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El estado de pura fe

En pura fe

El estado de pura fe es cierta unión de fe, esperanza y caridad en un solo acto que une el corazón a Dios y a su acción. Estas tres virtudes unidas forman una sola virtud, un solo acto, una elevación única del corazón a Dios y un simple abandono a su acción.

Pues bien, ¿cómo expresar esta divina unión, esta esencia espiritual? ¿Cómo encontrarle un nombre que exprese bien su naturaleza y su idea, y que haga concebir la unidad de su trinidad? Ya no son tres virtudes, sino una sola fruición y gozo de Dios y de su voluntad. Este objeto adorable se ve, se ama y se espera de él todas las cosas. A esto se le puede llamar amor puro, pura esperanza, pura fe, y a esta unidad mística puede dársele el nombre de pura fe, aunque bajo este nombre haya que entender las tres virtudes teologales. Nada hay más cierto que este estado en lo que respecta a Dios, y nada más desinteresado en lo que respecta al corazón. Por la unión de Dios y del corazón el estado de pura fe tiene, del lado de Dios, la certeza de la fe, y del lado de la libertad del corazón, la certeza sazonada por el temor y la esperanza.

¡Qué unidad tan preciosa la de la trinidad de tan excelentes virtudes! Creed, pues, esperad, amad, pero por el solo toque del Espíritu divino, que Dios os comunica y que produce en vuestro corazón. Ésta es la unión del Nombre de Dios, que el Espíritu difunde en el centro del corazón. He aquí esta palabra y revelación mística, esta prende de la predestinación y de todas sus felices consecuencias: «¡Qué bueno es Dios para el justo, el Señor para los limpios de corazón!» [Sal 72,1].

En puro amor

Este toque en las almas abrasadas se llama puro amor, pues derrama un torrente de gozo desbordante sobre todas las facultades, con plenitud de confianza y de luz. Pero en las almas embriagadas de ajenjo ese mismo toque se llama pura fe, porque la obscuridad y las sombras de la noche son todas ellas puras.

El puro amor ve, siente y cree. La pura fe cree sin ver ni sentir. Ésta es la diferencia entre uno y otra, que no se funda sino en apariencias que no son las mismas, pues, en realidad, así como el estado de pura fe no carece de amor, del mismo modo el estado del puro amor no carece ni de fe ni de abandono. Pero se emplean estos términos a causa de lo que predomina en cada estado.

La mezcla diferente de estas virtudes bajo este toque del Espíritu marca la variedad de todos los estados de la vida sobrenatural, y como Dios los puede mezclar en infinitos modos, no hay alma que no reciba este precioso toque con alguna peculiaridad propia de ella. Pero ¿qué más da? Se trata siempre de fe, esperanza y caridad.

Abandono confiado, camino universal

Pues bien, el abandono es el medio universal para recibir de algún modo las virtudes generales de esos toques. No todas las almas pueden aspirar al mismo modo y al mismo estado bajo las divinas mociones; pero todas ellas pueden unirse a Dios, todas pueden abandonarse a su acción, todas ser esposas abandonadas en Él, todas recibir las gracias del estado que les es propio, todas, en fin, encontrar el reino de Dios y tomar parte en su grandeza y en la excelencia de sus valores. Es un imperio en el que toda alma puede aspirar a una corona, sea de amor o sea de fe, que siempre es el reino de Dios.

Es cierto que existe una diferencia, pues mientras unas están en las tinieblas, otras están en la luz. Pero, digámoslo ya, ¿qué importa esto, con tal de que unas y otras estén unidas a Dios y a su acción? ¿Es el nombre del estado lo que cuenta? ¿En eso está su distinción y su excelencia? De ningún modo. Lo decisivo es la unión con el mismo Dios y con su acción. La manera debe ser indiferente al alma.

Prediquemos, pues, a todas las almas no tanto el estado de pura fe o de puro amor, de cruz o de caricias, pues eso no puede darse por igual a todas y de la misma manera. Prediquemos en cambio a todos los corazones sencillos y entregados a Dios el abandono a la acción divina en general, y hagamos comprender a todos que por estos medios recibirán el estado particular que esta acción divina les ha elegido y destinado desde toda la eternidad.

Todos llamados a la santidad

No desanimemos, no rechacemos, no alejemos a nadie de la más eminente perfección. Jesús llama a todo el mundo a la perfección, pues a todos exige que sean fieles a la voluntad de su Padre, de modo que todos vengan a formar su Cuerpo místico, cuyos miembros no pueden llamarle Señor con verdad sino en la medida en que sus voluntades se hallen perfectamente de acuerdo con la suya. Repitamos incesantemente a todas las almas que la invitación de este dulce y amable Salvador no exige de ellas nada que sea difícil, ni extraordinario. Él no les exige ninguna habilidad especial; solamente quiere que su buena voluntad esté unida a la suya, para así conducirlas, dirigirlas y favorecerlas en la medida de esa unión.

¡Sí, almas queridas! Dios no quiere más que vuestro corazón. Si buscáis este tesoro, este reino en que sólo Dios reina, lo encontraréis. Si vuestro corazón se entrega totalmente a Dios hallaréis, desde ese momento, aquel tesoro, aquel mismo reino que deseáis y buscáis. Cuando se ama a Dios y su voluntad, se goza de Dios y de su querer, y este gozo corresponde perfectamente al deseo que se tiene de amarlo. Amar a Dios es desear sinceramente amarle. Y porque se le ama, por eso se quiere ser instrumento de su acción, para que su amor obre en nosotros y a través de nosotros.

Lo de menos es tener o no talentos

La acción divina corresponde a la voluntad del alma sencilla y santa, y no a sus habilidades. Corresponde a su pureza de intención, y no a los medios que elige, a los proyectos que forma, a las maneras que imagina o a los medios que adopta. En todo esto puede engañarse el alma. Y no es raro que suceda. Pero su rectitud y su buena intención no le engañan jamás. Y Dios conoce y ve esta buena disposición de la persona, no se fija en el resto, y toma como hecho todo lo bueno que ésta infaliblemente haría, si conocimientos más exactos secundasen su buena voluntad.

Nada, pues, tiene que temer el alma de buena voluntad. Si cae, no puede caer sino en esta omnipotente mano, que la conduce y levanta, en sus mismos extravíos, que la aproxima al fin cuando se aleja de él, que la vuelve a su camino cuando se extravió. El alma encuentra siempre un apoyo en esta mano divina, que la guía entre los precipicios, en cuyo borde la coloca el esfuerzo y la astucia de las facultades ciegas que la desvían; le hace ver cómo debe despreciarlas, contando sólo con ella y abandonándose enteramente a su infalible gobierno. En todo caso, los errores en que caen las almas buenas van a dar en seguida en el abandono, por lo que jamás se encuentran sin recurso, pues, como dice la Escritura, «todo coopera para su bien» [Rm 8,28].

Todos los estados son santos y santificantes

Éste es, Amor querido, el abandono que yo predico, y no un estado particular. Considero con gran amor todos los estados en que tu gracia pone a las almas y, sin tener más estima por uno que por otro, enseño a todas un medio general para llegar a aquél que tú les has designado. Solamente pido a todas esa voluntad de abandonarse completamente a tu guía. Tú les harás llegar infaliblemente a aquel estado que es el más excelente para ellas.

Ésta es la fe que les predico, el abandono, hecho de confianza y fe. No pido sino la voluntad de entregarse a la acción divina, para ser su instrumento, creyendo que obra en todo instante y en todas las cosas, con más o menos feliz resultado, según la mayor o menor buena voluntad del alma. Ésta es la fe que predico. No un estado especial de fe y de amor puro, sino un estado general de buena voluntad, que abraza todas las diferencias de estado y circunstancias particulares en que Dios pone a cada alma, y donde, bajo distintas formas, les comunica las gracias que desde la eternidad les tiene preparadas. Hablo a las almas que sufren, pero aquí también hablo a toda clase de almas, porque la verdadera intuición de mi corazón es anunciar a todos el secreto evangélico y «ser todo para todos» [1Cor 9,22].

Con gracias extraordinarias o sin ellas

En esta disposición feliz, creo que es para mí un deber, que cumplo gustoso, «llorar con los que lloran, alegrarme con los alegres» [Rm 12,15], hablar a los ignorantes en su lenguaje, y emplear con los sabios términos doctos y elegantes. Quiero hacer ver a todos que todos pueden pretender no las mismas cosas, pero sí un mismo amor, un mismo abandono, un mismo Dios, una misma docilidad a su acción, y que todos puedan llegar así a una gran santidad.

Aquello que decimos gracias y favores extraordinarios se denomina así por el escaso número de almas que por una fidelidad constante se hacen dignas de recibirlos. El día del juicio se entenderá bien. Entonces se verá muy claramente que esto no viene de que Dios no quiera comunicarlas, sino sólo por culpa de quienes se vieron privados de estos divinos dones. ¡A qué sobreabundancia de bienes se abre el seno de quien mantiene siempre constante la sumisión total de una buena voluntad!

Cuando nuestro divino Salvador vivía entre los hombres, los que no le veneraban, los que no ponían en Él su confianza, eran los únicos que no disfrutaban de los favores que a todos dispensaba. Y esto sólo ha de atribuirse a sus malas disposiciones. Es cierto también que no todos pueden aspirar a los mismos estados sublimes, a los mismos dones y grados de excelencia; pero si todos, fieles a la gracia, correspondiesen en su medida, todos estarían contentos, porque llegarían todos al nivel de excelencia y de gracia que satisfaría plenamente sus deseos. Y estarían contentos según naturaleza y según gracia, porque la naturaleza y la gracia se confunden en el mismo deseo anhelante que del fondo del corazón se alza hacia tan preciosos dones.

Contentos con el don de Dios

Si uno no recibe los talentos propios de un estado, recibirá los peculiares de otro. Unos estarán en pura fe, otros en otra situación de espíritu. En la misma naturaleza creada, cada criatura tiene lo que conviene a su especie: cada flor tiene su encanto, cada animal su instinto, cada criatura su perfección. Así, en cada estado diverso de la vida espiritual, cada persona tiene su gracia específica, y cada uno está contento si su buena voluntad sabe acomodarse al estado elegido para él por la Providencia.

Desde que esta buena voluntad nace en el corazón de un alma, ésta se sumerge en la acción divina y ésta obrará más o menos en ella, según esté más o menos abandonada. Por lo demás, el arte de abandonarse no es otro que el arte de amar. El amor encuentra a Dios en todo, y nada le rehusa. ¿Cómo rehusarlo? El amor no puede pretender otra cosa que lo que quiere el amor.

Cuando Dios actúa en el hombre sólo tiene en cuenta la buena voluntad. Y la capacidad de las otras potencias no le atraen, ni su incapacidad le alejan. Cuando Él encuentra un corazón bueno y puro, recto y simple, dócil, filial y respetuoso, ya no necesita más, sino que se apodera de ese corazón, posee todas y cada una de sus potencias, y va concertando todo tan a favor del alma, que en todas las circunstancias halla ésta cómo santificarse. Y aquello mismo que es veneno mortal para otros, resulta inocuo por completo cuando actúa el contraveneno de la buena voluntad.

Si el alma llega al borde de un precipicio, la acción divina le sujeta; y si en él cayera, suspendería su caída. Y aún si cayera del todo, ella le levantará. Después de todo, las faltas de estas almas no suelen ser sino faltas de debilidad, cometidas con poca advertencia; y el amor sabe siempre transformarlas para su provecho espiritual.

Paz bajo la guía de Dios

El Señor, por secretas insinuaciones, les va haciendo entender siempre a estas almas lo que han de decir o hacer según las circunstancias: «los que temen a Dios poseen una mente recta» [Sal 110,10]. En efecto, iluminados por la divina inteligencia, se ven acompañados por ella en todos sus pasos, y ella misma les saca de los malos senderos en que entraron por ignorancia.

Y cuando se metieron sin saberlo en una situación perjudicial, la Providencia gobierna las cosas de tal suerte que todo se remedia y se vuelve en bien para ellas. Por más que estas almas se vean envueltas en las mallas de múltiples intrigas, la Providencia rompe esos lazos, confunde a sus autores, y les infundo «un espíritu de vértigo», que les hace caer en sus mismas trampas [Is 19,14]. Bajo su guía, las almas a quienes se quería sorprender hacen sin saberlo cosas que, inútiles en la apariencia, sirven después para sacarlas de todos los apuros en que su rectitud y la malicia de sus enemigos las habían puesto.

Tobías

¡Qué finísima sabiduría lleva consigo la buena voluntad! ¡Cuánta ingenio en su candor inocente! ¡Cuántos misterios secretos se esconden en su invariable rectitud!... Recordad, si no, al joven Tobías [Tob 6,2-6]. No es más que un muchacho, pero a su lado está Rafael. Con este guía angélico camina seguro, nada le espanta y nada le falta. Los mismos adversarios que encuentra son los que le proporcionan alimentos y medicinas, y el monstruo marino se vuelve para él un dulce y suave alimento. Se va viendo ocupado en bodas y banquetes, pues así lo ordena la Providencia [6,10-18]. Tiene, sin duda, otros negocios importantes, pero están abandonados a esa inteligencia celeste encargada de dirigirle en todo. Y todos estos asuntos se van arreglando y concluyendo con tal éxito que él solo no lo hubiera logrado tan felizmente de no tratarse en realidad de una bendición. Sin embargo, la madre de Tobías llora, llena de amargas preocupaciones, mientras que el padre está lleno de fe. Vuelve al fin este hijo, y toda la casa se llena de alegría [7,14-16].

Un corazón puro

Que los demás, Señor, te pidan toda clase de bienes; yo no te pediré más un solo don. Que multipliquen sus palabras y ruegos; yo, Dios mío, no te haré más que una sola súplica: «dame un corazón puro» [Sal 50,12]. ¡Oh, corazón puro, qué feliz es el que te posee! Él ve dentro de sí a Dios, por la viveza de su fe. Le ve en todas las cosas y en todos los instantes, obrando dentro y fuera de él. Se ve siempre como su instrumento, guiado y conducido por Él en todo. Cierto es que casi nunca piensa en ello, pero Dios piensa por él. Aquello que sucede y ha de suceder por una ordenación providencial, basta con desearlo, pues Él comprende nuestra disposición.

En su pura sencillez, si el corazón intenta precisar este deseo, no alcanza a verlo; pero Dios lo ve y lo conoce. En fin, ¿sabes lo que es un corazón bien dispuesto? Es un corazón en el que Dios habita, y viendo todas sus inclinaciones, Él sabe bien que está siempre sometido a su beneplácito. Él conoce también que ese corazón apenas sabe lo que le es propio, y por eso Dios se encarga de dárselo. A este corazón no le importan las contrariedades. Quiere ir al Oriente, y Dios le conduce al Occidente. Iba a dar contra un escollo, el timón se vuelve y lo lleva al puerto. Sin conocer mapa ni camino, vientos o mareas, sin nada de ésto, siempre sus viajes terminan felizmente. Si se le cruzan los piratas en el mar, un golpe de viento inesperado le pone fuera de su alcance.

¡Oh buena voluntad, corazón puro! Qué sabiamente Jesús reconoció tu lugar al colocarte entre las bienaventuranzas [Mt 5,8]. ¡Qué mayor felicidad que la de poseer a Dios y ser al mismo tiempo poseído por Él! Estado maravilloso y lleno de encanto, en el que se duerme tranquilamente en el seno de la Providencia, se juega inocentemente con la divina Sabiduría [Prov 8,30], sin inquietud alguna sobre lo acertado de su curso, que no sufre ninguna interrupción y que se cumple siempre felizmente, a través de escollos, piratas y continuas tempestades.

¡Oh corazón puro, buena voluntad! Tú eres el verdadero fundamento de todos los estados espirituales. Es a ti a quien son comunicados los dones maravillosos de la pura fe, la esperanza, la pura confianza y el puro amor. En tu tronco brotan las flores del desierto, esas gracias tan preciosas que no suelen florecer sino en aquellas almas perfectamente desasidas, en las que Dios, como en una casa deshabitada, establece su morada, excluyendo a todo otro morador.

Tú eres esa fuente abundante de donde manan todos los arroyos que riegan el vergel del Esposo y amenizan el jardín cerrado de la Esposa. ¡Ah! con qué verdad puedes decir a las almas todas: Consideradme bien, y veréis que soy padre del amor hermoso, amor que distingue lo más perfecto y lo abraza. Yo soy el que hago nacer el temor dulce y fuerte, que da horror al mal y lo evita sin turbación. Yo soy el que enciende las luces que nos descubren las grandezas de Dios y la hermosura de la virtud que le honra. Yo soy, en fin, quien suscita los ardientes deseos que, acompañados de la santa esperanza, animan a practicar constantemente el bien, a la espera de aquel Dios cuya posesión un día debe hacer, como ahora pero mucho más gozosamente, la felicidad de estas almas fieles.

Y tú, corazón bueno, tú puedes convidar a todos para enriquecerlos con tus inagotables tesoros. A ti van a dar todos los estados y caminos espirituales, y es en ti donde ofrecen esa belleza, atracción y encanto que de ti proceden. Los frutos maravillosos de gracias y virtudes de toda clase, que resplandecen y alimentan, proceden de tus ricos plantíos. Tú eres «la tierra que mana leche y miel» [Sir 46,8], tus pechos destilan néctar delicioso, en tu seno descansa «la bolsita de mirra» [Cant 1,13], y de tus dedos fluye con abundancia y pureza el vino delicioso con que el Esposo convida a sus amigos [5,5].

Llave de los tesoros celestiales

Vamos pues, almas queridas, corramos, volemos al lado de esta Madre amorosa que nos llama. Vayamos al instante, y perdámonos en Dios, en su mismo corazón, embriagándonos con el licor de esta buena voluntad. Tengamos en el corazón la llave de los tesoros celestiales, y emprendamos ahora mismo nuestro camino hacia el cielo, sin temor alguno de encontrarlo cerrado: esa llave nos abrirá todas las puertas. No habrá lugar, por secreto que sea, donde no nos sea dado penetrar. Nada estará cerrado para nosotros, ni el jardín [de la Esposa: Cant 4,12], ni la bodega, ni la viña. Respiraremos si nos agrada el aire del campo, paseando a nuestro gusto. En fin, iremos y vendremos, entraremos y saldremos libremente con esta llave de David [Apoc 3,7], que es la llave de la ciencia [Lc 11,52], la llave del Abismo [Apoc 9,1], que guarda en su seno los tesoros profundos y secretos de la Sabiduría divina [Sab 7,14].

Esta llave divina abre las puertas de la muerte mística, penetrando sus tinieblas sagradas; da acceso al profundo lago y al foso de los leones. Ella es la que adentra las almas en estos oscuros calabozos, para sacarlas de ellos sanas y salvas. En fin, esta llave nos introduce en la feliz morada de la inteligencia y de la luz, donde el Esposo toma el aire en el descanso del mediodía [Cant 1,6], donde se sabe bien pronto, en cuanto se le ve, cómo obtener un beso de su boca [1,1], y cómo compartir confiadamente su lecho nupcial, donde se aprenden los secretos del amor. ¡Secretos divinos, que no está permitido revelar y que ninguna lengua humana es capaz de expresar!

Dios reina en un corazón puro

¡Amemos, pues, almas queridas! Todos los bienes, para enriquecernos, no esperan sino el amor. Él da la santidad y todos los dones que le acompañan, dones inefables que fluyen por todas partes, a derecha e izquierda, de los corazones abiertos a ella. Ésta es la semilla divina de la eternidad, que jamás podrá alabarse dignamente. Vale más poseerla en secreto, que ensalzarla con débiles palabras. Pero no es preciso cantar tu alabanza solamente cuando se está poseído por ti. Pues cuando tú posees un corazón puro, leer, escribir, hablar, hacer esto o lo contrario, todo es lo mismo para el corazón. Ya nada busca, nada evita; solitario o apóstol, sano o enfermo, sencillo o elocuente, todo viene a ser lo que tú dictas al corazón.

Y el corazón, como un eco fiel tuyo, lo repite todo a las demás potencias. En este compuesto material y espiritual del hombre, en el que tú, Señor, quieres establecer tu reino, es el corazón el que gobierna bajo tu guía. Y como ya no hay en él otros movimientos que los que tú le inspiras, todo objeto que tú le ofreces le agrada, al mismo tiempo que aborrece cuanto el demonio y la naturaleza le presentan en contrario. Y si alguna vez permites que se deje engañar, sólo es para que vuelta a ti más sabio y más humilde.