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Sábado Santo

Bienaventurados quienes prestan a Jesús el obsequio de una fe íntegra y de un amor sincero.

«Bienaventuradas tus manos, oh José, que prestaron servicio a Cristo y palparon las manos y los pies del cuerpo divino de Jesús, de donde todavía manaba sangre. Bienaventuradas tus manos, que estuvieron en contacto con el divino costado del que brotaba sangre, habiendo tú realizado este acto antes que Tomás, el creyente incrédulo y panegirista curioso. Bienaventurada tu boca, que quedó plenamente saciada al aproximarse a la boca de Cristo y de entonces se llenó del Espíritu Santo. Bienaventurados tus ojos que contemplaron los ojos de Jesús y de ellos recibieron la Luz verdadera. Bienaventurado tu rostro, que se acercó a la divina faz. Bienaventurados tus hombros que transportaron al que todo sostiene con su poder. Bienaventurada tu cabeza a la que se aproximó Jesús, Cabeza de todos. Bienaventuradas tus manos, con las que llevaste al que lleva todas las cosas.

«Bienaventurados fueron José y Nicodemo, pues aventajaron a los querubines, elevando y transportando al mismo Dios. Aventajaron también a los ángeles provistos de seis alas, pues ellos honraron al Señor y lo cubrieron no con alas, sino con el lienzo. José y Nicodemo llevaron a hombros a Aquél ante quien se estremecen los querubines y se extasían todas las legiones de ángeles» (Antigua Homilía sobre el grande y santo Sábado).

San Germán de Constantinopla dice:

«Esta es la gran festividad que hoy se celebra en los infiernos: es una solemnidad maravillosa y llena de esplendor. Aquel Sol que sobrepasa la altitud de los cielos ha llenado de resplandeciente luz las regiones que estaban debajo de la tierra, y una claridad meridiana ha iluminado prodigiosamente a aquellos que se hallaban sumidos en la oscuridad y sombras de muerte. Ahora el Padre celestial ha hecho aparecer su Sol sobre malos y buenos y también ha dispuesto que lloviese sobre justos e injustos (Mt 5,45), al fluir del costado abierto de su Unigénito la doble lluvia de la sangre y del agua que purifica y da vida, pues ambas cosas eran necesarias para quienes habitaban en las resecas y miserables mansiones del infierno.

«El Buen Pastor, en efecto, murió por todos los hombres, justos e injustos y bajó hasta las profundidades del infierno por razón de la oveja que había ido a parar a ese lugar, después de quedar privada de la gloria divina y de haber sido expulsada de las praderas del paraíso, no conservando más protección que su lana y padeciendo, sobre todo, la mordedura de los atroces dientes del infierno» (Homilía sobre la sepultura de Cristo).

San Efrén alaba a Cristo en sus misterios pascuales:

«Gloria a Ti, amigo de los hombres.

Gloria aTi, oh misericordioso

Gloria a Ti, oh magnífico.

Gloria a Ti, que absuelves los pecados.

Gloria a Ti, que has venido para salvar nuestras almas...

Gloria a Ti, que fuiste atado.

Gloria a Ti, que fuiste flagelado.

Gloria a Ti, que fuiste escarnecido.

Gloria a Ti, que fuiste clavado en la Cruz.

Gloria a Ti, que fuiste sepultado y has resucitado.

Gloria a Ti, que has predicado a los hombres y ellos han creído en Ti

Gloria a Ti que has subido a los cielos...

Gloria al que se ha dignado salvar al pecador, por su misericordiosa bondad»

(Sermón sobre los sufrimientos del Salvador 9).