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2ª Semana de Navidad

Domingo

Las antífonas y oraciones son las mismas de la misa del día de Navidad.

La celebración litúrgica de este Domingo nos invita a meditar, a la luz de los acontecimientos de Belén, lo que el misterio de la presencia del Verbo Encarnado ha supuesto para nuestra condición humana. Cristo es, al mismo tiempo, la plenitud de la revelación divina para toda la humanidad y la prueba evidente de la presencia amorosa de Dios entre los hombres.

Por eso en Cristo tenemos nuestra salvación, nuestra liberación, nuestra Luz sobrenatural, nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Todo lo tenemos en Él. Sin Él nada podemos hacer. Fuera de Cristo, al hombre sólo le queda la posibilidad de permanecer en las tinieblas, en el error, en la muerte eterna.

–Eclesiástico 24,1-4.12-16: La sabiduría habita en medio del pueblo elegido. Toda la historia de la salvación ha sido fruto de la Sabiduría amorosa de Dios, rectora de los destinos humanos y, últimamente, hecha carne y presencia viviente por el misterio de la Encarnación del Verbo divino entre los hombres. La concepción de la Sabiduría como revelación de Dios no sólo en el universo, sino también en la actividad de los sabios, es uno de los puntos más elevados de la teología del Antiguo Testamento. Esta Sabiduría que hace nacer en el corazón del piadoso israelita el deseo de gustar sus frutos y hace que tal deseo no disminuya, ni se apague, sino que aumente siempre, hace pensar en Cristo, presentado por San Juan como fuente de agua viva, verdadero pan del cielo y como el Camino, la Verdad y la Vida por excelencia.

–Efesios 1,3-6.15-18: Dios nos predestinó a ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo. El Hijo de Dios se ha hecho hombre para ofrecernos a todos la posibilidad divina de llegar a ser hijos de Dios por adopción. En esto consiste la grandeza de nuestra vocación cristiana. Ante la realidad de nuestra salvación, San Pablo se llena de alegría y da comienzo a un canto de alabanza y de acción de gracias. Pero la plenitud de sus sentimientos y la riqueza de sus ideas le impiden un discurso bien hecho y ordenado: se entrecruzan entonces sus pensamientos, sobreponiéndose maravillosamente unos a otros. Comenta San Agustín:

«A los limpios de corazón se les permite la visión de Dios. Y no sin motivo, pues ésos son los ojos con que se ve a Dios. Hablando de estos ojos, dice el Apóstol Pablo: “ilumine los ojos de vuestro corazón”. Al presente estos ojos, debido a su debilidad, son iluminados por la fe; luego, ya vigorosos, serán iluminados por la misma realidad» (Sermón 53,6, en Cartago, 415).

–Juan 1,1-18: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. En el período natalicio se ha comentado varias veces este grandioso texto evangélico. Escuchemos el comentario de San Agustín:

«Como las tinieblas no acogieron la luz, era preciso para los hombres el testimonio humano. No podían ver el día, pero quizá podrían soportar la lámpara. Ya que no estaban capacitados para ver el día, soportarían en todo caso la lámpara. “Hubo un hombre, enviado por Dios. Él vino para dar testimonio de la luz”. ¿Quién vino, y de dónde vino, para dar testimonio de la luz? ¿Cómo no era él la luz, si en verdad era una lámpara? Ante todo advierte que era lámpara. ¿Quieres ver lo que la lámpara dice del día y el día de la lámpara? “Vosotros, dijo el Señor, mandasteis una embajada a Juan; quisisteis gozar por un instante de su luz; él era la lámpara que ardía y brillaba” (Jn 5, 33.35).

«¿Que veía, pues, Juan el Evangelista, que menospreciaba la lámpara? “No era él la Luz, pero venía para dar testimonio de la luz”. ¿De qué luz? “Él era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo”. Si a todo hombre, también a Juan. El que aún no se quería mostrar como día, se había encendido su propia lámpara como testigo… Era tenido por Cristo, pero él se confesaba hombre. Era tenido por el Señor, pero él se reconocía siervo. Haces bien, oh lámpara, en reconocer tu humildad, para que no te apague el viento de la soberbia» (Sermón 342,2).