo, se caracterizan por su dedicación al estudio de la Ley (la Torá) y de las tradiciones de los padres (la Misná). Son laicos devotos, que creen en los ángeles, en la resurrección y en la inmortalidad. Hay entre ellos hombres excelentes, pero en general, están llenos de hipocresía y de formalismos legalistas, exigen el cumplimiento del sábado, la pureza ritual y los diezmos con un rigorismo extremo, que ni ellos mismos cumplen.

Los fariseos, sin ambiciones políticas, son en tiempos de Cristo los verdaderos guías espirituales del pueblo. Por lo demás, fariseísmo y Evangelio son irreconciliables, y esto lo saben desde el principio tanto los fariseos como Jesús. Por eso la cortesía con que a veces los fariseos tratan a Jesús no logra esconder el odio terrible que le tienen. Ellos son los primeros en tramar su muerte (Mc 3,6).

En una ocasión «un fariseo lo convidó a comer» y enseguida quedó escandalizado porque Jesús «no se lavó antes de la comida», según está exigido por las reglas de la pureza. La respuesta del Maestro es durísima:

«Vosotros, los fariseos, purificáis el exterior de copas y platos, pero vuestro interior está lleno de rapacidad y malicia. ¡Insensatos!... ¡Ay de vosotros, fariseos, que dais el diezmo de la menta, de la ruda, de toda legumbre, pero dejáis a un lado la justicia y el amor de Dios!... ¡Ay de vosotros, fariseos, que amáis los primeros puestos en las sinagogas y que os saluden en las plazas públicas! ¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros que no se ven, y sobre los que pasan los hombres sin darse cuenta!» (Lc 11,37,45).

–Los doctores de la ley (maestros, rabinos) son hombres de gran prestigio, que conocen la Ley, la interpretan y la aplican a la vida concreta de cada día. Muchos de ellos son fieles al fariseísmo, y tienen gran influjo en la religiosidad del pueblo, pues al enseñar semanalmente la Torá en las sinagogas, al margen del culto ritual, de hecho, prevalecen sobre la casta sacerdotal.

Un cierto número de ellos están también presentes en el convite aludido. Y «uno de los doctores de la Ley le dijo en aquella ocasión: “Maestro, al decir esas cosas nos ofendes también a nosotros”». Jesús le responde:

«¡Ay también de vosotros, doctores de la Ley, que echáis sobre los hombres pesadas cargas y vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos! ¡Ay de vosotros, que levantáis monumentos a los profetas, a quienes vuestros padres dieron muerte!... Ya dice la sabiduría de Dios: “Yo les envío profetas y apóstoles, y ellos los matan y persiguen, para que sea pedida cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas derramada desde el principio del mundo”... ¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia, y ni entráis ni dejáis entrar!

«Cuando salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle terriblemente y exigirle respuesta sobre muchas cuestiones, tendiéndole trampas para poder atraparle por alguna palabra. Entre tanto, el público había aumentado por millares y se estrujaban los unos a los otros. Y él dijo a sus discípulos: “guardáos de la levadura, es decir, de la hipocresía de los fariseos» (Lc 11,45-54).

–Los saduceos, en tiempos de Jesús, forman un grupo menor que los fariseos, pero son también muy influyentes, pues muchos de ellos pertenecen a familias sacerdotales, con gran influjo en el Sanedrín.

Son ortodoxos y reconocen la Torá, pero no admiten las «tradiciones de los padres», a diferencia de los fariseos, y mantienen con éstos no pocas disputas en cuestiones rituales, jurídicas, e incluso doctrinales –ellos niegan, por ejemplo, la resurrección–. Alejados de la estricta observancia de los fariseos, y siendo a veces ricos y notables, se implican en la vida política, y llevan una vida más mundana, más asimilada a la mentalidad helenista o a las costumbres de los romanos.

Los saduceos son poco aludidos en los evangelios, y parece que en un principio tienen menos conflictos con Jesús; pero en sus últimos días (Mt 22,23-34; Lc 20,20-240), uniéndose a escribas y fariseos, lo acosan y persiguen, y es Caifás, sumo sacerdote saduceo, quien da la sentencia de muerte contra Cristo.


Hostilidad creciente

Sigue Jesús su campaña evangelizadora, predicando y sanando enfermos, arriesgando una y otra vez su vida con unas obras y palabras que no buscan sino salvar la vida de los pecadores. Busca a veces al pueblo en la sinagoga, aprovechando que en ella se reúne los sábados. Y siendo sábado, no evita allí sus actos de sanación, aunque sabe bien que esto atraerá sobre él grandes hostilidades.

En una sinagoga, cura en sábado a una mujer que estaba encorvada desde hacía dieciocho años. «El jefe de la sinagoga reaccionó encolerizándose, porque Jesús había curado en sábado... “Hay seis días en los que se puede trabajar. Venid, pues, para ser curados en esos días y no en sábado”». Jesús le responde, acusándole de hipocresía con irrebatible lógica. «Y con estas cosas que decía se avergonzaban sus adversarios, mientras que el pueblo entero se alegraba de todas las maravillas que obraba» (Lc 13,10-17).

Estos encontronazos tan fuertes de Jesús, principalmente los que tiene con los fariseos, van a traer sobre Él consecuencias mortales. Pero éstos son efectos que Él conoce y no teme, y que incluso ansía: «Yo he venido a encender fuego en la tierra y ¡cómo deseo que arda ya! Con un bautismo tengo que ser bautizado ¡y qué angustias las mías hasta que se cumpla! ¿Pensáis que yo he venido a traer la paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino más bien división» (Lc 12,49-51ss).

Estas palabras se entienden mejor cuando se recuerda lo que de Jesús, recién nacido, había dicho el anciano Simeón: «Éste está puesto para que muchos en Israel caigan o se levanten. Será una bandera discutida, mientras que a ti [María] una espada te atravesará el corazón. Y así quedarán patentes los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2,34-35).


Hasta en Nazaret lo odian

El odio a Jesús va a encenderse hasta en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, en Galilea. Esto sucede, concretamente, cuando, con ocasión de una visita a su sinagoga, alude en su enseñanza a que la salvación de Dios, rechazada por Israel, va a extenderse a muchos extranjeros.

«Al oir esto, se llenaron de cólera cuantos estaban en la sinagoga, y levantándose, lo arrojaron fuera de la ciudad, y lo llevaron a la cima del monte sobre el cual está edificada la ciudad, para precipitarle desde allí. Pero él, atravesando por medio de ellos, se fue» (Lc 4,24-30).

No ha llegado todavía su hora. Por eso Jesús no se deja matar aún. Pero, sin embargo, no modifica su predicación, no procura guardarse, sino que sigue poniendo su vida en grave peligro al predicar esa misma doctrina: «habrá llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, mientras vosotros sois arrojados fuera» (Lc 13,28).

En una ocasión, «se acercaron a él unos fariseos y le dijeron: “sal y escapa de aquí, porque Herodes quiere matarte”». A esta preocupación hipócrita por su salud, responde Jesús: «Id a decirle a esa zorra: “Yo arrojo los demonios y obro curaciones hoy y mañana y al tercer día debo consumar mi obra. Pero he de seguir mi camino hoy, mañana y al día siguiente, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén”».

Y prosigue con esta lamentación: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina que cubre su nidada bajo las alas, y no quisiste! Vuestra casa quedará desierta» (Lc 13,31-35).


La sombra de la Cruz

Jesús sabe bien que la sombra de la cruz va oscureciendo cada vez más su propia vida. Pero Él no se asusta ni se extraña por eso, e incluso enseña a sus seguidores que sin tomar la cruz nadie podrá ser discípulo suyo.

«Se le juntaron numerosas muchedumbres, y volviéndose a ellas, les dijo: “si alguno viene a mí, y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. El que no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”» (Lc 14,25-27).

Tampoco Jesús cambia su línea de conducta. Sigue haciendo en sábado curaciones, sigue tratando con pecadores y publicanos, a pesar de que «fariseos y escribas murmuraban de él» (Lc 15,2). Sigue alertando sobre el gran peligro de las riquezas, otra doctrina que también escandaliza: «los fariseos, aficionados al dinero, oían todo esto y se burlaban de él». A lo que Él les dice: «vosotros sois los que os proclamáis justos ante los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones; porque lo que es para los hombres estimable es abominable ante Dios» (16,3-15).

Jesús sabe que, en un ambiente tan hostil, sus enviados corren grave peligro, el mismo peligro que a Él le amenaza, y los pone sobre aviso:

«Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Guardáos de los hombres, porque os entregarán a los sanedrines y en sus sinagogas os azotarán. Por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que déis testimonio ante ellos y los gentiles» (Mt 10,16-18). «No creáis que vine a traer paz sobre la tierra; no vine a traer paz, sino espada... El que busca guardar su vida la perderá, y el que la pierde por mí la encontrará. Quien os recibe a vosotros, me recibe a mí» (10,34.39-40).

Es por entonces cuando llegan noticias de que Herodes, por no desagradar a Herodías y a la hija de ésta, Salomé, ha asesinado en la cárcel a Juan Bautista. Éste, actuando como Jesús y arriesgando su vida gravemente, había denunciado el gran escándalo público del adulterio del rey: «no te es lícito tener la mujer de tu hermano». Y ahora ha tenido que pagar las consecuencias de su atrevimiento profético (Mc 6,17-29).


Tercera Pascua

«Se retiró después Jesús al otro lado del mar de Galilea o de Tiberíades. Y le seguía una gran muchedumbre, porque veían los milagros que hacía con los enfermos... Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos» (Jn 6,1-4). El apoyo popular es ahora en Galilea muy grande.

Una primera multiplicación de panes realizada en ese lugar, junto al mar, acrecienta el entusiasmo por Jesús: «cuando los hombres vieron el milagro que hizo, decían: “éste es verdaderamente el profeta que había de venir al mundo”. Y conociendo Él que iban a venir para tomarle y proclamarle rey, se retiró nuevamente al monte él solo» (Jn 6,14-15). Nada tiene Él que ver con un mesianismo mundano y triunfal. Él es el Cordero de Dios, que va a quitar el pecado del mundo con el derramamiento mortal de su propia sangre.


Anuncio de la Eucaristía

Sin embargo, ese entusiasmo popular tan ferviente va a decaer bruscamente. En efecto, «al día siguiente», ya en Cafarnaúm, Jesús va a dar a los testigos de la multiplicación de los panes la altísima doctrina de la Eucaristía. Y lo hace sin fiarse nada de su éxito popular reciente:

«Vosotros me buscáis no porque habéis visto milagros, sino porque comisteis de los panes hasta saciaros. Tenéis que trabajar no por el alimento perecedero, sino por el alimento que dura hasta la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre: porque él es quien tiene el sello de Dios» (Jn 6,22-27).

Seguidamente, les dice: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá eternamente». Estas palabras provocan en sus oyentes una perplejidad suma: «los judíos discutían entre sí: “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”». Pero Jesús insiste: «en verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y si no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros... Mi carne es verdadera comida, y mi sangre, verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él... Todo esto lo dijo en Cafarnaúm, enseñando en la sinagoga» (Jn 6,51-59).


Grave pérdida de seguidores

Con el anuncio de la Eucaristía, el crédito inmenso que ha ganado Jesús con la reciente multiplicación de los panes lo va a perder bruscamente. No es para Él ninguna sorpresa. Una vez más, ha dado al pueblo una verdad vivificante que va a ocasionar rechazos para Él mortales. En efecto, «muchos de sus discípulos, que lo oyeron, dijeron: “dura es esta doctrina; ¿quién puede oírla?”... Y desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y ya no lo seguían» (Jn 6,60.66).

El Maestro, ante esta crisis tan grave, tan brusca, no se ve sorprendido o desmoralizado. Simplemente dice: «“hay algunos de vosotros que no creen”. Porque sabía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que había de entregarle» (6,64).

Solo permanecen con Él los doce apóstoles. Y ni siquiera todos le son fieles. Ya sabe Cristo que uno de ellos lo va a traicionar: «uno de vosotros es un diablo. Se refería a Judas, el de Simón Iscariote; porque éste, uno de los Doce, lo había de entregar» (Jn 6,60-71).


Exiliado por prudencia

«Después de esto, andaba Jesús por Galilea, pues no quería entrar en Judea, porque los judíos lo buscaban para matarle» (Jn 7,1). Se le van terminando al Maestro las posibilidades de evangelizar públicamente: en Judea lo odian a muerte, y en Galilea apenas le quedan ya seguidores. Se ve obligado a buscar lugares retirados, a dedicarse a la formación privada e intensiva de los Doce, y a viajar, como exiliado, por tierra de paganos. Pero sus enemigos lo persiguen donde quiera que vaya. No escapa con esa huída a su hostilidad.

«Los fariseos y algunos escribas, llegados de Jerusalén, vinieron adonde él estaba». Esta vez lo acosan porque sus discípulos no se purifican las manos antes de comer. Jesús les replica con fuerza: «vosotros, anulando la palabra de Dios, os aferráis a tradiciones de hombres» (Mc 7,1-13). «Hipócritas, con razón profetizó Isaías de vosotros: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”» (Mt 15,7-8; cf. Is 29,13).

Son palabras muy fuertes, y los adversarios acusan el golpe. «Entonces, acercándose los discípulos, le dicen: “¿sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tus palabras?” Y Él les responde:... “dejadles, son ciegos que guían a otros ciegos”» (Mt 15,12.14).

Jesús entonces, «partiendo de allí, se retiró a la región de Tiro y de Sidón» (Mt 15,21). Es Fenicia, al norte de Galilea, junto al Mediterráneo. Viaja de incógnito, «no queriendo ser conocido de nadie» (Mc 7,24). Pero es reconocido por algunos, como por aquella mujer cananea de humildad tan admirable y de fe tan ejemplar (7,25-30).

«Partiendo nuevamente de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea, a través del territorio de la Decápolis» (7,31). Pasando por el Líbano, y rodeando por el norte el mar de Tiberíades, llega a unas ciudades paganas, helenistas ­–Damasco, Gerasa y otras–, que forman la Decápolis, en la parte oriental del Jordán. También allí hace milagros «y glorificaron al Dios de Israel» (Mt 15,31).

De allá pasa en barca a un lugar de localización incierta: «al territorio de Magadán» (Mt 15,39), «a la región de Dalmanuta» (Mc 8,10). Y también le alcanza allá la implacable persecución de fariseos y saduceos, que para tentarle, «le piden una señal del cielo». Jesús les rechaza: «¡generación mala y adúltera!», y advierte a los discípulos: «guardáos de la levadura de los fariseos y saduceos» (Mt 16,1-6; Mc 8,11-12). «Y dejándolos, se embarcó de nuevo y marchó hacia la otra orilla» (8,13). Probablemente, la orilla oriental de nuevo.

En todos estos viajes, se guarda bien Jesús de acercarse a Judea. Va ahora a Betsaida (Mc 8,22), aldea pesquera del norte del lago de Genesaret, en el lado oriental de la desembocadura del Jordán. De allí son los hermanos Simón y Andrés, y también Felipe. «Hacía oración en un lugar solitario y estaban con él los discípulos» (Lc 9,18).


Anuncio primero de la Pasión

Jesús va acercándose a su hora. El Maestro, en varias ocasiones, ha anunciado ya veladamente su muerte a sus discípulos. Será herido el pastor y se dispersarán las ovejas (Mc 14,17-28; cf. Zac 13,7). Es un pastor bueno, que da la vida por su rebaño (Jn 10,11). Él, Jesús, es el novio que les va a ser arrebatado a sus amigos (Mc 2,19-20). Ha de ser bautizado con un bautismo, que desea con ansia (Lc 12,50). Ha de beber del cáliz doloroso reservado a los pecadores por la justicia de Dios (Mc 10,38; 14,36; Sal 74,9). Como se ve, son muchas las imágenes empleadas por Jesús para ir desvelando a sus discípulos el misterio de su muerte sacrificial y redentora.

Pero ahora ya Jesús anuncia su pasión con toda claridad. «Entonces comenzó a manifestarles que era necesario que el Hijo del hombre sufriera mucho, que fuese reprobado por los ancianos, los príncipes de los sacerdotes y los escribas, que fuera muerto y resucitara tres días después. Y esto se lo decía claramente» (Mc 8,31).

La reacción de Pedro fue muy dura: «tomándole aparte, comenzó a reprenderle: “¡no quiera Dios, Señor, que eso suceda!”». No menos fuerte es la respuesta de Jesús: «¡Apártate de mi vista, Satanás! Tú eres para mí un escándalo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,22-23).

Jesús enseña claramente que la salvación de Dios está en la Cruz, y no solo en la suya, sino también en la que han de llevar todos los que quieran seguirle:

«Y llamando a la muchedumbre, juntamente con sus discípulos, dijo: “si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga. Quien quiera salvar su vida, la perderá. Pero quien pierda su vida por mi causa y por el Evangelio, la salvará... Y quien se avergüence de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles”» (Mc 8,34-38).


La Transfiguración

Los apóstoles, ante estos anuncios de la pasión cada vez más claros, comienzan a sentir miedo. Y Jesús quiere confortarles. Por eso se va a un monte con sus más íntimos, Pedro, Santiago y Juan, y allí se transfigura ante sus ojos. Mientras resuena majestuosa la voz del Padre, la presencia de Moisés, a un lado de Jesús, y de Elías, al otro, acredita la condición celestial de su misión. Los discípulos, extasiados, querrían quedarse allí para siempre. Pero la palabra del Señor los vuelve a la dura realidad, anunciándoles una vez más su propia pasión:

«Cuando bajaban del monte, les prohibió decir a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Y ellos guardaron aquella orden, pero se preguntaban entre sí qué significaba aquello de “cuando resucitara de entre los muertos”». Apenas osan preguntarle algo. Y Jesús les dice: «¿no dice la Escritura del Hijo del hombre que padecerá mucho y será deshonrado?» (Mc 9,9-12).

Jesús padece la persecución del mundo que lo rodea, y se ve malentendido, calumniado, acorralado, rechazado; pero también le hace padecer, y no poco, la ceguera espiritual de los que lo escuchan, y aún la de sus propios discípulos. Así lo revela aquella exclamación suya: «¡generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros?» (Mc 9,14-19).


Anuncio segundo de la Pasión

«Salieron de allí y caminaban a través de Galilea», donde Jesús continúa sus maravillosas predicaciones y milagros. Pero de nuevo, «preparando así a sus discípulos», les predice con toda claridad que va a ser muerto y que resucitará a los tres días. Sin embargo, «ellos no entendían este lenguaje y les daba miedo preguntarle» (Mc 9,30-32).

Por otra parte, ese deambular último de Jesús, siempre lejos de Judea, parece demorar indefinidamente el enfrentamiento directo de sus problemas. Algunos de sus más íntimos están ya impacientes. ¿Hasta cuándo el Maestro va a andar como un prófugo?

«Estaba próxima la fiesta judía de los Tabernáculos, y por eso le dijeron sus parientes: “sal de aquí y vete a Judea, para que vean también allí tus discípulos las obras que haces; pues nadie anda ocultando sus obras, si pretende manifestarse. Ya que haces tales cosas, manifiéstate al mundo”. Jesús les respondió: “para mí todavía no es el momento; para vosotros, en cambio, cualquier momento es bueno. El mundo no tiene motivo para odiaros a vosotros; pero a mí sí me odia, porque yo declaro que sus acciones son malas. Subid vosotros a la fiesta; yo no subo a esta fiesta, pues para mí el momento no ha llegado aún”. Dicho esto, se quedó en Galilea» (Jn 7,2-9).


Sube a Jerusalén y crece la tensión

Va Jesús, sin embargo, a Jerusalén inesperadamente, hallando un ambiente cada vez más peligroso.

«Después que sus parientes subieron a la fiesta, subió él también, no públicamente, sino de incógnito. Los judíos lo buscaban durante la fiesta, y se preguntaban: “¿dónde está?”. Y había en la muchedumbre muchas habladurías sobre él. Unos decían: “es bueno”. Y otros: “no, engaña al pueblo”. Pero nadie se atrevía a hablar de él en público por miedo a los judíos.

«A mitad ya de la fiesta, subió Jesús al templo y enseñaba en él». Su predicación expresa clara conciencia de que se ve definitivamente rechazado: «¿no os dió Moisés la Ley, y ninguno de vosotros la cumple? ¿Por qué, pues, pretendéis matarme? La turba le responde: “Tú estás endemoniado. ¿Quién pretende matarte?”». La tensión es muy fuerte. Y «algunos de Jerusalén decían: “¿pero no es éste al que buscan para matarle? Habla públicamente y no le dicen nada. ¿Será acaso que realmente los jefes han reconocido que es el Mesías?”» (Jn 7,10-26). Discuten unos con otros, y todos con él.

«Querían, pues, prenderle; pero nadie le echó mano, porque aún no había llegado su hora. Muchos del pueblo creyeron en él, y decían: “cuando venga el Mesías ¿hará por ventura más milagros de los que ha hecho éste?”. Oyeron los fariseos a la muchedumbre que hablaba acerca de él, y enviaron los príncipes de los sacerdotes y los fariseos unos alguaciles para que lo prendiesen» (Jn 7,30-31). La tensión es máxima y la situación se hace ya insostenible para el Sanedrín. «Algunos de la muchedumbre decían: “verdaderamente éste es el Profeta”. Y otros: “éste es el Mesías”» (7,40-41).

«Vuelven los alguaciles a los príncipes de los sacerdotes y fariseos», no traen preso a Jesús, y dan como explicación: «“Jamás hombre alguno habló como éste”. Los fariseos le responden: “¿también vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en él alguno de entre los magistrados o fariseos? Pero esa turba, que no conoce la Ley, son unos malditos”». Nicodemo interviene: «“¿por ventura nuestra Ley condena al reo si primero no oye su declaración y sin averiguar lo que hizo?”. Le respondieron: “¿también tú eres de Galilea? Estudia, y verás que de Galilea no ha salido profeta alguno”» (7,45-52).

En este ambiente tan tenso, todavía Cristo llama con fuerza a creer en Él. «En el último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, erguido en pie clama: “si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Como ha dicho la Escritura, de su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,38). «Yo soy la luz del mundo: el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (8,12). Pero el asedio se hace cada vez más fuerte. Cualquier palabra suya suscita contradicción.

«Yo no estoy solo. Está conmigo el Padre, que me ha enviado». Le replican: «“¿dónde está tu Padre?”. Jesús les dice: “no me conocéis a mí, y tampoco conocéis a mi Padre. Si me conociéseis a mí, conoceríais también a mi Padre”. Esto lo dijo en el Tesoro, enseñando en el Templo. Y nadie lo apresó, porque no había llegado aún su hora» (8,16-20).

«Y otra vez les dice: “yo me voy, y me buscaréis y moriréis en vuestro pecado”... “Cuando levantéis al Hijo del hombre, entonces conoceréis quién soy yo y que nada hago por mí mismo, sino que enseño lo que mi Padre me ha enseñado”... “Sé que sois descendencia de Abraham, pero pretendéis matarme, porque mi palabra no cabe en vosotros”... “Ahora pretendéis matarme a mí, que os he dicho la verdad que oí de Dios”... “¿Por qué no comprendéis mis palabras? Porque no podéis admitir mi doctrina. El padre de quien vosotros procedéis es el diablo, y queréis hacer lo que quiere vuestro padre. Él fue homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo, porque es mentiroso y el padre de la mentira. A mí, en cambio, porque digo la verdad, no me creéis... El que es de Dios, oye las palabras de Dios; vosotros no las oís porque no sois de Dios”» (8,21-59).

Palabras durísimas, a las que los judíos responden con odio: «“¿no decimos con razón que eres samaritano y estás endemoniado?... ¿Quién pretendes ser tú?”... Les dice Jesús: “en verdad, en verdad os digo: antes de que Abraham existiera, existo yo”. Entonces ellos cogieron piedras del suelo para arrojarlas contra él. Pero Jesús se ocultó y salió del templo» (8,48-59).

Algunos de los milagros realizados por Jesús en esos días son tan clamorosos que se acrecienta en sus enemigos la rabia y el escándalo. Cuando da la vista a un ciego de nacimiento, y la gente argumenta a los fariseos: «¿cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?», ellos le responden con una iracundia irracional, y se revuelven también contra el mismo ciego ya curado: «tú naciste lleno de pecado ¿y tú pretendes enseñarnos a nosotros? Y lo excomulgaron» (Jn 9,1-33).


La hora de Jesús está próxima

Jesús conoce que su hora, la hora de la Cruz, está próxima. Va a cumplirse en Él, y así lo anuncia, el drama de los viñadores desleales y homicidas: «éste es el heredero; vamos a matarlo y así nos quedamos con su herencia. Lo prendieron, lo echaron fuera de la viña y lo mataron» (Mt 21,38-39). Ha llegado ya el momento en que Jesús va a entregar su vida por los hombres:

«Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas... Por esto el Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, soy yo quien la doy por mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volverla a tomar» (Jn 10,17-18). Llegará, como un relámpago, el día del Hijo del hombre; «pero primero es necesario que padezca mucho y que sea reprobado por esta generación» (Lc 17,24-25).

Mientras tanto, en torno a Jesús la tensión en Jerusalén se va haciendo insoportable. Sacerdotes, fariseos y ancianos ven agravarse más y más el peligro de que el pueblo reconozca a Jesús como Mesías. Es necesario tomar medidas urgentes. El Sanedrín entiende que ha llegado la hora de dar los pasos decisivos para matar al Maestro de Nazaret.


El Sanedrín

El Sanedrín era el tribunal supremo de los judíos, y fue establecido en Jerusalén al volver del exilio de Babilonia, en la época de los Macabeos, entre los años 170 y 106 antes de Cristo (Lémann 17-18). Se componía de setenta miembros, según el número de los consejeros de Moisés (Éx 24,1; Núm 11,16), más el presidente, que era el sumo Sacerdote en funciones. En tiempos de Jesús constaba el Sanedrín de tres tercios. Y los Evangelios dicen claramente que Jesús fue juzgado y condenado precisamente por el Sanedrín, en sesión plena de sus tres tercios, es decir, por los sacerdotes, los escribas y los ancianos (Mt 16,21; Mc 14,53; 15,1; Jn 11,47; Hch 4,5).

El Sanedrín era un tribunal supremo, que juzgaba únicamente los casos más graves, los que se referían, por ejemplo, a un falso profeta, a una tribu entera, a un sumo sacerdote, a la declaración de una guerra, a la proscripción e interdicto de una ciudad impía. Éstas eran sus tres secciones:

—La sección de los sacerdotes era la principal del Sanedrín, y estaba formada sobre todo por «algunas familias sacerdotales, aristocracia poderosa y brillante, que no tenían ningún cuidado por los intereses y la dignidad del altar, y se disputaban los puestos, las influencias y las riquezas» (Lémann 40). Solía haber en esta sección un cierto número, una docena quizá, de sumos sacerdotes, que sucesivamente habían sido puestos y depuestos. A la hora de designar el sumo sacerdote, sobre todo, reinaba un nepotismo descarado. Varias de las familias representadas en el proceso contra Jesús, las de Anás, Simón Boeto, Cantero, Ismael ben Fabi, son malditas en escritos del Talmud y calificadas como verdaderas plagas (Lémann 47-48). A éstos Jesús los había acusado pública y violentamente de haber convertido la Casa de Dios en «cueva de ladrones» (Mt 21,13). Por esto, y porque muchos de ellos profesaban el fariseismo, odiaban a Jesús, que tan clara y duramente había denunciado su codicia, su hipocresía, su dureza de corazón.

—La sección de los escribas, la segunda en prestigio social, estaba constituida por eruditos y doctores de la Ley, que podían ser levitas o laicos. Éstos eran los que discutían sobre el diezmo y el comino, los que colaban un mosquito y se tragaban un camello. Odiaban y despreciaban a Jesús, el iletrado profeta de Galilea, acompañado de discípulos ignorantes, y que se permitía denunciarles a ellos con palabras terribles: «guardáos de los escribas, que gustan de pasearse con sus amplios ropajes y de ser saludados en las plazas y de ser llamados por los hombres rabbi», que significa «señor» (Mt 23,6-7). Estos títulos de tan alta dignidad no eran tradicionales; aparecieron por vez primera en el tiempo de Jesús. Entre todos ellos, quizá Gamaliel era el único que unía en grado sumo ciencia y conciencia. Él se negó a condenar a Jesús (Hch 5,38-39) y abrazó más tarde el cristianismo.

—La sección de los ancianos, por último, estaba formada por notables del pueblo, sobresalientes a veces por su riqueza. El saduceísmo, que predominaba en las clases ricas de la sociedad judía, infectaba con su materialismo –negaban la resurrección y la existencia de espíritus angélicos (Hch 23,8)– a la mayoría de los ancianos sanedritas. A pesar de todo, siendo el tercio del Sanedrín menos influyente, era quizá más sano que los otros dos. Dos de sus miembros eran favorables a Cristo, pero no parece que estuvieran presentes en la reunión criminal nocturna del Sanedrín. Eran Nicodemo, el discípulo secreto y nocturno de Jesús (Jn 3), que una vez había intentado defenderle sin éxito alguno (Jn 7,50-52), y José de Arimatea, «hombre rico» (Mt 27,57), «ilustre sanedrita, que también él estaba esperando el Reino de Dios» (Mc 15,43); «varón bueno y justo, que no había dado su asentimiento al consejo y al acto de los judíos» contra Jesús, y que le prestó su propio sepulcro (Lc 23,50-53).


Pena de muerte y excomuniones

El Sanedrín tenía, entre otros, poder de excomulgar (Jn 9,22), encarcelar (Hch 5,17-18) y flagelar (16,22). En cuanto a la pena de muerte, solamente había una sala, situada en una dependencia del Templo, en la que el Sanedrín había tenido poder para dictar una pena capital: la sala gazit o sala de las piedras de sillería. Sin embargo, veintitrés años antes de la Pasión de Cristo, el Sanedrín judío –como todos los pueblos sujetos a Roma– había perdido el derecho de condenar a muerte (el ius gladii).

Los escritos rabínicos reflejan que esta restricción se experimentó en Israel como una gran tragedia nacional, y no solamente por la humillación que suponía esta limitación del poder judío, sino por otra razón todavía más grave. La profecía de Jacob, la que hizo el patriarca poco antes de morir, había asegurado a sus hijos: «no se retirará de Judá el cetro ni el bastón de mando de entre sus piernas hasta que venga Aquél a quien pertenece y a quien deben obediencia los pueblos» (Gén 49,10).

Según esta profecía, la venida del Mesías había de verse precedida de una pérdida de soberanía nacional y de poder judicial. En ese sentido interpreta el Talmud esta profecía: «el Hijo de David no ha de venir antes de que hayan desaparecido los jueces en Israel» (Lémann 33). Por eso, si Israel se niega a reconocer a Jesús como Mesías, pero se ve en esa pérdida evidente de autonomía nacional y judicial, ya no queda sino exclamar, como lo hace el Talmud de Babilonia: «¡Malditos seamos, porque se le ha quitado el cetro a Judá y el Mesías no ha venido!» (Lémann 27-35).

Se comprende, pues, bien que si la Sinagoga rechaza reconocer a Jesús como el Mesías, se esfuerza cuanto puede en impedir o ignorar el cumplimiento de la antigua profecía. De hecho, es evidente que el Sanedrín infringe la ley romana al condenar a muerte a Jesús, e igualmente cuando lapida a Esteban (Hch 6,12-15; 7,57-60)

Por otra parte, las condenaciones del Sanedrín eran temibles. Ya la antigua Sinagoga distingue «tres grados de excomunión o anatema: la separación (niddui), la execración (herem) y la muerte (schammata)» (Lémann 77).

La separación condenaba a un aislamiento de treinta días, y podía ser formulada en cualquier ciudad por los sacerdotes encargados de actuar como jueces; el separado podía acudir al Templo, aunque en un lugar aparte. La execración era un anatema que solo podía ser dictado por el Sanedrín estando reunido en Jerusalén; por él se excluía al reo totalmente del Templo y de la sociedad de Israel, y era entregado al demonio. Por último, la condena a muerte, que era pronunciada entre horribles maldiciones, solo podía ser decidida por el Sanedrín, aunque, como hemos visto, en tiempos de Jesús únicamente podía penar a una muerte espiritual, siendo solo el poder romano capaz de dictar y ejecutar la muerte física.

Pues bien, antes de que Jesús compareciera el Viernes Santo ante el Sanedrín, éste se había reunido ya tres veces para tramar su muerte.


Primera sesión del Sanedrín contra Jesús, y excomunión de sus seguidores

La primera reunión del Sanedrín contra Cristo se produce a fines de septiembre (tisri) del penúltimo año de su vida pública (Lémann 75-79). Se reúne el Sanedrín con ocasión de la tensión producida con la subida de Jesús a Jerusalén, antes referida (Jn 7). En esos días los fariseos promueven con urgencia una sesión del Sanedrín, en la que se trata probablemente de la condena a muerte de Jesús, pero en la que de momento se decide solamente excomulgar a cuantos se declaren seguidores suyos.

Se sabe, en efecto, que dos días más tarde, cuando se produce la curación del ciego de nacimiento, «ya los judíos habían acordado [en el Sanedrín] que si alguno lo reconocía por Mesías, fuera expulsado de la sinagoga» (Jn 9,22). Este decreto de excomunión indica que, efectivamente, hubo una sesión del Sanedrín, pues solo él podía dictar tan grave amenaza y pena.


Fiesta de la Dedicación y nueva huída

Estando así la situación, «llegó entonces la fiesta de la Dedicación en Jerusalén. Era invierno y Jesús se paseaba en el templo, en el pórtico de Salomón. Los judíos lo rodearon y le preguntaron:

«“¿hasta cuándo nos tendrás en la incertidumbre? Si eres el Mesías, dínoslo claramente”. Jesús les responde: “ya os lo he dicho y no me creéis. Las obras que yo hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas... Yo y mi Padre somos una sola cosa”. Los judíos de nuevo tomaron piedras para apedrearlo... “Te apedreamos por blasfemo, porque tú, siendo un hombre, te haces Dios”... Pretendían nuevamente apresarlo, pero él se les escapó de las manos» (Jn 10,22-39).

Jesús se libra de la lapidación, pero ha de huir de Judea, y atravesando la frontera oriental, se va a Perea: «se fue de nuevo al otro lado del Jordán, al sitio donde al principio había bautizado Juan, y allí se quedó» (Jn 10,40). Estando en aquel lugar le llega un mensajero de Marta y María, avisándole que Lázaro está gravemente enfermo. «Vamos otra vez a Judea», decide Jesús, sabiendo que así se mete de nuevo en la boca del lobo. «Maestro –le dicen los discípulos–, hace poco los judíos querían apedrearte ¿y quieres volver allí?». Él está firmemente decidido; pero el estado de ánimo de los discípulos queda bien expresado en las palabras de Tomás: «vamos también nosotros a morir con Él» (11,1-16).

La resurrección de Lázaro, que llevaba cuatro días muerto, realizada en Betania, aldea muy próxima a Jerusalén, produce en esos días una conmoción enorme: «Muchos de los judíos que habían ido a casa de María y vieron lo que había hecho, creyeron en él. Pero otros fueron a ver a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús» (11,45-46).


Segunda sesión del Sanedrín, condenando a muerte a Jesús

La resurrección de Lázaro, a las mismas puertas de Jerusalén, es finalmente como un estallido que provoca una segunda sesión del Sanedrín, celebrada hacia febrero (adar) del último año de la vida de Cristo (Lémann 79-80). Esta vez el Sanedrín sí va a pronunciar contra Él la terrible schammata, la pena de muerte.

«Convocaron entonces los príncipes de los sacerdotes y los fariseos una reunión, y dijeron: “¿qué hacemos?, porque este hombre realiza muchos milagros”... Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:... “¿no comprendéis que conviene que muera un hombre por todo el pueblo, y no que perezca todo el pueblo?”... Como era pontífice aquel año, profetizó que Jesús había de morir por el pueblo, y no solo por el pueblo, sino para reunir en uno a todos los hijos de Dios que están dispersos. Desde aquel día tomaron la decisión de matarle» (Jn 11,47-53). Condena a muerte y también, lógicamente, orden de detención: «Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos habían ordenado que si alguno supiera dónde estaba, lo indicase, para detenerlo» (11,57).

Nadie, al parecer, se opone en el Sanedrín a la condena de muerte de Jesús. Su suerte está ya decidida. Ha llegado su hora. Sabiendo, pues, todo esto, «Jesús ya no andaba en público entre los judíos, sino que fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efrem, y allí se quedó con sus discípulos» (Jn 11,54). El peligro se ha hecho tan grande contra Jesús, que en la última fase de su vida se ve obligado a interrumpir su público ministerio profético. La Palabra divina encarnada ha de reducirse totalmente al silencio.

La ausencia de Jesús, sin embargo, también era en Jerusalén ocasión de perturbaciones y ansiedades. «Estaba próxima la Pascua de los judíos... Buscaban, pues, a Jesús, y unos a otros se decían en el templo: “¿qué os parece? ¿vendrá a la fiesta o no?”» (Jn 11,55-56). «Seis días antes de la Pascua, vino Jesús a Betania», con Lázaro y sus hermanas. Allí, en la cena, recibe de María una unción preciosa de nardo, y dice: «la tenía guardada para el día de mi sepultura» (Jn 12,1-7). Aquella vuelta a Betania resulta extremadamente peligrosa:

«Una gran muchedumbre de judíos supo que estaba allí, y vinieron, no solo por Jesús, sino por ver a Lázaro, a quien había resucitado. Los príncipes de los sacerdotes habían resuelto matar también a Lázaro, pues a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús» (12,9-10).


Anuncio tercero de la Pasión

En estas circunstancias, ya se comprende, subir a Jerusalén es para Jesús lo mismo que entregarse a la muerte. Y sin embargo, lo hace. «Caminando delante» de los discípulos con ánimo decidido, les anuncia por tercera vez su Pasión.

«Cuando iban subiendo a Jerusalén, Jesús caminaba delante, y ellos iban sobrecogidos y lo seguían con miedo. Entonces reunió de nuevo a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder. “Ahora subimos a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos. Ellos se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán. Y tres días después, resucitará”» (Mc 10,32).

El anuncio de la Pasión ha sido esta tercera vez más explícito aún que las veces anteriores. Pero, aún así, los discípulos «no entendieron nada de lo que les decía; estas palabras les eran oscuras, y no las entendieron» (Lc 18,34). Más aún, Santiago y Juan andan todavía en esa hora pensando en ocupar un lugar preferente en el Reino que esperan próximo. Jesús ha de decirles: «el que quiera ser el primero entre vosotros, deberá ser esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate de muchos» (Mc 10,44-45).


Última entrada en Jerusalén

Jesús sigue caminando decididamente hacia Jerusalén, es decir, hacia su muerte. «Caminaba el primero subiendo hacia Jerusalén» (Lc 19,28). Y al darle vista en lo alto del monte, «cerca ya, al ver la ciudad, se echó a llorar por ella, diciendo: “¡si en este día hubieras conocido tú también la visita de la paz, pero se oculta a tus ojos!”». Y anuncia, con inmenso dolor, su próxima ruina total (Lc 19,41-44; +21,6).

Por eso, cuando su entrada en Jerusalén se ve acogida con gran éxito popular, este aparente triunfo no lo engaña. Él vive esa entrada en la Ciudad santa más bien como el introito solemne de su Misa, es decir, de su Pasión.

Sus discípulos, en aquella hora, «no entendieron nada», no vieron que en aquella entrada se estaba cumpliendo la Escritura (Zac 9,9); «pero después, cuando fue glorificado Jesús, entonces recordaron que todo lo que había sucedido era lo que decían las Escrituras de él. La multitud que había estado con Jesús, cuando ordenó a Lázaro que saliera del sepulcro y lo resucitó, daba testimonio de él. Por eso la gente salió a su encuentro, porque se enteraron de que había hecho este milagro» (Jn 12,12-18). «Cuando él entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió» (Mt 21,10). Todos lo aclamaban con entusiasmo, con un fervor tan grande que «algunos fariseos, de entre la turba, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Pero Él les respondió: “yo os digo que si éstos callan, clamarán las piedras”» (Lc 19,39-40).

En todo caso, conoce bien Jesús la vanidad de su triunfo mundano, y prevé que solo va a servir para acrecentar aún más el odio de sus enemigos, como así fue. «Entre tanto los fariseos se decían: “ya veis que no adelantamos nada. Ya veis que todo el mundo se va detrás de él» (Jn 12,19).


Llega la hora de morir

Jesús entonces se prepara a la muerte, y dispone también el ánimo de sus discípulos:

«“Ya ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, quedará solo; pero si muere, llevará mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo la conservará para la Vida eterna... Mi alma está ahora turbada. ¿Y qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero para esto he venido yo a esta hora! Padre, glorifica tu nombre”.

«Se oyó entonces una voz del cielo: “Lo glorifiqué y de nuevo lo glorificaré”... Jesús dice: “cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Decía esto Jesús para indicar cómo iba a morir» (Jn 12,23-33).

Aún hace el Señor una última llamada al pueblo judío: «“La luz está todavía entre vosotros, pero por poco tiempo... Mientras tenéis luz, creed en la luz, para ser hijos de la luz”. Esto dijo Jesús, y partiendo, se ocultó de ellos» (12,35-36).

Pero no, es evidente: las tinieblas rechazan la luz. «Aunque había hecho tan grandes milagros en medio de ellos, no creían en Él». Otros sí habían creído en Él, pero no se atrevían a confesar su fe: «muchos de los jefes creyeron en Él, pero no lo confesaban, temiendo ser excluídos de la sinagoga, porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios» (12,37-43).

Hombres ya proscritos y reprobados, como el publicano Zaqueo, son ya casi los únicos que todavía se atreven a recibirle en sus casas. Pero esto no supone para Jesús ningún apoyo; más bien confirma a sus enemigos en sus razones para rechazarle y procurar su muerte: «ha ido a hospedarse a la casa de un pecador» (Lc 19,1-10).

Siguen, en estos últimos días, acosándole sus adversarios. Fariseos y herodianos «deliberaron cómo sorprenderle en alguna palabra» (Mt 22,15; +Mc 12,13), y le plantean la cuestión del tributo al César. En otra ocasión son los saduceos, los que pretenden atraparle con el tema de la resurrección, poniéndole una cuestión aparentemente insoluble. Pero Jesús les dice: «estáis errados, y ni conocéis las Escrituras ni el poder de Dios» (Mt 22,29). Con ocasión de estas disputas, «la muchedumbre que lo oía se maravillaba de su doctrina» (22,33). Y sus adversarios «no se atrevían ya a plantearle más preguntas» (Lc 20,40; +Mc 12,34).


Terrible discurso

Jesús en esos días da su vida por terminada en este mundo. Ya no es preciso que denuncie con un cierto cuidado los errores religiosos de Israel, para poder seguir vivo un tiempo, cumpliendo su misión profética. No. Ya ha llegado su hora. Y antes de ser ejecutado, por amor a todos los hombres, descubre esta vez plenamente la falsificación enorme que escribas y fariseos han hecho de la Ley antigua. Es el discurso durísimo que nos recoge San Mateo (Mt 23).

Escribas y fariseos son guías ciegos e hipócritas, que cierran a los hombres el camino del Reino. Ni entran en él, ni dejan entrar. Su proselitismo sólo consigue hacer «hijos del infierno». Cuelan un mosquito y se tragan un camello. Su justicia es exterior, sólo aparente, no interior y verdadera. Son como sepulcros blanqueados, llenos de podredumbre en su interior, aunque tengan apariencia de justicia ante los hombres. Son, como sus padres, asesinos de todos los profetas que Dios les envía. Son serpientes, raza de víboras. También perseguirán a los cristianos: «estad atentos; os entregarán al Sanedrín, seréis azotados en la sinagogas y compareceréis ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos» (Mc 13,9).

Jesús se manifiesta en estos discursos plenamente consciente del rechazo que sufre de Israel, y de la persecución que también han de sufrir sus discípulos. Sin embargo, no se siente abatido, vencido o fracasado; por el contrario, tiene confianza plena en su victoria final: «aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre y se lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria» (Mt 24,30). Al final de todo, el Hijo del hombre beberá con sus amigos el vino de la alegría «en el reino de Dios» (Mc 14,25).


Tercera sesión del Sanedrín contra Jesús, considerando el modo de matarle

«Jesús dijo a sus discípulos: “sabéis que dentro de dos días es la Pascua y el Hijo del hombre será entregado para que lo crucifiquen”» (Mt 26,2). Este último anuncio de la Pasión se produce el miércoles 12 de marzo (nisan), dos días antes de la Cruz. Y ese día el Sanedrín va a realizar una tercera sesión contra Cristo, no para deliberar su muerte, ya decidida, sino para determinar cómo y cuándo realizarla (Lémann 81-83).

«Se reunieron entonces los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del sumo sacerdote, llamado Caifás, y acordaron prender a Jesús con engaño y darle muerte. Pero decían: “no durante la fiesta, no sea que se arme alboroto en el pueblo“» (Mt 26,3-5; +Lc 22,1-2).

Como se ve, el fervor popular por Jesús, al menos en una cierta manera de fascinación, dura hasta el final de su vida. Todavía en esta fase última de su vida, «todo el pueblo madrugaba por Él, para escucharle en el templo» (Lc 21,38). Pero es precisamente este entusiasmo del pueblo lo que suscita en los jefes de Israel una mayor determinación de matarle, aunque no en la fiesta, «porque tenían miedo al pueblo» (22,3).

Sin embargo, los acontecimientos van a precipitarse. Inesperadamente, Judas, uno de los Doce, se ofrece a los príncipes de los sacerdotes para entregar a Jesús: «¿qué me daréis si os lo entrego?». Treinta siclos de plata es el precio que le ponen al Salvador (Mt 26,14-16).


La Cena pascual de Jesús

La Pascua y los Ázimos eran dos fiestas distintas. El cordero pascual se comía el 14 del mes de Nisán por la noche. Y la fiesta de los Ázimos, que comenzaba el día 15, duraba hasta el 21.

Los evangelios sinópticos parecen indicar que Jesús celebra su última cena con los discípulos el 14; en tanto que San Juan parece señalar el 13. Según parece, el Señor anticipa la comida pascual al jueves, y muere el viernes, el 14 de Nisán, el día en que oficialmente se comía el cordero pascual.

Sea de esto lo que fuere, Jesús, la noche en que va a ser entregado, se reúne con sus discípulos por última vez para celebrar la cena.

«Antes de la fiesta de la Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, al fin los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).

Comienza Jesús la última cena lavando los pies a los discípulos. En esta celebración litúrgica de la cena va a darnos la revelación plena de su amor a Dios: «conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que según me ha mandado el Padre, así hago», dice refiriéndose a su cruz (Jn 14,31). Y al mismo tiempo nos da Jesús la revelación plena de su amor a los hombres: «nadie tiene un amor mayor que aquél que da la vida por sus amigos» (Jn 115,13).

Por eso Jesús, que tanto ha deseado expresar totalmente su amor, dice a los suyos: «he deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión» (Lc 22,15). Ha llegado para Él la hora, preconocida y tan largamente esperada, de consumar plenamente la ofrenda de su vida, para salvación de los pecadores; ha llegado la hora de expresar completamente su amor al Padre y a los hombres; de instituir la Eucaristía; de establecer en favor de todos la Nueva Alianza en el sacrificio redentor; de instituir el sacerdocio cristiano; de quitar el pecado del mundo, comunicando la filiación divina; de entregar su Espíritu a los hombres entregando por ellos en la Cruz su cuerpo y su sangre, es decir, su vida humana. Ardientemente ha deseado siempre llegar a esta hora culminante. El vuelo recto de la flecha de su vida está ya cerca de alcanzar la diana final.


Víctima sacrificial

En los sacrificios del Antiguo Testamento la carne es comida o quemada y la sangre es derramada en el altar. Carne y sangre, por tanto, se separan en el momento de la muerte sacrificial (Lev 17,11-14; Dt 12,33; Ez 39,17-19; Heb 13,11-12).

Por eso, cuando en la cena pascual Jesús toma el pan primero y después el cáliz, y dice «éste es mi cuerpo, que se entrega por vosotros», y «ésta es mi sangre, que se derrama para el perdón de los pecados vuestros y de todos los hombres», está empleando un lenguaje claramente cultual y sacrificial; es decir, está ejerciendo conscientemente como sacerdote y víctima; está sellando con su sangre la Alianza nueva, como la antigua fue sellada en el Sinaí con la sangre de animales sacrificados (Éx 24,8). Él, pues, es plenamente consciente de que ha venido, de que ha sido enviado por el Padre, como Redentor, es decir, «para dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28; Mc 10,45).

Escrituristas protestantes, como Joachim Jeremias, acercándose a la unánime tradición católica, estiman que «este sentido sacrificial es el único que cuadra cuando Jesús habla de su carne y de su sangre» (La última cena, Madrid 1980, 246). Jesús, por tanto, va a la muerte como verdadera víctima pascual (cf. J. A. Sayés, Señor y Cristo, EUNSA, Pamplona 1995, 225-226).

Ya en el Sermón Eucarístico, con ocasión de la multiplicación de los panes, habla Jesús de dar su carne en comida y su sangre en bebida (Jn 6,51-58), y el escándalo que sus palabras ocasionan no se hubiera producido si con esos términos solo quisiera expresar la entrega benéfica y fraterna de su «persona» (Sayés 226).

La sangre derramada «por muchos (upér pollon)», o como dice San Juan, la carne entregada «por la vida del mundo» (Jn 6,51), está expresando claramente que la ofrenda total que Cristo hace de sí mismo la entiende como un sacrificio expiatorio en favor de los hombres y a causa de sus pecados. «Entregado, derramada», es la fórmula pasiva que evoca al Siervo de Yahvé, Cristo, que es entregado por el Padre (Sayés 227).


Últimas profecías de Jesús

–Anunciando su victoria final definitiva, dice Jesús a los suyos en la última Cena: «ya no la comeré hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios... Ya no beberé del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios» (Lc 22,16-18).

–Anuncia entonces la traición de Judas Iscariote:

«no todos estáis limpios... Desde ahora os lo digo, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy... Uno de vosotros me va a entregar». Y volviéndose a Judas: «lo que has de hacer, hazlo pronto» (Jn 13,11.19-17).

–Anuncia el abandono de los apóstoles:

Y lo predice en un momento en que ellos parecen sentirse seguros en su fe, pues le dicen: «“ahora vemos que sabes todas las cosas... Por eso creemos que has salido de Dios”. Jesús les responde: “¿ahora creéis? Mirad, llega la hora, y ya ha llegado, en que vosotros os dispersaréis cada uno por su parte, y me dejaréis solo; pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo» (Jn 16,30-32). En efecto, «todos vosotros os escandalizaréis de mí en esta noche, porque está escrito: “heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”» (Mt 26,31; +Zac 13,7). Simón Pedro le asegura entonces que «aunque todos se escandalicen, yo no nunca me escandalizaré... Aunque tenga que morir contigo, no te negaré». Predice entonces Jesús a Simón que lo negará tres veces (26,33-35).

–Anuncia una vez más su Pasión, ya inmediata:

«Os digo que ha de cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: “fue contado entre los malhechores”. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí» (Lc 22,37; +Is 53,12). Los discípulos entonces, por fin, parecen entender el realismo de las palabras de Jesús, y le dicen: «Señor, aquí hay dos espadas». Pero Él les detiene: «Basta» (Lc 22,38).

–Anuncia la fecundidad de su sangre derramada, la fuerza salvadora que ella va a tener en los discípulos: «el que cree en mí, ése hará obras mayores que las que yo hago» (Jn 14,12).

–Anuncia al Espíritu Santo que va a comunicar: «Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros siempre... No os dejaré huérfanos. Volveré a vosotros... En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (14,16-20).

–Anuncia persecuciones contra sus discípulos:

«si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros... Si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros... Os he dicho estas cosas para que no os escandalicéis; os expulsarán de las sinagogas, y llegará un tiempo en que todos los que os maten creerán hacer un servicio a Dios. Y harán estas cosas porque no conocieron al Padre ni a mí» (Jn 15,18-16,3). «En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y gemiréis, mientras el mundo se alegrará... Pero de nuevo os veré, y se alegrará vuestro corazón y nadie podrá quitaros vuestra alegría» (16,20-22).

–Anuncia su Ascensión: «salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre» (16,28).

Pide Jesús por sí mismo: «Padre ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique a ti» (Jn 17,1). Pide al Padre por sus discípulos, para que los mantenga en la unidad y en la santidad (17,6-26). Pide al Padre que puedan ellos ser fieles mártires suyos en el mundo:

«Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad. Como a mí me has enviado al mundo, así yo los he enviado a ellos» (Jn 17,14-18).


En el Huerto de Getsemaní

Después de rezar los salmos propios de la celebración pascual, salió Jesús con sus discípulos, según la costumbre, hacia el monte de los Olivos, al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto que se llamaba Getsemaní (Mt 26,30; Jn 26,36). Allí Jesús, acompañado de sus tres íntimos, apartándose un poco de ellos, se entrega a la oración, y en ella «comenzó a sentir pavor y angustia» (Mc 14,33), y «entrando en agonía, oraba con más fervor y su sudor vino a ser como gotas de sangre» (Lc 22,44). «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Por tres veces viene Jesús a sus discípulos, a los tres más íntimos, los tres que fueron testigos de su transfiguración en el monte, y siempre los halla dormidos. La tercera les dice:

«¡Dormid ya y descansad! ¡Basta! Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantáos! ¡Vamos! Mirad que está cerca el que me entrega» (Mc 14,41-42).

Aún está Jesús diciendo esto, cuando entra Judas con una turba armada de espadas y palos. Lo besa, para señalarle así a los que han de prenderle... «¿Con un beso entregas al Hijo del hombre?» (Lc 22,48)... Se identifica Jesús claramente, y al decir «“yo soy”, retrocedieron y cayeron por tierra» (Jn 18,6). Detiene entonces un conato de violencia de uno que trata de defenderle: «¿piensas tú que no puedo invocar a mi Padre y me enviaría en seguida más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo se cumplirían entonces las Escrituras, según las cuales debe suceder así?» (Mt 26,51-54).

En ese momento «la cohorte, el tribuno y los alguaciles de los judíos prendieron a Jesús y lo ataron» (Jn 18,12). Y «todos los discípulos, abandonándole, huyeron» (Mt 26,56). La obscuridad, el espanto, el horror se hacen totales. «Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22,53).


Jesús comparece ante el Sanedrín, que ya había decidido matarlo

El Hijo de Dios, el hijo de María Virgen, nuestro Señor Jesucristo, el Santo, comparece ante el Sanedrín, para ser juzgado por sus setenta y un miembros, agrupados en tres tercios, como ya vimos. Comparece ante sacerdotes, que lo odian desde que purificó violentamente el Templo; ante fariseos y doctores de la ley, que lo odian por las terribles denuncias que de Él han recibido, y además en público, desprestigiándoles ante el pueblo; y ante los ricos y notables, que también lo odian, pues de ellos ha dicho el Nazareno que por sus egoísmos e injusticias muy difícilmente entrarán en el Reino celestial.

El Verbo encarnado, el Hijo del Altísimo, va a ser juzgado por esta asamblea miserable. Ya sabemos, por lo demás, que este mismo Sanedrín ha celebrado tres sesiones previas, y que en ellas ha decidido ya la muerte de Cristo. No vamos a asistir, pues, en realidad, sino a una parodia de juicio, como señalan los hermanos Lémann:

«Nosotros ahora preguntamos a todo israelita de buena fe: cuando el Sanedrín haga comparecer ante él a Jesús de Nazaret, como si fuera a deliberar sobre su vida, ¿no se tratará de una burla sangrante, de una mentira espantosa? Y el acusado, por inocente que pueda ser su vida, ¿no será indudablemente condenado a muerte veinte veces?» (La asamblea que condenó a Cristo, Criterio, Madrid 1999,83).

Pero de todos modos el proceso homicida va a celebrarse. Primero es llevado Jesús a casa de Anás (Jn 18,13-14), antiguo pontífice; no propiamente para ser juzgado, sino por pura deferencia de su yerno Caifás, sumo sacerdote entonces.


Juicio nocturno del Sanedrín

Después, de noche todavía, es llevado Jesús a casa de Caifás. Allí estaban también ya reunidos, a la espera, «los escribas y los ancianos» (Mt 26,57). Ahora es cuando se va a consumar el proceso judicial homicida, en el que el Sanedrín, que ya ha decidido previamente la muerte de Jesús, infringe sin vergüenza casi todas las principales leyes procesales de la Misná.

El pueblo hebreo, extremadamente culto y civilizado, regulaba sus procesos judiciales por leyes de altísima calidad, procedentes unas veces del mismo Dios, según los libros de la Escritura sagrada, y otras veces elaboradas por la sabiduría de los legisladores judíos. A fines del siglo II de la era cristiana, el Rabí Judá compiló diecisiete siglos de leyes y tradiciones de la jurisprudencia judía en una magna obra, la Misná, que completando y desarrollando la ley primera, el Pentateuco mosaico, era considerada la segunda Ley. El estudio de los hermanos Lémann, al que me remitiré continuamente –aunque sin dar las referencias de los antiguos textos judíos, que ellos consignan en cada caso– muestra con toda erudición documental cómo en el proceso de Jesús se quebrantan casi todas las principales leyes procesales judías vigentes en la época.

El prendimiento y la primera comparecencia de Jesús ante el Sanedrín se produce «de noche». El Maestro sabe bien que esto es ilegal: «diariamente estaba entre vosotros en el Templo y no alzasteis las manos contra mí. Pero ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22,53). De noche, sí, va a producirse el juicio.

La ley judía ordenaba que el Sanedrín solo podía reunirse «desde el sacrificio matutino al sacrificio vespertino»; que todo proceso con posible pena de muerte «debía suspenderse durante la noche»; que los jueces no han de juzgar «ni la víspera del sábado, ni la víspera de un día de fiesta». Toda norma procesal es ahora atropellada.

«El sumo sacerdote [Caifás] interrogó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina» (Jn 18,19). El mismo Caifás, que, en referencia a Cristo, convenció al Sanedrín –«vosotros no sabéis nada»–, de que era conveniente «que muera un hombre por todo el pueblo, y no que perezca todo el pueblo» (11,49-50), es quien ahora va a dirigir el «juicio» contra Jesús. Hace, pues, al mismo tiempo de acusador y de juez.

Las enormidades antijurídicas son continuas. No comparece Jesús acusado de un «delito» concreto, ni se substancia el proceso con una «causa» señalada previamente. Más bien Caifás interroga a Jesús buscando con preguntas capciosas, un poco a ciegas, alguna causa que permita condenarlo a muerte, apoyándose en el propio testimonio del acusado. Pero la Misná dice: «tenemos como principio fundamental que nadie se puede incriminar a sí mismo». Por eso Jesús le responde: «yo he hablado públicamente al mundo; yo siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo... ¿Por qué me interrogas a mí? Interroga a los que han oído lo que yo les hablé» (Jn 18,20-21). Es decir: no pretendas condenarme por mis palabras, cosa que la Ley prohibe, sino por el testimonio de quienes me acusen.

Entonces «los sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para matarlo. Pero no lo encontraron, aunque se presentaron muchos testigos falsos» (Mt 26,59-60). Es obvio: no estamos ante una asamblea judicial, que pretende juzgar rectamente con toda justicia, en la presencia del Señor y participando de Su autoridad suprema sobre los hombres, sino ante un conjunto de asesinos, que pretenden buscar formas legales para cometer el homicidio que hace meses han decidido. Pero tampoco consigue nada el Sanedrín por este lado.

«Los testimonios no eran acordes» (Mc 14,56.59), invalidándose así unos a otros. Pero además eran falsos: nunca, por ejemplo, Jesús había dicho «yo destruiré este Templo» (14,58), sino que, «hablando del santuario de su propio cuerpo» (Jn 2,21), había profetizado que si lo destruían los judíos, él lo reedificaría a los tres días. Crecen con todo esto los abusos procesales: contra toda ley y costumbre, unos y otros testigos –estando, al parecer, juntos, y no separados– acusan al detenido. No era ésa la norma procesal de Israel; por el contrario, como se ve en el caso de los acusadores de Susana: «separadlos lejos uno de otro, y yo los examinaré» (Dan 13,51).

A pesar de todas estas artimaña perversas, los intentos de hallar una causa suficiente para condenar a Jesús se muestran inútiles. Y la noche avanza, sin que el proceso adelante un paso. El Sanedrín no consigue su propósito homicida. Se hace, pues, preciso que Caifás intervenga de nuevo. «Levantándose el sumo sacerdote y adelantándose al medio, interroga a Jesús, diciendo: “¿no respondes nada? ¿Qué es lo que éstos testifican contra ti?» (Mc 14,60).

El Sumo Pontífice, el juez supremo en Israel, está provocando al Santo, está buscando su muerte... Si no es posible atrapar a Jesús por las palabras de los acusadores, habrá que intentar cazarlo por sus propias palabras. «Pero Él se mantenía callado y no respondía nada» (14,61). No entraba en aquel juego homicida.

Notemos que es extremadamente raro que un hombre amenazado de muerte renuncie a todo modo de defensa... El silencio de Jesús acusa, pues, con terrible elocuencia la perversidad del Sanedrín. Y ese majestuoso silencio, a medida que se prolonga, espanta aún más a los sanedritas que, conociendo bien las Escrituras, ven en aquella escena el cumplimiento patente de antiguas profecías:

«Maltratado y afligido, no abrió la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores. Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que nadie defendiera su causa» (Is 53, 78). Ninguno de los sanedritas, ninguno sale en defensa del inocente: «todo el Sanedrín» procuraba su muerte (Mt 26,59). Y su silencio, su terrible silencio, se prolonga, cumple más y más las profecías: «me tienden lazos los que atentan contra mí, los que desean mi daño me amenazan de muerte... Pero yo, como un sordo, no oigo, como un mudo, no abro la boca; soy como uno que no oye y no puedo replicar. En ti, Señor, espero, y tú me escucharás, Señor Dios mío» (Sal 37,13-16).

El Sanedrín se ve ante un callejón sin salida, y el silencio de Cristo le resulta cada vez más angustioso. La causa no avanza, el tiempo nocturno pasa. Hay que buscar una salida, algo que rompa aquella situación insostenible.

Caifás entonces, el juez principal, surge otra vez con iniciativa hábil y terrible. De nuevo se levanta e interroga a Jesús personalmente: «te conjuro por el Dios vivo: di si tú eres el Cristo [el Mesías], el Hijo de Dios» (Mt 26,63; +Mc 14,61).

Con esto se da al juicio un giro procesal completo. Ya se dejan a un lado, por inútiles, los testimonios falsos y contradictorios. Ya se reconoce que no hay modo de hallar un delito claro por el que condenar a muerte a Jesús, muerte que, sin embargo, está decidida con odio unánime. Solo se intenta ahora, en un último intento, atrapar a Jesús –contra toda ley procesal judía– por sus propias palabras auto-incriminatorias. Y la pregunta de Caifás, a este fin, es perfecta: si niega Jesús su identidad mesiánica y divina, será condenado por impostor, pues muchas otras veces ha hecho en público esas afirmaciones; pero si su respuesta es afirmativa, será acusado entonces de blasfemo.

Más aún, Caifás exige que Jesús responda con juramento: «Te conjuro por el Dios vivo que nos digas» (Mt 26,63), algo que la ley procesal prohibía para evitar perjurios y al mismo tiempo para impedir que un acusado pudiera ser condenado por su propio testimonio.

Jesús entiende perfectamente su situación, y sin embargo afirma no solo su identidad personal divina, sino también la inminencia de su triunfo definitivo: «Sí, yo lo soy; y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y venir en las nubes del cielo» (Mc 14, 62). Caifás, gozoso de su triunfo, finge al instante una indignación extrema: «entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras» (Mt 26,65).

¿Qué es esto? ¿Un juez que, en medio del proceso judicial, que él ha de dirigir con toda serenidad y prudencia, deja que públicamente estalle su cólera ante el testimonio del acusado? Y además, el gesto extremo de «rasgar las vestiduras», dado el carácter sagrado de éstas, venía expresamente prohibido por la ley al Sumo Sacerdote (Lev 21,10).

«¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?» (Mt 26,65). Otro horror procesal. El presidente del Tribunal supremo, sin examinar previamente las palabras del acusado –sin analizar su sentido exacto, su alcance, su intención–, y sin deliberación alguna de la corte de jueces, adelanta su juicio personal, condenando definitivamente al acusado por su declaración, y condicionando gravemente el discernimiento de los jueces, pues la autoridad del sumo sacerdote era considerada como infalible. Y aún se permite preguntar a los sanedritas: «¿qué os parece?» (Mt 26,66). «Y todos sentenciaron que era reo de muerte» (Mc 14,64).

Completamente en contra de este expeditivo modo de proceder, la ley procesal judía manda que, tratándose de pena capital, no puede acabar el proceso en el mismo día en que ha comenzado –y recordemos que el día judío transcurría de tarde a tarde (p. ej., Lev 23,32)–. Prescribe, en efecto, la ley que en la noche intermedia los jueces, en sus casas, reunidos de dos en dos, y guardando especial sobriedad en la comida y la bebida, han de reconsiderar atentamente la causa. Y más aún, dispone que al día siguiente, «los jueces absuelven y condenan por turno», uno a uno, mientras que dos escribas recogen cada testimonio, uno las sentencias de absolución y otro las de condenación.

Bien podía Jesús, en su silencio acusa-torio, rezar internamente aquello del salmo: «me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores» (Sal 21,17). Todas las normas procesales, prácticamente todas, han sido pisoteadas por el Sanedrín en aquella noche satánica, en aquella hora de tinieblas.

Y nadie ha defendido la causa de Jesús. Ningún sanedrita ha objetado nada, ni siquiera en cuestiones de procedimiento: «todos lo condenaron» (Mc 14,64). Nicodemo y José de Arimatea, ausentes, no han querido participar de esta asamblea criminal, nocturna e ilegal. Y tampoco ningún judío de buena voluntad, salido de entre el público asistente, cosa autorizada por la ley judía, ha intervenido en su favor.

Y en cuanto a sus más íntimos seguidores, en aquella noche tenebrosa... «todos los discípulos lo abandonaron y huyeron» (Mt 26,56). Simón Pedro, que hasta ahora, aunque a medrosa distancia, ha seguido a Jesús, lleno de pánico al ser preguntado por algunos, llega a negarle tajantemente tres veces: «yo no conozco a ese hombre» (26,74).

Jesús se ha quedado absolutamente solo y abandonado. Ya no le queda sino su oración al Padre: «soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle y escapan de mí. Me han olvidado como a un muerto, me han desechado como a un cacharro inútil» (Sal 30,12-3).

Todo es en aquella noche increíblemente malvado y cruel. En el proceso contra Jesús no solo se infringe toda norma prescrita por la ley, sino también las normas exigidas por la más elemental humanidad. Estamos en un juicio celebrado por Israel, uno de los pueblos más cultos de la historia humana, y en un pueblo civilizado, el acusado queda durante el juicio, antes y después de él, bajo la protección eficaz de sus jueces. Sin embargo, el Sanedrín y su presidente permiten que un guardia «dé una bofetada a Jesús» (Jn 18,22). Y una vez dictada la sentencia criminal, de nuevo dejan que se produzca una escena que avergonzaría a un pueblo degenerado:

«Entonces le escupieron en su rostro y lo abofetearon, y algunos lo golpeaban, diciendo: “profetízanos, Cristo: ¿quién te ha golpeado?”» (Mt 26,63-68). «Y decían contra él otras muchas injurias» (Lc 22,65).

¿Estamos realmente en Jerusalén, en el Sanedrín, en el Tribunal Supremo de Israel? ¿O estamos más bien en el juicio que unos salvajes celebran bajo un árbol en la selva antes de comerse al enemigo extranjero? ¿Estamos quizá en el sótano de unos mafiosos actuales, donde, ateniéndose a sus «leyes» internas, se disponen a ajustar cuentas con un traidor?


Juicio diurno del Sanedrín

Caifás y los sanedritas, temiendo que el proceso nocturno contra Jesús, en el que lo sentenciaron a muerte, pudiera ser nulo por sus graves irregularidades de procedimiento, deciden celebrar una nueva sesión del Sanedrín. «Llegada la mañana, celebraron consejo contra Jesús para poder darle muerte» (Mt 27,1). Esta vez, renunciando a buscar testimonios acusa-torios o posibles delitos cometidos por Jesús, van directamente a procurar su muerte, como en la noche pasada, basándose en el testimonio que Él da de sí mismo.

Lo que se pretende con esto es dar una mejor formalidad jurídica a la condena de muerte ya acordada. Pero con esta nueva sesión matutina no consigue el Sanedrín sino reiterar y multiplicar las graves irregularidades acumuladas ya en el proceso. Ahora, en efecto, contra toda ley, en el mismo día grande de la Pascua, se reúne antes del sacrificio matutino, sentencia sin deliberación previa, emiten el voto todos los miembros en conjunto, no uno a uno, y no se difiere la sentencia al día siguiente, al sábado, tratándose de una pena capital.

«Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, los sacerdotes y los escribas. Y lo llevaron ante su tribunal. Y le dijeron: “si tú eres el Cristo, dínoslo”. Él les respondió: “si os lo digo, no me creeréis. Y si pregunto, no me responderéis. Desde ahora el Hijo del hombre se sentará a la derecha del Poder de Dios”» (Lc 22,66-69). Jesús les responde: vuestra pregunta es inútil y malvada, pues ya habéis decidido mi muerte; pero sabed que por la pena mortal que me aplicaréis llegaré al trono de Dios, a la diestra del Poder divino. Con tal confesión grandiosa afirma claramente su propia identidad divina, y así lo entienden los sanedritas.

«“¿Entonces, eres tú el Hijo de Dios?“ Él les dijo: “vosotros lo decís; lo soy”. Ellos respondieron: “¿qué necesidad tenemos de testigos? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca”. Todo el Consejo se levantó» (Lc 22,70-71), clausurando de este modo la sesión bruscamente, y prescindiendo de más deliberaciones. «Y habiéndole atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron» (Mt 27,2).


Ante Herodes y Pilato

Como el Sanedrín no podía ejecutar la muerte de Cristo, por eso lo entrega a la autoridad romana. Busca, pues, que Pilato dicte la muerte de Jesús, alegando: «nosotros no tenemos poder de matar a nadie» (Jn 18,31). Pero el Sanedrín, incurriendo en otra irregularidad jurídica enorme, cambia totalmente de pronto la causa jurídica por la que pide la muerte de Cristo, y lo acusa de otras causas que puedan perjudicarle más gravemente ante la autoridad romana:

Y así «comenzaron a acusarle diciendo: “hemos averiguado que éste anda amotinando a nuestra nación, prohibiendo que se paguen los impuestos al César y que se llama a sí mismo Mesías y Rey”» (Lc 23,2).

Pilato, sin embargo, comprende en seguida que Jesús es inocente, y a pesar de las acusaciones de los judíos, se resiste a condenarle. Después, al saber que es galileo, «lo remite a Herodes, que aquellos días estaba en Jerusalén» (Lc 23,6). Ante Pilato y ante Herodes, Jesús sigue manteniendo su silencio.

Tampoco Herodes encuentra culpa en Jesús, y lo remite de nuevo a Pilato (Lc 23,13-15), que persiste en considerarle inocente. Lo compara entonces a Barrabás; pero el pueblo, «persuadido por los príncipes de los sacerdotes y por los ancianos» (Mt 27,20), exige su muerte, concretamente su crucifixión, aquella terrible pena romana, aplicada solo a los infames.

Pilato intenta hasta el último momento salvar a Jesús. Lo manda azotar, permite que lo coronen de espinas, deja que lo golpeen y abofeteen, y lo muestra así, humillado y castigado al pueblo, diciendo de nuevo: «no encuentro en él culpa alguna». Pero la muchedumbre sigue exigiendo a grandes gritos su crucifixión. Finalmente Pilato cede, por temor a ser acusado ante el César, y entrega a Jesús a la cruz (Jn 19,1-16).

Y otra vez asistimos con espanto a una escena de increíble barbarie, a cargo ahora de los romanos, tan cultos ellos y respetuosos del derecho.

«Entonces los soldados del gobernador metieron a Jesús en el pretorio y reunieron en torno a él a toda la cohorte», entre 500 y 600 soldados; «lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura», golpeándole y burlándose de Él, en una parodia de homenaje real: «“salve, rey de los judíos”. Y escupían en él, cogían una caña y golpeaban su cabeza... Le volvieron a poner sus vestidos y lo llevaron a crucificar» (Mt 27,27-31).


El misterio de la Cruz

«Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado Calvario, en hebreo, Gólgota» (Jn 16,17). «Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él» (Lc 23,27). Llegados al llamado Calvario, lugar del Cráneo, lo crucificaron a la hora de tercia. Y lo primero que hizo Jesús en la Cruz fue pedir al Padre que nos perdonase a todos (Lc 23,34).

Entonces, «se cumplió la Escritura, y “fue contado entre los malhechores”» (Mc 15,28: +Is 53,12). Según lo predicho en las Escrituras, «se repartieron sus vestidos, echando suertes sobre ellos» (Mt 27,35; +Sal 21,19); «eso precisamente hicieron los soldados» (Jn 19,24). Dando también cumplimiento a las Escrituras, «los que pasaban lo insultaban y decían... “Ha puesto su confianza en Dios, pues que él lo libre ahora si lo ama”» (Mt 27,39.43; +Sal 21,9; Sab 2,18-20).

Con ésta y otras ironías, todos se burlaban de Él, también «los príncipes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos» (Mt 27,41). En efecto, también el Sanedrín en pleno se asocia a la abominable perversidad del pueblo, que se burla ignominiosamente de un inocente que agoniza torturado.

Cumpliendo las Escrituras, dice Jesús: «tengo sed», y le dan a beber vinagre (Jn 19,28; +Sal 68,22). Se apiada entonces el Salvador del malhechor arrepentido, crucificado junto a Él, y le promete el Paraíso (Lc 23,39-43). Y se apiada de nosotros, dando a María por madre a Juan, «el discípulo», que al pie de la Cruz, acompaña a Jesús y a María, la Madre dolorosa, representándonos a todos los discípulos (Jn 19,25-27).


Todo se ha cumplido

«Todo se ha cumplido» (Jn 19,30). El Salvador ha terminado ya en la cruz el via crucis de toda su vida. Todo lo anunciado en las Escrituras se ha cumplido en Él exactamente, hasta en los menores detalles. Por fin ha llegado Jesús a su hora tan ansiada; por fin le es dado consumar la ofrenda sacrificial de su vida, manifestar la plenitud de su amor al Padre y a los hombres, expresar la totalidad de su obediencia filial, y perfeccionar así la salvación del mundo, expiando sobreabundantemente por los pecadores.

Pero no vive Jesús esa hora con gozo espiritual, no. Él quiere descender a lo más profundo de la angustia humana, y hace suya la oración del salmo 21: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). No es éste en Él un gemido de desesperación y menos aún de protesta, sino de puro dolor filial, pues muere diciendo precisamente: «Padre, en tus manos entrego mi espíritu» (Lc 23,46). «Y Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, entregó su espíritu» (Mt 27,50).


Jesús descansa en paz

Los soldados quebraron las piernas de los dos malhechores crucificados con Jesús, pero a Él no, porque ya había muerto. Uno de los soldados, sin embargo, le atravesó el pecho con la lanza, «y en seguida salió sangre y agua... Todas estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: “no le quebrarán ninguno de sus huesos”. Y otro pasaje de la Escritura que dice: ”verán a aquel que traspasaron”» (Jn 19,31-37; +Éx 12,46; Sal 33,21; y Zac 12,10).

«Nuestra víctima pascual, Cristo, ya ha sido inmolada» (1Cor 5,6), y un estremecimiento de espanto, de esperanza, de gozo, sacude a toda la creación:

«Desde el mediodía hasta las tres de la tarde las tinieblas cubrieron toda la región» (Mt 27,45). «Inmediatamente el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron... El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: “¡Verdaderamente, éste era Hijo de Dios!”» (27,51-54).


Oración final

Nuestro Salvador descansa ahora en la fría oscuridad del sepulcro. Y el alma viva de Jesús muerto ora en su tumba:

«Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti...
Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena:
porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha»
(Sal 15,1.8-11).

Éste es el misterio de nuestra fe: que «Cristo murió por los pecados una vez para siempre, el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios» (1Pe 3,18.22). Ahora, a causa de su encarnación, de su muerte y de su resurrección, le ha sido dado «todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Por eso

«que su Nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol.
Que Él sea la bendición de todos los pueblos y
lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.
Bendito el Señor, Dios de Israel,
el único que hace maravillas.
Bendito por siempre su Nombre glorioso;
que su gloria llene la tierra.
¡Amén, amén!» (Sal 71,17-19).