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Principios naturales y principios tomistas

En tercer lugar, Canals ha hecho notar en esta cuestión que «las XXIV tesis "principios y enunciados mayores del Doctor Angélico", no coincidían, ni en la intención de los que las presentaron, ni en la mente de San Pío X, con aquellas verdades ciertas y fundamentales de las que no es lícito disputar porque son el fundamento de toda ciencia verdadera» (1998a, 109).

Recuerda Canals un texto de Pío XII, el Discurso en el cuarto centenario de la Universidad Gregoriana, del 17 de octubre de 1953, en el que se lee:

«No se confunda la doctrina católica y las verdades naturales con ella conexas, reconocidas por todos los católicos, con los propios elementos y los conceptos peculiares por los que se diferencian entre sí los varios sistemas filosóficos y teológicos, que se encuentran en la Iglesia».

Se dice también sobre estos últimos que

«ninguna de semejantes explicaciones o argumentaciones constituye la puerta para entrar en la Iglesia, y con mayor razón es ílicto afirmar que constituye la única puerta. Ni siquiera del más santo insigne Doctor se ha valido nunca la Iglesia como de fuente originaria de la verdad, ni tampoco ahora lo usa como tal. Ciertamente considera grandes Doctores y honra con las mayores alabanzas a Santo Tomás y a San Agustín; pero sólo a los autores de las Sagradas Escrituras divinamente inspiradas tiene y confiesa por infalibles. De modo que la Iglesia intérprete y custodio de las Sagradas Escrituras por mandato de Dios, depositaria en sí de la viva Tradición Sagrada, es Ella misma la puerta para alcanzar la salud, ella misma es para sí, bajo la guía y la tutela del Espíritu Santo, la fuente de la verdad».

Y se advierte seguidamente que

«los varios sistemas de doctrina a que permite adherirse la Iglesia, es absolutamente necesario que estén de acuerdo con todo aquello que había sido conocido con certeza por la filosofía antigua y por la cristiana desde los primeros tiempos de la Iglesia» (Pío XII, AAS 45 (1953), 684-85).

Comenta Canals, en otro lugar, que «la Iglesia sabe y sostiene que estos preámbulos racionales y verdades naturalmente ciertas son de suyo anteriores a la recepción de la fe y necesarias precisamente para darle su carácter de "obsequio razonable". Si estas verdades exigen el asentimiento cierto de la mente es, pues, en primer término porque pueden de suyo ser alcanzadas por la verdadera filosofía, en la que la luz de la razón sea rectamente dirigida. Por esto al confirmar su vigencia absolutamente necesaria en toda doctrina filosófica permitida por la Iglesia, recoge ésta el testimonio que aquellas verdades obtienen, no sólo de su acuerdo con la fe, sino de "la sabiduría de los siglos". Ellas constituyen "el patrimonio común de la filosofía antigua y de la filosofía cristiana", aquello que "los más excelentes filósofos y los principales Doctores de la Iglesia" hallaron y sostuvieron» (Canals, 1954, 73).

Esa doctrina general, conexa a la fe, y conocida por el pensamiento antiguo y cristiano, sería la indicada por Pío X como «capital» en Santo Tomás y que no es discutible por su fundamentalidad de toda ciencia verdadera.

Sin embargo, continúa advirtiendo Canals:

«Tampoco conviene interpretar el testimonio secular de la "filosofía perenne" de la humanidad con un criterio "lamennaisiano" de "consentimiento universal". No se trata de apoyarse en un sufragio universal de cuantos han sido considerados como sabios por los hombres; de este modo fácilmente se podría conmover la certeza de que pertenezcan al patrimonio de sabiduría de la humanidad. La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, sabe dónde se encuentra la verdad, donde se hallan tales principios mantenidos en toda su pureza y desarrollados con seguridad. Toda filosofía permitida por la Iglesia deberá coincidir y convenir en "aquellos principios y afirmaciones de la filosofía escolástica"» (Canals, 1954, 73-74).

Según Pío XII en este texto, «entre aquellas verdades brevemente aludidas hace unos instantes, enumérense, por vía de ejemplo, las que se refieren a la naturaleza de nuestro conocimiento; al adecuado concepto de la verdad; a los principios metafísicos afianzados en la verdad y que son absolutos; a la existencia de Dios, infinito, personal, Creador de todas las cosas, a la naturaleza humana, la inmortalidad del alma, la conveniente dignidad de la persona, a los deberes que la ley moral grabada en él por la naturaleza, promulga e impera» (AAS 45 (1953), 684-85).

Igualmente Juan Pablo II, en la Fides et ratio, ha sintetizado las verdades conexas a la fe -indicando que «la Sagrada Escritura (las) contiene, de manera explícita o implícita», y que deben ser «exigencias irrenunciables» de toda filosofía- en dos principios. Primero: «La realidad que experimentamos no es el absoluto, no es increada ni se ha autoengendrado. Sólo Dios es el Absoluto». De ahí que «de la lectura del texto sagrado (...) sobresale el rechazo de toda forma de relativismo, de materialismo y de panteísmo». Segundo: Hay una «dependencia esencial de Dios de toda criatura».

Se da así una visión del hombre «como imago Dei, que contiene indicaciones precisas sobre su ser, su libertad y la inmortalidad de su espíritu». Además, se deduce que, «puesto que el mundo creado no es autosuficiente, toda ilusión de autonomía que ignore la dependencia esencial de Dios de toda criatura -incluido el hombre- lleva a situaciones dramáticas que destruyen la búsqueda racional de la armonía y del sentido de la existencia humana. Incluso el problema del mal moral -la forma más trágica de mal- es afrontado en la Biblia, la cual nos enseña que éste no se puede reducir a una cierta deficiencia debida a la materia, sino que es una herida causada por una manifestación desordenada de la libertad humana» (Fides et ratio, 80).

En la encíclica Humani generis (12 de agosto de 1950), Pío XII había dicho, en relación a la escolástica:

«Es cierto que en esta filosofía se exponen muchas cosas en las que ni directa ni indirectamente se roza la fe o las costumbres y que por lo mismo deja la Iglesia a la libre disputa de los doctos; pero en otras muchas, sobre todo en lo que concierne a los principios y a los primordiales asertos (...), no cabe tal libertad. En estas cuestiones esenciales hasta es lícito revestir a la filosofía con un ropaje más rico y acomodado, reforzarla con más eficaces expresiones, despojarla de ciertos tecnicismos escolásticos, menos aptos y también enriquecerla con cautela con ciertos elementos del progresivo pensamiento humano, sin embargo, nunca es lícito derrocarla o contaminarla con falsos principios o considerarla como un monumento ciertamente admirable, pero ya caído en desuso».

Por el contrario, explica Pío XII que

«la verdad y su total expresión filosófica no pueden ir cambiando con el tiempo, en especial cuando se trata de los principios que la mente humana conoce por sí mismos, o de aquellas doctrinas que se apoyan, tanto en la sabiduría de los siglos, como en el consenso y fundamento de la divina revelación. Cualquier verdad que pueda descubrir la mente humana, investigando con sinceridad, no puede, por cierto, contradecir a la verdad ya conocida, porque Dios, suprema verdad, ha creado y rige el entendimiento humano, no de modo que oponga cada día verdades nuevas a las ya debidamente adquiridas, sino que, apartados los errores que tal vez se hayan introducido, construye la verdad sobre la verdad, según el orden y trabazón que vemos constituida la misma naturaleza de las cosas, de la cual se extrae la verdad».

En este mismo lugar se valora mucho la escolástica, por basarse en estos principios naturales ciertos.

«Esta filosofía, reconocida y aceptada por la Iglesia, defiende el valor verdadero y recto del conocimiento humano, y los inconcusos principios metafísicos -a saber: de razón suficiente, causalidad y finalidad- y la consecución de la verdad cierta e inmutable» (Humani generis, AAS 42 (1950) 685-686).

Explica Canals que «si la Iglesia exige, como recuerda Pío XII, que no se confundan las verdades naturales conexas con la doctrina católica o esta misma doctrina con las sistematizaciones elaboradas por los filósofos o teólogos, por muy aprobada y recomendada que sea su doctrina, no lo hace por la estima y respeto que le merece la razón humana, a la que quiere guardar la libertad y el derecho de no aceptar autoridades inciertas, sino, especialmente, para salvar la trascendencia y el imperio supremo de la fe. La obligatoria imposición de un sistema determinado no sólo provocaría el peligro de coartar una legítima emulación favorable al progreso de los estudios, sino también el que se pudiera confundir con la doctrina católica o con las verdades aquello que no sería sino una determinada sistematización que alcanzaría a superar el carácter de una investigación humana probable» (Canals, 1954, 74).

Y ha notado también que el mismo «Pío XII, después de distinguir con claridad las verdades conexas necesariamente con la doctrina católica, de las características de diversos sistemas teológicos y filosóficos admitidos en la Iglesia, afirma explícitamente que sobre aquellos puntos para todos obligatorios nadie ha edificado una síntesis tan armónica y coherente como la de Santo Tomás de Aquino» (Canals, 1998a, 109-110).

En efecto, Pío XII, en el mismo lugar donde habla de un común denominador entre las distintos sistemas católicos, decía que

«este conjunto de conocimientos no han sido expuestos por ningún otro Doctor de un modo tan lúcido, tan claro y perfecto, ya se atienda a la recíproca concordancia de cada una de las partes, ya a su acuerdo con las verdades de la fe, y a la esplendidísima coherencia que con estas presentan, ni ninguno ha edificado con todos ellos una síntesis tan proporcionada y sólida, como Santo Tomás de Aquino» (Pío XII, AAS 45 (1953) 686).

Sobre estas verdades naturales o capitales, el Aquinate edificó su sistema, algunos de cuyos principios y proposiciones mayores son las tesis.

Estas palabras del Papa sobre Santo Tomás, según Canals, «encierran una preciosa sugerencia. Parece que de ellas se deduce claramente que si la recomendación de la doctrina de Santo Tomás se hace en razón de la voluntad de la Iglesia de salvaguradar perfectamente aquel patrimonio común a la filosofía cristiana, el objeto de la recomendación no es solamente este conjunto de verdades, sino precisamente la doctrina metafísica de Santo Tomás, aquella síntesis todavía no superada y, al decir de León XIII, casi insuperable, que perfectamente centrada y fundada en aquellos principios evidentes y necesarios, deduce de ellos con vigorosa fuerza las conclusiones. Esta síntesis doctrinal particular y propia del Angélico es claro que no será ya obligatoria y necesaria para la salvaguardia de la fe; tendrá sin embargo, una especial utilidad».

Este valor consiste en que «si la Iglesia, por las razones dichas antes, no impone obligatoriamente que se profese en las escuelas católicas únicamente esta doctrina, que en definitiva no está integrada por verdades ciertas y necesarias, ve en ella evidentemente una norma segura de criterio para el filósofo y teólogo catolicos para no apartarse de la verdad en lo necesario. La autoridad de la doctrina de Santo Tomás es, pues, excepcional, y preferente porque así lo ha juzgado el mismo magisterio de la Iglesia» (Canals, 1954, 75).

Por ello, añadió Pío XII en este discurso:

«Nadie exija de nadie más de lo que a todos exige la madre y maestra de toda la Iglesia, ni debe prohibirse a nadie seguir el parecer que juzgue más verosímil en aquellas cuestiones en las que los autores de más nota dentro de las escuelas católicas, suelen disputar entre sí desde bandos opuestos. De acuerdo con esa idea vuestros insignes autores y maestros aunaron con feliz alianza la fidelidad, constantemente guardada al Sumo Doctor, con aquella libertad, de tan subido precio, que pide la investigación científica, siempre puesta a salvo por Nuestros Predecesores, León XIII y los que le siguieron en la Silla de Pedro» (AAS 45 (1953) 686).

La conciliación de estas dos exigencias, como ha escrito Saranyana, se presenta «harto compleja, porque intenta conjugar dos variables que pueden parecer contradictorias, si no en abstracto, sí de hecho: a) por una parte, la recomendación de santo Tomás, no sólo como modelo de vida para los investigadores, sino, y sobre todo, como creador de una síntesis filosófica bien concreta; y b), por otra, la necesaria protección de la libertad de investigación, en cuestiones que Dios ha dejado a la libre discusión de los hombres» (1992, 289).

Sin embargo, el, discurso de Pío XII parece aportar las luces para su solución. Después de señalar la conjunción entre la fidelidad a Santo Tomás y la libertad de investigación, concluye:

«Sea, pues, lícito a cada uno de los profesores, dentro de los límites que no es permisible atravesar, el adherirse a cualquiera de las escuelas que gozan de carta de ciudadanía dentro de la Iglesia, con esta condición, a saber, que se distinga claramente entre las verdades que deben defenderse por todos y aquellas enunciaciones que constituyen los trazos distintivos de cada escuela, y póngase de manifiesto, al enseñar, semejante diferenciación, como corresponde hacerlo a un maestro sensato» (AAS 45 (1953) 686).

De este modo, según Canals, «se puede comprender así en qué sentido advertía Pío X que el apartarse de Santo Tomás en las cuestiones metafísicas no se haría nunca sin grave detrimento. Es claro que lo decía sobre todo por razón de aquellos principios fundamentales y capitales, pero es también claro supuesta la perfección y coherencia con que la síntesis de Santo Tomás se centra sobre ellos, cuán útil podrá ser para esto el tener siempre bien presentes de un modo claro y sin tergiversación aquellas tesis características de la síntesis del Angélico que sin constituir sus fundamentos primeros sean, sí, las centrales y mayores, en la arquitectura de su doctrina» (Canals, 1954, 75).

En este sentido, también en la encíclica Fides et ratio, Juan Pablo II ha recordado que «la Iglesia no propone una filosofía propia ni canoniza una filosofía en particular con menoscabo de otras» (Fides et ratio, 49). En efecto, la Iglesia trasciende toda filosofía. El mensaje cristiano no es un elemento filosófico ni parte de ninguna filosofía. «La fe, que se funda en el testimonio de Dios y cuenta con la ayuda sobrenatural de la gracia, pertenece efectivamente a un orden diverso del conocimiento filosófico» (Ib. 9).

En el primer texto citado del documento del Papa actual, se remite, en una nota de pie de página, a estas palabras equivalentes de la encíclica Humani generis de Pío XII:

«Es claro también que la Iglesia no puede ligarse a cualquier sistema filosófico, vigente por un breve espacio de tiempo; pero aquellos conceptos y términos, que por el común consentimiento fueron compuestos durante muchos siglos por los doctores católicos para alcanzar alguna inteligencia del dogma, indudablemente no se apoyan en tan caduco fundamento. Se apoyan, en efecto, en los principios y conceptos deducidos del verdadero conocimiento de las cosas creadas; y en la deducción de estas consecuencias, la verdad ha iluminado como una estrella, por medio de la Iglesia, la mente humana» (Humani generis, 10).

Algo parecido, con respecto a la filosofía cristiana, se desprende de la encíclica Aeterni Patris (1879) de León XIII, la única, anterior a la Fides et ratio, dedicada íntegramente a la filosofía. En esta última, la decimotercera de Juan Pablo II, aludiéndose a la primera, se dice: «Más de un siglo después, muchas indicaciones de aquel texto no han perdido nada de su interés tanto desde el punto de vista práctico como pedagógico, sobre todo, lo relativo al valor incomparable de la filosofía de Santo Tomás» (Fides et ratio, 57).

Sobre la expresión «filosofía cristiana», que aparece por primera vez en un documento del Magisterio de la Iglesia con la Aeterni Patris, se indica en la Fides et ratio que «la denominación es en sí misma legítima, pero no debe ser mal interpretada: con ella no se pretende aludir a una filosofía oficial de la Iglesia, puesto que la fe como tal no es una filosofía» (Ib. 76).

La filosofía cristiana es «una especulación filosófica concebida en unión vital con la fe», precisa el Papa. Y además nota que, «hablando de filosofía cristiana, se pretende abarcar todos los progresos importantes del pensamiento filosófico que no se hubieran realizado sin la aportación, directa o indirecta, de la fe cristiana» (Ib.).

Se advierte así «la necesidad de la relación entre las dos ciencias y la imposibilidad de su separación» (Ib.). De ahí que «el Magisterio eclesiástico puede y debe, por tanto, ejercer con autoridad, a la luz de la fe, su propio discernimiento crítico en relación con las filosofías y las afirmaciones que se contraponen a la doctrina cristiana» (Ib. 50).

Tal discernimiento, sigue diciendo Juan Pablo II, no debe entenderse únicamente en sentido negativo, pues «el Magisterio no se ha limitado sólo a mostrar los errores y las desviaciones de las doctrinas filosóficas. Con la misma atención ha querido reafirmar los principios fundamentales para una genuina renovación del pensamiento filosófico, indicando también las vías concretas a seguir» (Ib. 57).

Así lo hizo, agrega Juan Pablo II, la encíclica Aeterni Patris. «El proponer de nuevo el pensamiento del Doctor Angélico» era para el Papa León XIII «el mejor camino para recuperar un uso de la filosofía conforme a las exigencias de la fe» (Fides et ratio, 57). Gracias a aquella intervención ponti/ficia, «los teólogos católicos más influyentes de este siglo, a cuya reflexión e investigación debe mucho el Concilio Vaticano II, son hijos de esta renovación de la filosofía tomista. La Iglesia ha podido así disponer, a lo largo del siglo XX, de un número notable de pensadores formados en la escuela del Doctor Angélico» (Ib., 58).

No obstante, añade el Papa, «si en diversas circunstancias ha sido necesario intervenir sobre este tema, reiterando el valor de las intuiciones del Doctor Angélico e insistiendo en el conocimiento de su pensamiento, se ha debido a que las directrices del Magisterio no han sido observadas siempre con la deseable disponibilidad» (Ib. 61).