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6 de Enero. Epifanía del Señor

En la entrada de esta Misa la Iglesia llama nuestra atención: «Mirad que llega el Señor del Señorío: en la mano tiene el reino y la potestad y el imperio» (Mal 3,1; 1 Cro 19,12).

En la oración colecta (Gregoriano) pedimos al Señor, que en este día reveló a su Hijo Unigénito por medio de una estrella a los pueblos gentiles, conceda a los que ya lo conocemos por la fe poder gozar un día, cara a cara, la hermosura infinita de su gloria.

En el ofertorio (Gregoriano) se pide al Señor que mire los dones de su Iglesia que no son oro, incienso y mirra, sino Jesucristo, su Hijo, que en estos misterios se manifiesta, se inmola y se da en comida.

La comunión remite el texto de Mt 2,2: «Hemos visto salir la estrella del Señor y venimos con regalos a adorarlo». Y en la postcomunión (del Misal anterior, procedente del Gelasiano) pedimos que la luz del Señor nos disponga y nos guíe siempre para que aceptemos con fe pura y vivamos con amor sincero el misterio del que hemos participado.

Navidad nos trajo la nueva Luz, el Sol de justicia, Jesucristo, que hoy, en la Epifanía, se manifiesta con nuevo resplandor para iluminar al mundo con su Luz y derramar sobre él los tesoros de su redención.

–Isaías 60,1-6: La gloria del Señor amanece sobre ti. La universalidad redentora del Emmanuel y su Nueva Alianza de salvación exigen una nueva Jerusalén. Es la Iglesia, con su capacidad salvadora de judíos y gentiles. La Iglesia es para todos los hombres elegidos del Padre. «¡Jerusalén, Iglesia, levántate! ¡Alégrate y salta de gozo!» Así hemos de entender la profecía de Isaías. Y la Iglesia, obediente, canta jubilosa. Se diría que no se cansa de contemplar la gloria del Señor. Es como si la trasladaran a las delicias del Tabor y, cual otro Pedro y compañeros, exclamara: «Señor, ¡qué bien se está aquí!» (Mt 17,4). Su corazón se desborda de santa alegría.

Rara es la ocasión en que el mundo moderno proporciona un gozo a la Iglesia, mientras que los disgustos que le causan son frecuentes. Sin embargo, ella desborda de alegría por la presencia de su Señor, por la celebración de sus misterios, por la gracia de sus sacramentos.

–Sí, Iglesia Santa, «la gloria del Señor resplandece sobre ti». Por eso cantamos con el Salmo 71: «Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra… Porque él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector. Él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres».

–Efesios 3,2-3.5-6: Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos. Por un designio del amor universal del Padre también los paganos están llamados a la revelación evangélica en Cristo Jesús. En el Antiguo Testamento se había revelado por la promesa hecha a Abrahán que “en su descendencia serían bendecidas todas las naciones de la tierra” (Gén 12,3). Pero la forma en que se iba a realizar aquella bendición no había sido desvelada.

En la plenitud de los tiempos, San Pablo descubre a la luz de cuanto Jesucristo le revela, que el camino elegido por Dios no ha sido salvar solamente por la descendencia biológica de Abraham, sino incorporando los gentiles a la Iglesia, Cuerpo místico, en igualdad con los judíos. Este es el «misterio», el plan de Dios tal como se ha dado a conocer en la misión que Cristo confió a sus apóstoles. Ésta es la gran misericordia de Dios: su redención universal, su Reino benéfico, que se extiende a toda la humanidad. Demos gracias a Dios por ello.

–Mateo 2,1-12: Venimos de Oriente para adorar al Rey. Los Magos fueron las primicias de este llamamiento a los gentiles para ser incorporados a la fe en Cristo Jesús. Ellos representan también hoy a los que aún no conocen el Evangelio de Jesucristo. Oigamos a San León Magno:

«Habiendo celebrado hace poco el fausto día en que la Virgen santísima, conservando su virginidad, dio al mundo al Salvador del género humano, la celebración de la venerada festividad de la Epifanía nos trae una prolongación de nuestro gozo, para que, uniéndose los misterios de estas solemnidades santísimas, no se entibie ni el vigor de nuestra alegría ni el fervor de nuestra fe.

«Para la salvación de todos los hombres convenía que la infancia del Mediador entre Dios y los hombres se manifestase al mundo entero aun cuando se hallaba encerrada en una pequeña aldea. Aunque el Señor eligió al pueblo de Israel, y en ese pueblo a una familia señalada, de la cual tomase nuestra humanidad, con todo, no quiso que su nacimiento estuviera oculto en la pequeñez de este lugar en el que había nacido, sino que, como nació para todos, quiso también comunicar a todos la noticia de su nacimiento.

«Por eso apareció a los tres Magos de Oriente una estrella de nueva luminosidad, más clara y más brillante que las demás, y tal, que atraía los ojos y corazones de cuantos la contemplaban, para mostrar que no podía carecer de significación una cosa tan maravillosa. El que había dado tal signo al mundo, iluminó la inteligencia de los que la contemplaban; hizo que le buscaran los que no lo conocían y quiso Él mismo ser hallado por los que le buscaban.

«Tres hombres emprenden el camino guiados por esta luz celestial. Fija la mirada en el astro que les precede y siguiendo la ruta que les indica, son conducidos por el esplendor de la gracia al conocimiento de la verdad…

«Pero al anuncio de que un príncipe de los judíos ha nacido, se alarma Herodes, suponiendo un sucesor. Maquinando el asesinato del autor de la salvación, promete hipócritamente su homenaje. ¡Feliz él si hubiese imitado la fe de los Magos y hubiese puesto al servicio de la religión los planes que proyectaba al servicio del engaño! ¡Oh ciega impiedad de una estúpida emulación, piensas entorpecer con tu furor el designio divino! El Señor del mundo no busca un reino temporal, Él es quien lo da eterno…

«Los Magos realizan sus deseos, y llegan, conducidos por la estrella, hasta el Niño, el Señor Jesucristo. En la carne adoran al Verbo; en la infancia, a la Sabiduría; en la debilidad a la Omnipotencia; en la realidad de un hombre, al Señor de la majestad. Y, para manifestar exteriormente el misterio que ellos creen y entienden, atestiguan por los dones lo que ellos creen en el corazón. A Dios le ofrecen el incienso; al Hombre, la mirra y al Rey, el oro, sabiendo que honran en la unidad las naturalezas divina y humana. (I Homilía para la solemnidad de Epifanía).