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5ª Semana

Domingo

Entrada: «Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios» (Sal 9,6-7).

Colecta (del Misal anterior, y antes del Gregoriano): «Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que ella sólo en ti ha puesto su confianza».

Ofertorio (del Misal anterior, retocada con textos del Veronense): «Señor, Dios nuestro, que has creado este pan y este vino para reparar nuestras fuerzas, concédenos que sean también para nosotros sacramento de eternidad».

Comunión: «Den gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Calmó el ansia de los sedientos y a los hambrientos los colmó de bienes» (Sal 106,8-9). «Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,5-6).

Postcomunión (del propio de los dominicos, e inspirada en textos del Nuevo Testamento: Rom 12,5; 1 Cor 10,16; Jn 15,16; 17,11-21): «Oh Dios, que has querido hacernos partícipes de un mismo pan y de un mismo cáliz, concédenos vivir tan unidos a Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo».

Ciclo A

Por el Bautismo pasamos de las tinieblas a la luz. Por eso siempre hemos de ser luz para los demás, llevando una vida cristiana irreprochable.

-Isaías 58,7-10: Entonces nacerá tu luz como la aurora. El profeta Isaías anuncia la regeneración mesiánica como una irrupción en la vida de los hombres de la luz divina, que es capaz de transformar toda su existencia. Cristo también se presenta como Luz, que ilumina las tinieblas del mundo. El tema de la luz es riquísimo en la Sagrada Escritura y en la doctrina patrística. En el prólogo del Evangelio de San Juan el Verbo eterno del Padre es la Luz verdadera que ilumina a todo hombre. Oigamos a San Agustín:

«El Verbo es el Hijo del Padre y su Sabiduría. Él ha sido enviado no porque sea desemejante al Padre, sino porque es una emanación de la claridad de Dios Omnipotente. El caudal y la fuente son una misma sustancia. No es como agua que salta de los veneros de la tierra o de las hendiduras de la roca, sino como “Luz de Luz”. Cuando se dice “esplendor de la Luz eterna”, ¿qué otra cosa queremos significar sino que es Luz de Luz eterna? ¿Qué es el esplendor de la luz sino luz?

El Verbo encarnado es, «en consecuencia, coeterno a la Luz de la que es el esplendor. Se dice “esplendor de la Luz”, para que nadie crea más oscura la Luz que emana que la Luz de la cual emana» (Tratado sobre la Santísima Trinidad 4, 20,27).

–El cristiano, viviendo en Cristo, vive en la Luz. Por eso con razón cantamos el Salmo 111: «El justo brilla en las tinieblas como una luz. En las tinieblas brilla como una luz el que es justo, clemente y compasivo. Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo. No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor...»

Nadie más justo que el Señor Jesús, nadie tan clemente ni tan compasivo como Él. Por eso nadie brilla en las tinieblas con una Luz tan esplendorosa como la Suya.

–2 Corintios 2,1-5: Os he anunciado a Cristo crucificado. No es la filosofía humana, ni la filosofía de los hombres la que puede iluminar nuestra vida para la salvación, sino el misterio de Cristo crucificado y el poder renovador del Espíritu Santo, que nos transforma profundamente, iluminándonos en la fe. Comenta San Agustín:

«Aunque sólo sepa esto [el misterio de la Cruz], nada le queda por saber. Cosa grande es el conocimiento de Cristo crucificado, pero es mostrado a los ojos de los pequeños como un tesoro encubierto... ¡Cuántas cosas encierra en su interior ese tesoro...! ¡Cristo crucificado! Tal es el tesoro escondido de la sabiduría y de la ciencia.

«Quieren engañarnos, pues, bajo el pretexto de la sabiduría... ¡Necio filósofo de este mundo, eso que buscas es nada! ¿Cuál es el precepto [del Señor], sino que creamos en Él y nos amemos mutuamente? ¿Creer en quién? Creer en Cristo crucificado. Escuche, pues, la sabiduría lo que no quiere oír la soberbia... Es éste el mandato: que creamos en Cristo crucificado. Pero el hombre soberbio, erguida su cerviz, hinchada la garganta, con lengua orgullosa y carrillos inflados, se burla de Cristo crucificado» (Sermón 160,3).

–Mateo 5,13-16: Vosotros sois la luz del mundo. Las lecturas de este día tienen una gran unidad temática. El Nuevo Testamento muestra al auténtico cristiano como un hombre iluminado por Cristo, esto es, como un «hijo de la luz» (Lc 16,8; Jn 12,36; Ef 5,8; 1 Tes 5,5). Por tanto el cristiano, con su conducta, ha de purificar e iluminar el mundo, glorificando a Dios en medio de la humanidad. Comenta San Agustín:

«Cuando dije que vosotros erais luz, quise decir que erais lámparas. Pero no exultéis, llenos de soberbia, no sea que se os apague la llama. No os pongo bajo el celemín, sino en el candelabro, para que deis luz. ¿Y cuál es el candelabro para la lámpara? Escuchad cuál. La Cruz de Cristo es el gran candelabro. Quien quiera dar luz, que no se avergüence de ese candelabro de madera...

«Si no habéis podido encenderos vosotros para llegar a ser lámparas, tampoco habéis podido colocaros sobre el candelabro; sea glorificado quien os lo ha concedido... Dice el Apóstol: “lejos de mí gloriarme, si no es en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14). Por tanto, “esté crucificado el mundo para vosotros, y vosotros para el mundo” (ib.)... Pon tu gloria en estar en el candelabro [de la Cruz]. Conserva siempre, oh lámpara, tu humildad en ese candelabro, para que no pierdas tu resplandor. Y cuida de que la soberbia no te apague» (Sermón 289,6).

Ciclo B

Todos tenemos profunda necesidad de la redención de Cristo. Y esta necesidad tiene sus raíces en nuestra propia condición humana: débil, limitada y siempre amenazada por el misterio del pecado, del dolor y del sufrimiento. Esto es un enigma, que sólo a la luz de la fe cristiana encuentra su interpretación exacta y salvífica.

Una concepción racionalista de la vida no hace más que aumentar el dolor y la angustia del hombre e, incluso, puede llevarle hasta la desesperación. Por el contrario, la Iglesia nos enseña, como hoy lo hace en su liturgia, a iluminar el problema del dolor a la luz de la revelación divina. El Vaticano II dice:

«Éste es el gran misterio del hombre que la Revelación cristiana esclarece a los fieles. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo resucitó; con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida» (Gaudium et spes 22).

Job 7,1-4.6-7: Me asignan noches de fatiga y mis días se consumen sin esperanza. El libro de Job proclama la trascendencia de Dios eterno sobre las limitaciones de la vida humana en el tiempo. El dolor y el sufrimiento son, para el hombre, un signo de sus limitaciones y de su debilidad, y al mismo tiempo una llamada providencial, para purificar su vida y buscar en Dios la salvación. Comenta San Agustín:

«... Viéndose en el padecimiento de tantos males, dice Job: “¿acaso no es la vida humana una milicia sobre la tierra?” (7,1). Hallándose, pues, Job en esta vida humana, se halla, sin duda, en medio de la tentación. Y quiere verse libre de tal prueba. Hasta él echa de menos la vida en que no existe tentación. Si la echa de menos, eso significa que aún no es feliz.

«En consecuencia, tampoco es feliz ningún hombre que puedas imaginar, describir, diseñar o desear. No lo encontrarás. En esta tierra nadie puede ser feliz... Y qué gran bien hay en la paciencia... Resistimos en esta vida terrena gracias a ella. Quien no la tenga desfallecerá y quien desfallezca no llegará a la patria deseada» (Sermón 396 A, 6-7).

–El Señor es roca en nuestra debilidad y alegría en nuestras penas. Por eso en el Salmo 146 proclamamos: «Alabad al Señor que sana los corazones quebrantados. Alabad al señor que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa. El Señor reconstruye Jerusalén, reúne a los deportados de Israel. Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas. Cuenta el número de las estrellas, a cada una la llama por su nombre. Nuestro Señor es grande y poderoso, su sabiduría no tiene medida. El Señor sostiene a los humildes»...

–1 Corintios 9,16-19.22-23: ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio! La Iglesia, responsable y depositaria de la obra redentora de Cristo, siente a diario hondamente la necesidad que todos los hombres tienen del Evangelio de salvación. Y la evangelización es misión de todos los cristianos, cada uno según su vocación y circunstancia. Dice San Gregorio Nacianceno:

«Jesús, que desde el principio acogió a los pecadores, va de un lugar a otro (Mt 19,1). ¿Con qué fin? No sólo para ganar un mayor número de hombres para el amor de Dios, frecuentando su trato, sino también, a mi parecer, para santificar un mayor número de lugares. Se hizo judío para el judío, para ganar a los judíos. Para rescatar a los que estaban bajo la Ley, se sujetó a la Ley. Con los débiles se hizo débil, a fin de salvar a los débiles; se hizo, en fin, todo a todos, para ganar a todos (1 Cor 9,19-23)» (Sermón 37,1).

Y San Gregorio de Nisa:

«Considerando que Cristo es la Luz verdadera, sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la Luz verdadera. Los rayos del Sol de justicia son las virtudes que de Él emanan para iluminarnos... y para que, obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras» (Tratado sobre la ejemplaridad cristiana).

–Marcos 1,29-30: Curó de diversos males a muchos enfermos. Cristo Jesús, el Siervo de Dios, padeciendo por los pecados de los hombres (Is 52,13ss.), ha tomado sobre su Corazón redentor nuestras miserias y debilidades, y ha orientado eficazmente nuestras vidas hacia la salvación definitiva y eterna. San Cirilo de Alejandría escribe:

Jesús, «una vez vencido Satanás, y coronada la naturaleza humana con la victoria conseguida sobre él, volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu, utilizando su poder para obrar milagros varios y causando gran admiración. Obraba milagros, recibiendo la gracia no del exterior y dada por el Espíritu, como ocurría en los otros santos, sino porque es el Hijo natural y verdadero de Dios Padre, y heredero de todo lo que le es propio» (Comentario al Evangelio de San Lucas).

Ciclo C

La liturgia de este Domingo, a través de las tres lecturas propone un idéntico tema: los creyentes forman una comunidad de enviados, es decir, de apóstoles. Dios se ha revelado a ellos. Ellos lo han conocido, han sido llamados y han sido enviados. Todo cristiano ha de transmitir ante todo lo que él mismo ha recibido. El bien es difusivo de sí mismo.

En la asamblea litúrgica de cada domingo es donde el cristiano se ha de preparar y encender para difundir después el mensaje de salvación por todas partes, según sus propias circunstancias y posibilidades, con su palabra, con su ejemplo y con su oración. «Salvado para salvar». Eso es el creyente. Ésa es la vocación cristiana. Por iniciativa divina fuimos elegidos para injertarnos en el misterio de Cristo y servir, así, de testigos y de continuadores de la obra de la salvación sobre otros hombres. La vocación cristiana es por su naturaleza una vocación apostólica.

–Isaías 6,1-2.3-8: Aquí estoy, envíame. Toda vocación, aunque nace de iniciativa divina, supone en el elegido una actitud de disponibilidad generosa ante la voluntad de Dios. Yavé tiene su trono en el cielo, pero también establece su sede en medio de su pueblo. San Jerónimo dice:

«Hay cuatro clases de apóstoles: una que no es por los hombres ni por el hombre, sino por Jesucristo y Dios Padre; otra, que ciertamente es por Dios, pero también por el hombre; la tercera que es por el hombre, no por Dios; la cuarta, ni por Dios ni por el hombre, sino por sí mismo.

«Al primer grupo pueden pertenecer Isaías (Is 6,8), los demás profetas y el mismo Pablo, que fue enviado no por los hombres ni por un hombre, sino por Dios Padre y por Cristo. Del segundo grupo, Josué, hijo de Nun, que fue constituido apóstol por Dios ciertamente, mas por medio de un hombre, Moisés (Dt 34,9). La tercera clase, cuando alguno se ordena por el favor o la astucia; como ahora vemos que muchos han venido al sacerdocio no por voluntad de Dios, sino habiéndose ganado el favor del vulgo. El cuarto, es el gremio de los pseudoprofetas y pseudoapóstoles, de los que dice el Apóstol: “esos individuos son falsos apóstoles, obreros fraudulentos, disfrazados de apóstoles de Cristo” (2 Cor 11,13)» (Comentario a la Carta de los Gálatas 2,43).

–Con el Salmo 137 proclamamos: «Delante de los ángeles tañeré para Ti, Señor. Te doy gracias, Señor, de todo corazón; me postraré hacia tu santuario. Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y lealtad. Cuando te invoqué me escuchaste, acreciste el valor de mi alma... Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos».

–1 Corintios 15,1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído. El verdadero cristiano es el hombre elegido por Dios para configurarse a la imagen del Hijo (Rom 8,29), de modo que venga a ser así en medio de los hombres testigo de la nueva vida pascual. San Agustín predica en un sermón:

«Contempla a Pablo, una partecita de esa heredad [del Señor}, míralo enflaquecido, diciendo: “no soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios”. ¿Por qué entonces apóstol? “Por la gracia de Dios soy lo que soy”. Enflaqueció Pablo, pero Tú lo perfeccionaste. Y pues es lo que es por la gracia de Dios, mira lo que sigue: “y su gracia en mí no fue vana, sino que trabajé más que todos ellos”. ¿Comienzas a atribuir a ti mismo lo que antes atribuías a Dios? Atiende lo que sigue: “pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo”. Bien, hombre débil. Serás engrandecido en la fortaleza, ya que eres agradecido. Tú eres Pablo, pequeño en ti, grande en el Señor. Tú eres quien rogaste tres veces al Señor que retirase de ti el aguijón de la carne, el ángel de Satanás, que te abofeteaba. Y ¿qué se te dijo? ¿Qué se te respondió cuando esto pedías? “Te basta mi gracia, pues la fuerza se perfecciona en la debilidad” (2 Cor 12,7-9)» (Sermón 76,7).

–Lucas 5,1-11: Dejándolo todo, lo siguieron. La vocación cristiana, como respuesta fiel a la llamada de Cristo, exige siempre un cambio de vida personal, que convierta a quienes la reciben en auténticos testigos del Evangelio. Oigamos a San Agustín:

«Recibieron de Él las redes de la palabra de Dios, las echaron al mundo, cual a un hondo mar, y capturaron la muchedumbre de cristianos que vemos y que nos causa admiración. Aquellas dos barcas simbolizaban los dos pueblos: el de los judíos y el de los gentiles, el de la Iglesia y el de la Sinagoga...

«¿Y qué hemos escuchado? Que entonces las barcas amenazaban hundirse por la muchedumbre de peces. Lo mismo sucede ahora: los muchos cristianos que viven mal oprimen a la Iglesia. Y esto es poco: también rompen las redes, pues si no se hubiesen roto las redes no hubiesen existido cismas» (Sermón 248,2).



Lunes

–Génesis 1,1-19: Dijo Dios y así fue. Ninguna cuestión más fascinante que el del origen del mundo y de la humanidad. Los hombres sin fe siguen torturados por él. Nosotros, los cristianos, tenemos la respuesta en las primeras páginas de las Sagradas Escrituras. El Libro de los orígenes, al comienzo de la Biblia, presenta, dentro de un magnífico poema litúrgico, el misterio de la creación del mundo. Todo cuanto existe es obra de la Palabra de Dios y expresión de su voluntad. San Agustín ha comentado este pasaje bíblico muchas veces:

«Hermoso es el mundo, pero más hermoso Aquél por quien el mundo fue hecho. Suave es el mundo, pero más suave es Aquél por quien fue hecho el mundo. ¿Cómo es que el mundo es malo, siendo bueno quien hizo el mundo? ¿No hizo Dios todas las cosas y “eran todas buenas”?... ¿Cómo, pues, es malo ahora el mundo y bueno quien hizo el mundo? Porque “el mundo fue hecho por Él, pero el mundo no le conoció” (Jn 1,10). Por Él fue hecho el mundo, es decir, el cielo y la tierra, y todo cuanto hay en ellos. Pero el mundo no lo conoció, es decir, los amantes del mundo, los que aman al mundo y desprecian a Dios: éste es el mundo que no lo conoció. Por tanto, el mundo es malo, porque son malos los que prefieren el mundo a Dios» (Sermón 96,4-5).

–Contemplando la creación, brota de nuestros labios una gran alabanza a Dios, la del Salmo 103: «Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Asentaste la tierra sobre sus cimientos, y no vacilará jamás; la cubriste con el manto del océano, y las aguas se posaron sobre las montañas. De los manantiales sacas los ríos, para que fluyan entre los montes... ¡Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría, la tierra está llena de tus criaturas! ¡Bendice, alma mía, al Señor!»

Años pares

–1 Reyes 8,1-7.9-13: Llevaron el Arca al Santuario, y la nube llenó el Templo. La gloria divina llena el templo del Señor. La gloria es Dios mismo, en cuanto que se revela habitando entre los suyos. Cristo es el resplandor de la gloria del Padre (Heb 1,3). Su presencia es, por tanto, protección y salud para los que a Él acuden.

También hemos de considerar la dignidad sublime del templo cristiano, donde se reactualiza sacramentalmente el sacrificio redentor del Calvario, donde se guarda la Eucaristía y se administran los sacramentos... Y no hemos de olvidar tampoco que el cristiano en gracia es templo vivo de Dios. Por eso todo en él debe ser santo: santos los pensamientos, deseos, afectos, palabras, obras... santa toda su vida. Exhorta San León Magno:

«Reconoce, oh cristiano, tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina (2 Pe 1,4), y no vuelvas a las antiguas vilezas con una vida depravada. Recuerda de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. Ten presente que, arrancado al poder de las tinieblas, has sido trasladado al reino luminoso de Dios (Col 1,13). Por el sacramento del bautismo te convertiste en templo del Espíritu Santo. No ahuyentes, pues, a tan excelso huésped con acciones pecaminosas; no te entregues otra vez como esclavo al demonio, pues has costado la sangre de Cristo, quien te redimió según su misericordia y te juzgará conforme a la verdad» (Sermón 21,3).

–Desde Efrata el Arca es llevada y establecida en una mansión definitiva. El Salmo 131 repite toda la liturgia de la entronización: gala de los sacerdotes, aclamación del pueblo, lugar prominente del rey, el Ungido, que viene en presencia de Yavé y del Arca: «Levántate, Señor, ven a tu mansión. Oímos que estaba en Efrata, la encontramos en el Soto de Jaar: entremos en su morada, postrémonos ante el estrado de su pies... Ven con el arca de tu poder; que tus sacerdotes se vistan de gala, que tus fieles vitoreen. Por amor a tu siervo David, no niegues audiencia a tu Ungido»

Para nosotros el Ungido por antonomasia es Cristo. Dice San Ambrosio:

«Cristo es la luz eterna de las almas, ya que para esto lo envió el Padre al mundo, para que, iluminados por su rostro, podamos esperar las cosas eternas y celestiales, nosotros que antes nos hallábamos impedidos por la oscuridad de este mundo» (Comentario al Salmo 43).

–Marcos 6,53-56: Los que tocaban a Jesús se ponían sanos. Después de la multiplicación de los panes y de sosegar la tempestad, un nuevo resumen nos describe la actividad de Jesús en una serie de milagros. En muchos de ellos se da un encuentro personal de Jesús con los hombres, y por parte de éstos, vemos una aceptación de la persona de Jesús, el Salvador, a cuyo encuentro salen. San Juan Crisóstomo observa:

«Ya no se le acercan como al principio: no le obligan a que vaya a sus propias casas, ni a que impongan las manos a los enfermos, ni a que lo mande de palabra. Ahora se ganan la curación de modo más elevado, más sabiamente por medio de una fe mayor. La mujer del flujo de sangre les había enseñado a todos esta sabiduría. Por lo demás, el mismo Evangelista nos da a entender que, de mucho tiempo atrás, había estado el Señor en aquellas partes... Sin embargo, no sólo no había el tiempo destruido la fe de aquella gente en el Señor, no sólo la había mantenido viva, sino que la había aumentado.

«Toquemos también nosotros la orla de su vestido; más aún, pues la verdad es que su Cuerpo mismo está ahora puesto delante de nosotros. No toquemos solo su vestido, sino su Cuerpo. No solo está presente para tocarle, sino para comerle y hartarnos de su carne. Acerquémonos, pues, a Él con viva fe, llevando cada uno nuestra enfermedad» (Homilías sobre San Mateo 50,2).



Martes

Años impares

–Génesis 1,20–2,4: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. La obra de Dios llega a su culmen en la creación del hombre. El Señor, por una decisión especial, lo hace a su imagen y lo establece como rey de la creación. Comenta San Agustín:

«Amadísimos, mucho nos insiste Dios en la unidad entre todos. Fijaos bien en que al principio de la creación, cuando hizo todas las cosas, los astros en el firmamento y en la tierra las hierbas y los árboles, Dios dijo: “produzca la tierra, y aparecieron los árboles y cuanto verdea”... Pero llegó a la creación del hombre, y creó solo uno, y de ese uno, todo el género humano. Y ni siquiera quiso hacer dos, varón y mujer, por separado, sino uno solo, y de ese primer hombre hizo una sola mujer.

«¿Por qué así? ¿Por qué el género humano tomó comienzo de un solo hombre, sino porque así se intima la unidad del género humano? También Cristo, el Señor, nació de solo una mujer, pues la unidad es virginal: conserva la unidad y se mantiene incorruptible» (Sermón 268,3).

–Entre todas las obras de la creación sobresale el hombre. Así lo proclamamos con el Salmo 8: «¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies».

Años pares

–1 Reyes 8,22-23.27-30: Dios no puede ser encerrado en un lugar, por muy digno que éste sea. Dios lo trasciende todo. Salomón suplica al Señor que escuche benigno las súplicas y oraciones que le dirija su pueblo en el Templo. Clemente de Alejandría escribe:

«Dice Juan el apóstol, refiriéndose al invisible e inexpresable seno de Dios: “a Dios nadie le vio jamás, pero el Dios unigénito, que está en el seno del Padre, éste lo manifestó” (Jn 1,18). Por eso algunos lo llamaron Abismo, pues aunque abarcando y conteniendo en su seno todas las cosas, es en sí mismo ininvestigable e interminable.

«Que Dios es sumamente difícil de aprehender se muestra en el discurso siguiente: si la causa primera de cualquier cosa es difícil de descubrir, la causa absoluta y suprema y más originaria, siendo la causa de la generación y de la continuada existencia de todas las demás cosas, será muy difícil de describir. Porque, ¿cómo podrá ser expresable lo que no es ni género ni diferencia, ni especie, ni individuo, ni número, así como tampoco accidente o sujeto de accidentes?

«No se le puede llamar adecuadamente el Todo, porque el todo se aplica a lo extenso, y Él es más bien el Padre de todo. Ni se puede decir que tenga partes, porque lo Uno es indivisible, y por ello es también infinito, no en el sentido de que sea ininvestigable al pensamiento, sino en el de que no tiene extensión o límites. Como consecuencia, no tiene forma ni nombre. Y aunque a veces le demos nombres, estos no se aplican en el sentido estricto: cuando le llamamos Uno, Bien, Inteligencia, Ser en sí, Padre, Dios, Creador, Señor, no le damos propiamente un nombre, sino que, no pudiendo hacer otra cosa, hemos de usar esas apelaciones honoríficas a fin de que nuestra mente pueda fijarse en algo y no ande errante en cualquier cosa. Cada una de estas apelaciones no es capaz de designar a Dios, aunque tomadas todas ellas en su conjunto muestran la potencia del Omnipotente.

«Las descripciones de una cosa se dicen con referencia a las cualidades de la misma, o a las relaciones de ésta con otras; pero nada de esto puede aplicarse a Dios. Dios no puede ser aprehendido por ciencia demostrativa, porque ésta se basa en verdades previas y ya conocidas, pero nada es previo al que es ingénito. Sólo resta que el Desconocido llegue a ser conocido por la gracia divina y por la Palabra que de Él procede» (Stromata 5,12,81).

–Dios, que no cabe en el cielo ni en la tierra, ha querido manifestar algo de su gloria en el antiguo templo de Jerusalén, y de un modo más especial en nuestras iglesias, con la Eucaristía. El Salmo 83 nos ofrece ideas sublimes sobre esta realidad: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor; mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre. Fíjate, oh Dios, en nuestro escudo, mira el rostro de tu Ungido. Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa, y prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados».

Todo esto se realiza más exactamente en nuestras iglesias, con la presencia real de Cristo Sacramentado, con la celebración de la Eucaristía y los demás sacramentos, con la oración litúrgica y extralitúrgica.

–Marcos 7,1-13: Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres. La base de la religiosidad está en la limpieza del corazón, en el amor al Padre y en la expresión de este amor en la convivencia humana. Dice San Juan Crisóstomo:

«Cuando escribas y fariseos quieren presentar a los discípulos como transgresores de la ley, Él les demuestra que son ellos los verdaderos transgresores, mientras que sus discípulos están exentos de toda culpa. Porque no es ley lo que los hombres ordenan. De ahí que Él la llama “tradición”, y tradición de hombres transgresores de “la ley”. Y como no lavarse las manos no era realmente contrario a la ley, les saca a relucir otra tradición de ellos que era francamente opuesta a ella. De este modo viene a decirles que, bajo apariencia de religión, ellos enseñaban a los jóvenes a despreciar a sus padres...

«Habiendo, pues, demostrado el Señor a escribas y fariseos que estaban acusando sin razón [a sus discípulos] de transgredir la tradición de los ancianos –ellos, que pisoteaban la ley de Dios–, les demuestra ahora lo mismo por el testimonio del profeta. Ya les había rebatido fuertemente, y ahora prosigue adelante. Es lo que hace siempre, aduciendo también el testimonio de las Escrituras, y demostrando de este modo su perfecto acuerdo con Dios.

«¿Y qué es lo que dice el profeta? “Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13). ¡Mirad con qué precisión concuerda la profecía con las palabras del Señor, y cómo ya desde antiguo denuncia la maldad de escribas y fariseos!» (Homilías sobre San Mateo 51, 2).



Miércoles

Años impares

–Génesis 2,4-9.15-17: El Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín del Edén. Situado en el jardín paradisíaco, el hombre es rey de todo. Así lo quiso el Señor; pero, al mismo tiempo, lo quiso dependiente de Él, como no podía ser menos, pues era criatura suya. Dice San Gregorio Nacianceno:

«Dios puso al hombre en el paraíso, cualquiera que éste fuera, considerándolo digno del libre albedrío; para que el bien permaneciera en quien lo elige, como quien ha puesto en él capacidad de hacerlo. Lo hizo hortelano de árboles inmortales, los pensamientos divinos, los más simples y los más perfectos. Estaba desnudo por su sencillez y forma de vida sin artificio, lejos de todo encubrimiento y recelo. Pues así era conveniente que fuera quien había sido creado en el principio.

«Y le fue dada la ley, que es el objeto sobre el que ejercitar la libertad. Le dió, en efecto, el mandato de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gén 2,16); no porque éste hubiera sido mal plantado, y tampoco porque se le prohibiera por envidia –no desaten aquí sus lenguas los enemigos de Dios, imitando a la serpiente–, sino porque comer de él era bueno sólo en el momento oportuno. Este árbol, creo yo, representaba la contemplación de Dios, cuya posesión era solo conveniente para quienes tuvieran una conveniente disposición...» (Sermón 38,12).

–La grandeza de la creación no se agota en el acto creador, sino que se continúa en la conservación y en el cuidado que Dios dispensa a sus criaturas. Este cuidado llegó a su más alta expresión en el hombre. Toda la narración de la colocación del hombre en el jardín del Edén es una imagen expresiva y fuerte del Dios cercano y amigo.

Ante este designio amoroso de Dios, brota la alabanza del Salmo 103: «Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío, qué grande eres! Te vistes de belleza y de majestad, la luz te envuelve como un manto. Todos ellos aguardan a que les eches la comida a su tiempo. Abres tu mano, y se sacian de bienes. Le retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo. Envías tu aliento, y los creas y repueblas la faz de la tierra».

Años pares

–1 Reyes 10,1-10: La reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón. La crónica del reino de Salomón describe admirativamente la sabiduría, la magnificencia, la justicia y la fama del rey. En realidad, lo que se intenta mostrar es que es Dios quien se ha complacido en Salomón y, por amor a su pueblo, le ha dado sabiduría y riquezas. Y Cristo es más que Salomón (Mt 12,42). Escribe San Ambrosio:

«Todo lo tenemos en Cristo; Cristo es todo para nosotros. Si quieres curar tus heridas, Él es médico; si estás ardiendo de fiebre, Él es manantial; si tienes necesidad de ayuda, Él es fuerza; si temes la muerte, Él es vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si buscas refugio de las tinieblas, Él es Luz; si buscas manjar, Él es alimento» (Sobre la virginidad 19,99).

–La proverbial sabiduría de Salomón se refleja bien en el Salmo 36: el fiel cumplimiento de la alianza nos guarda en la verdadera sabiduría. La mayor prudencia se da en el cumplimiento de la voluntad del Señor: «Encomienda tu camino al Señor y Él actuará: hará tu justicia como el amanecer, tu derecho, como el mediodía. La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho; porque lleva en el corazón la ley de su Dios, y sus pasos no vacilan. El Señor es quien salva a los justos, El es su alcázar en el peligro; el Señor los protege y los libra, los libra de los malvados y los salva, porque se acogen a El».

–Marcos 7,14-23: Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. La enseñanza de Jesús sobre lo puro e impuro es una aplicación de su principio general sobre la verdadera religiosidad. San Juan Crisóstomo comenta:

«El Señor, tanto en lo que afirma, cuanto en lo que legisla, se apoya en la verdad misma de las cosas. Por eso sus enemigos no se atreven a replicarle, y no le arguyen: “¿pero qué es lo que dices? ¿Dios nos manda tantas cosas acerca de la observancia de los alimentos, y tú nos vienes ahora con esa ley?” Y es que el Señor los había enmudecido eficazmente no sólo por sus argumentos, sino haciendo patente su mentira, sacando a pública vergüenza lo que ellos ocultamente habían hecho, y en fin, revelando los íntimos secretos de su alma. Por eso ellos, sin chistar, optan por la retirada. Pero considerad aquí, os ruego, por otra parte, cómo todavía el Señor no estima prudente romper abiertamente con la ley de los alimentos, y se limita a decir: “no es lo que entra en la boca lo que mancha al hombre”» (Homilía sobre San Mateo 51,3).

De dentro del corazón salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfrenos, envidia, difamación, orgullo, frivolidad... Todas las maldades salen de dentro, y eso es lo que hace impuro al hombre. Pero esto no querían verlo los fariseos, sino que se aferraban a sus tradiciones, que miraban sobre todo a lo exterior del hombre.



Jueves

Años impares

–Génesis 2,18-25: Dios presentó la mujer al hombre. Y serán los dos en una sola carne. El relato de la creación de la mujer pone de manifiesto su relación originaria con el hombre. La mujer es un don de Dios al hombre, una criatura no idéntica a él, pero sí complementaria; y lo mismo el varón para la mujer. Fundándose Jesús en este pasaje, proclamará la indisolubilidad del matrimonio, establecida por Dios desde el principio. Comenta San Agustín:

«“Serán dos en una sola carne”; no son ya dos, sino una sola carne, se entiende según esa realidad que se da en Cristo y en la Iglesia. Como se habla de esposo y de esposa, así también de Cabeza y de Cuerpo, puesto que el varón es la cabeza de la mujer. Sea que yo hable de cabeza y cuerpo, sea que hable de esposo y de esposa, entended una misma cosa» (Sermón 341,12).

–La creación de la mujer nos lleva a cantar la bienaventuranza de la vida familiar, que expresa el designio de Dios sobre la vida del hombre, y lo hacemos con el Salmo 127: «Dichoso el que teme al Señor, y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa; tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa. Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida».

Es ocasión de orar por las familias del mundo, llamadas por Dios a un ideal tan alto y hermoso, y tan amenazadas por tantos peligros.

Años pares

–1 Reyes 11,4-13: Por haber sido infiel al pacto, voy a arrancar el reino de tus manos; pero dejaré a tu hijo una tribu, en consideración a David. Es la tragedia constante del Antiguo Testamento: la Alianza quebrantada tantas veces por la infidelidad, y siempre renovada por la misericordia de Dios. Por sus pecados, Salomón se precipita en su ruina; pero el Señor guarda su reino para un descendiente suyo, Jesucristo. Veamos lo que dice San Atanasio sobre el pecado:

«El primer hombre, que se llama en hebreo Adán, al principio, según las Sagradas Escrituras, conservaba su espíritu vuelto hacia Dios, en la libertad más limpia, y vivía con los santos en la contemplación de las cosas inteligibles, de las que gozaba en el lugar que el santo Moisés ha llamado en figura el paraíso. Porque la pureza del alma le hacía capaz de contemplar a Dios en ella misma, como en un espejo...

«Pero el alma humana, sin contentarse con haber encontrado el mal, poco a poco se fue precipitando en lo peor... Así, desviada del bien y olvidando que ella es la imagen del Dios bueno, el poder que hay en ella no ve ya al Dios Verbo, a cuya semejanza ella misma fue hecha; y saliendo de sí misma, no piensa ya ni imagina sino la nada. Porque ella ha escondido en los repliegues de los deseos corporales el espejo que hay en ella, por el que sólo podía ver la imagen del Padre. Y así ya no ve más aquello en que un alma debe pensar; al contrario, vuelta hacia los lados, sólo ve aquello que cae bajo los sentidos.

«Así, llena de toda suerte de deseos carnales, y ofuscada por la falsa opinión que de ellos se ha hecho, acaba por imaginarse al modo de las cosas corporales y sensibles a Dios, de cuyo pensamiento se ha olvidado, y da a las apariencias el nombre de Dios. Ella ahora no aprecia más que aquello que ve y contempla como algo agradable. Ése es, pues, el mal, la causa y el origen de la idolatría» (Tratado contra los paganos 2 y 8).

–En el corazón de Salomón se introdujo la malicia y fue infiel al pacto, caminando tras otros dioses. Es el gran pecado del pueblo, la idolatría: dar culto a dioses extraños, pero también dar culto al dinero, a la ambición, al poder, a la violencia, al placer... Pero Dios misericordioso se compadece siempre de la miseria del hombre.

A Él acudimos, pues, con el Salmo 105: «Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo. Dichosos los que respetan el derecho y practican siempre la justicia... Visítame con tu salvación. Emparentaron con los gentiles, imitaron sus costumbres; adoraron sus ídolos, y cayeron en sus lazos. Inmolaron a los demonios sus hijos y sus hijas; la ira del Señor se encendió contra su pueblo, y aborreció su heredad».

Sin embargo, triunfa la misericordia del Señor sobre nuestro pecado, pues se compadece de su pueblo, del hombre que Él creó. Dios se acuerda siempre de nosotros con bondad, pero nosotros tenemos siempre necesidad de arrepentimiento.

–Marcos 7,24-30: Los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños. Jesús sana a la hija de la cananea, mujer de fe sumamente admirable. Comenta San Agustín:

«Esta mujer cananea nos ofrece un ejemplo de humildad y un camino de piedad. Nos enseña a subir desde la humildad hasta la altura. Al parecer, no pertenece al pueblo de Israel, al que pertenecían los patriarcas, los profetas... y también la Virgen María, que dio a luz a Cristo. La cananea no pertenece a este pueblo, sino a los gentiles... Ella gritaba, ansiosa de obtener el beneficio, y llamaba con fuerza. Él disimulaba, pero no para negar la misericordia, sino para estimular el deseo; y no sólo para acrecentar el deseo, sino también para tener ocasión de ensalzar la humildad.

«Clamaba, pues, ella al Señor, que no escuchaba, pero que planeaba en silencio lo que iba a realizar... Tengamos, pues, humildad, y si aún no la tenemos, aprendámosla. Si la tenemos, no la perdamos. Si no la tenemos, adquirámosla, para ser injertados; si la tenemos, retengámosla, para no ser amputados» (Sermón 77,2 y 15).

Oigamos el sumo elogio que de la humildad hace Casiano:

«La humildad, maestra de todas las virtudes, es, a la par, el fundamento inconmovible del edificio sobrenatural, el don por antonomasia y la gracia más excelsa del Salvador» (Colaciones 15,7).



Viernes

Años impares

–Génesis 3,1-8: Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal. No tiene por qué Dios deciros qué es lo bueno y qué lo malo. Vosotros mismos tenéis capacidad y autoridad para discernirlo. Ésta, la soberbia, es la tentación fundamental de los primeros padres, pero también de los hombres de todos los siglos. Comenta San Agustín:

«La soberbia es gran malicia, la primera de todas, el principio y el origen, la causa de todos los pecados. Ella arrojó a los ángeles del cielo e hizo al diablo. Éste, arrojado de allí, dio a beber el cáliz de la soberbia al hombre, que aún se mantenía firme; elevó hasta la soberbia a quien había sido hecho a imagen y semejanza de Dios, que ahora ya se hace indigno, por la soberbia. El diablo sintió envidia de él, y lo convenció para que despreciara la ley de Dios y disfrutara de su propio poder autónomo. ¿Y cómo lo convenció? “Si coméis [de ese fruto], les dijo, seréis como dioses”. Ved, pues, si no los persuadió por la soberbia.

«Dios hizo al hombre, y él quiso ser dios; tomando lo que no era, perdió lo que era; no digo que perdiera la naturaleza humana, sino que quedó privado de la felicidad presente y futura. Perdió aquello hacia lo que había de ser elevado, engañado por quien de allí había sido expulsado» (Sermón 340,A,1).

–Nuestra actitud después de pecar no ha de ser como la de nuestros primeros padres, «escondernos» de Dios. Sería tan perjudicial como inútil. Por el contrario, con toda humildad y confianza, hemos de reconocer ante el Señor nuestra culpa. De este modo obtendremos Su perdón.

Así lo cantamos con el Salmo 31: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado, lo reconocí; no te encubrí mi delito; propuse: “confesaré al Señor mi culpa”, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Por eso que todo fiel te suplique en el momento de la desgracia; la crecida de las aguas caudalosas no lo alcanzarán. Tú eres mi refugio; me libras del peligro, me rodeas de cantos de liberación».

Años pares

–1 Reyes 11,29-32; 12,19: Se separó Israel de la casa de David. Un profeta anuncia a Jeroboán, de una manera pública, la disolución del reino unificado por David. Las tribus del norte reivindicarán su autonomía. Pero aunque parezca derrumbarse la casa de David, la fidelidad de Dios a sus promesas permanecerá para siempre, y de esa casa y linaje nacerá el Salvador de los hombres. Él es la Luz del mundo, el que iluminando a todos los pueblos, congrega a todos en un solo Reino. Escuchemos a Clemente de Alejandría:

«¡Salve, luz! Desde el cielo brilló una luz sobre nosotros, que estábamos sumidos en la oscuridad y encerrados en la sombra de la muerte; luz más pura que el sol, más dulce que la vida de aquí abajo. Esta luz es la vida eterna, y todo lo que de ella participa vive, mientras que la noche teme a la luz y, ocultándose por el miedo, deja el puesto al día del Señor. El universo se ve iluminado por la luz indefectible, y el ocaso se ha transformado en aurora... Cristo fue el que transformó el ocaso en amanecer, quien venció la muerte con la vida por la resurrección, quien arrancó al hombre de su perdición y lo levantó al cielo... Él es quien diviniza al hombre con una enseñanza celeste» (Exhortación a los paganos 11,114,1-5).

–La división del reino fue fruto de la infidelidad. Ésta es la lectura sapiencial de la historia. La gran tentación de Israel, siendo la nación que Yavé se había escogido como heredad, fue siempre la de asemejarse a las demás naciones. Y entonces, cuando Israel se aparta del plan salvífico de Dios, experimenta la ruina, el exilio, el desastre.

Pero la fidelidad de Dios permanece para siempre, como lo confiesa el Salmo 80: «Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz. No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, que te sacó de Egipto. Pero mi pueblo no escuchó mi voz. Israel no quiso obedecer. Los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos. Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino: en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios».

–Marcos 7,31-37: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos. Jesús llega a la Decápolis, donde cura a un sordomudo. Su fama se difunde por doquier. La muchedumbre lo glorifica. Este milagro de sanación nos hace recordar el rito sacramental de la iniciación cristiana: por él se nos abren los oídos para oír la palabra de Dios, y se nos desata la lengua para proclamar su gloria.

La Escritura relaciona el mutismo con la falta de fe (Ex 4,10-17; Is 6; Mc 4,12). Y a esa luz se nos muestra la curación del mudo como un bien mesiánico. En efecto, los últimos tiempos nos sitúan en un clima de relaciones filiales con Dios, nos capacitan para oír su palabra, para responderla y también para hablar de Él a los demás.

El cristiano que vive estos últimos tiempos se convierte así en profeta, experto en la Palabra divina, apóstol, misionero, catequista; más aún, en familiar y amigo de Dios. Eso implica que puede escuchar la Palabra, responderla y proclamarla a los hombres. Necesita, pues, los oídos y los labios de la fe. Y la fe, como dice San León Magno, es don de Cristo:

«No es la sabiduría terrena quien descubre esta fe, ni la opinión humana quien puede conseguirla; el mismo Hijo único es quien la ha enseñado y el Espíritu quien la instruye» (Sermón 75).

Dios es la luz sobrenatural de los ojos del alma, que sin ella permanece en tinieblas.



Sábado

Años impares

–Génesis 3,9-24: El Señor los expulsó del jardín del Edén para que labrasen el suelo. Los progenitores de la humanidad se ven excluidos de la felicidad, a la que en su origen los había destinado el Creador. Pero el Señor no los abandona. Ya entonces les anuncia una salvación por gracia: la que ofrece Cristo Jesús.

Las consecuencias del pecado tienen siempre forma de rupturas: ruptura del hombre con Dios, ruptura del hombre consigo mismo, ruptura con la creación. Todo esto desbarata el estado anterior de la armonía primera. Todo queda dañado, menos el amor de Dios. Los descendientes de Adán nacemos con ese pecado, llamado original, y sufrimos todas sus consecuencias. Pero el amor de Dios, en la plenitud de los tiempos, resplandeció en Cristo, el nuevo Adán, el Redentor, el Reconciliador, el Mediador y Pontífice. Dice San Agustín:

«Cuando vencemos en nosotros mismos las apetencias de los bienes temporales, vencemos en nosotros a aquel que reina mediante esas apetencias del hombre. Cuando le dijeron al diablo: “tierra comerás”, le dijeron al pecador: “tierra eres y en tierra te convertirás” (Gén 3,14-19). El pecador fue hecho así alimento del diablo. No seamos, pues, tierra, si no queremos ser devorados por la serpiente» (El combate cristiano 2).

–Hasta en el momento más ruinoso de la historia de la humanidad brilla la luz de la salvación, la fidelidad de Dios, su amor misericordioso. Así lo proclamamos con el Salmo 89: «Señor, Tú has sido nuestro refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes o fuera engendrado el orbe de la tierra, desde siempre y por siempre Tú eres Dios. Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: “retornad, hijos de Adán”. Mil años en tu presencia son un ayer que pasó, una vela nocturna. Los siembras año por año, como hierba que se renueva: que florece y se renueva por la mañana, y por la tarde la siegan y se seca. Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos».

Años pares

–1 Reyes 12,26-32–13,33-34: Jeroboán hizo dos becerros de oro, y puso uno en Betel y otro en Dan. Pretende así asegurar la división entre los reinos de Israel y de Judá, no solo en lo político, sino también en lo religioso. Otra vez, como había sucedido en el Éxodo, las tribus del Norte representan a Yavé como un «becerro» de oro. Recayendo así en la idolatría, son infieles a la alianza, y se apartan de Yavé.

También ahora muchos miembros del Pueblo de Dios se fabrican no pocos «becerros» de oro: el poder, la ambición, las riquezas, los placeres... La vida de muchos bautizados se cierra así a los designios de Dios, queda sorda a la Palabra de Dios, encarnada y escrita en Cristo. Los bautizados infieles se hacen dioses a su medida. La fe de los cristianos, como dice San León Magno, puede corromperse:

«En esta misericordia de Dios, cuya grandeza no podemos explicar, los cristianos deben tener mucho cuidado de no dejarse atrapar por los lazos del demonio y envolverse de nuevo en los errores a los que han renunciado (cf. 2 Pe 2,20). En efecto, el antiguo enemigo, “transfigurándose en ángel de luz” (2 Cor 11,14), no cesa de tender por todas partes las redes de sus engaños y trabaja sin descanso para corromper de todas formas la fe de los creyentes... Sabe a quién conturbar con la tristeza, a quién engañar con la alegría, a quién abatir con el temor, a quién seducir con la adulación...

«Engaña también a los que afirman mentirosamente que toda la vida humana depende de la influencia de las estrellas, y a los que atribuyen a una inevitable fatalidad lo que solo ha sido hecho por voluntad de Dios o de la nuestra. Para causar mayor daño, promete que las circunstancias pueden ser cambiadas mediante plegarias a los astros adversos... Arrojen de sí los fieles la costumbre de esta condenable perversidad, y guárdense de mezclar el honor debido solo a Dios con los ritos de los hombres, que son esclavos de las criaturas» (Sermón 27,4-5).

–El pecado de Jeroboán ha sido grande: ha incitado al pueblo a la infidelidad y a violar su alianza con Él. Es un episodio más en la historia de la prevaricación y del pecado, que se prolonga, ciertamente, en nuestros días. Volvámonos, pues, a Dios, rezando el Salmo 105, perfectamente actual:

«Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo. Hemos pecado con nuestros padres, hemos cometido maldades e iniquidades. Nuestros padres en Egipto no comprendieron tus maravillas. En Horeb se hicieron un becerro de oro; adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba. Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos junto al Mar Rojo».

Quien habiendo llegado a la fe en Jesucristo, se deja después dominar por la avaricia, se enaltece con los falsos honores, se abrasa con la envidia, se contamina con los deleites inmundos, y se goza con las prosperidades mundanas, renuncia a seguir a Cristo, en quien creyó.

–Marcos 8,1-10: La gente comió hasta quedar satisfecha. Segunda multiplicación de los panes y peces. Muchos autores ven en este prodigio un símbolo anticipador de la Eucaristía. En el acto de la sagrada comunión se realiza una inefable, íntima, viva y fecunda unión del hombre con Cristo Salvador. San Cirilo de Jerusalén describe así esta maravillosa unión:

«Mezclad dos gotas de cera derretida y ambas se fundirán en una sola. De igual modo, cuando nosotros recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, se realiza entre Él y nosotros tal unión que Él se encuentra en nosotros y nosotros en Él» (Catequesis 23,4).

Y San León Magno:

«La comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, es decir, la sagrada Comunión, no aspira sino a que nos transformemos en lo que recibimos, a que llevemos en el alma y en el cuerpo a Aquél con quien hemos muerto, con quien fuimos enterrados y con quien hemos resucitado» (Homilía 24,2).