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3ª Semana de Cuaresma

Domingo

Entrada: «Tengo los ojos puestos en el Señor, porque Él saca mis pies de la red. Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido» (Sal 24,15-16). O bien: «Cuando os haga ver mi santidad, os reuniré de todos los países; derramaré sobre vosotros un agua pura, que os purificará; de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Y os infundiré un espíritu nuevo» (Ez 36,23-26)

Colecta (del Gelasiano): «Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de nuestras culpas».

Ofertorio (del misal anterior y, antes, del Gelasiano y Gregoriano): «Te pedimos, Señor, que la celebración de esta eucaristía perdone nuestras deudas y nos ayude a perdonar a nuestros deudores».

Comunión: «El que beba del agua que yo le daré –dice el Señor– no tendrá más sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,13-14). O bien: «Hasta el gorrión ha encontrado una casa y la golondrina un nido donde colocar sus polluelos: tus altares, Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío. Dichosos los que viven en tu casa alabándote por siempre» (Sal 83,4-5).

Postcomunión (del Veronense): «Alimentados ya en la tierra con el pan del cielo, prenda de eterna salvación, te suplicamos, Señor, que se haga realidad en nuestra vida futura lo que hemos recibido en este sacramento».

Ciclo A

El agua, símbolo bíblico del don vivificante del Espíritu Santo, signo de vida en la conciencia humana y en la historia de la salvación, constituye el tema litúrgico de este Domingo, en el que se tienen de modo especial se tiene presentes a los catecúmenos, que se preparan para ser bautizados en la Vigilia Pascual.

–Éxodo 17,3-7: Danos agua para beber. El agua viva que Moisés dio misteriosamente a su pueblo, sediento en el desierto, era signo de la Providencia divina. Comenta San Agustín:

«Bebieron la misma bebida que nosotros, pues la Roca era Cristo. Bebieron, pues, bebida espiritual, la que se tomaba por la fe, no la que se bebía con el cuerpo. Oísteis que era la misma bebida: la Roca era Cristo... fue golpeada la roca misma con el madero para que saliera agua, pues fue golpeada con una vara ¿Por qué con madera y no con hierro, sino porque la Cruz fue acercada a Cristo para darnos a beber la gracia?

«Así pues, el mismo alimento y la misma bebida, mas esto sólo para los que entienden y creen. Para los que no entienden, allí no había más que maná y agua, alimento para el hambriento y bebida para el sediento. Entonces Cristo tenía que venir aún; ahora, Cristo ya ha venido... distintas palabras, pero el mismo Cristo» (Sermón 352,3)

–«Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos en su presencia dándole gracias. No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras» (Salmo 94).

–Romanos 5,1-2.5-8: El amor de Dios ha sido derramado en vuestros corazones por el Espíritu Santo que se os ha dado. En la Nueva Ley, Cristo es la garantía de nuestra fe y de la vida divina que, por el don del Espíritu Santo, se derrama en nuestros corazones. San Agustín comenta este pasaje paulino:

«¡Admirable bondad de Dios, que nos otorga un don igual a Él mismo! Su don es el Espíritu Santo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un Dios único: la Trinidad. Y ¿qué bien nos trajo el Espíritu Santo? Óyeselo al Apóstol: El “Amor de Dios que ha sido derramado en nuestros corazones”. ¿De dónde, oh mendigo, te vino ese amor de Dios descendido en tu corazón? ¿Cómo ha podido este amor divino ser derramado en el corazón de un hombre?

«“Llevamos este tesoro en vasos de barro, dice el Apóstol”. ¿Por qué en vasos de barro? Para que resalte la fuerza de Dios. Y, por último dice: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones”, y, para que no se atribuya nadie a sí mismo el amar a Dios, añade: “por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”.

«Luego, para que tú ames a Dios es necesario que Dios more en ti, que su amor venga de Él y vuelva de ti a Él; o sea, que recibas su moción, ponga en ti su fuego, te ilumine y levante su Amor» (Sermón 128,4).

–Juan 4,5-42: Un surtidor de agua que salte hasta la vida eterna. El encuentro personal con el Corazón de Cristo, por la fe y el amor, es la base misma de los sacramentos, signos de la acción de Dios que nos salva en su Hijo Redentor. También San Agustín contempla el pasaje evangélico de la samaritana, al hablar de los encuentros redentores personales de Jesús en el Evangelio:

«Les propuso la parábola de dos personas deudoras de un mismo acreedor. También Jesús deseaba a Simón, que le había invitado a comer su pan. Tenía Él mismo hambre de aquél que le alimentaba... Es lo mismo que dijo a la samaritana: “Tengo sed”. ¿Qué quiere decir “tengo sed”? Quiere decir: “Anhelo tu fe”» (Sermón 99,3).

El encuentro de Jesús con la samaritana marcó la vida y la conciencia de aquella mujer, para transformarla y redimirla. Nosotros también tenemos que ser marcados por la Eucaristía que celebramos y recibimos.

Ciclo B

No podemos reducir nuestra celebración cuaresmal en una meras prácticas devocionales. «No todo el que dice: “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos» (Mt 7,21). Hemos de identificar nuestra voluntad con la de Dios. A esto deben conducirnos nuestras prácticas cuaresmales. La fidelidad filial con que Jesucristo cumplió la voluntad del Padre, hasta el sacrificio real de su vida, su actitud de obediencia incondicional, constituyen el ejemplo de vida impresionante que debemos imitar, como discípulos suyos.

–Éxodo 20,1-17: La ley fue dada por Moisés. Dios se eligió un pueblo para realizar con él una alianza de amor y salvación. La ley mosaica fue la manifestación paternal de su amor, en forma de mandatos divinos que dignificasen la vida de sus hijos. Son diez los preceptos, pero se reducen a dos, como dice San Agustín:

«Has de amar a Dios con todo tu ser, porque es mejor que tú, y al prójimo como a ti mismo, porque es lo que eres tú. Los preceptos son dos, por tanto: “ama a Dios” y “ama al prójimo”; tres en cambio los objetos del amor... pues no se diría “y al prójimo como a ti mismo”, si no te amas a ti mismo.

«Si son tres los objetos del amor, ¿por qué, pues, son dos los preceptos? ¿Por qué? Escuchadle. Dios no consideró necesario exhortarte a amarte a ti mismo, pues no hay nadie que no se ame a sí mismo. Mas, puesto que muchos van a la perdición por amarse mal, diciéndote que ames a tu Dios con todo tu ser, se te dio al mismo tiempo la norma de cómo has de amarte a ti mismo. ¿Quieres amarte a ti mismo? Para que no te pierdas en ti mismo, ama a Dios con todo tu ser, pues en Él te encontrarás a ti» (Sermón 179 A, 3-4).

–Con el Salmo 18 decimos: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos. La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos».

–1 Corintios 1,22-25: Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero sabiduría de Dios para los llamados. Jesús no vino a abrogar la ley, sino a perfeccionarla con el amor (Mt 5,17). El misterio de la Cruz es la mejor prueba de su amor total al Padre y a los hombres, sus hermanos. San Agustín dice:

«Los sabios de este mundo nos insultan a propósito de la Cruz de Cristo y dicen: “¿Qué corazón tenéis que adoráis a un Dios crucificado?” “¿Qué corazón tenemos?”... Ciertamente, no el vuestro. La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios. No tenemos, pues, un corazón como el vuestro. Decid lo que queráis. Vosotros no podéis ver a Jesús, porque os avergonzáis de subir al árbol, como hizo Zaqueo; suba el humilde a la Cruz... y, para no avergonzarte de la Cruz de Cristo, ponla en tu frente...» (Sermón 174,3).

–Juan 2,13-25: Destruid este templo y en tres días lo levantaré. Jesús hubo de enfrentarse personalmente con el fariseísmo puritano, que trataba de conjugar la piedad legalista con sus propios intereses egoístas y materiales. Comenta San Agustín:

«¿Para qué quiso Salomón que el templo fuese levantado? Para que fuese prefiguración del cuerpo de Cristo. Aquel templo era una sombra; llegó la luz y ahuyentó la sombra. Busca ahora el templo construido por Salomón y encontrarás las ruinas. ¿Por qué se convirtió en ruinas aquel templo? Porque se cumplió lo que él simbolizaba.

«El verdadero templo, que es el cuerpo del Señor, se derrumbó; pero luego se levantó, y de tal manera que en modo alguno podrá derrumbarse de nuevo. “Destruid este templo y yo lo levantaré en tres días”, había dicho el Señor respecto a su cuerpo. Así pues, el templo de Dios es el cuerpo de Cristo... Quien dijo: “vuestros cuerpos son miembros de Cristo”, ¿qué otra cosa mostró sino que nuestros cuerpos y nuestra Cabeza, que es Cristo, constituyen en conjunto el único templo de Dios?» (Sermón 217).

Ciclo C

La imagen de la Iglesia como pueblo de Dios en peregrinación penitencial hacia la Pascua salvadora (Lumen Gentium 8), cobra en esta celebración litúrgica una gran fuerza renovadora de nuestra conciencia. La Cuaresma es siempre un tiempo fuerte de conversión, de revisión de vida, de reconciliación evangélica con Dios y con todos nuestros hermanos. El Concilio Vaticano II ha subrayado esta condición permanente e irrenunciable de la Iglesia y de cada uno de sus miembros:

«Mientras Cristo, santo, inocente, inmaculado, no conoció el pecado, sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia encierra en su propio seno pecadores; y, siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación» (ibid.).

–Éxodo 3,1-8. 13-15: «Yo soy» me envía a vosotros. La vocación de Moisés significa en la historia de la salvación el comienzo de la liberación providencial del pueblo de Dios; el principio del camino de salvación, que es siempre una iniciativa gratuita de Dios. San Agustín explica el nombre bajo el que Dios se presenta a su pueblo, «Yo soy».

«Romped los ídolos de vuestros corazones, prestad atención a lo que se dijo a Moisés cuando preguntó cuál era el nombre de Dios: “Yo soy el que soy”. Todo cuanto es, en comparación con Él, es como si no fuera. Lo que realmente es desconoce cualquier clase de mutación. Todo lo que cambia y es inestable y durante cierto tiempo no cesa de sufrir mutaciones, fue y será; pero no lo incluye dentro de aquel es.

«Dios es cambio, carece de fue y será. Lo que fue, ya no es; lo que será, aún no es y lo que llega para luego desaparecer, será para no ser. Pensad, si podéis, esas palabras: “Yo soy el que soy”. No os turbéis con pensamientos caprichosos y pasajeros. Paraos en el es, permaneced en El mismo que es. ¿Adónde vais? Permaneced, para que también vosotros podáis ser» (Sermón 223,a,5).

–Con el Salmo 102 decimos: «Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura».

–1 Corintios 10,1-6.10-12: La vida del pueblo de Israel en el desierto se escribió para ejemplo nuestro. El designio divino de salvación, iniciado con la mediación de Moisés, culminaría en la obra redentora de Cristo. En Él nosotros hemos sido elegidos; pero no podemos ser los engreídos.

Los sacramentos no garantizan en absoluto la salvación si no corresponde a la gracia recibida la libertad de los beneficiarios; no hay en ellos nada de magia, sino el encuentro entre dos libertades, la de Dios y la nuestra. Desvincular la recepción de los sacramentos de la fe o de la conducta moral, equivale a recaer en las faltas del pueblo de Israel en el desierto, experimentando inmediatamente el mismo fracaso que ellos conocieron.

El obrar de Dios es siempre una inmensa garantía, pues Él no puede engañarse ni engañarnos, pero la salvación que nos ofrece no es nunca automática. No basta con recibir los gestos de la gracia de Dios; es preciso además la respuesta de la fe y la conversión, que ajuste permanentemente nuestra mirada con la suya.

–Lucas 13,1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Dios tiene derecho a reclamar de nosotros una fidelidad cada vez más profunda. Por eso siempre necesitamos de conversión sincera y de renovación santificadora y también la Iglesia nos propone la conversión, no solo en el momento de recibir la fe, sino a lo largo de toda la vida. Esta llamada se hace especialmente apremiante cuando hemos pecado y en determinados tiempos litúrgicos, como Adviento y Cuaresma.

La conversión lleva consigo la renuncia al pecado y al estado de vida incompatible con las enseñanzas del Evangelio, y la vuelta sincera a Dios. No basta solo el propósito de cambiar de vida, sino que es necesario el dolor por haber ofendido a Dios. Este cambio de vida y de mentalidad parte siempre de la fe, de la llamada continua de Dios, Padre misericordioso. San Máximo de Turín dice:

«Nada hay tan grato y querido por Dios, como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento» (Carta 4).

Lunes

Entrada: «Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor; mi corazón y carne retozan por el Dios vivo» (Sal 83,3).

Colecta (del misal anterior y, antes, del Gregoriano y Gelasiano): «Señor, purifica y protege a tu Iglesia con misericordia continua y, pues sin tu ayuda no puede mantener su firmeza, que tu protección la dirija y la sostenga siempre».

Comunión: «Alabad al Señor todas las naciones, firme es su misericordia con nosotros» (Sal 116,1-2).

Postcomunión: «Que la comunión en tu sacramento, Señor, nos purifique de nuestras culpas y nos conceda la unidad».

–2 Reyes 5,1-15: La curación de Naamán el sirio se ha considerado en el tiempo de Cuaresma como prefiguración de la llamada a todas las naciones a la fe y al bautismo.

El camino que sigue Naamán hasta el rito que le cura indica el camino de todo candidato a los sacramentos, que no son válidos si no se reciben en el interior de un diálogo entre Dios que se revela y el hombre que obedece y se adhiere a Él por la fe. Pero esto no elimina la eficacia del sacramento, que obra independientemente de nuestra voluntad. San Hipólito dice del Bautismo:

«El que se sumerge en este baño de regeneración renuncia al diablo y se adhiere a Cristo, niega al enemigo del género humano y profesa su fe en la divinidad de Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de hijo adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos de justicia, y, lo que es más importante, vuelve de allí convertido en hijo de Dios y coheredero de Cristo» (Sermón sobre la Teofanía).

Y San Ildefonso de Toledo:

«Nunca deja de bautizar el que no cesa de purificar; y así, hasta el fin de los siglos. Cristo es el que bautiza, porque siempre es Él quien purifica. Por tanto, que el hombre se acerque con fe al humilde ministro, ya que éste está respaldado por tan gran maestro. El maestro es Cristo y la eficacia de este sacramento reside no en las acciones del ministro, sino en el poder del maestro que es Cristo» (Tratado sobre el Bautismo).

En el bautismo, junto a la dignidad de los hijos de Dios, recibimos la gracia y la llamada a la santidad, que nos permite ser consecuentes y no perder la dignidad recibida.

–Con el Salmo 41 clamamos: «Mi alma tiene sed del Dios vivo. ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a Ti, Dios mío. Envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada. Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; y que te dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío».

Israel pierde el Reino de Dios y sus riquezas. En cambio, los paganos llegan a obtener la salvación, que también se nos ofrece a nosotros en la santa Iglesia. Pero a condición de que creamos, de que nos sometamos humildemente a las enseñanzas y mandamientos de Cristo y de su Iglesia, de que ambicionemos la salvación. Con tal de que, reconociendo sinceramente nuestra indignidad y nuestra incapacidad, nos volvamos hacia el Señor, llenos de confianza en Él e invocando su auxilio.

–Lucas 4,24-30: Jesús ha sido enviado para la salvación de todos los hombres, no solo para la de los judíos. A ellos vino primero, pero «vino a los suyos y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11): los hombres de Nazaret únicamente quieren que su conciudadano Jesús realice los milagros que ha hecho en Cafarnaún.

No podemos buscar a Cristo para servirnos de Él a nuestro antojo. De Él lo esperamos todo y de modo especial la salvación, pero hemos colaborar, con gran fe y amor generoso, en correspondencia al que Él nos tiene. En la liturgia de este día, nosotros somos el pagano Naamán. Corramos al gran profeta, a Cristo, pues estamos enfermos del alma y necesitamos una curación que sólo Cristo nos puede dar.

Lo que hoy encontramos en Cristo y en su Iglesia es solamente el comienzo de nuestra salvación, cuya plenitud nos aguarda en la otra vida, en la verdadera Pascua. Y así como el pueblo escogido perdió la salvación, por no creer en Cristo, también a nosotros nos puede ocurrir los mismo. Sólo la fe, la sumisión a Cristo y a su Iglesia nos pueden salvar. Comenta San Ambrosio:

«La envidia, que convierte al amor en odio cruel, traiciona a los compatriotas. Al mismo tiempo, ese dardo de estas palabras, muestra que esperas en vano el bien de la misericordia celestial, si no quieres los frutos de la virtud en los demás; pues Dios desprecia a los envidiosos y aparta las maravillas de su poder a los que fustigan en los otros los beneficios divinos» (Comentario a San Lucas IV, 46)

Martes

Entrada: «Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío; inclina el oído y escucha mis palabras. Guárdame como a las niñas de tus ojos, a la sombra de tus alas escóndeme» (Sal 16,6.8).

Colecta (del misal anterior y, antes, del Gregoriano y Gelasiano): «Señor, que tu gracia no nos abandone, para que, entregados plenamente a tu servicio, sintamos sobre nosotros tu protección continua».

Comunión: «Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y hospedarse en tu monte santo? El que procede honradamente y practica la justicia» (Sal 14,1-2).

Postcomunión: «La participación en este Sacramento acreciente nuestra vida cristiana, expíe nuestros pecados y nos otorgue tu protección».

–Daniel 3,25.34-43: Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde. «Un corazón contrito y humillado el Señor no lo desprecia» (Sal 50,19). El sacrificio más agradable a Dios es el de la contrición y la humildad. Esta verdad, que ya aparecía en el Antiguo Testamento, como vemos en la oración de Azarías que recoge la lectura de hoy, adquiere mayor relevancia incluso en las enseñanzas de Cristo, la vida de la Virgen María, y la doctrina de los Padres y del Magisterio de la Iglesia. Casiano dice:

«La verdadera paciencia y tranquilidad del alma solo puede adquirirse y consolidarse con una profunda humildad de corazón. La virtud que mana de esta fuente no tiene necesidad del retiro de una celda, ni del refugio de la soledad. En realidad, no le falta un apoyo exterior cuando está interiormente sostenida por la humildad, que es su madre y guardiana. Por otra parte, si nos sentimos airados cuando se nos provoca, es indicio de que los cimientos de la humildad no son estables» (Colaciones 18,13).

«Nadie puede alcanzar la santidad si no es a través de una verdadera humildad, ante todo para con sus hermanos. Pero también debe tenerla para con Dios, persuadido de que, si Él no lo protege y ayuda en cada instante, le es absolutamente imposible obtener la santidad a la que aspira y hacia la cual corre» (Instituciones 12,23).

La humildad y la caridad son las ruedas maestras; todas las demás giran a su alrededor: «Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, que éste sea hoy y siempre nuestro sacrificio, y que sea agradable en tu presencia» (Dan 3,40).

–Un corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia. Este es el sentido de la oración de Azarías. No te acuerdes de nuestros pecados, porque tu ternura y tu misericordia son eternas.

Con la confianza de que Dios enseña su camino a los humildes, decimos con el Salmo 24: «Enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame, porque Tú eres mi Dios y Salvador. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. El Señor es bueno y recto, enseña el camino a los pecadores, hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes».

–Mateo 18,21-35: El Padre no os perdonará si cada cual no perdona de corazón a su hermano. El perdón supone correspondencia. Es una enseñanza clara en el Evangelio. San Agustín explica este evangelio:

«No te hastíes de perdonar siempre al que se arrepiente. Si no fueras tú también deudor, impunemente podrías ser un severo acreedor. Pero tú que eres también deudor, y lo eres de quien no tiene deuda alguna, si tienes un deudor, pon atención a lo que haces con él. Lo mismo hará Dios contigo... Si te alegras cuando se te perdona, teme el no perdonar por tu parte.

«El mismo Salvador manifestó cuán grande debe ser tu temor, al proponer en el Evangelio la parábola de aquel siervo a quien su señor le pidió cuentas y le encontró deudor de cien mil talentos... ¡Cómo hemos de temer, hermanos míos, si tenemos fe, si creemos en el Evangelio, si no creemos que el Señor es mentiroso! Temamos, prestemos atención... perdonemos. ¿Pierdes acaso algo de aquello que perdonas? Otorgas perdón» (Sermón 114 A,2).

«Perdonad y se os perdonará, dad y se os dará» (Lc 6,37-38). No pensamos que recibiremos lo que damos. Damos cosas mortales, recibiremos inmortales; damos cosas temporales, recibiremos eternas; damos cosas terrenas, recibiremos celestes. Recibiremos la recompensa de nuestro mismo Señor.

Miércoles

Entrada: «Asegura mis pasos con tu promesa. Que ninguna maldad me domine» (Sal 118,133).

Colecta (nueva redacción, con elementos del Gelasiano y del Sermón 40,4 de San León Magno): «Penetrados del sentido cristiano de la Cuaresma y alimentados con tu Palabra, te pedimos, Señor, que te sirvamos fielmente con nuestras penitencias y perseveremos unidos en la plegaria».

Comunión: «Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia» (Sal 15,11).

Postcomunión: «Santifícanos, Señor, con este pan del cielo que hemos recibido, para que, libres de nuestros errores, podamos alcanzar las promesas eternas».

–Deuteronomio 4,1.5-9: Guardad los preceptos y cumplidlos. La Ley es expresión de la voluntad divina y forma parte de la alianza. La observancia de la Ley ha de producir dos efectos en los gentiles: el reconocimiento de la sublimidad de la Ley y la constatación de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Las grandes maravillas realizadas por Dios en favor de Israel debieron ser motivos para ser fieles al Señor. Pero la historia de la salvación nos manifiesta lo contrario: el pueblo de Dios fue ingrato e infiel al Señor muchas veces. Fue ingrato al Señor.

¿Y nosotros? En realidad, Dios ha realizado aún mayores portentos con nosotros, por la Encarnación de su Hijo, la Redención, la institución de la Iglesia, la Eucaristía y los demás sacramentos... También nosotros hemos recibido los mandamientos y preceptos de Dios para que los cumplamos. Esos preceptos y mandatos son santos, sabios e inviolables, como el mismo Dios. Son frutos de la bondad, de la sabiduría, de la justicia y de la santidad de Dios. ¿Puede haber para nosotros algo mejor, más razonable, más santo, más poderoso y más dichoso que la santa voluntad de Dios, expresada en sus mandamientos? Tal vez muchas veces hemos dejado de cumplirlos.

Hoy, en esta celebración cuaresmal volvamos a escoger de nuevo el camino de los divinos preceptos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Y a tu prójimo como a ti mismo»

No seamos como los escribas y fariseos del tiempo de Jesucristo. Ellos cumplían, en apariencia, los mandatos de Dios, interpretando la letra según su interés. Digamos y cumplamos nosotros lo que Jesús dijo: «Mi comida consiste en hacer siempre la voluntad del que me envió» (Jn 4,34). Debemos morir a la propia voluntad, para vivir entera y ciegamente confiados en la santa voluntad de Dios, entregados totalmente a su beneplácito, al gobierno y Providencia de Dios y llevando, según sus mandamientos, una conducta intachable. Esta es la esencia de la vida cristiana. ¿Pensamos así? ¿Vivimos así?

–Si Dios nos ha dado mandamientos y leyes es para que vivamos y nos salvemos. Por eso, los preceptos del Señor son la alegría del hombre, que se ve distinguido y privilegiado con ellos. De ahí brota el deseo de una fidelidad sincera, que manifestamos con el Salmo 147: «Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión, que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. Él envía su mensaje a la tierra y su palabra corre veloz, manda la nieve como lana, esparce la escarcha como ceniza. Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos a Israel; con ninguna nación obró así, ni les dio a conocer sus mandatos».

–Mateo 5,17-19: Quien cumpla los mandamientos y los enseñe será grande en el Reino de los cielos. La santa Cuaresma es un tiempo adecuado para examinar nuestra vida entera, para una revisión de vida en el cumplimiento de los mandatos de Dios. Cristo vino a vivificar la ley y a perfeccionarla. Él fue modelo en el cumplimiento de la voluntad divina. Dice San Bernardo:

«Y ya que en la voluntad de Dios está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino, vida de nuestra alma. Procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios» (Sermón 5).

No se haga mi voluntad, sino la tuya, dijo el Señor (Mc 14,36; cf. Mt 26,33-46; Lc 22,40-46). Y comenta San León Magno:

«Esta voz de la Cabeza es la salvación de todo el Cuerpo; esta voz enseña a todos los fieles, enciende a los confesores, corona a los mártires» (Sermón 58).

Jueves

Entrada: «Yo soy la salvación del pueblo –dice el Señor–. Cuando me llamen desde el peligro, yo les escucharé y seré para siempre su Señor».

Colecta (del Gregoriano): «Te pedimos humildemente, que a medida que se acerca la fiesta de nuestra salvación, vaya creciendo en intensidad nuestra entrega, para celebrar dignamente el misterio pascual».

Comunión: «Tú promulgas tus decretos para que se observen exactamente; ojalá esté firme mi camino para cumplir tus consignas».

Postcomunión: «Presta benigno tu ayuda, Señór, a quienes alimentas con tus sacramentos, para que consigamos tu salvación en la celebración de estos misterios y en la vida cotidiana».

–Jeremías 7,23-28: Aquí está la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios. El profeta Jeremías clama contra la incredulidad de sus contemporáneos. No escuchan la voz de Dios que desea realizar plenamente la alianza entre Él y su pueblo. La actuación del profeta será, una vez más, inútil. Por eso, la ruina de la nación es inminente y, por la bondad de Dios, se salvará un resto que permanece fiel. Es un adelanto de lo que sucederá con la venida del Verbo encarnado. Y, ¿solamente en aquel tiempo? ¡Cuánta infidelidad también en nuestros días en muchos que son y se llaman cristianos, pero que actúan como paganos!

Este tiempo litúrgico es muy adecuado para reflexionar y corregir las infidelidades con respecto a Dios y a su mensaje de salvación. Allí donde vive y obra el verdadero espíritu de Cuaresma, afluye al alma, a raudales, la vida divina de la gracia, de las virtudes y de las buenas obras.

El cristiano se convierte en coedificador del Reino de Dios, en piedra viva, que ayuda a levantar todo el edificio: primero en su propia persona y después junto con sus semejantes. Su práctica cuaresmal aprovecha a todos, derramando sobre ellos luz, gracia, arrepentimiento. Con su ejemplo, su oración y sus méritos colabora en la salvación y santificación de sus hermanos. ¡Qué responsabilidad, pues, la nuestra si no aprovechamos este tiempo de gracia, que es la Cuaresma! ¡Qué perjuicio para nosotros mismos y para los demás! No podemos ser indiferentes a la salvación de los hombres, que son hermanos nuestros.

–El gran pecado de Israel fue cerrar sus oídos a la palabra del Señor. También este peligro nos acecha a nosotros. Por eso el Salmo 90 nos advierte: «Ojalá escuchéis hoy su voz; no endurezcáis vuestro corazón. Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos. Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, Creador nuestro. Porque Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía. No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto, cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras».

–Lucas 11,14-23: El que no está conmigo está contra Mí. Lo mismo que en tiempos de Jeremías, la incredulidad y la infidelidad fue el signo de los contemporáneos de Jesús. Su ejemplo, su palabra, sus milagros son manifestaciones palpables del origen divino de su ser. Pero el corazón de aquellos hombres estuvo endurecido y lo consideraron aliado del demonio. ¡Qué perversidad y qué gran misterio! ¿Y nosotros? San Gregorio Magno dice:

«Volvimos la espalda ante el rostro de Aquel cuyas palabras despreciamos, cuyos preceptos conculcamos; pero aun estando a nuestra espalda nos vuelve a llamar Él, que se ve despreciado y clama por medio de sus preceptos y nos espera con paciencia» (Hom. sobre los Evangelios 16).

¡Unidos siempre a Cristo! En Él encontramos nuestra salvación. Digamos con San Gregorio Nacianceno:

«Quédate con nosotros, porque nos rodean en el alma las tinieblas y solo Tú, oh Cristo, eres la Luz. Tú puedes calmar nuestra ansia que nos consume» (Carta 212).

Oremos intensamente. Hagamos penitencia en este tiempo de preparación para la Pascua, a fin de que nos renovemos en Cristo Jesús. Comenta San Ambrosio:

«Todo reino dividido será desolado. El porqué de esta afirmación es el mostrar que su reino es indivisible y perpetuo, puesto que se le acusaba de echar los demonios en nombre de Beelzebú, príncipe de los demonios... Aquellos, pues, que no ponen en Cristo su esperanza, sino que creen que los demonios son arrojados en nombre del príncipe de los demonios, niegan ser súbditos de un reino eterno» (Comentario a San Lucas VII, 91).

Viernes

Entrada: «No tienes igual entre los dioses, Señor: Grande eres tú, y haces maravillas, tú eres el único Dios» (Sal 85,8.10).

Colecta (Veronense, Gregoriano y Gelasiano): «Infunde, Señor, tu gracia en nuestros corazones, para que sepamos dominar nuestro egoismo y secundar las inspiraciones que nos vienen del Cielo».

Comunión: «Amar a Dios con todo corazón y al prójimo como a ti mismo vale más que todos los sacrificios» (cf. Mc 12,33).

Postcomunión: «Señor, que la acción de tu poder en nosotros penetre íntimamente nuestro ser, para que lleguemos un día a la plena posesión de lo que ahora recibimos en la Eucaristía».

–Oseas 14,2-10: No volveremos a llamar Dios a las obras de nuestras manos. El profeta invita a Israel a la conversión: «Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios». Destruido por su iniquidad, Israel se convierte por fin con palabras sinceras y no hipócritas. Reconoce que no lo salvarán alianzas humanas, dioses falsificados ni holocaustos vacíos, sino la primacía del amor en la fidelidad a la alianza con su Dios. Se vislumbra entonces una felicidad paradisíaca.

Pero la misma conversión es obra del amor gratuito y generoso de Dios. Él sugiere las palabras, sana la infidelidad, es el rocío vivificador, el fruto procede de su gran compasión. En definitiva, triunfa su infinito Amor.

En efecto, Oseas ha transformado el sentimiento de culpabilidad de sus compatriotas. Para él, la falta no consiste en la violación de las tradiciones ancestrales y sacrales, de las que uno se libra por medio de ritos penitenciales, sino en la resistencia a encontrar a Dios en la vida ordinaria. El pecado es la negación a ver a Dios en la historia de cada día, de cada momento. Por eso, la conversión a la que invita el profeta es un acto interior, por el que el hombre hace callar su orgullo aceptando que el acontecimiento en que vive es iniciativa de Dios con respecto a él y gracia de su benevolencia. La conversión ha de ser la actitud fundamental del cristiano. No hay momento más precioso para pedir a Dios la conversión que la Santa Misa.

–El Señor es el único Dios. Ni las obras de nuestras manos, ni nada fuera de Él puede ser Dios para nosotros. Todo pecado es fundamentalmente una idolatría y, por tanto, una defección de la alianza, una infidelidad.

Con el Salmo 80 lo proclamamos sinceramente: «Oigo un lenguaje desconocido: retiré los hombros de la carga, y sus manos dejaron la espuerta. Clamaste en la aflicción y te libré. Te respondí oculto entre los truenos, te puse a prueba junto a la fuente de Meribá. Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti, ojalá me escuchases, Israel. No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero. Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto. Ojalá me escuchase mi pueblo, y caminase Israel por mi camino: Te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre».

–Marcos 12,28-34: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y lo amarás. Al Señor le agrada la misericordia y no los sacrificios: prefiere la sinceridad del corazón a las prácticas meramente externas. La Ley de Cristo es el amor a Dios y al prójimo. San Bernardo dice:

«El amor, basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre su fuente y sea una continua emanación de la misma» (Sermón 83).

Esa fuente no es otra que Dios. Constantemente encontramos en nuestra vida ocasiones para manifestar nuestro amor a Dios y al prójimo. No debemos esperar ocasiones extraordinarias para amar. Hemos de aprender a amar en nuestra vida ordinaria: a través del espíritu de servicio, con el trabajo bien hecho, con una conversación amable, con la serenidad en los momentos difíciles, agradeciendo los dones a Dios y al prójimo.

Sábado

Entrada: «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas» (Sal 102,2-3).

Colecta (Veronense y Gelasiano): «Llenos de alegría al celebrar un año más la Cuaresma, te pedimos, Señor, vivir los sacramentos pascuales y sentir en nosotros el gozo de su eficacia».

Comunión: «El publicano, quedándose atrás, se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios, ten compasión de este pecador”» (Lc 18,13).

Postcomunión: «Concédenos, Dios de misericordia, venerar con sincero respeto, la Santa Eucaristía que nos alimenta, y recibirla siempre con un profundo espíritu de fe».

–Oseas 6,1-6: Quiero misericordia y no sacrificios. Dios quiere misericordia y no sacrificios de animales, su conocimiento y no holocaustos. El profeta invita a la penitencia y a una vuelta sincera a Dios, pero el pueblo es inconstante. ¡Cuántas liturgias en las que los que asisten a ellas nada experimentan, de las que salen sin haber encontrado a Dios, sin haberle conocido un poco más! ¡Qué negligentes somos a veces los sacerdotes y los laicos a la hora de participar en los santos misterios!

Comenta San Agustín:

«Presta atención a lo que dice la Escritura: “Quiero la misericordia antes que el sacrificio” (Os 6,6). No ofrezcas un sacrificio que no vaya acompañado de la misericordia, porque no se te perdonarán los pecados. Quizá digas: “Carezco de pecados”. Aunque te muevas con cuidado, mientras vives corporalmente en este mundo, te encuentras en medio de tribulaciones y estrecheces y has de pasar por innumerables tentaciones: no podrás vivir sin pecado. Es cierto que Dios te dice: “No te intranquilice tu pecado”... si nada debes, sé duro en exigir; pero si eres deudor, congratúlate, más bien, de tener un deudor en quien puedas hacer lo que se hará en ti» (Sermón 386,1).

–Puede haber una conversión que no sea auténtica. Es necesario que cambie el corazón. A veces tenemos el peligro de quedarnos en meras fórmulas y ritualismos externos. El Salmo 50, que comentamos el Miércoles de Ceniza, es siempre una llamada fuerte a la auténtica penitencia.

–Lucas 18,9-14: El publicano bajó a casa justificado y el fariseo no. En oposición a la soberbia y suficiencia del fariseo que se jactaba de sus propias obras, la humildad del publicano constituye el auténtico culto espiritual de la penitencia del corazón, de la interioridad del culto que agrada al Señor. El publicano recibió de Dios la justificación a causa de su humilde arrepentimiento. San Agustín dice:

«El Señor es excelso y dirige su mirada a las cosas humildes. A los que se ensalzan, como aquel fariseo, los conoce, en cambio, de lejos. Las cosas elevadas las conoces desde lejos, pero en ningún modo las desconoce.

«Mira de cerca la humildad del publicano. Es poco decir que se mantenía en pie a lo lejos, ni siquiera alzaba los ojos al cielo; para no ser mirado, rehuía él mirar. No se atrevía a levantar la vista hacia arriba; le oprimía la conciencia y la esperanza lo levantaba... Pon atención a quién ruega. ¿Por qué te admiras de que Dios perdone cuando el pecador se reconoce como tal? Has oído la controversia sobre el fariseo y el publicano, escucha la sentencia. Escuchaste al acusador soberbio y al reo humilde. Escucha ahora al Juez: “En verdad os digo que aquel publicano descendió del templo justificado, más que aquel fariseo”» (Sermón 115,2).