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1ª Semana

Domingo

En lugar del primer domingo del Tiempo Ordinario se celebra la fiesta del Bautismo del Señor. En todo caso, los elementos propios de ese domingo primero, que se emplean en las misas fériales de esta semana, son los que siguen:

Entrada: «En un trono excelso vi sentado a un hombre, a quien adora muchedumbre de ángeles, que cantan a una sola voz: “su imperio es eterno”».

Colecta (Gregoriano): «Muéstrate propicio, Señor, a los deseos y plegarias de tu pueblo; danos luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla».

Ofertorio (Veronense): «Dígnate, Señor, aceptar la ofrenda de tu pueblo; que ella nos santifique y nos alcance lo que ahora imploramos de tu misericordia».

Comunión: «Señor, en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz» (Sal 35,10). «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante, dice el Señor» (Jn 10,10).

Postcomunión (Gregoriano): «Te suplicamos, Dios todopoderoso, que concedas a quienes alimentas con tus sacramentos la gracia de poder servirte llevando una vida según tu voluntad».



Lunes

Años impares

–Hebreos 1,1-6: Dios nos ha hablado por su Hijo. La primera parte de esta Carta está destinada a proclamar la superioridad de Cristo sobre los profetas, y abarca una rápida visión de la historia de la salvación, hasta la venida de Cristo en la plenitud de los tiempos. Observamos en ella tres antítesis: antiguamente-últimos tiempos; nuestros padres-nosotros; profetas-Cristo, el Hijo de Dios. En esa plenitud de los tiempos todo queda polarizado por Cristo. Él es el centro de la historia. ¿Lo es de nuestra vida? Dice Orígenes:

«¿Cuál es, pues, la imagen de Dios, a semejanza de la cual ha sido hecho el hombre, sino nuestro Salvador? Él es, en efecto, el primogénito de toda criatura (Col 1,15), de Él se ha escrito que es el resplandor de la luz eterna, la imagen clara de la sustancia de Dios (Heb 1,3). Y Él dice también de Sí mismo: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí” y “quien me ha visto a Mí, ha visto a mi Padre” (Jn 14,10 y 9). En efecto, como el que ve la imagen de alguien ve a aquel cuya imagen es, así también, quien ve al Verbo de Dios (Jn 1,1), que es la imagen de Dios, ve a Dios» (Homilías sobre el Génesis 1,13).

Y en otro lugar el mismo autor hace decir a la Amada del Cantar bíblico:

«Yo soy aquella etíope, soy negra, ciertamente, por la condición plebeya de mi linaje, pero hermosa por la penitencia y por la fe, pues en mí he acogido al Hijo de Dios, he recibido al Verbo hecho carne. Me llegué al que es imagen de Dios, primogénito de toda criatura (Col 1,15) y además resplandor de su gloria e impronta de su esencia (Heb 1,3), y me volví hermosa» (Comentario al Cantar de los Cantares 2).

–A la Palabra de Dios, que nos ha hablado de la excelencia y grandeza de Cristo Jesús sobre todas las cosas, aun sobre los ángeles, respondemos con el Salmo 96, cantando a Cristo resucitado: «El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables; justicia y derecho sostienen su trono. Los cielos pregonan su justicia y todos los pueblos contemplan su gloria. Ante Él se postran todos los dioses. Porque Tú eres Señor, Altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los dioses».

Años pares

–1 Samuel 1,1-8: Dios premia a los humildes y escucha su oración. Ana, esposa estéril de Elcaná, insultada por su rival, sufre, se humilla y ora al Señor, que escucha a los humildes de corazón. Son muchos los Santos Padres que hacen el elogio de la humildad. Recordamos aquí un bello párrafo de San Juan Crisóstomo:

«¡Cuál es –me preguntas– la cabeza de la virtud? La cabeza de la virtud es la humildad. De ahí que Cristo empezara por ella sus Bienaventuranzas diciendo: “bienaventurados los pobres de espíritu” (Mt 5,3). Esta cabeza no tiene ciertamente preciosa cabellera ni trenzas; pero sí tal belleza que enamora al mismo Dios... Esta cabeza, en lugar de cabellos y cabellera, ofrece a Dios sacrificios agradables. Ella es el altar de oro y el propiciatorio espiritual. Porque sacrificio es para Dios “un espíritu contrito” (Sal 50,19)...

«Tiene también la virtud sus pies y sus manos, que son las buenas obras; tiene un pecho de oro y más duro que el diamante, que es la fortaleza. Todo es fácil vencerlo antes que romper ese pecho. El espíritu, en fin, que reside en el cerebro y en el corazón la caridad» (Homilías sobre San Mateo 47,3).

–Con el Salmo 115 cantamos al Señor: «Te ofreceré, Señor un sacrificio de alabanza. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor. Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo; en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén».

Este salmo de agradecimiento recuerda el cántico de Ana, cuando por fin recibe de Dios un hijo, Samuel (1 Sam 2).

–Marcos 1,14-20. Convertíos y creed la buena noticia. La presencia de Jesús, el Salvador, es la realización plena de la acción salvífica del Padre. Él dice a todos: «Convertíos y creed la Buena Noticia». San Máximo de Turín comenta:

«Nada hay tan grato y querido por Dios, como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento» (Carta 2).

Y San Clemente Romano:

«Recorramos todas las etapas de la historia, y veremos cómo en cualquier época el Señor ha concedido oportunidad de arrepentirse a todos los que han querido convertirse a Él» (1 Carta a los Corintios 7).

«Jesús les dijo: “venid conmigo y os haré pescadores de hombres”» (Mc 1,17). ¡Feliz cambio de pesca! Jesús les pesca a ellos para que, a su vez, ellos pesquen a otros pescadores. Primero se hacen peces para ser pescados por Cristo; después ellos mismos pescarán a otros... Observa San Jerónimo:

«“Y le siguieron”. La fe verdadera no conoce intervalo; tan pronto oye, cree, sigue, y convierte al hombre en pescador... Yo pienso que dejando las redes dejaron los pecados del mundo... No era, en efecto, posible que, siguiendo a Jesús, conservaran las redes» (Comentario al Evangelio de San Marcos).



Martes

Años impares

–Hebreos 2,5-12: Dios juzgó conveniente perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de su salvación. La condición de Cristo en su vida terrena es aparentemente contradictoria. Comenta San Agustín:

«Considera como dicho de Él: “ha sido hecho un poco inferior a los ángeles” (Heb 2, 7). Y si ya has puesto tus ojos en su forma de siervo, no te quedes en ella, levántate por encima y confiesa que Cristo es igual al Padre. ¿Por qué oyes con tanto agrado: “El Padre es mayor que yo”? Escucha con mayor satisfacción aún: “Yo y el Padre somos una misma cosa” (Jn 10,30).

«Ésta es la fe católica, que navega como entre Escila y Caribdis, como se navega en el estrecho entre Sicilia e Italia: por una parte rocas que provocan el naufragio; y por otra, remolinos que devoran las naves. Si la nave va a dar contra las rocas, se destrozan; si va a parar al remolino, es engullida» (Sermón 229 G,4).

El pensar en Cristo o en cualquier otro punto del campo de la fe, hay que tener cuidado de ir siempre por el buen camino, sin desviarse, sin caer ni en excesos ni en defectos. Lo conseguiremos siempre si seguimos la doctrina de la Iglesia. Como dice el concilio Vaticano II,

«la Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el plan prudente de Dios, están unidos y ligados de tal modo que ninguno puede subsistir sin los otros. Los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas» (Dei Verbum 10).

–La grandeza del hombre adquiere su verdadera dimensión al contemplar la humanidad de Cristo, exaltada en la resurrección. La verdadera humanidad se alcanza al compartir la grandeza y la gloria de Jesús resucitado. Es la obra de Dios en Jesucristo y en nosotros, cantada por el Salmo 8: «¡Señor, Dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra! ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él el ser humano para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad...» Diste a tu Hijo «el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo sometiste bajo sus pies».

Años pares

–1 Samuel 1,9-20: El Señor se acordó de Ana, que vino a ser madre de Samuel. El Señor escucha la súplica de los humildes y éstos glorifican a Dios. Siempre la aflicción será una escuela de ferviente oración; una oración no solo de palabras, sino nacida del corazón. Muchas veces los Santos Padres nos hablan bellamente de la oración. Oigamos a Tertuliano:

«En el pasado la oración alejaba las plagas, desvanecía los ejércitos de los enemigos, hacía cesar la lluvia. Ahora, la verdadera oración aleja la ira de Dios, implora en favor de los enemigos, suplica por los perseguidores. Y ¿qué tiene de sorprendente que pueda hacer bajar del cielo el agua del bautismo, si pudo también impetrar las lenguas de fuego? Solamente la oración vence a Dios; pero Cristo la quiso incapaz del mal y poderosa para el bien...

«La oración fortaleció a los débiles, curó a los enfermos, liberó a los endemoniados, abrió las mazmorras, soltó las ataduras de los inocentes. La oración perdona los delitos, aparta las tentaciones, extingue las persecuciones, consuela a los pusilánimes, recrea a los magnánimos, conduce a los peregrinos, mitiga las tormentas, aturde a los ladrones, alimenta a los pobres, rige a los ricos, levanta a los caídos, sostiene a los que van a caer, apoya a los que están en pie... ¿Qué más decir en honor de la oración? Incluso oró el mismo Señor, a quien corresponde el honor y la fortaleza por los siglos de los siglos» (La oración 29,2).

–Dios manifiesta su fuerza en la debilidad de las criaturas, como se ha visto en el caso de Ana. Ella viene a ser madre de Samuel por el poder misericordioso de Dios, al que había implorado con una oración salida de lo más íntimo de su corazón. Y nosotros mismos, que tenemos experiencia de los favores de Dios, cantamos con júbilo el mismo cántico de Ana, anunciando a todos los hombres la misericordia de Dios salvador:

«Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador. Mi poder se exalta por Dios; mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación. Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor. Los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan... El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece. Levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y herede un trono de gloria».

–Marcos 1,21-28: Les enseñaba con autoridad. Jesús se manifiesta en la sinagoga, enseñando con autoridad y curando a un poseso. Los testigos de tales acontecimientos quedan estupefactos y la fama de Jesús comienza a extenderse. Cristo tiene todo el poder salvador del Padre, domina sobre todas las cosas, y puede comunicar a los hombres el amor del Padre. Por eso una de las manifestaciones de este poder es su capacidad de expulsar al demonio, es decir, de dominar al «antipoder», al enemigo del Padre, quitándole el señorío que tiene sobre los hombres.

También nosotros estamos dominados con frecuencia por el poder enemigo, que es todo lo que ahoga en nosotros el amor de Dios. Y esa cautividad nuestra solo puede superarse dejándonos dominar por el poder salvador de Cristo. Comenta San Agustín:

«¿Qué dijeron los demonios?: “Sabemos quién eres tú, el Hijo de Dios”. Y escucharon: “¡Callad!”. ¿No dijeron ellos lo mismo que dijo Pedro, cuando [Jesús] les preguntó [a los discípulos]: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Después de que escuchó lo que opinaban las gentes de fuera, volvió a interrogarles, diciendo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Respondió Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Lo que dijeron los demonios, eso mismo lo dijo Pedro. Pero los demonios escucharon: “¡Callad!” Y en cambio a Pedro le dijo: “Dichoso eres tú”.

«Pues bien, distínganos a nosotros lo que les distinguía a ellos. ¿Qué movía a los demonios? El temor. ¿Y a Pedro? El amor. Elegid y amad. Es la fe también la que distingue a los cristianos de los demonios... Pero si nos distinguimos en la fe, distingámonos de igual manera en las costumbres y en las obras, inflamándonos de la caridad de que estaban privados los demonios» (Sermón 234,3).



Miércoles

Años impares

–Hebreos 2,14-18: Tenía que parecerse en todo a sus hermanos para ser compasivo y Pontífice fiel. El sacerdocio de Cristo fue eficacísimo: venció al príncipe de la muerte y libró la humanidad. El plan de salvación querido por Dios no era salvar al hombre sin el hombre. Pero esto sólo pudo hacerlo Cristo: Dios y hombre al mismo tiempo.

Es un sacerdocio el de Cristo muy diverso al de los judíos y al de los paganos. Cristo tomó para Sí una naturaleza humana. Comentando ese texto de los Hebreos, dice San Juan Crisóstomo:

«¿Qué quiere decir “tiende una mano” [a los hijos de Abrahán]? ¿Por qué no dijo: asumió, sino que utilizó esta expresión: tiende una mano? Porque este verbo hace referencia a los que persiguen a sus adversarios, y ponen todos los medios para capturar a los fugitivos y apresar a los que se resistan. En efecto, la naturaleza humana había huido de Él y había huido muy lejos, porque dice [el Apóstol] que estábamos muy lejos de Dios y “sin Dios en el mundo” (Ef 2,12). Por eso Él mismo nos persiguió y nos tomó para Sí. El Apóstol hace ver que hizo todo esto por puro amor a los hombres, por caridad y por solicitud hacia nosotros» (Homilía sobre Hebreos 2).

–En Jesucristo, que es el «sí» a todas las promesas, Dios nos reconcilió consigo mismo. En el realismo de su Encarnación y muerte, Dios mismo llevó la obra redentora a su perfección. Es la manifestación más definitiva y clara de la fidelidad de Dios a sus promesas. Por eso cantamos con el Salmo 104:

«El Señor se acuerda de su Alianza eternamente. Dad gracias al Señor, invocad su nombre, dad a conocer sus hazañas a los pueblos, cantadle al son de instrumentos, hablad de sus maravillas. Gloriaos de su nombre santo, que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro».

Años pares

–1 Samuel 3,1-10.19-20: Habla, Señor, que tu siervo escucha. Samuel es llamado al ministerio profético. Él fue fiel al Señor. Es admirable y ejemplar la relación de Samuel y el sacerdote Elí. Jerarquía y profetismo proceden de Dios y se completan. El profetismo insumiso, descarado y separado de la jerarquía no es de Dios. Así lo enseña San Ignacio de Antioquía:

«Es conveniente obedecer sin ningún género de fingimiento, porque no es a éste o aquél obispo que vemos a quien se trataría de engañar, sino que el engaño iría dirigido contra el obispo invisible; es decir, en este caso ya no es contra un hombre mortal, sino contra Dios, a quien aun lo escondido está patente» (Carta a los Magnesios 1).

Y San Bernardo:

«¿Qué más da que Dios nos manifieste su voluntad por Sí mismo o por sus ministros, ya sean ángeles, ya sean hombres?» (De los preceptos y disposiciones 9).

–La vocación de Samuel es modelo de prontitud en la respuesta. Éste es el mejor sacrificio de alabanza que se puede ofrecer a Dios. Hay que ofrecer a Dios una obediencia total y sincera, y tener en Él plena confianza, total abandono en sus manos. Digamos, pues, con el Salmo 39:

«Yo esperaba con ansia al Señor: Él se inclinó y escuchó mi grito. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor, y no acude a los idólatras, que se extravían con engaños. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y en cambio me abriste el oído. No pides sacrificio expiatorio, entonces yo digo: “Aquí estoy”, como está escrito en mi libro, “para hacer tu voluntad”. Dios mío, llevo tu ley en las entrañas. He proclamado tu salvación ante la gran asamblea: no he cerrado los labios; Señor, Tú lo sabes».

–Marcos 1,29-39: Curó a muchos enfermos de muchos males. Las curaciones milagrosas son señales del poder salvador de Cristo. Con sus milagros manifiesta Jesucristo que el reino mesiánico, anunciado por los profetas, está ya presente en su persona. Así atrae la atención a Sí mismo y hacia la Buena Nueva del Reino que Él encarna; y suscita una admiración y un temor religioso. Comenta San Jerónimo:

«¡Ojalá venga [Jesús] y entre en nuestra casa y, con un mandato suyo, cure la fiebre de nuestros pecados! Porque todos nosotros tenemos fiebre. Tengo fiebre, por ejemplo, cuando me dejo llevar por la ira. Existen tantas fiebres como vicios. Por ello, pidamos a los Apóstoles que intercedan ante Jesús para que venga a nosotros y nos tome de la mano; pues si Él toma nuestra mano, la fiebre huye al instante. Él es un médico egregio, el verdadero protomédico. Sabe tocar sabiamente las venas y escrutar los secretos de las enfermedades. No toca el oído, no toca la frente, no toca ninguna otra parte del cuerpo, sino la mano.

«Aquella mujer tenía la fiebre porque no poseía obras buenas. Primero, por tanto, hay que sanar las obras y luego quitar la fiebre. No puede huir la fiebre si no son sanadas las obras. Cuando nuestra mano posee obras malas, yacemos en el lecho sin podernos levantar, pues estamos sumidos totalmente en la enfermedad» (Comentario a San Marcos 3,5).



Jueves

Años impares

–Hebreos 3,7-14: Animaos unos a otros mientras dura este hoy. Este texto de la carta a los Hebreos está centrado en el Salmo 94, por medio del cual el Señor nos exhorta a la fidelidad. Hemos de escuchar la voz del Señor en el tiempo presente, para que nuestros corazones no se endurezcan. Debemos mantener viva la fe, para anticipar la visión de las realidades que nos han sido prometidas.

La fe garantiza a los cristianos que su dispersión y su actual situación en el desierto del mundo es el preludio de una bienaventurada escatología real. Los fieles han de servirse del mundo y vivir en él, sin sustraerse de él. Es decir, han de vivir en el mundo, como si vivieran fuera de él.

Muchos Padres han tratado del valor inmenso de la fe. Escuchemos a San Clemente Romano:

«Procuremos hacernos dignos de la bendición divina y veamos cuáles son los caminos que nos conducen a ella. Consideremos aquellas cosas que sucedieron al principio. ¿Cómo obtuvo nuestro Padre Abrahán la bendición? ¿No fue acaso porque practicó la justicia y la verdad por medio de la fe?...

«También nosotros, llamados por su beneplácito en Cristo Jesús, somos justificados no por nosotros mismos, ni por nuestra sabiduría o inteligencia, ni por nuestra piedad, ni por las obras que hayamos practicado con santidad de corazón, sino por la fe, por la cual Dios todopoderoso justificó a todos desde el principio. A Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Carta a los Corintios 31-33).

–A la palabra de Dios recibida en la lectura anterior respondemos con el mismo Salmo 94. Oigamos la llamada:

«Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor. No endurezcáis el corazón». Ese «hoy» ha sido ya inaugurado por Jesucristo. Estamos viviendo los tiempos definitivos. Éste es el tiempo de la gracia y nosotros hemos de responder con gran fe. Así entraremos en el descanso del Señor. Ese «hoy» es un grito de urgencia:

«Ojalá escuchéis la voz del Señor. No endurezcáis el corazón. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía». Sólo teniendo un gran espíritu de fe podemos poner en práctica cuanto se nos dice en este Salmo.

Años pares

–1 Samuel 4,1-11: Derrotaron a los israelitas, y el arca de Dios fue capturada. Nuestra vida en la tierra es un combate continuo. No basta, pues, para nuestra vida religiosa un culto externo, como muchas veces advierten los profetas. Es necesaria la práctica de las virtudes y la verdadera interioridad en el culto, de modo que éste proceda del corazón.

Cuando esto falta, Dios detesta el culto y el pueblo es castigado. «No todo el que dice Señor, Señor»... (Mt 7,21) «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está muy lejos de Mí» (Mt 15,8; Is 29,13). Por eso hemos de luchar con las armas de la fe y de la verdadera religiosidad, como dice San Gregorio de Nisa:

«El enemigo de nuestra alma tiende muchas trampas ante nuestros pasos, y la naturaleza humana es, de por sí, demasiado débil para conseguir la victoria sobre el enemigo... Por eso es necesario que quien desprecia las grandezas de este mundo y renuncia a su gloria vana, renuncie también a su propia vida. Renunciar a la propia vida significa no buscar nunca la propia voluntad, sino la voluntad de Dios y hacer del querer divino la norma única de la propia conducta; significa también renunciar al deseo de poseer cualquier cosa que no sea necesaria o común.

«Quien así obra se encontrará más libre y dispuesto para hacer lo que le mandan los superiores, podrá realizarlo prontamente con alegría y con esperanza, como corresponde a un servidor de Cristo, redimido para el bien de sus hermanos» (Tratado de la conducta cristiana).

Quien es fiel en su vida a la voluntad de Dios es el que le da el culto que Él merece, y que Él no desprecia, pues ve que procede de un corazón contrito y humillado.

–Los israelitas no obraron el bien y hubieron de sufrir por mano de los filisteos el castigo merecido. El Arca de Dios fue capturada, y así perdieron lo más sagrado que ellos tenían. También nosotros hemos pecado. También tenemos necesidad de la misericordia divina. Y la pedimos con el Salmo 43:

«Redímenos, Señor, por tu misericordia. Ahora nos rechazas y nos avergüenzas, y ya no sales, Señor, con nuestras tropas; nos haces retroceder ante el enemigo, y nuestro adversario nos saquea. Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean. Nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones. Señor, ten misericordia de nosotros, no olvides nuestra desgracia y opresión».

La muerte del pecado se realizó ciertamente en el bautismo. Sin embargo aún permanecen en nosotros las secuelas del pecado con sus concupiscencias. Sentimos viva la ley del pecado, que domina nuestros miembros (Rom 7,32). Tenemos, pues, necesidad de conversión y de un culto sincero, que proceda de la fe y de los más hondo del corazón, y que se refleje en nuestras obras.

–Marcos 1,40-45: Se le quitó la lepra y quedó limpio. Este milagro es signo del poder del Hijo de Dios. El hecho prodigioso se divulga, contra la voluntad del Salvador, y se enciende el entusiasmo del pueblo. Verdaderamente solo en Cristo está nuestra salvación.

Los Santos Padres ven muchas veces en la lepra un símbolo de la enfermedad profunda del pecado. Así, por ejemplo, San Atanasio:

«Sin contentarse con haber encontrado el mal, el alma humana, poco a poco, se fue precipitando en lo peor... Así, desviada del bien y olvidando que ella es imagen del Dios bueno, el poder que obra en ella no le deja ver ya al Dios Verbo, la semejanza a la que ella fue hecha; y saliendo de sí misma, no piensa ni imagina sino la nada. Ella ha escondido en los repliegues de los deseos corporales el espejo que hay en ella; por el cual solo podía ver la imagen del Padre. Y así ahora no ve ya más aquello en lo que un alma debe pensar. Al contrario, vuelta hacia todos los lados, sólo ve aquello que cae bajo los sentidos.

«Así, llena el alma de toda clase de deseos carnales y ofuscada por la falsa opinión que de ellos se ha hecho, acaba por imaginarse como las cosas corporales y sensibles a Dios, de cuyo pensamiento se ha olvidado, y da a las apariencias el nombre de Dios. Ella no aprecia más que aquello que ve y contempla como algo agradable. Ello es, pues, el mal, la causa y el origen de la idolatría» (Tratado contra los paganos 2 y 8).

Solo el Salvador puede sanarnos de esta lepra. «La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio».



Viernes

Años impares

–Hebreos 4,15.11: Esforcémonos en entrar en el descanso del Señor. Para llegar a ello es menester evitar los ejemplos de incredulidad del antiguo Israel. Es necesario adherirnos por la fe al mensaje de salvación que Cristo nos enseñó con su palabra, su vida, su muerte y resurrección. Entrar en el «descanso» es entrar en la intimidad de Dios. La paz interior del hombre es don de la gracia de Dios recibida en una colaboración ascética fiel. Comenta San Juan Crisóstomo:

«Pensemos que nuestra vida no es otra cosa que un combate, y nunca buscaremos el reposo. Nunca consideremos la aflicción como algo extraordinario. Hemos de parecemos al atleta, que no mira la lucha como algo inesperado. No es todavía tiempo de descansar; hace falta que nos perfeccione el sufrimiento» (Homilía sobre Hebreos 5).

Así llegaremos a la unión con Dios. Por la cruz a la luz, por el combate a la paz eterna, al gozo espiritual.

–Todo el Antiguo Testamento se escribió para lección nuestra. La historia del pueblo de Israel fue la historia de su negativa a los beneficios de Dios. Por eso, no entraron en su descanso. Se olvidaron de los preceptos del Señor. No cumplieron sus mandatos. Ahora nosotros tenemos acceso a la íntima unión con Dios gracias a Cristo, siguiendo sus ejemplos, obedeciendo su doctrina.

Así lo confesamos en el Salmo 77: «No olvidéis las acciones de Dios. Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor y su poder. Que lo cuenten a sus hijos, para que guarden Sus mandamientos. Para que no imiten a sus padres, generación rebelde y pertinaz, generación de corazón inconstante, de espíritu infiel a Dios».



Años pares

–1 Samuel 8,4-7.10-22: Gritaréis contra el rey, pero Dios no os responderá. El pueblo quiere tener un rey, pero Samuel ve ese deseo con reticencia: Yavé es el único rey de Israel. De hecho, la monarquía sólo se impuso y consolidó con David. También nosotros hemos de poner nuestra confianza en la autoridad del Señor, ejercitada en las autoridades de la Iglesia, evitando apoyar nuestra esperanza en poderes humanos. Escuchemos la exhortación de San Ireneo:

«Siendo nuestros argumentos de tanto peso, no hay para qué ir a buscar de otros la verdad que tan fácilmente se encuentra en la Iglesia, ya que los Apóstoles depositaron en ella, como en una despensa opulenta, todo lo que pertenece a la verdad, a fin de que todo el que quiera pueda tomar de ella la bebida de la vida. Y ésta es la puerta de la vida; todos los demás son salteadores y ladrones. Por esto hay que evitarlos, y en cambio hay que poner suma diligencia en amar las cosas de la Iglesia y en captar en ella la tradición de la verdad» (Tratado contra las herejías 3,4).

La misma doctrina viene dada por San Vicente de Lerin:

«El verdadero y auténtico católico es el que ama la verdad de Dios y a la Iglesia, cuerpo de Cristo; aquel que no antepone nada a la religión divina y a la fe católica. No les antepone la autoridad de un hombre, ni el amor, ni el genio, ni la elocuencia, ni la filosofía; sino que, despreciando todas estas cosas y permaneciendo sólidamente firme en la fe, está dispuesto a admitir y a creer solamente lo que la Iglesia siempre y universalmente ha creído» (Conmonitorio 20).

–A pesar de la contumacia del pueblo, que exige un rey humano, Yavé será eternamente el Rey de Israel. Ése es el gran privilegio del Pueblo elegido, por haber pactado una alianza con Dios. Pero Israel muchas veces es infiel a la alianza con Dios, y en la plenitud de los tiempos no acoge al Mesías, Cristo Jesús. Para el nuevo Israel, la Iglesia, no hay mayor honor y bienaventuranza que tener a Cristo como Señor, pastor y guía. Así lo rezamos en el Salmo 88:

«Cantaré eternamente tus misericordias, Señor. Dichoso el pueblo que sabe aclamarte: caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro. Tu nombre es su gozo cada día, tu justicia es su orgullo. Porque Tú eres su honor y su fuerza, y con tu favor realzas nuestro poder. Porque el Señor es nuestro escudo y el Santo de Israel, nuestro Rey»

–Marcos 2,1-12: El Hijo del hombre tiene potestad para perdonar los pecados. Él es Dios. El vino para eso, para quitar el pecado del mundo. Por eso nosotros nos presentamos ante el Señor como pecadores, como pobres paralíticos, cargados de pecados. Y Cristo nos sana y nos perdona. El establece en la Iglesia un sacramento: el de la penitencia o reconciliación, para perdonar los pecados de todos los que con buena disposición se acerquen al sacerdote. Comenta San Ambrosio:

«El Señor es grande: a causa de unos perdona a otros, y mientras prueba a unos, a otros les perdona sus faltas. ¿Por qué, oh hombre, tu compañero no puede nada en ti, mientras que en cambio ante el Señor su siervo tiene un título para interceder y un derecho para impetrar? Tú que juzgas, aprende a perdonar; tú que estás enfermo, aprende a implorar. Si no esperas el perdón de faltas graves, recurre a los intercesores, recurre a la Iglesia, que ora por ti y, en atención a ella, el Señor te otorgará lo que El ha podido negar.

«Hemos de creer que el cuerpo de este paralítico ha sido curado verdaderamente, y reconocer también la curación del hombre interior, a quien le han sido perdonados sus pecados. Por su parte, los judíos, afirmando que solo el Señor puede perdonar los pecados, confesaron vigorosamente la divinidad del Señor, y con su juicio traicionaron su mala fe, puesto que a la vez exaltan la obra y niegan la persona.

«Es, pues, gran locura que este pueblo infiel, habiendo conocido que sólo Dios puede perdonar los pecados, no crea en [Cristo] cuando perdona los pecados. El Señor, que quiere salvar a los pecadores, demuestra claramente su divinidad por su conocimiento de las cosas ocultas y por sus acciones prodigiosas» (Comentario a San Lucas lib. 5,11-12).



Sábado

Años impares

–Hebreos 4,12-16: Acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia. La palabra de Dios es viva y eficaz: juzga a quien la escucha. Llenos de la fuerza de Jesús, Hijo de Dios y Sumo Sacerdote, en todo semejante a nosotros menos en el pecado, permanezcamos firmes en la fe para alcanzar la misericordia de Dios. Dos verdades preciosas se nos revelan en ese texto: el valor de la Palabra de Dios y la condición de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Así contempla San Gregorio Nacianceno a Jesucristo, como Palabra y como Pontífice, al tiempo que le reconoce otros altos títulos:

«Tú eres llamado Palabra y estás sobre todas las palabras; tú, que estás sobre toda luz, eres llamado Luz (Jn 1,9; 8,12; 12,46). Tú eres llamado Fuego, pero no porque incides sobre los sentidos, sino porque purificas la materia ligera y viciosa (Dt 4,24; Heb 12,29). Tú eres Espada, porque divides y separas el mal del bien (Ef 6,13; Heb 4,12); Bieldo, porque limpias y quitas aquello que es ligero y llevado por el viento, y guardas lo que está lleno en los graneros de arriba (Mt 3,12; Lc 3,17); Hacha, porque, habiendo tenido paciencia tanto tiempo, cortas la higuera estéril (Mt 3,10; Lc 3,9; Lc 13,6-9); Puerta, porque introduces (Jn 10,7-9); Camino, para que nosotros andemos por el camino recto (Jn 14,6); Oveja, porque eres la víctima (Is 53, 7); Pontífice, que ofreces tu Cuerpo (Heb 4,14; 8,1-9; 9,11); Hijo, porque lo eres del Padre (Mt 3,17; 17,5; Mc 1,11; 9,7; Lc 2,22; 9,35)» (Sermón 37,4).

–Reconocemos la eficacia de la Palabra de Dios, que es espíritu y vida, descanso y alegría, luz y felicidad, con el Salmo 18: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos; la voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandatos del Señor son verdaderos y enteramente justos».

Años pares

–1 Samuel 9,1-4.17-19–10,1: Saúl regirá a su pueblo: Dios lo escogió. Pero esta elección exige de él un comportamiento digno. De lo contrario le retirará su favor, como así fue. Hay que corresponder, pues, a la gracia divina, a los dones del Señor. Cuando no hay una correspondencia fiel, el corazón se endurece y la vida se hace triste y estéril. San Juan Crisóstomo dice:

«Si eres obediente a la voz de Dios, ya sabes que te está llamando desde el cielo; pero si eres desobediente y de voluntad torcida, aunque le oyeras físicamente, no te bastaría. ¿Cuántas veces no le oyeron los judíos? A los ninivitas les bastó la predicación de un profeta. Aquellos, en cambio, permanecieron más duros que piedras en medio de profetas y de milagros continuos. En la misma Cruz se convirtió un ladrón con sólo ver a Cristo y, junto a ella, los que habían visto resucitar muertos, le insultaban» (Homilía en honor de San Pablo 4).

El Señor nos da constantemente gracias para ayudarnos en el cumplimiento del deber de cada momento. Al cristiano le corresponde acoger fielmente esa gracia y así dar el fruto que Dios quiere darle.

–En todos los momentos de su historia supo Israel, llevado por sus profetas, descubrir la presencia del Señor. Cuando comenzó la monarquía, descubrieron en el rey la presencia protectora de Israel. Las victorias, los éxitos, la vida, las bendiciones que recaen sobre el rey son manifestaciones del cuidado del Señor que dirige a su pueblo.

Así continúa hoy la historia de la Iglesia, y con ella, los que reconocemos a Cristo como Rey, rezamos el Salmo 20: «Señor, el rey se alegra por tu fuerza y ¡cuánto goza con tu victoria! Te adelantaste a bendecirlo con el éxito y has puesto en su cabeza una corona de oro fino. Te pidió vida y se la has concedido, años que se prolongan sin término. Tu victoria ha engrandecido su fama, lo has vestido de honor y de majestad. Le concedes bendiciones incesantes, lo colmas de gozo en tu presencia». El salmo, pues, se refiere a Cristo, a su reino de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

–Marcos 2,13-17: No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. A la vocación del Leví siguió un banquete en el que los puritanos se escandalizan porque Cristo come con los pecadores: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos». Cristo ofrece siempre a los pecadores la posibilidad de salvar sus vidas. Sólo quiere que acojan la gracia del arrepentimiento. Que se adhieran a su persona y al Padre por la senda del amor. Comenta San Agustín:

«Allí estaban [los fariseos], allí mostraban su crueldad: ellos eran quienes le lanzaban reproches y le decían: “Ved que come con publicanos y pecadores”. Formaban parte del mismo pueblo que daba muerte al médico, a aquel que con su sangre les preparaba el antídoto. Como el Señor no sólo derramó sus sangre, sino que hasta se sirvió de su muerte para confeccionar el medicamento, del mismo modo resucitó para dar una prueba de la resurrección. Con paciencia padeció para enseñarnos la paciencia a nosotros, y en su resurrección nos mostró el premio de esa virtud» (Sermón 175,3).

La verdadera justicia se compadece de los pecadores, pero la falsa justicia se aparta de ellos. Por eso Cristo recibió con amorosa compasión al publicano y a la Magdalena, la pecadora. ¡Con qué magnífica plasticidad nos pinta Jesús su infinito amor hacia los pecadores en las parábolas del Buen Pastor y del hijo pródigo! ¿Dónde estaríamos si el Señor no nos hubiera reconciliado con su infinito amor?